Solía decir César Luis Menotti, para alegría de los termocefálicos que sólo aceptan el pensamiento binario –el término es casi propiedad del abogado penalista Roberto Carlés luego de su paradojal polémica con Feinmann el malo–, que “el fútbol es tan generoso que evitó que Bilardo se dedicara a la medicina”. En realidad, el fútbol es eso que permite este tipo de frases y otras, muchas otras cosas. Por ejemplo, la sensación de que se está viviendo algo vertiginoso por el mero hecho de que se relata, se comenta, se discute y se analiza de un modo vertiginoso lo que generalmente es –salvo honrosas y espectaculares excepciones– lento, pesaroso, aburrido y hasta un poquito mezquino. En ese sentido, las mil y una coberturas del Mundial Brasil 2014 replican el mismo formato: la vehemencia ante lo que siempre está a punto de ocurrir pero no ocurre y la celeridad en explicar por qué ocurrió eso que nadie previó, ni por asomo, que ocurriría. El fútbol, bah; el fútbol en todo su esplendor.

Pero poco a poco, con la solvencia que siempre brinda el futuro cuando se torna presente, la tecnología (el estar ahí para demostrar que se está, justamente, ahí) permite anunciarle al mundo entero eso que pasa mientras está pasando. Tuits a la medida de una jugada, posts de Facebook para dirimir que el penal no fue penal, selfies para estar junto al ídolo que nunca sabrá con quién estuvo, blogs que transparentan aquello que jamás se pensó transparentar: el viejo boca a boca a la medida de los nuevos y maravillosos aparatitos sin los cuales un ser humano parece un mero animalito más cercano a la suricata que al mono. Allí están los asombrosos 140 caracteres que lo atestiguan todo sin editor que oficie de intermediario. Allí están las ganas de ganar o de, por lo menos, no perder. Allí están las temerarias posturas para que la despampanante Jennifer López parezca la novia del señor de anteojos culo de botella, camisa de fútbol y calvicie prominente adornada con un gorrito al tono de sus colores patrios. Allí está todo lo que la humanidad de a pie –el término es casi propiedad del abogado e intelectual Mario Wainfeld– quiere decir por sobre todo eso que los periodistas especializados se esfuerzan en hacer creer.

“El Mundial se disfruta porque estar ahí es algo muy lindo, que uno sueña día a día, desde que llega a Primera. Pero a su vez, cuando estás ahí adentro, se sufre, porque sabés que hay un país detrás, haciendo fuerza”.

Y allí están, para seguir creyendo en el periodismo, los muchachos de la revista de cultura villera La Garganta Poderosa tapeando desde las favelas brasileñas al rosarino Ángel Di María que, no conforme con ser una de las mayores atracciones de este Mundial, se despacha con un soberbio “quiero ganar el Mundial para demostrar que sólo con la plata no se puede ser feliz”. Y allí están, también, Víctor Hugo Morales y Diego Maradona, con De Zurda, desde Telesur y la Televisión Pública, con fondo de Gustavo Santaolalla y una serie de invitados que desatan la envidia de cualquier otra cadena televisiva, haciendo un programa sobre el Mundial como sólo debe hacerse: charlando de fútbol, tranquilos, escuchando y escuchándose, sonriendo ante el acierto del otro, refrescando eso que nadie dice en el frenesí de decir cualquier cosa.

Di María dice: “El Mundial se disfruta porque estar ahí es algo muy lindo, que uno sueña día a día, desde que llega a Primera. Pero a su vez, cuando estás ahí adentro, se sufre, porque sabés que hay un país detrás, haciendo fuerza”. Y dice lo que callan muchos: “El fútbol les cambia la cabeza a los chicos y los ayuda a reaccionar en los malos momentos. Eso, a uno lo pone muy contento y le hace pensar que la pelota va más allá”.

Víctor Hugo Morales y Maradona se animan al contar la historia del dirigente uruguayo que vendió su casa para pagar el pasaje de los jugadores de la Celeste a los Juegos Olímpicos franceses donde los charrúas se consagraron campeones. Y se animan mucho más al comparar aquella actitud con la del actual mandamás de la FIFA, el suizo Joseph Blatter, que anuncia la ganancia de su organismo en unos cuatro mil millones de dólares sin poner el más mínimo cobre. Y se animan al compartir cámara con un tipazo como Hristo Stoichkov, el búlgaro que desató alegría con la camiseta de Barcelona, Parma, CSKA de Sofía, Al Nasr de Arabia Saudita, el japonés Kashiwa Reysol, los norteamericanos Chicago Fire y D.C. United y se consagró goleador del Mundial 1994. Un Stoichkov que bromeó con Diego como sólo pueden bromear los amigos en un café. Porque, qué es el fútbol sino el espacio donde todo, segundo a segundo, es la gloria o Devoto. Qué es el fútbol si no ese lugar donde toda diversión, toda audacia, toda revolución están permitidas.

Para eso, por eso, nada mejor que remitir a una frase del inmortal Roberto Fontanarrosa (que sabía como nadie festejar aquello, como el Mundial, del cual uno se queda afuera como protagonista para convertirse, paradojalmente, en protagonista): “Tengo dos problemas para jugar al fútbol. Uno es la pierna izquierda. El otro es la pierna derecha”.