Nota de la revista Veintitrés

Para una buena parte del mundo, las reinas sólo ocupan un lugar de privilegio en los cuentos infantiles, o a lo sumo en las grandes producciones de Disney. Toda niña que se precie de tal, ha devorado una y otra vez las historias que relataban las mil y una desventuras de las dueñas de reinos remotos. Pero de ahí a imaginarlas en la vida real, había un trecho infinito. Pues no, aun hoy en algunos países de Europa y Asia existen líderes femeninas con corona bien puesta. Algunas con vidas ordenadas y felices –por lo pronto así se muestran–, otras, no tanto.

La periodista y escritora española Cristina Morató publicó Reinas malditas –ya por su cuarta edición en España y de reciente publicación en el país por Random House–, donde repone las vidas miserables, si se puede, de quienes ostentaron el poder real en siglos pasados. “En este libro he seleccionado seis reinas muy poderosas, muy célebres, de las que se han escrito infinidad de novelas y se han filmado películas, pero quise ir más allá de la imagen oficial de estas soberanas”, cuenta Morató desde su casa en Madrid.

Las elegidas son Isabel de Baviera, más conocida como la Emperatriz Sissi, María Antonieta, Cristina de Suecia, Eugenia de Montijo, Victoria de Inglaterra y la zarina Alejandra Romanov.

Gracias a la distancia y a la imagen edulcorada del cine, siempre pensamos que Sissi había tenido la vida de Romy Schneider. Nada más alejado. Parece que la muchachita padeció anorexia y bulimia, y a los 35 años se escondió detrás de un abanico para que nadie fuera testigo de su “decadencia física”. María Antonieta no es la que personificó Kirsten Dunst bajo la batuta de Sofia Coppola. Fue una adolescente a la que casan con un hombre al que no quiere ni entiende, y termina su vida en la guillotina. Lo mismo sucedió con la última zarina rusa, que fue asesinada por los bolcheviques.

“La gente sigue pensando que las vidas de estas mujeres son un cuento de hadas, pero la verdad es que han tenido unas existencias muy desdichadas. Sissi y María Antonieta fueron princesas muy jóvenes. El germen de la tragedia fueron esos matrimonios armados como alianzas políticas”, agrega la escritora. “La imagen del cine es muy cursi, muy dócil. La verdad de la princesa de Baviera es que fue un espíritu atormentado. Cae enferma porque la vida en la corte es un infierno, no soporta el protocolo. Hacía un culto a la belleza, sufría de anorexia nerviosa, tenía un gimnasio en el palacio, hacía largas caminatas”.

Es ineludible relacionar estos comportamientos con las reinas o princesas de la actualidad. La flamante reina de España, Letizia, ha sido señalada como una víctima más de desórdenes alimentarios. El presente también se las trae con las portadoras de las coronas reales. Pareciera que hoy no es obligatorio que la joven en cuestión venga de familia noble. Máxima Zorreguieta era una simple mortal que manejaba las finanzas de algunos clientes y devino en Reina Máxima de Holanda. Lo mismo sucedió con Letizia Ortiz, que de hacerle una entrevista al príncipe Felipe de Asturias, pasó a casarse con él y terminó siendo reina de España el 19 de junio.

Cristina Morató escribió Reinas malditas. Va por la cuarta edición en España y acaba de ser publicado en el país.

Sin dudas, las reinas del siglo XVIII, XIX y principios del XX marcan diferencias con las actuales. “Antes, lo que se esperaba era que fueran objetos decorativos. Hoy, Máxima, Letizia o la reina Matilde de Bélgica no son jarrones. Son mujeres preparadas, guerreras. En Holanda, gracias a su alegría y espontaneidad, le han perdonado a Máxima que no tenga sangre azul, e incluso es más popular que su esposo, el rey Guillermo”.

En España, en los últimos tiempos, la Casa Real se las vio feas. Además de los emprendimientos turbios del yerno del abdicado Juan Carlos y la cantidad de acontecimientos dudosos llevados a cabo por él –exhibicionismo de animales muertos en safaris, infidelidades varias y comentarios poco felices– la ciudadanía republicana vio el momento oportuno para alzar la voz. Sin embargo, el poder es más fuerte y la coronación se llevó a cabo sin obstáculos. La mujer de Felipe de Asturias, sin embargo, no ha mostrado en las últimas apariciones una cara muy feliz. “Letizia no la ha tenido fácil. Se ha sentido una extraña en la corte, no se le ha perdonado que no tenga sangre azul. Pero ella dejó claro que era una princesa del siglo XXI. Cambió el ramo de flores por un maletín de trabajo. La diferencia con estas mujeres es que son universitarias, se han casado por amor”.

Pero no todo lo que brilla en las cortes es oro. La princesa Masako, esposa del príncipe heredero al trono de Japón, padece depresión hace más de una década. Las últimas noticias afirman que el príncipe Nahurito debió emprender una gira en soledad y el Palacio Imperial no puede dar fechas ciertas acerca de la reincorporación pública de la consorte. En 2003 la Casa Imperial anunció que Masako sufría una depresión inducida por estrés. Pero las malas lenguas dicen que la dama no soportó el protocolo de la familia imperial y aún menos las presiones que sumó para tener un hijo varón que perpetuara la línea sucesoria.

De princesas tristes, la que llevó el estandarte fue Lady Diana Spencer. Casada con Carlos de Inglaterra pero consciente de que era la fachada de una relación inexistente, Lady Di también sufrió de anorexia y terminó perdiendo la vida en un episodio que aún hoy oscila entre el accidente fatal o la muerte por encargo. De aquella boda televisada donde el mundo la adoró, para luego convertirse en la “Princesa de Corazones”, Lady Di no pudo con su vida. Aparecieron amantes a deschavarla en público, amigos que la traicionaron, hasta que encontró la calma en brazos del heredero de Al Fayad. Pero la tragedia tocó su puerta y se la llevó.

“Ahora, las reinas son mucho más terrenales, ha desaparecido la autocensura”, concluye Cristina Morató. Eso es así. También el lugar que ocupa la mujer en la sociedad es otra: profesionales, con decisión propia y dueñas de su vida. En el pasado, nadie se atrevía a poner en cuestión lo que las casas reales dieran a conocer. A partir de la fuerza de la opinión pública, los secretos mejor guardados empezaron a salir a la luz. Tal es la historia de la reina Mette-Marit de Noruega, quien no sólo era plebeya, sino que vivió una adolescencia envuelta en drogas y fue madre soltera con un hombre que fue preso por venta de estupefacientes, hasta que conoció al príncipe Haakon y su realidad dio una vuelta copernicana.

Pareciera que los reinos ya no son lo que eran. Y sus mujeres, tampoco. De aquellas vidas solitarias y llenas de desdicha, queda poco. Eso sí, las sedas, las joyas y los palacios están intactos.