Hace frío. Y lo cercano del mediodía no logra desentumecer los músculos. La niebla, persistente, tampoco contribuye. Caminar por la avenida San Juan hacia el Bajo, con el viento frío de frente, es como atravesar un témpano. Hay palabras que resuenan y tornan más frío aún el recorrido. “Las mujeres que durante el juicio a las Juntas en 1985 se atrevieron a denunciar que habían sido víctimas de violencia sexual durante su cautiverio, venciendo las barreras de la vergüenza y la culpa, ante el tribunal formado por seis jueces de la Cámara Federal, recibieron como respuesta una autorización tácita para exteriorizar su dolor pero ninguna posibilidad de reparación a través de la Justicia”. Más aún, “la violación estaba incluida en la tortura. Era natural que hubiera ocurrido. No se consideraba un delito de género. La violación era una afrenta al ‘honor privado’”. O, peor todavía, la doble condena que debió soportar Elena Alfaro con los ataques de la “Justicia” luego de los vejámenes de la dictadura: “La intención era devaluar su testimonio. Siendo mujer, era promiscua. Y siendo militante, traidora”. Y más y más frío: “Fui sometida a todo tipo de torturas: con electricidad, me ahogaron en agua, en un momento incluso me tiraron agua caliente en las piernas. Y allí fui violada por todos. Como yo no quería abrir las piernas, me quedaron las marcas de las uñas que me clavaron para que las abriera”. Esas palabras están escritas en el libro Putas y guerrilleras, de las periodistas Miriam Lewin y Olga Wornat, historias de detenidas desa­parecidas que durante la dictadura fueron sometidas a delitos sexuales por parte de los represores. Historias de mujeres que, como Elena Alfaro, tuvieron que revivir el horror una y otra vez para que recién muchos años después de esos hechos aberrantes la Justicia empezara a escribirse con mayúsculas.

El 24 de marzo de 1976, Miriam Lewin, de 19 años, y Olga Wornat, de 17, eran militantes montoneras. Miriam Lewin fue secuestrada por un grupo de tareas perteneciente a la Aeronáutica y estuvo detenida-desaparecida en un centro clandestino de esa fuerza y luego en la ESMA. Olga Wornat, aún sin saber cómo, atravesó la dictadura en esa precaria “libertad” en la que vivía casi todo el país. A mediados de los ’80, se conocieron. Luego de treinta años de amistad y a poco menos de cuatro décadas del golpe, Lewin y Wornat brindaron a la sociedad Putas y guerrilleras. Un libro que provoca, que duele, que grita. Un libro tan necesario como acusador, tan lacerante como vivo, tan irremediable como claro. Un libro que hace estallar una y mil veces sus palabras en ese mediodía frío de julio por la avenida San Juan hacia el bajo. Como agujas esas palabras, penetrando una y otra vez en la memoria y en el cuerpo, haciendo carne y herida esa tremenda sentencia “nada de lo humano me es ajeno”. ¿Publio Terencio, Marx, importa quién la dijo? ¿Acaso saber el origen de la cita podrá lograr que todos, humanos al fin, nada ajenos a nada de lo humano al fin, nos saquemos de encima este frío? Saber, ¿nos sacará de encima, junto con el frío, la culpa de ser humanos?

En la esquina de San Juan y Paseo Colón, mientras las vidrieras del bar siguen empañadas, impidiendo ver lo que pasa afuera, Miriam Lewin dice “nadie sabía que hacer o qué no hacer para seguir con vida”. Estuvo dos años secuestrada por la dictadura, sabe de qué habla. Y vuelve a recordar la pregunta que un 24 de marzo de 2004 le hizo la almorzadora Mirtha Legrand en su torpe manera de conmemorar un nuevo aniversario del golpe de Estado: “¿Es verdad eso de que vos salías con el Tigre Acosta? Bueno, es lo que dice la gente”. Lewin toma el primer trago de su jugo de naranja, mira directo, con todo el peso de la historia y la verdad en sus ojos, y dice: “Pensar que por ir ahí tuve que dejar de estar en la apertura del Espacio para la Memoria en la ESMA”.

–En el libro, aparecen dos posiciones. Una, la periodista que investiga, que pone la oreja para escuchar todos los testimonios. Y, por otra parte, la escritora, la mujer, esa mujer que vuelve a poner el cuerpo. ¿Cuál es la diferencia entre esas dos escrituras?

–Me da la sensación de que son la misma persona. Yo diría que, en todo caso, de un lado está la periodista y escritora y, del otro lado, la sobreviviente, que también son la misma persona. Pero mientras a una, la sobreviviente, las cosas le pasan por adentro, es decir que ese sufrimiento de todas las mujeres se le hace carne, la periodista y la escritora (aunque me dé un poco de pudor autotitularme “escritora”) trata de poner una cierta distancia sin que por eso se le cierren los poros y no pueda recibir esas sensaciones. Durante mucho tiempo yo me negué a escribir o a hacer informes sobre temas que tuvieran que ver con derechos humanos porque consideraba que, al ser parte de mi propia historia, yo no podía poner la distancia necesaria. Hasta que una vez, en un taller de ética periodística que cursé, el profesor me dijo que, en este caso, el haber pasado por estas experiencias vinculadas a las violaciones a los derechos humanos me daba un plus. Es como si yo fuera una sobreviviente de un campo de concentración y, a la vez, estuviera haciendo un informe sobre el tema. Un campo de concentración nazi, pongamos. Me dijo que en este caso no había objetividad periodística posible. A decir verdad, yo creo que en ningún caso la hay, en nada, en nadie, bajo ningún concepto. Pero él me decía que en este caso no estaba mal que me parara en una posición de condena, porque no había forma de no condenar estos delitos de lesa humanidad. Por eso digo que las dos posiciones son esas: la sobreviviente que lo siente en carne propia, y muchas veces ciertas heridas están en carne viva todavía, y la periodista o escritora que intenta poner un poco de distancia.

–Hay también, una extrañeza. Su prólogo, “Mártires y prostitutas”, comienza con una referencia a lo vivido durante su detención en la ESMA, a esas “salidas” que cuestionaba Mirtha Legrand, justamente en el almuerzo del 24 de marzo de 2004, cuando la ESMA pasaba a ser el Espacio para la Memoria. Y cierra el libro con su llegada a la ESMA luego de estar detenida-desaparecida en manos de la Fuerza Aérea. Es “el lugar” pero “el lugar no nombrado”. ¿Por qué esa decisión?

–La ESMA está muy presente en todo el libro porque muchos casos que se reflejan ocurrieron allí. Pero ese inicio y ese final, con la ESMA como punto de partida y como punto de finalización, tiene que ver con muchas razones. Primero, porque en 2001 yo publiqué el libro Ese infierno con otras cuatro sobrevivientes de la Esma: Munú Actis, Elisa Tokar, Liliana Gardella y Cristina Aldini. Y yo considero que si bien algunas de mis posiciones variaron con relación a lo que allí ocurría, esos cambios están reflejados en varios capítulos del libro, y ya se había agotado el tema en ese libro. Allí dije todo lo que quería decir acerca de la Esma. Además, la Esma es un poco la vedette de los centros clandestinos de detención en la Argentina. Se ha escrito tanto, se ha publicado tanto, fue el más conocido en un sentido exponencial, fue el más fotografiado, el paradigma del que más se habla, sobre el que más documentales y libros y artículos periodísticos se han hecho, sus represores son los más conocidos. Por todo eso, me dio la sensación de que le tenía que dar más espacio a ese pequeño infierno por el que atravesé diez meses y medio de mi vida, en aislamiento total y a disposición de una fuerza que tiene fama de ser la que menos comprometida estuvo con la represión. Me pareció que le tenía que dar espacio a este otro centro clandestino que no es tan conocido como la Esma, que no está tan detallado como la Esma y que no tiene tanta exposición.

–Y que, como usted señala, refiere a una fuerza que parecía impoluta, que no había tenido demasiada participación en el golpe de Estado.

–Claro, de hecho, a Orlando Agosti, el titular de la Fuerza Aérea cuando ocurre el golpe, en el juicio a las juntas le dieron sólo cuatro años de detención. La gente tiene la sensación, absolutamente equivocada, de que la Fuerza Aérea no estuvo comprometida en la represión.

–Ese prólogo a Putas y guerrilleras que se mencionaba hace recordar, notoriamente por diferencia, a la novela de Jorge Lanata, Muertos de amor, que causó tanta controversia y tanto debate. Esa novela se arma en relación a la condena a los homosexuales pertenecientes al Ejército Guerrillero del Pueblo, que entre 1963 y 1964 operó en el norte de Salta al mando de Jorge Ricardo Masetti. Lo que no contempla ese libro es que la homosexualidad en los ’70 era vista de otra manera a la que como se ve en la actualidad. Del mismo modo que toda la sexualidad era vista de modo diferente. ¿Cuáles eran esos condimentos sobre la sexualidad, mucho más en la mirada desde dentro de la militancia?

–En el libro que escribimos con Olga Wornat está planteada la cuestión de la homosexualidad. Yo creo que nada es igual que hace treinta años. Es más, nada es igual que hace dos años. Hasta hace muy poco, los transexuales eran considerados enfermos por la psiquiatría internacional. Había una patología, llamada “disforia de género”, por lo cual si uno quería cambiar su identidad sexual u operarse para cambiar de sexo, tenía que ser acompañado por psiquiatras, por psicólogos, por trabajadores sociales durante un año y medio, además de ser medicado. Ahora, si a partir de mañana quiero llamarme Pedro y dejar de ser Miriam, voy al registro civil y saco un DNI con sexo diferente. Todas estas cosas que eran absolutamente inconcebibles hace dos años, hoy son concebibles y admitidas por casi todos.

–Acentúa el “casi”...

–Es que en estos casos, las leyes fueron más rápidas que la evolución del prejuicio. En aquella época, nosotros teníamos una sexualidad bastante libre en apariencia, pero éramos absolutamente pacatos, moralistas. Y teníamos el mismo prejuicio contra los homosexuales, prejuicio que siguió muy vigente en aquellas sociedades que nosotros teníamos como modelo. En la Cuba socialista, por ejemplo, hasta hace muy poco: Mariela Castro, la hija de Raúl, tiene el Centro Nacional de Educación Sexual que fue un refugio para aquellas mujeres y hombres que eran homosexuales perseguidos. Claro que a mí me resulta muy difícil condenar nuestros prejuicios en aquella época. Incluso los prejuicios que existían con respecto a los roles que teníamos que cumplir hombres y mujeres. No dejo de admitir, por supuesto, que las organizaciones revolucionarias eran machistas, pero toda la sociedad era machista. Y a las mujeres militantes, los hombres de esas organizaciones nos decían que nos íbamos a liberar cuando llegara la revolución. Que la revolución socialista iba a terminar redimiéndonos.

–Que la cosa pasaba por aguantar un cachito más....

–Claro. No tenían sentido los reclamos feministas porque el socialismo iba a terminar con todo eso. Pero veamos, setenta años después de la Revolución de Octubre, yo fui a hacer una encuesta por las calles de Rusia en ocasión de unas elecciones. Y mientras los hombres contestaban por quiénes pensaban votar, las mujeres respondían, inevitablemente, y bajando la vista, “yo pienso igual que mi marido”. Si con setenta años de revolución no pudieron desembarazarse de esto, ¿qué podemos esperar nosotros? El socialismo no garantiza los derechos de las mujeres de por sí.

–Usted dice que la sociedad cambió, en su gran mayoría. Esto parece cierto, se insiste, en su gran mayoría, con relación a la homosexualidad, pero no en cuanto a la sexualidad. Da la sensación de que se sigue creyendo, junto con Mirtha Legrand y un considerable porcentaje de la sociedad, que las violaciones no existieron ni existirán jamás...

–Bueno, pero eso ocurre...

–Pero ocurre también dentro de la militancia....

–A eso voy. El libro refleja situaciones muy disímiles. Violencia sexual con todos sus matices. Cada centro clandestino de detención tenía su peculiaridad. En algunos, las mujeres eran para los oficiales, en otros eran para los suboficiales y para la oficialidad quedaban los bienes materiales. En todos, el cuerpo de la mujer era el botín de guerra, pero se accedía a ellos con mayor o menor violencia física. En algunos centros clandestinos de detención hubo casos que tienen la característica del abuso sexual.

–¿Cómo es eso?

–El abusador sexual no viola. El abusador sexual privilegia, aísla, demoniza a su víctima y cuando su víctima tiene su voluntad arrasada y no tiene a quién recurrir en su fragilidad, ahí ejecuta el abuso. Los niños que son víctimas de abuso sexual denuncian muchos años después porque se sienten culpables y avergonzados. Porque tienen la fantasía de que ellos podrían haberse resistido. Lo mismo les ocurre a las mujeres que pasaron por estas situaciones en los centros clandestinos de detención. Nos olvidamos que las mujeres que, a cambio de ese sexo no deseado, no requerido, no buscado, obtuvieron una llamada telefónica para comunicarse con sus hijos menores que no sabían si estaban vivos o no, si habían sido arrojados a un orfanato o los habían matado. O por llamadas a sus padres ancianos. O por una mejor ración de comida. O por una promesa de sobrevida. Entonces, si estas mujeres sienten todavía, muchos años después, que no está completo el proceso por el cual se identifican como víctimas, es muy difícil que denuncien. Eso es lo que les pasa a las víctimas. Todo ello, incentivado por el hecho de que dentro de la militancia, o del círculo de los militantes de aquella época, todavía se las sigue señalando y todavía siguen siendo sospechadas. Y qué decir de la sociedad en general. La sociedad argentina, actualmente, cuando una mujer es violada, como en el caso de la chica que denunció a un jugador de Independiente, es estigmatizada y sospechada de haber consentido la violación. Incluso por las mismas mujeres. Yo escuché a periodistas mujeres que me avergüenzan decir “pero qué hacía ahí” o mostrando la situación como propicia para una aberración como la ocurrida. No digo ni pido que lapidemos o condenemos al jugador, pero, ¿por qué estamos pidiendo a ella que muestre hematomas o marcas en su cuerpo? ¿Por qué se les pide a las mujeres que arriesguemos nuestras vidas para defender nuestro sexo? ¿Cuál es el valor social que tiene el sexo de las mujeres? A nosotras se nos dice que si nos asaltan en la esquina, lo demos todo, a ver si encima, por defender unos pesos, nos matan. Pero lo primero que preguntan o lo primero que piden cuando vamos a denunciar una violación a la comisaría es que mostremos cómo pusimos en riesgo la vida para defendernos del ataque sexual. Lo que está comprobado, y lo señala Inés Hercovich en su ensayo sociológico El enigma sexual de la violación, es que lo primero que piensa una víctima de violación cuando es atacada es cómo hacer para que no la maten. Qué tengo que hacer para que este tipo no se ponga tan violento que, encima, termine matándome después de violarme. Por el contrario, cuando la víctima va a denunciar, lo primero que pide el funcionario policial es que se le muestren las marcas de la violencia. Tenemos que demostrar que luchamos hasta poner en peligro la vida para preservar la sexualidad.

–Esa manera de observar la sexualidad, incluida en la visión de las propias mujeres, ¿cambió en los últimos cuarenta años? En el libro, usted menciona varias veces que, dentro de los centros clandestinos de detención, era un peligro extra ser linda.

–Claro. Las mujeres usaban ropa amplia, trataban de disimular sus formas, trataban de afearse. Una compañera, con mucha ironía, habla de los beneficios de “ser un bagayo”. Como si hubiera formas de zafar de la violencia sexual. Una de las acusadoras de Mar del Plata de Gregorio Molina es una abuela de Plaza de Mayo, Leda Barreiro. Hay montones de situaciones en las cuales a los violadores no les importó si la mujer era bella o fea, vieja o joven. Fueron violadas mujeres que tenían seis hijos y no tenían un cuerpo espectacular, y adolescentes vírgenes, y mujeres de la tercera edad. La violencia sexual fue contra todas, pero la fantasía que algunas compañeras tenían era eso de que si una se afeaba, si no llamaba la atención, estaba protegida frente a los avances de los represores. Paradójicamente, en la Esma, si una se afeaba y se ponía prendas poco llamativas, eso era sinónimo de que no estaba “recuperada”, que no estaba reasumiendo ese rol de la mujer como objeto decorativo que se arregla para agradar a un varón, que era el ideal femenino que tenían los marinos: la madre, esposa, occidental y cristiana y bonita. Entonces, eso de afearse era un arma de doble filo. Nos afeábamos para pasar desapercibidas, pero éramos vistas como irrecuperables con ese afeamiento, solidificadas en esa estructura mental de la militante en la cual todo adorno era una desviación pequeño burguesa.

–En el libro 2922 días, donde Eduardo Jozami vuelca su experiencia como detenido, hay un pasaje donde una compañera le pregunta por qué no tenían relaciones sexuales entre los detenidos varones. Usted dijo recién que, según los distintos centros clandestinos de detención, las mujeres eran reservadas para oficiales o para suboficiales, pero estaban absolutamente prohibidas las relaciones sexuales entre detenidos. Y señala en su libro la excepción, única, de un represor que envía a la celda de un detenido una mujer detenida también para que mantuvieran sexo.

–En ese caso se trató de un represor muy especial y de un preso al que quería favorecer. Al que ponían en el lugar del Kapo de los campos de concentración nazis. En los campos nazis, una de las retribuciones, de los reconocimientos, de los premios para los que cooperaban, forzados, obviamente, era llevarlos al prostíbulo donde eran arrastradas las detenidas. Y en este caso se dio una situación muy especial entre Mario Villani (que lo relata en su libro Desaparecido. Memoria de un cautiverio) y esta mujer con quien lo encerraron porque a un represor le pareció percibir cierta afinidad. Y, como si se tratara de una cosa absolutamente común, le dijo “¿te gusta la rubia?”, y los encerró toda la noche en su celda, como si la mujer se tratara de un pedazo de carne compartible, un premio, una golosina. Por supuesto, esa “pareja” se pasaba toda la noche hablando y consolándose de los vejámenes a los que eran sometidos, dándose fuerzas.

–Aunque no está dicho con las mismas palabras, tanto en su libro como en el de Jozami, se habla de la decisión de los represores de hacer de uno, otro. Escribe Jozami: “…si las relaciones entre hombres podían considerarse como un acto de libertad, una transgresión a la moral sexual dominante, en nuestro caso habrían significado, tal vez, la aceptación de las condiciones que nos habían impuesto”. Volverse homosexual o tener relaciones prohijadas por los represores era como aceptar que eran otros, que los habían vencido...

–Y nuevamente debemos volver a un condicionante: estamos hablando de los ’70. Y fue todo un avance que Jozami pudiera admitir que estas cosas sucedían. Es decir, él mismo admite en su libro que estas cosas sucedían. Yo no tengo registro directo de que esto haya ocurrido en la Esma. Y hablo sólo de la Esma porque en el otro centro clandestino de detención la incomunicación entre detenidos era total, y por lo tanto no había manera de tener interacción alguna. Pero creo que los militantes teníamos la mente tan cerrada en ese aspecto que, aunque hubiéramos visto una situación homosexual directa, de manera patente, la hubiéramos negado. Una de las compañeras que entrevisté dijo que en una reunión de ámbito, su responsable se había referido a un caso en que una alta oficial de la organización en Córdoba había sido sancionada porque se descubrió que tenía relaciones con una compañera. Y esta chica, que era también lesbiana, en lugar de aprovechar la situación para cuestionarlo o para plantear su propio punto de vista, bajó la mirada y dejó pasar el castigo. Fue una orden: era muy buena militante pero había que sancionarla. No había, en ese momento, una apertura mental propicia para evaluar esos casos. Yo misma, que era portadora de muchos de esos prejuicios, no hubiera podido aceptar una relación homosexual entre compañeros, de la misma manera que no hubiera podido aceptar que un compañero me dijera que se drogaba, ni siquiera que había fumado un porro. Teníamos una vida con preceptos muy rígidos, muy asépticos en ese grupo. Creo que hubo algunos otros grupos de izquierda que eran más laxos o más permisivos, pero nosotros éramos ascetas. De ninguna manera hubiéramos permitido esto que considerábamos una debilidad, una desviación.

–En esta cuestión del ascetismo, ¿cómo encaja su relación con el Sota, ese personaje que usted señala durante su detención en el centro clandestino de la Fuerza Aérea y con el que parecía desa­rrollarse mediante charlas una doble vía de redención desesperada? ¿Había una manera de redimirse, hubo un doble juego de traición? 

–En realidad, yo no considero lo mío una traición.

–Es cierto, “traición” es una palabra demasiado grave, mucho más en este caso. Digamos que usted le prometió que iba a volverse católica y no lo hizo.

–Pero la culpa la tuvo ese cura hijo de puta que en 1978 me echó y me pidió que no fuera más cuando le conté que yo había estado detenida por la dictadura. Yo realmente estaba buscando, en una situación de orfandad ideológica brutal, en plena crisis de todos mis valores, un lugar de pertenencia. Realmente había leído la Biblia que como al descuido me había acercado el Sota en cautiverio. La había leído con el ojo izquierdo, y me había conmovido mucho esta cuestión de “bienaventurados los pobres”, el momento en que echa a los mercaderes del templo, el ascetismo, el comunismo primitivo. De manera que, para mí fue un mazazo que me expulsara de la iglesia, que me pidiera que no fuera más porque lo comprometía. Y se trataba de un cura progre, porque aún hoy, cuando uno va a preguntar por el cura Pablo en Vicente López, le dicen que ayudó mucho, que salvó a mucha gente. Pero el tipo se aterrorizó cuando le dije que había estado en la Esma.

–Correcto, pero volvamos a la relación con el Sota...

–El Sota era un guardián. Podría decir que era uno de los mejores que podían haberme tocado. Todos los demás eran más duros, más cínicos, más indiferentes al dolor ajeno. Creo, sin embargo, que toda esa gente tiene que pagar por lo que hizo. No sé si lo quería redimir al Sota, yo creo que lo interpelaba, amparada en el espacio que él me daba. Él me preguntaba qué pensaba, qué sentía. Él me ponía en las manos la Biblia y yo le preguntaba si creía que Jesús estaba de acuerdo con la tortura. Le recriminaba que ellos estaban con la violencia, que ellos eran los violentos. Y había como un ping pong que, de mi lado, no apuntaba a redimirlo. Yo le preguntaba por qué seguía en ese lugar donde tenía que hacer cosas que estaban en contradicción con aquellos principios en los que se había formado, según él mismo me decía, el cristianismo. A mí no me parecía nada cristiano eso de matar gente, de torturar. Él mismo me decía que me iban a matar o a torturar. No tenía la ilusión de redimirlo, sino de provocarlo mostrándole sus propias contradicciones: “Todo esto en lo que vos me decís que creés no puede ser cierto porque estás haciendo cosas que se dan de bruces contra esos principios que decís sostener”. Mucho más espacio para discutirle, en realidad, no tenía. Y cuando yo le decía que a mí me parecía que había que cambiar a la sociedad y que si uno no utilizaba la violencia la situación no se iba a revertir, creo que él reflexionaba con relación a eso. También a él le quedaba en claro que yo no había tenido un nivel de compromiso tan alto como para haberme involucrado en un hecho de sangre. De otra manera, tampoco se hubiera acercado. Me hubiera tratado con más distancia. Pero a mí lo que me golpeó mucho, en este caso, fue la proximidad en nuestras edades. Yo tenía 19 y él, 21. Y él era un represor y yo era una desaparecida.

–¿Cómo imaginaba a los 19 años que eran los represores? En su relato menciona que una de las cosas que más la angustió fue cuando descubrió que sus torturadores eran muy parecidos físicamente a usted, a sus compañeros de militancia...

–Es cierto. Yo relato en un punto la reacción de una de las personas que testimonia en el juicio al criminal nazi Adolf Eichmann: una de las cosas que más lo horrorizaba era ver que este genocida era un hombre como él. Y a mí, una de las cosas que más me horrorizó era que los represores no respondían el estereotipo del cual yo me venía cuidando. El estereotipo del milico engominado, de pelo oscuro, bigotazos. No, no, para nada. Eran como los compañeros de militancia: chicos con rulos, con barba, con camisas a cuadros, con botitas de gamuza y jeans, fumaban la misma marca de cigarrillos que yo, Particulares 30. Eso resultaba espeluznante: el sentir hasta qué punto estábamos expuestos por nuestros propios preconceptos. Buscábamos un estereotipo y estas bestias, capaces de torturar y de matar, que llevaban chicas de 19 años encapuchadas y engrilladas en los baúles de los Falcon, podían ser, de aspecto, estudiantes de Sociología.

–No lo tome como una chicana, pero, ¿no la horrorizaba el hecho de que esos represores pudieran ser peronistas como usted?

–No, de ninguna manera lo tomo como una chicana, pero claramente no eran peronistas como yo. En principio, el peronismo es un movimiento, y como todo movimiento tiene distintas expresiones. Noso­tros éramos la expresión más progresista y transformadora del movimiento peronista, mientras que había gente que era muy conservadora, de derecha, filonazi. Pero el peronismo no es el único ejemplo en el mundo de estos movimientos tan amplios, que abarcan tanto. Y las características de Perón también daban para eso, en el sentido de que en distintas etapas de su vida alentó a la izquierda revolucionaria dentro del movimiento o al sindicalismo más retrógrado y burocrático o a la derecha promoviendo que entrara a las universidades. El peronismo abrigó a gente como Alberto Ottalagano, Oscar Ivanissevich o José López Rega. Dentro del movimiento, era obvio que ese enfrentamiento entre partes se iba a dar. Ahora bien, yo no vengo de una raíz peronista. Yo me incorporé tardíamente al peronismo, luego del 1º de mayo de 1974, exactamente hacia fines de ese año. Antes era muy jovencita, y mi utopía perfecta sigue siendo el anarquismo. No reniego del anarquismo: es cierto que se necesitan seres humanos hechos de otra pasta, pero una utopía de una sociedad sin Estado ni patrón me sigue pareciendo interesante.

–Dentro de esas utopías, ¿como vivía esas salidas a la que la llevaban sus captores? Estaba condenada al horror, y de repente la sacaban, la vestían y la sentaban en lugares donde había mucha gente disfrutando de una cena en un restaurante. ¿Qué soñaba en esos momentos: con escaparse, con gritar quién era, con alguna posibilidad de liberación?

–En algunos momentos tuve fantasías de escape, pero me imaginaba el después y se me venía el mundo abajo. Imaginaba que me iban a matar en el momento mismo de intentar correr, que no iba a tener la menor chance. No tenía ningún tipo de recursos. Y, además, quedaban atrás mis compañeros como rehenes dentro del campo de concentración, con los que había desarrollado una relación muy estrecha, de mucho cariño. El campo de concentración hermana: allí está la expresión “hermanos de campo” que usan los sobrevivientes del nazismo. Y además, estaba mi propia familia. En los pasillos de la Esma se hablaba en murmullos de la familia Tarnopolsky, destrozada en represalia por Jorge el Tigre Acosta, y yo tenía un hermanito de 13 años. De haberme escapado hubiera desprotegido a toda mi familia. Estaba mucho más allá de lo que yo podía hacer. Me daba, eso sí, mucha vergüenza salir con mis captores. Vergüenza y bronca.

–¿Estaba convencida de que la gente en esos sitios percibía que usted era una detenida?

–No, al contrario. Me sorprendía que no se dieran cuenta, por mi palidez, por mi cara de susto, por la tensión. Estaba contraída, en una situación de tristeza, angustia, alerta, desazón. Era una experiencia traumática. Lejos de ser un momento de rélax era todo lo contrario. No era un recreo de la cárcel, no era un recreo del campo de concentración. Era una situación en la que ellos nos examinaban, nos ponían a prueba, nos observaban, escuchaban cada una de nuestras respuestas. Generaban situaciones para observar nuestras reacciones. Por ejemplo, mencionaban que esa tarde habían secuestrado a tal persona, o que por la mañana siguiente pensaban ir a secuestrar a tal otro militante. Y nuestras reacciones eran sopesadas y evaluadas por ellos, lo sentía permanentemente. Sentía que nos estaban tomando examen.

–¿Sigue doliendo el hecho de que, al juzgar a los represores, se haya realizado primero una defensa de la propiedad privada robada y recién después se haya tomado en cuenta las vejaciones a las mujeres? ¿Duele todavía el hecho del cuerpo femenino como una propiedad pública de los represores durante la dictadura?

–Claro que sí, sigue doliendo no entender cómo una sociedad sigue creyendo que el significado de la vagina de una mujer o el sexo de una mujer o el cuerpo de una mujer deba tener que seguir defendiéndose con nuestra vida. Esa cuestión del honor a la vieja usanza. Las compañeras que lograban salir de los centros clandestinos de detención les decían a sus madres que habían sido violadas y las madres decían “que no se entere tu padre” o “ni se te ocurra contarle a tu hermano”. O el caso del padre que, al enterarse de que su hija fue violada, quiere salir a matar al violador. Ni un abrazo, ni una pregunta a su hija. Parecería que era ese honor de hombre lo que había sido violado. Una reflexión: las mujeres siempre dejamos nuestro sufrimiento para lo último. Primero defendemos a los hijos, a los hombres, a otras mujeres. Y, por último, está nuestro propio sufrimiento. Somos como el último orejón del tarro. Y tenemos un espíritu de sacrificio tan incorporado que no nos pareció mal que, primero, la Justicia examinara los casos de las propiedades robadas a los desparecidos y recién después se escuchara “señores jueces, somos víctimas, condenen a quienes nos violaron”. Este es un reclamo muy tardío. Esta bien, podemos morigerar las responsabilidades de los jueces: la violación no era considerada un delito de lesa humanidad, no había muchas denuncias...

–...estaba considerado como una forma más de la tortura, como picanear o golpear...

–Claro. Y no es para nada lo mismo. Estaba subsumido dentro del delito de tortura, cuando es un delito de mayor gravedad y por lo tanto debe juzgarse por separado. Tal vez la edad a la que llegamos las víctimas tenga que ver con que podamos hablar libremente de lo que nos ocurrió. No es lo mismo para una mujer confesar que fue violada teniendo un hijo de 8 o 10 años que teniendo un hijo de 30. No es lo mismo que te digan “puta” a los 25 años que a los 60. Tiene otro impacto, tiene otro valor social. A esta edad, estamos un poco de vuelta de todas esas cosas. Nuestros hijos son adultos y lo pueden entender y absorber de otra manera. Hay una cosa que dijo Marta Candeloro, la mujer que logró la primera condena en Mar del Plata contra Gregorio Molina. Ella siempre repetía que, si denunciaba, se imaginaba los titulares de los diarios: “Violaron a la mujer del doctor Candeloro”. Ella no era ella. Era “la señora”, la “mujer del doctor”. Y en una sociedad chica y conservadora como la marplatense, siendo ella y su marido miembros de dos familias conocidas, ¿qué iban a decir de ella, qué le iban a decir a su hijo? Si hasta le habían sugerido cambiarle el apellido para inscribirlo en la escuela. Teniendo un hijo varón, para ella, el impacto social de esa denuncia iba a ser revictimizante. Sólo muchos años después, cuando el hijo tenía 25 o 26 años, Marta se decidió a llevar adelante la denuncia. Es todo un resumen de lo que vivimos allí adentro, lo que seguimos viviendo durante tantos años.

Fragmentos del capítulo “La casa de la CIA”

Miriam Lewin. Periodista

Me bajaron entre dos en lo que parecía un garaje. Me arrastraron hasta un primer piso por una escalera de cemento, sin baranda. Me hicieron sentar sobre una mesa de madera, grande, en el centro de una habitación amplia. Sentí movimientos, había mucha gente alrededor. Por lo menos diez personas. Me quitaron la capucha y me vendaron los ojos. Me sacaron la ropa. Me ataron de pies y manos. Uno de ellos pidió silencio. “Vas a escuchar bien cuando te hable”, me dijo. “Te voy a descubrir los ojos y me vas a ver la cara. Y no te vas a olvidar de lo que te voy a decir.”

Tenía razón.

Nunca me olvidé de esa voz, de ese acento.

Me descubrió. Vi el techo, vi que tomaba con una de sus manos un plafón que colgaba sobre la mesa y lo apuntaba a mi cara. Y vi su cara. Tenía ojos verdes que brillaban, era casi calvo y delgado. Estaba inclinado sobre mí.

–Oíme bien. Yo soy el jefe aquí, ¿me entendés? Yo soy el responsable, el dueño de tu vida y de tu muerte. De mí depende que sigas viviendo, ¿sabés? Si colaborás, te vas a tu casa. No nos importás vos. Sos una perejila, no sos nadie. Nos importa Patricia. ¿Adónde está Patricia?

No sé cómo dije no sé. Pero recuerdo la reacción que eso provocó. Me taparon de nuevo los ojos con un trozo de caucho.

–¿Cómo que no sabés? ¿No nos querés decir adónde está, no?

–No sé, hace mucho que no la veo.

Sentí una bofetada.

–Si no hablás, la vas a pasar mal, muy mal. ¿Adónde está Patricia? ¿Me escuchaste? ¡Si no hablás, te vamos a pasar uno por uno, hija de puta! –decían.

Todos se rieron a carcajadas.

Me levantaron la cabeza. Me corrieron el caucho de los ojos para que viera lo que pasaba. Uno de ellos se había bajado los pantalones y acercaba su pene fláccido a mi vagina en medio de mis piernas, abiertas en V, atadas a las puntas de la mesa.

No me asusté. Pensé que una violación o varias violaciones eran mejor que la picana. Que el sexo, aunque brutal, aunque a la fuerza, por lo menos era algo que se acercaba más a lo humano que la tortura. Que el conseguir placer aunque fuera contra mi voluntad, era más comprensible que provocar dolor.

–Puta de mierda, putita. ¿Cuántos abortos te hiciste? ¿Con cuántos tipos te acostaste?

–Está mejor en las fotos que personalmente –decía uno y se reía.

–Sí, en la foto parecía que estaba buena –Más risas–. Y yo que me había hecho ilusiones.

Me retorcían a pellizcones los pechos, el pubis.

Me sentía humillada frente a desconocidos. Mi sexo examinado, evaluado, interpelado.

–¿Cuántos tipos te garchaste? Mirá qué putita que debés ser... mirá...

Estaba desnuda, sola. Vencida. Se sentían golpes, pasos, patadas, gritos, conversaciones cruzadas entre ellos. Olor a alcohol. Eran muchos... ¿Cuántos eran?

Parecía un rito diabólico, y yo, la víctima a sacrificar.

–¿Donde está Patricia? Contestás y te vas a tu casa, turrita. Contestá de una vez. ¿Conocés la máquina? ¿Sabés quién es Margarita?

–No, no sé dónde está Patricia, no sé, no sé. No sé quién es Marga...

Se rieron otra vez, salvajes.

Margarita era la máquina, la picana, la parrilla.

Me sacudí con un dolor que nunca antes había sentido. Penetrante, insoportable. Me arqueé sobre la mesa y grité. Me taparon la boca. Mordí. Alguno de ellos me empezó a acariciar el pelo y a hablarme al oído. Me tomaba una mano.

–Tranquila, tranquila, no pasa nada –me decía.

Me pasaron la picana por los pechos, especialmente en los pezones. Me destaparon la boca para ponérmela en las encías. La humedad conducía mejor la electricidad. Me iba a explotar la cabeza. Miles de alfileres me perforaban la carne. Provocaban ardor, me contraía. Levantaron el antifaz de goma, tiraron de mi mejilla hacia abajo para separar el párpado inferior y probaron en los ojos. Ya casi no sentía más nada. Por momentos, creí que podía salir de mi cuerpo y mirar todo desde arriba. Lo intenté, lo hice, y me alivió. ¿Me habría muerto?

Gritos, insultos, gritos, insultos, gritos, insultos, golpes.

Obscenidades y puteadas.

Todo tenía algo de teatral. Macabro, pero teatral. Era una misa negra. Cada uno tenía su papel bien aprendido en el rito, que cumplía al pie de la letra y yo era la ofrenda.

El que estaba en la cabecera me seguía hablando bajito mientras los otros aullaban.

–¿Dónde está Patricia? ¡Decinos dónde está! ¡Si colaborás, no te pasa nada, piba!

De repente, se cortó la luz. Hubo silencio.

–¿Qué carajo pasó? –se preguntaron.

Sonreí. Juro que sonreí. Los trabajadores de Luz y Fuerza estaban haciendo cortes sorpresivos para reclamar la aparición del secretario general del gremio, Oscar Smith. Pensé: “¡Los laburantes!¡Los cagaron los laburantes, la puta que los parió!”.

Alguien seguía peleándola ahí afuera. No estaba tan sola...

Pasaron unos minutos. Hubo un silencio lleno de movimientos.

–¿Te llamás Peny? ¿Vos sos Peny?

–No.

–Sí, sos Peny. Peny o la Polaca, ¡ese es tu nombre de guerra!

–No, no soy Peny, me dicen Lili –contesté.

–Sos Peny, sos Peny. ¿Dónde está Patricia? Decinos dónde está Patricia. Eso es lo único que queremos de vos.

El corte de luz se prolongaba y trajeron la picana portátil que funcionaba con una batería. Tenía la boca destapada cuando empezaron a usarla.

Grité, grité lo más fuerte que pude.

–Dale, boluda, ¡si ésta es mucho menos fuerte que la otra! Esta es una cosquillita piba, una joda. Tuviste suerte.

Pasaron los minutos, las horas. El rito seguía. Los pechos, las encías, la vagina, los ojos, los pechos, las encías, la vagina. Gritos y golpes. Y de nuevo, el chirrido áspero y agudo de la picana.

“¡Silencio!”, gritó el del acento, el Mendocino.

De nuevo se acercó a mi cara, o más precisamente a mi oído. “Seguro que te habrán dicho que somos unos asesinos. No es así, si colaborás, vas a tener un juicio justo, vas a cumplir tu condena, y vas a volver a ver a tu familia. Tu amiga Patricia, que seguramente te preocupa, va a cumplir una condena más dura, porque quiso matar al padre.”

–No... –susurré.

–No ¿qué?

–No quiso matar al padre.

–Le puso una bomba en el Cóndor, ¿qué decís?

–No lo quiso matar, no fue así.

–¡No lo quiso matar! –gritaba burlón el coro griego de torturadores.

–¿Adónde estáaaa...? –me dijo, imitando mi tono de voz, el Mendocino.

–No sé, no sé dónde está, no la veo hace mucho, no nos vimos más...

–¡Bueno, basta, se me acabó la paciencia! –gritó–. ¡Te vamos a matar!

Fue un alivio. Dejaron de picanearme y trajeron un revólver.

Lo supe porque me levantaron el caucho y vi las piernas de algunos enfundadas en vaqueros alrededor mío. Pusieron una bala en el cargador delante de mis ojos. Me apoyaron el arma en la sien, la martillaron y apretaron el gatillo.

Aullaban. “¡¿Dónde está Patricia?!”

–No sé.

Me hicieron girar la cabeza hasta que pude ver el brillo del metal. No sentía miedo. Nunca les tuve miedo a las armas.

–¿Dónde está Patricia? Vos no nos interesás, nos interesa tu amiga.

No contesté. Respiré hondo. Estaba segura de que no iban a matarme tan pronto: querían información. Y prefería que siguieran con ese juego y no con la picana. Al lado de ese dolor insoportable, de esa sensación de que miles de hojas de afeitar me cortaban simultáneamente, lo demás era un recreo.

Empezaron a aplicarme el submarino seco. Usaron una bolsa de plástico para asfixiarme. Trataba de aspirar hondo, como cuando jugaba de chica con mi viejo en la pileta a aguantar debajo del agua. Contaba, uno, dos, tres, cuatro... No me van a matar ahora, no me van a matar así. Tranquila, pensaba.

Cuando ya no toleraba más o a veces un poco antes, despegaban la bolsa tensa de la nariz y la boca y podía dar unas bocanadas rápidas de aire. A veces lo acompañaban con un golpe en la cabeza que me dejaba mareada, pero no me impedía aspirar, aspirar todo lo que podía para soportar. El corazón bombeaba fuerte. Pero cualquier cosa era mejor que la máquina. Lo hicieron hasta que pensé que no iba a poder aguantarlo más.

No me voy a morir ahora.

¿Por qué carajo no me pude tomar la pastilla así me moría cuando yo quería?

De repente se hizo silencio. No estaba sola, pero algunos se habían ido escaleras abajo. Temblaba, de agotamiento y de frío. Pasaron unos minutos. Alguien me tiró algo encima del cuerpo, una sábana o una manta. No sé cuánto tiempo pasó. Creo que me adormecí. Se escuchaban movimientos abajo. Motores, órdenes, portones que se abrían. De repente, empecé a sentir un cosquilleo que tardé en reconocer como ganas de orinar. Crecieron hasta hacerse insoportables. No me imaginaba cómo, estaqueada en esa mesa, con una luz colgándome sobre los ojos encintados con caucho iba a poder decir que quería ir al baño. Pero lo dije.

Hubo silencio. Pensé que tal vez me habían dejado sola.

“Hacete encima”, escuché.

Una orden así, seca, despreocupada.

No les iba a dar el gusto de verme tan humillada. Me desataron y me hicieron sentar. Me pusieron la camisa y me alcanzaron la bombacha. Tambaleé cuando me pararon entre dos. Me ayudaron a bajar la escalera de cemento y llegué a lo que parecía un patio.

Sentí el aire fresco. Estaba mareada y débil. Me hicieron entrar en un cubículo donde había una letrina. Me separaron las piernas. “Hacé”, me decían. Quise cerrar la puerta de madera extendiendo las manos en la oscuridad. Apenas llegué a tocarla. “No”, dijo uno. Entendí que tenía que orinar delante de ellos. Me puse en cuclillas. Por debajo de la cinta de caucho les veía las piernas. Hablaban en voz baja. Uno tiró un cigarrillo al piso. Oriné. El ruido los hizo callar. Sentí que me miraban. Volvieron a subirme a la mesa de madera. Ya era de noche. No sabía cuántas horas habían pasado. De repente, alguien entró corriendo.

–¿Quién vive en Charlone? –me preguntó.

Tuve que pensar lo más rápido posible. Charlone era la calle de mi casa, la del departamentito de Madero, donde estaría Juan. “Sí, Charlone 1067 acá dice”. ¡Tenían la boleta de la tintorería! Habíamos llevado la ropa heredada de la Petisa para repartirla.

–No sé.

–No mientas, ¿quién vive en Charlone?

–No sé, siempre doy cualquier dirección.

¿Por qué carajo había dado la dirección real en la tintorería cuando ni siquiera la había dado en el trabajo?

¡Por qué me había equivocado así!

Ya no me preguntaban por Patricia, ahora iban por la información que yo tenía. Vinieron a buscarme y me subieron a un auto de nuevo, me acostaron en el piso, atrás. Pero ahora ya no gritaban. Uno de ellos, que viajaba adelante, me dijo: “Por fin te encontramos, turra. ¡Hace cuarenta días que no tenía un franco por vos! ¡Cómo nos hiciste laburar!”.

Alguien me acariciaba la cabeza de nuevo. Llegamos rápido y subimos una escalera. Me arrancaron la ropa y me acostaron en una cama turca. El elástico se me incrustaba en el cuerpo. Me ataron manos y pies otra vez con tiras de caucho y restos de neumáticos.

Entraron precipitadamente. De nuevo escuché el acento mendocino. Apoyaron algo en la cabecera de la cama. Me arrancaron la ropa. Los alfileres me perforaron toda. Me tiraron del pelo para levantarme la cabeza, me hablaron con bronca cerca de la cara. Me insultaban, olían a alcohol y a transpiración. De nuevo el rito, y yo ahí.

–Tenés que saber dónde está Patricia. Tenés que saber. Pensá, acordate –decían.

Me tiraban agua sobre el pecho. Creo que lo hacían con una toalla mojada que hundían en un balde y después retorcían sobre mí. La electricidad me quemaba. Me dolía todo el cuerpo. Me dolía tanto que ya casi no podía sentir. Alguien me tomó el pulso. “Todo bien”, dijo.

–Mirá, guacha, tenemos todo el tiempo del mundo –amenazó el Mendocino–. Nadie te va a venir a rescatar. Nadie sabe dónde estás, ni tus compañeros, ni tu familia que querés tanto, porque sabemos que la querés. Te vamos a torturar hasta que te quiebres, porque te vas a quebrar. ¿De qué te sirve aguantar? Te defendiste como una leona, la peleaste como una fiera cuando te agarramos. Ya está, perdiste. Per-dis-te. Tenés que saber dónde puede estar guardada Patricia.

Respiré hondo. Tenía razón. Si seguían picaneándome, me iba a quebrar. Nadie podía aguantar para siempre.

¿Cuántas horas habían pasado desde las cinco de la tarde, desde la parada del 28 enfrente de Jabón Federal? ¿Tres, cinco, doce? No tenía noción del tiempo. Sólo sabía que era de noche. Tenía que inventar algo que me permitiera descansar, que hiciera que pararan de darme máquina.

Me imaginé que podía mentirles y decirles que conocía una casa donde Patricia podía estar oculta. ¡Si supieran que la había visto, embarazada, tan desprotegida, en la estación Libertad de Merlo!

Tenía que ser una casa real, para describirla una y otra vez sin equivocarme. Tenía que ser una calle que conociera un poco. Tenía que tener algunos datos, pero no todos. Tenía que ser impecable la mentira. No podía darme el lujo de subestimarlos de nuevo.

Elegí la casa de un compañero amigo de Juan y del Taño. Era un PH, cerca de la avenida Nazca, en Villa del Parque. No sabía de qué lado de Nazca quedaba. Ni siquiera sabía si la casa quedaba en una calle transversal o en una paralela. Nunca iba a encontrarla, aunque hubiera querido. Resultaba creíble que Patricia y el Taño estuvieran escondidos allí, aunque la realidad es que era imposible. El hermano mayor del dueño de casa ya había sido secuestrado, y no era una casa segura.

El rito continuó un tiempo más.

Hubo más gritos, aullidos, golpes, risas.

Hubo más alfileres, más agua sobre el cuerpo, más descargas. Más puta de mierda, más promesas de salvación si colaboraba.

–Patricia puede estar en una casa adonde fui una vez –dije.

Se hizo silencio. Todo paró. La ceremonia macabra se fue desarticulando. Sentí la respiración del Mendocino muy cerca.

–¿Dónde? ¿Por qué pensás que puede estar ahí?

–No sé, es la casa de un amigo del Taño, que no milita. Hicimos una reunión una vez ahí...

–¿Dónde queda? –dijo. Lo pronunció de una manera especial, obscena.

–No sé la dirección, sé la zona. Es cerca de donde yo viví, en Villa del Parque. Fui de noche y tabicada, pero creo que la puedo encontrar.

El engaño surtió efecto. Me dejaron sola. La picana dejó de chirriar. Yo descansé. Tiritaba. Parecía que preparaban algo. Me desataron y me hicieron sentar en la cama. Me ayudaron a ponerme la ropa, con los ojos todavía vendados. Me encogía con cada contacto. No era una reacción consciente, era un reflejo.

“Tranquila. Ya pasó”, escuché decir al Mendocino. “¿Querés destaparte los ojos?” Se acercó uno de ellos, que lo interpretó como una orden. Y me arrancaron el caucho. La luz me lastimó. Me cubrí con la mano y parpadeé durante algunos segundos. Tenía los párpados pegados por humores viscosos y los ojos me ardían.

“No tengas miedo. Seguramente escuchaste que si alguien nos veía las caras eso significaba la muerte, pero te mintieron. Te mintieron en eso, como en otras tantas cosas.”

Hablaba el Mendocino. No era su apodo, se lo había inventado yo. Los demás nunca lo llamaron de otra manera que “Señor”. Tenía una voz melosa, falsamente cálida.

No bien pude despegar los párpados, me aterrorizó lo que vi.

Vi en semicírculo, sentados en sillas destartaladas, bajo los tubos fluorescentes de la habitación, a lo que parecía un grupo de compañeros. Tenían entre veinte y veinticinco años, como la mayor parte de nosotros. Se vestían con camisas a cuadros, jeans o pantalones de corderoy, botitas de gamuza o borcegos, como nosotros. Salvo por mi presencia y la de la picana, que estaba a un costado de la cama, no parecía una sesión de tortura, sino una reunión de ámbito de estudiantes de la JUP.

–¿Qué te pasa? ¿No nos imaginabas así? ¿Tan feos somos?

–No –dije–, lo que pasa es que parecen compañeros.

–Si queremos combatirlos, tenemos que mimetizarnos con ustedes.

Tuve un escalofrío.

–Estás nerviosa, ¿querés un cigarrillo? ¿Qué fumás, Particulares o Parisiennes?

Varios de ellos sacaron atados.

–¿Ves? Hasta fumamos las mismas marcas que ustedes...

La mayoría de ellos hubiera podido pasar por un militante en los pasillos de la facultad. ¡Qué estúpidos éramos! ¡Qué vulnerables! ¡Buscábamos el arquetipo del milico en la patota! Nos cuidábamos de los que se parecían al estereotipo que teníamos del enemigo: nuca rapada, pelo corto y engominado, bigote morsa y piel oscura.

¿Cuál de ellos sería el que manejaba la picana? Nada lo delataba. Ninguno de ellos parecía capaz de provocar ese dolor. En realidad, nadie que tuviera apariencia humana me parecía hasta esa noche capaz de torturar.