Un hombre de sesenta y pico aparece en la escena despoblada y propone contar una historia. El clima lo anima algo de música clásica, pero lo que marca el pulso de la tarea es la propia voz, la cadencia del señor canoso que expresa cambios de ánimo y situaciones sólo con su decir. Hace algunos años, Luis Pescetti proponía desde la TV Pública un juego muy lejano de la realidad televisiva actual: un espacio en el que la música y la narración oral invitaban a divertirse usando la imaginación, y –por qué no– a aprender mientras tanto.

Hoy, aunque el programa ya no esté al aire, el impulso se mantiene en sus shows y los de otros artistas como la narradora Ana Padovani. “En este tiempo todo se orienta a las redes sociales, pero hay más por decir y otras maneras. La puesta en escena de la narración oral tiene que ver con una necesidad de volver al origen. Hay un afán por escuchar, además de por contar”, explica a Veintitrés la artista que acaba de publicar Escenarios de la Narración Oral. Transmisión y prácticas, una suerte de guía para maestros y padres que intentan desarrollar el género casi constitutivo para la comunicación humana, pero que la tecnología parece haber obturado.

Con tantos cambios sociales, familiares y escolares, no aparenta ser fácil la tarea de educar –y entretener– a la vieja usanza. “Contar un cuento es un don de amor –explica Padovani–, porque entre otras cosas requiere tiempo y ese es un bien de uso por estos días. No hay otra manera de narrar si no es instalándose en un sitio, regalando nuestra atención al que desea prestarnos atención”. Para Pescetti es vital no subirse a un discurso agorero contra los tiempos que corren: “La verdad es que siempre creemos iniciar la historia, pero todas las familias y sus tiempos han sido particulares. Siempre creemos estar viviendo el inicio y el fin de los tiempos, pero nos toca la particularidad de nuestra época, nada más”.

A no asustarse, la imaginación infantil es inoxidable, o eso parece. “Muchos creen que en estos tiempos los nenes no se van a interesar en escuchar un cuento, pero ellos son los más agradecidos porque ponen en juego su imaginación, algo que justamente la tele no alimenta. Por eso el narrador no es visual y no les interesa a los programadores para los que el segmento infantil de la televisión ha caído enormemente, es curioso”, asegura la pionera en llevar la narración de cuentos al escenario. “Hoy los papás están más disponibles que nunca, la comunicación achicó la distancia –suma Pescetti–, pero sobre todo porque la noción de infancia cambió. Hoy vas a una reunión con tus hijos y ellos son los ejes de la reunión. En otra época los pibes ni pintaban. A la vez, en cualquier lado podés ver a un papá revisando su smartphone mientras hamaca a su hijo, hay que ver qué calidad de tiempo es ese”.

La irrupción de los teléfonos celulares parece crucial para ambos artistas. Luis, por ejemplo, cuenta que tuvo que hacer un PowerPoint que muestra antes de cada show explicando que el espectáculo que animará –el 19, 25 y 26 de julio en el ND Ateneo– realmente se produce “si se suspende el mundo”, es decir, la entrega debe ser enorme o no habrá magia. “El problema es la adicción que provoca la permanente comunicación. Fue una batalla importante porque al principio uno veía caras azules de gente contestando e-mails durante el espectáculo y eso no es una falta de respeto al artista, sino una falta de atención al nene, es como decirle ‘no quiero estar acá’”. Padovani asegura que no le teme a la tecnología: “A mí me sorprenden los chicos. Siempre cuento una historia de una bruja, y aunque parece una antigüedad, les sigue generando sorpresa”.

Pero de aquel “había una vez” de nuestros abuelos, a los cuentos televisados, hubo cambios y el género tuvo que adaptarse. “Vivimos una suerte de adultización de los nenes –dice Pescetti–, la ingenuidad se corrió y los chicos de 8 y 9 años saben cosas que antes no. Todo afecta la crianza de los chicos, pero no sé si es para bien o para mal”. En el mismo sentido, aporta Padovani: “Está claro que a un pibe de 10 años escuchar Caperucita Roja puede resultarle ridículo. Pero los chicos siguen siendo chicos, tal vez tienen acceso a cosas que los estimulan más y uno no debe perder de vista esas nuevas cosas que los circundan. Hay que adaptarse, no temer ni ponerse mesiánico”.

Con tantos cambios sociales, familiares y escolares, no aparenta ser fácil la tarea de educar –y entretener– a la vieja usanza.

“La mirada sobre la convivencia en familia siempre me conmueve mucho porque es la humanidad sin oropeles ni títulos. Yo hago humor sobre la convivencia porque me parece una de las zonas más reveladoras de lo humano en toda su extensión, porque en familia no tenés la proyección social, ahí uno es en chancletas”, se sincera el artista que invita a los padres y chicos a asistir ataviados con pijama. “Si te das permiso para observar, uno aprende como animador, pero también como padre, a leer los signos que los chicos nos dan. Si lloran mandando fruta o lloran porque algo les duele. Siempre aprendemos si nos tomamos el tiempo”, explica lejos de las recetas sobre la buena paternidad.

“Cuando yo era chico vivía en un pueblo y la cosa era muy diferente, ahora con la tecnología hay una ilusión de cambio, de que las cosas están controladas, y los pibes sienten que con un teléfono tienen más poder, algo que no es del todo real, porque también están más expuestos. Para bien y para mal”, recuerda Pescetti. Más preocupada por el rescate de lo propio, la narradora advierte: “En las universidades no se enseña la práctica de la narración oral. Por fortuna, en los jardines de infantes se está insistiendo en sostener el espacio del cuento y hay familias en las que los papás han visto que los chicos se interesan, el problema en este caso es la disgregación familiar. Antes siempre había un tío o abuelo que contaba historias, pero ahora la sobremesa es un espacio casi perdido”.

Padovani se entusiasma cuando recuerda que en la Feria del Libro –donde creó un espacio de narración– ve pasar miles de niños. “Son chicos que de alguna manera fueron estimulados, esa debe ser una cuestión de interés para los padres y docentes, porque importa que encuentren un canal para expandir su imaginación”, sostiene la narradora que los últimos viernes de cada mes realiza Contar Cortázar en el Auditorio David Viñas del Museo del Libro y de la Lengua, en el que cuenta la vida de Julio Cortázar e interpreta algunos de sus textos.

¿Pero cómo lograr que la televisión pase a un segundo plano y haya interés por leer? Pescetti parece tener la clave: “Siempre que lo que se lea sea interesante y atractivo, habrá interés de lectura. Para eso la estrategia es escribir lo mejor posible. Yo a los maestros y papás les recomiendo que lean todo lo que puedan para saber con qué seducir a los hijos. Un papá que lee podrá ofrecer variedad a su hijo”.

“Hay que revalorar la transmisión oral. Si volvemos a mirar el género encontraremos las tradiciones e historias colectivas que necesitamos rescatar con urgencia o perderemos para siempre”, insiste Padovani que actualmente trabaja en un proyecto de capacitación docente para que enseñen a narrar a los chicos. “Son increíbles, frescos y bellos al hacerlo. Se divierten tanto, pueden hablar, mostrar cosas propias”.

Expertos en el arte de decir, ambos artistas, que antes fueron educadores, y aun antes niños, hoy insisten en impulsar el uso de ese género narrativo que alguna vez propició la expresión misma de una cultura, que se resiste a perecer.