Emboscado por el infortunio. Así podría haberse titulado alguna crónica sobre la captura de Luis "El Gordo" Valor en una calle de San Miguel, luego de una persecución iniciada por un cruce fortuito con una camioneta de la seguridad comunal. Las imágenes del asunto –tomadas por las cámaras del municipio y difundidas por televisión– abarcan la desaforada carrera de los patrulleros tras la Renault Kangoo del atracador más célebre del país y, también, su epílogo: Valor ya en el suelo con las muñecas esposadas. Y sus ojos irradiaban el brillo del final.

Quizás en ese instante lo haya tomado por asalto un recuerdo infantil. Fue un domingo de 1960 en la casa familiar, situada en una isla de San Fernando, sobre el río Paraná Miní, cuando él, a los siete años de edad, presenció desde la copa de un árbol como su padre –un trabajador que completaba sus ingresos con ocasionales contrabandos– era detenido por la Prefectura.

A fines de 2009, en una entrevista con quien esto escribe, Valor evocaría el episodio: “El oficial le indicó a mi viejo que subiera a la lancha; él obedeció. Dos milicos, entonces, lo tomaron de los brazos; otro lo esposó. Mamá gritó, mientras la lancha comenzaba a alejarse. Mi perro, un ovejero alemán llamado Lobo, saltó a la cubierta y empezó a los tarascones. Uno desenfundó su pistola para apuntarla con las dos manos hacia su cabeza. Yo pegué un alarido. El tipo desvió la mirada y también el arma; ahora me apuntaba a mí. El oficial atinó a darle un manotazo para impedir que tirara. La pistola se le soltó de los dedos. Y Lobo le mordió la pantorrilla. Cuatro milicos se le tiraron encima; de esa forma pudieron reducirlo. Y lo tiraron al río. Lobo regresó nadando al muelle. Las lanchas se alejaban definitivamente. Por último, vi que mi viejo giraba la cara hacia nosotros. Jamás pude olvidar su expresión."

El 4 de diciembre de 1995, tras el asalto a una ferretería de Caballito, el Cura Pérez fue mortalmente herido. Y se desangraría poco después. En ese instante había dejado, para siempre, de contar los días.

Desde ese día transcurrieron 54 años. Ahora, en la mañana del domingo 6 de julio de 2014, el brillo de sus ojos presagiaba desde el suelo otra de sus tantas temporadas en el infierno. 

Lo cierto es que el nuevo arresto de Valor ocurrió a casi dos meses de su última excarcelación. Semejante recurrencia penitenciaria es, justamente, lo que inquieta al espíritu público. De hecho, sobre ello corre actualmente un río de tinta, alimentado con una profusión de diagnósticos e interpretaciones a cargo de periodistas, criminólogos y opinadores de toda laya, en torno a un puñado de enigmas previsibles, formuladas desde la sensatez y el sentido común ¿Hay gente adicta a la vida fuera de la ley? ¿Qué lleva a la repetición de conductas delictivas? ¿Estamos frente a un malviviente crónico?

En realidad habría que saber qué extraño resorte del azar incidió en que este traspié de Valor fuera la réplica exacta de su anterior caída a las mazmorras del Código Penal. 

Ya se sabe que el 30 de julio de 2009, aquel mismo hombre fue capturado en una calle de Olivos, luego de una persecución iniciada por un cruce fortuito con un patrullero en el partido Malvinas Argentinas. También aquella vez, los policías dieron fe de su actuación con imágenes obtenidas por las cámaras del municipio. En resumen, un calco perfecto de lo que volvería a pasar con él un lustro después. ¿Acaso un contratiempo repetido se convierte en un estilo?

TEORÍA DEL ETERNO RETORNO. Bien se podría considerar al respecto un caso de estudio el de Julito Pacheco, un pistolero cercano a Valor. 

Tanto es así que participó con él y otros dos convictos de la antológica fuga del penal de Devoto en septiembre de 1994, al descolgarse con sábanas por los muros hasta ganar la calle. Y también se las ingenió cuatro años después para irse de esa misma cárcel por el portón principal,  junto a Daniel "Tractorcito" Cabrera, ambos disfrazados de abogados.

Su primera evasión concluyó tres semanas más tarde, al ser capturado bajo los efectos de alguna pócima, al volante de un auto robado que avanzaba de contramano por una calle de Almagro. La segunda, a 28 días de la huida, tras protagonizar un choque en cadena, también bajo los efectos de alguna pócima. Lo que se dice, el estigma de la repetición en estado puro. 

Claro que la falta de dicha repetición es aún más fatal. Tal fue el caso del mítico Juan José Ernesto Laginestra, alias "El Pichón", uno de los pistoleros de la época de oro de la delincuencia argentina –junto a personajes como Jorge Villarino y Horacio "Lacho" Pardo, entre otros– que transcurrió desde fines de los '50 hasta ya entrados los '70. 

La cuestión es que, luego de haber cumplido más de 13 años detrás las rejas, cayó abatido en diciembre de1986 en un arrabal de Villa Ballester antes de cometer un robo, cuando desde el Taunus verde que tripulaba junto a dos compinches se tiroteó con la policía. La causa: una denuncia telefónica efectuada por una vecina del barrio. A esta altura, resulta paradójico que ese hombre, quien consumó trepidantes enfrentamientos con la autoridad –el comisario Evaristo Meneses era uno de sus más dilectos adversarios– y que supo ganarse el respeto de sus pares, haya resultado muerto debido al trámite propiciador de una vecina desconfiada.

No le fue mejor a Villarino, apodado "El Rey del Boleto" por su propensión a las fugas, quien supo ser otro de los rivales acérrimos de Meneses. Sólo que este murió ya anciano y por causas naturales, a comienzos de 1999, en la Cárcel Modelo de Barcelona. Allí fue a parar en 1984 por el robo a una joyería en esa ciudad. En ese año, ya falto de reflejos, logró traspasar sus muros, pero no por mucho tiempo: en la esquina se tiroteó con la policía, fue herido en una pierna y devuelto al penal. Estuvo allí hasta el último día de su existencia. Su archienemigo Meneses había muerto –también por causas naturales– cinco años antes. 

Tal vez, quien mejor explicó la pulsión de los pistoleros por permanecer en el tiempo haya sido Juan Carlos Pérez, más conocido como "El Cura" por haber cometido un robo disfrazado con una sotana. Y sus palabras fueron: "Estoy libre desde hace tres meses y una semana. Antes contaba los días que me faltaban para salir; ahora cuento los días que me sobran. Porque la libertad no es la fantasía que uno tenía estando en cana. Allí uno piensa: 'Cuando esté afuera se acabarán todos los problemas'. En realidad se acabarán todos los problemas de la reja. Y empiezan otros; porque a fin de mes hay que pagar el teléfono, la luz y las expensas. Y las tentaciones son muy grandes. A veces me siento como los tipos esos que van a Alcohólicos Anónimos: ellos se prometen a sí mismos no beber durante las próximas 24 horas. Yo hago lo mismo: trato de aguantar 24 horas sin salir de caño."  

El 4 de diciembre de 1995, tras el asalto a una ferretería de Caballito, el Cura Pérez fue mortalmente herido. Y se desangraría poco después. En ese instante había dejado, para siempre, de contar los días.

TRISTE, SOLITARIO Y FINAL. La leyenda asegura que, entre los años '80 y comienzos de la década siguiente, Valor lideró una organización criminal compuesta por más de cien pistoleros diestros en el arte de expropiar bancos y blindados; la leyenda también sostiene que los integrantes de semejante cofradía no se conocían entre sí. Y que operaban en estructuras celulares, percibiendo por sus servicios haberes mensuales liquidados por el contador de la banda. A partir de entonces, algunos medios comenzarían a hablar de la Superbanda.

Después se sabría que la Superbanda era, simplemente, una suerte de excusa para construir el mito de una Superpolicía. Detrás de dicha puesta en escena estaba nada menos que el comisario Mario Chorizo Rodríguez, quien por entonces encabezaba la temible Brigada de La Matanza. No es que esa camada de pistoleros haya salido de su imaginación. Pero estaban agrupados en pequeñas organizaciones, y no en una estructura tan sofisticada como pretendía hacer creer el citado jerarca policial. En ese contexto, El Gordo era apenas un atracador de segunda línea.

Lo cierto es que adquirió celebridad el 16 de septiembre de 1994, cuando, junto con otros cuatro presos (entre ellos Hugo La Garza Sosa y Pacheco), se descolgó por los muros de la cárcel de Devoto. Desde ese mismo instante, se convertiría en el enemigo público número uno.   

En 1995, Valor fue capturado por Rodríguez, al parecer, debido a la traición de un allegado suyo. Tiempo después sería condenado a 30 años de cárcel. Saldría en libertad condicional en diciembre de 2007, debido a que su condena no era firme. Había pagado sus andanzas con 15 años de cárcel. Dos años después caería nuevamente.

El resto de la historia ya es conocida.

Entre las armas y las rejas

La Superbanda: Luis "El Gordo" Valor era parte de una de las más célebres camadas delictivas de la historia penal argentina. La Superbanda se dedicó al robo de bancos y camiones blindados y estaba conformada, entre otros, por Hugo "La Garza" Sosa y Daniel "El Pelado" Hidalgo. 

La fama: entre finales de los '80 y la primera mitad de la década del '90, la banda protagonizó una serie de violentos asaltos, en los que atacaban equipados con armas de grueso calibre y, en algunos casos, se alzaron con suculentos botines 

La gran fuga: en 1994, El Gordo había sido noticia cuando se fugó del Penal de Villa Devoto junto a La Garza Sosa y otros presos, quienes se disfrazaron de médicos y guardiacárceles. Tras descolgarse de una sábana y saltar desde siete metros lograron ganar la calle, aunque él fue recapturado el 18 de mayo de 1995.

A la sombra: estuvo alojado en la Unidad Penal 21 de Campana y tenía en su contra tres condenas: 24 años por una serie de robos; 20 años por el atraco a un blindado en La Reja; y siete  por la fuga del penal de Devoto.

Las caídas: el 3o julio de 2009 se negó a parar en un control policial y fue apresado entre las localidades de Olivos y Pablo Nogués. Al igual que ahora, estaba con un cómplice e iba fuertemente armado.

Pesados de antes

"El Rey del Boleto" - Jorge Villarino se escapó de Devoto, Caseros y la Penitenciaría Nacional. Murió en Europa.

El ladrón de bancos - Juan José "Pichón" Laginestra lideró asaltos millonarios. Falleció a los 49 años durante un tiroteo.

El comisario Meneses - Su nombre era Evaristo y estuvo 30 años en la Federal persiguiendo a Villarino y Laginestra.

"Buenos muchachos" - Hugo La Garza Sosa, Luis Valor y Julio Pacheco en los '90, la época de esplendor de la Superbanda. 

OPINIÓN

Por Juan Alonso

Los evadidos de siempre en el fin del alambrado

Los evadidos es una película estrenada en 1964, dirigida por Enrique Carreras. Un soberbio Jorge Salcedo intentó darle encarnadura a la vida de un personaje mítico de la delincuencia de los guapos porteños –retratada de forma magistral por Ragendorfer en estas páginas– que no pueden eludir su destino trágico. Y Jorge Eduardo Villarino no fue la excepción. Nació un día de junio de 1931 en Buenos Aires y murió en Europa. Sus restos fueron enterrados en el cementerio de Milán: al igual que Evita, anduvo por ahí con nombre falso. Se pasó décadas a los balazos cuerpo a cuerpo con la policía. 

Ahora no faltan quienes argumentan sobre patrones de conducta y zonceras por el estilo: el hombre es impredecible como un lobo herido. Y la libertad es todo lo que anhela un viejo y consumado ladrón. Luis “El Gordo” Valor arrastra su estela de cometa fulgurante del hampa. Está atado a ella. Perseguido por una patrulla perdida, no le alcanzó con una pistola: cayó con cuatro armas de guerra encima. Como al personaje de Una sombra ya pronto serás se topó con el fin del alambrado.