El nuevo encuentro de los BRICS podría ser otro en el cual sus líderes sigan destacando sus coincidencias respecto del futuro, escondiendo debajo de la alfombra diferencias que no tienen por qué aflorar todavía.

Sin embargo, esta vez se entrevé un encuentro diferente: con Brasil de anfitrión, algunas otras economías –como nuestro país– aprovecharán para tomar contacto directo con líderes y protagonistas importantísimos de la coyuntura internacional, como el premier ruso y el presidente chino.

Además, a los participantes habituales se les sumaría Argentina como observadora y los restantes miembros de la Unasur también viajarán, y aunque su reunión con los BRICS sea protocolar, su carácter político no puede soslayarse.

Ahora bien, ¿tiene sentido para Brasil impulsar ambas instituciones, cuyos objetivos tienen muchos puntos de contacto?

Algo similar ocurrió en Durban, cuando el encuentro se realizó en África. Pero el impacto puede provenir del lado de los anuncios, que al trascender permiten especular sobre las intenciones de colaborar en el diseño de una nueva arquitectura financiera internacional. 

Se definiría la conformación de un acuerdo de reservas de contingencia (CRA) y el lanzamiento de un Banco de Desarrollo, cuyo capital podría llegar a los U$S 100 mil millones. 

Ha trascendido que hay diferencias respecto de su integración y mecanismos de decisión, y hasta con el destino mismo de los fondos prestables: si van a economías en vías de desarrollo con intereses de los capitales de los BRICS, o solamente para avanzar con proyectos en las propias economías integrantes. 

En uno u otro caso, el tema no es menor. Si se tratase del primer escenario, Argentina puede aparecer como potencial beneficiaria en el radar chino, ruso y brasileño; en el segundo, sus eventuales funciones parecen colisionar con el nonato Banco del Sur (cuyas dudas institucionales obedecerían al pretendido hegemón suramericano, Brasil). 

Ambas semillas germinan desde el desprestigio, pérdida de poder y control político de los gendarmes financieros de la 2ª posguerra, el FMI y el BM. 

Ahora bien, ¿tiene sentido para Brasil impulsar ambas instituciones, cuyos objetivos tienen muchos puntos de contacto?