Como toda buena ficción, la historia de la caminata de Neil Armstrong en la Luna (de la cual mañana se cumplen 45 años, número redondo, como una pelota, como la Luna misma), merece ser cierta. Y como tal deberá tomarse aquí, siguiendo la enseñanza de Chesterton sobre “la voluntaria suspensión de la incredulidad”. No se trata de desentrañar los entresijos de si en realidad la nave Apollo 11 llegó o no hasta allí ese 20 de julio de 1969, tampoco hurgar demasiado en eso de que la filmación se hizo en un estudio televisivo. Ni menos aún dilucidar esa cosa de las primeras palabras en suelo lunar, esa entelequia del pequeño paso y del gran paso pronunciada al día siguiente. Esas historias son chiquitas, pobres, al lado de la gran historia: la de las últimas palabras de Armstrong sobre superficie selenita, ese “good luck, mister Gorsky” (“Buena suerte, señor Gorsky”, según la traducción comparada obtenida mediante la lectura de los diccionarios Collins y Longman) que por años desveló a espías de todo el mundo, pero sobre todo a los yanquis y a los rusos.

Es que desde el 21 de julio de 1969, todas las agencias de inteligencia (sin distinción de credos ni banderías), intentaron decodificar las cuatro palabritas (“good”, “luck”, “mister” y “gorsky”) de atrás para adelante y de adelante para atrás. Las dieron vuelta, las zamarrearon, intercambiaron sílabas y letras, cambiaron unas por otras y otras por unas, y nada. Nada. Las palabras, dichas como al descuido por Armstrong antes de subirse nuevamente a la cápsula en la que había alunizado, persistían en su secreto. ¿Quién era Gorsky, era un señor, por qué se le deseaba buena suerte, suerte para qué?

Y allí nace la historia. Allí se dilucida el enigma. Justamente allí, con esa pelota y ese patio trasero. ¿Cómo? A saber: Cada vez que le preguntaban, en los años sucesivos a su alunizaje, sus pasos pequeños y grandes y su frasecita, Neil respondía con una sonrisa y el silencio, a cual más pétreo.

Entonces; la historia: el 21 de julio de 1969, antes de subir la escalerita del módulo lunar para emprender el regreso a la Tierra, Neil Armstrong (bajo la protección y el anonimato absurdo que le proporcionaba su casco de astronauta, el que a su vez le permitió, sin que nadie lo viera, que esbozara una sonrisa) dijo al microfonito, a la NASA, a la humanidad toda las cuatro palabritas famosas: “Good luck, mister Gorsky”.

La frase asombró primero y desconcertó después a todos los que seguían la transmisión de la hazaña del Apollo 11. Y siguió desconcertando y quitándoles el sueño a los analistas internacionales y desencriptadores de códigos secretos de toda laya.

Pensaron que era un retruécano contra algún astronauta enemigo, pongamos por caso, ruso. Una forma de cargarlo por haberlo vencido en la carrera espacial comparable al argentinísimo y actual “Brasil, decime qué se siente...”. Pero no. No había registro de ningún Gorsky en la plantilla de titulares y suplentes de la astronáutica soviética. Tampoco en la de técnicos y científicos de la NASA, con lo cual quedó descartada la teoría de un código acordado entre el Control de la Misión y el astronauta para dar cuenta de alguna información que no debía ser divulgada (tipo “che, esto está lleno de minas” o “dios existe, sí, pero es negro”). La nebulosa crecía. Y creció con los años.

Nadie atinaba a comprender de manera certera qué diablos había querido decir ese muchacho nacido en 1930, para colmo de males en un pueblito del estado de Ohio llamado Wapakoneta (“¿Algo tendrá que ver?, nada bueno debe provenir de ese nombre”, se codeaban los espías). Investigaron la filiación de sus padres, Stephen Koenig Armstrong y Viola Louise Engels. Creyeron ver algo indudablemente prosoviético en el apellido materno, pero de­sestimaron el macartismo cuando descubrieron que el padre iba de acá para allá como auditor del Estado. Estudiaron la lista de visitantes de las Carreras Nacionales Aéreas de Ohio de 1935, donde Stephen había llevado al pequeño Neil, y nada. Sólo pudieron corroborar que en ese momento había nacido el interés por el vuelo en el pichoncito Armstrong. Interés que se potenciaría en 1936, cuando, con seis años, Neil hizo su primer vuelo en un aeroplano Ford Trimotor, popularmente conocido en la región con el poco metafórico –pero indudablemente yanqui– mote de “Ganso de Hojalata”.

La aviación lo inflamaba a Neil. La aviación y el fútbol (una arborización de la historia dice que era el béisbol, pero permítase aquí seguir la línea argumental que más conviene a la idiosincrasia argentina). Neil, a la salida del colegio, corría con sus compañeritos hasta el patio de su casa para jugar interminables picados. Picados que terminaban con el enojo materno (de la Engels que, como buena alemana, del fútbol sólo le importaba ganar) o con la estampida de casi todos los compañeritos hacia la merienda, los deberes y la serie Bonanza). Pero Neil seguía pateando con alguno de sus amigos reacios a los dictámenes del buen alumno.

Y allí nace la historia. Allí se dilucida el enigma. Justamente allí, con esa pelota y ese patio trasero. ¿Cómo? A saber: Cada vez que le preguntaban, en los años sucesivos a su alunizaje, sus pasos pequeños y grandes y su frasecita, Neil respondía con una sonrisa y el silencio, a cual más pétreo. Los años pasaron, como siempre ocurre. Los servicios de inteligencia, hartos de la poca obtención de datos para destrabar el misterio (pero sobre todo medio achanchados luego de la caída en 1989 de la Unión Soviética), preferían inmiscuirse en otras historias. Por fin, una tarde primaveral, la del 5 de julio de 1995, 26 años después del puntapié inicial de la historia, estalló la verdad en los estudios de la Columbia Broadcasting System (CBS). Esa tarde, el presentador Walter Leland Cronkite (premio Peabody, Medalla Presidencial de la Libertad, TCA Awards a la trayectoria) entrevistó, en el programa televisivo CBS Evening News que conducía desde 1962, a su íntimo amigo Neil. Cronkite, precursor del minuto a minuto, defensor como Mirtha Legrand de la interrogación urticante, esa “que se hace la gente”, cerró su interview con la famosa pregunta sobre aquellas cuatro palabras. El “bueh, te lo voy a decir, de amigo a amigo”, de Neil, desconcertó tanto al experimentado Cronkite como a la teleaudiencia. Neil se arrellanó en el sillón y se dispuso a la confesión: “Es cierto que durante muchos años me preguntaron qué significaban esas enigmáticas palabras, y durante todo este tiempo me sentí obligado a no dar la respuesta al sentir que era algo extremadamente confidencial. Pero hoy la situación cambió. Hace poco, me avisaron que el señor Gorsky murió. Por lo tanto, creo que ahora ya no importará que revele el significado de aquella frase”. Neil, sabedor del poder de las historias, hizo un silencio como aquellos que hacían los personajes de Beckett, se repantigó un poco más en el sillón, miró a Cronkite y continuó: “De pibe, una nochecita, estaba jugando a la pelota con Ralf, un compañerito del colegio en el patio de mi casa en Wapakoneta. Ralf no pudo contener uno de mis remates y la pelota fue a parar a la casa de los vecinos, los Gorsky. Me tocaba a mí ir a buscarla, entonces salté el cerco y me acerqué hasta el pie de la ventana del dormitorio donde había aterrizado la pelota. Fui en silencio, porque la señora Gorsky era de aquellas mujeres que gustaban de acuchillar pelotas caídas en su jardín. Cuando estaba por tomarla, escuché gritos de discusión dentro de la casa. Era la señora Gorsky, que gritaba a su marido ‘¿que querés que te chupe qué?’. El señor Gorsky, quizás por su acendrada creencia en la política del buen vecino o vaya a saber uno por qué, dijo algo en voz muy queda. Tanto, que no logré escucharlo. Pero el grito de la señora Gorsky fue más pronunciado aún que el anterior: ‘¡Te la voy a chupar cuando el abombadito de los Armstrong camine en la Luna!’. Aunque durante algunos años no sabía a qué se refería, aquella frase me siguió dando vueltas en la cabeza. De modo que, después de la caminata lunar, no pude evitar acordarme del pobre señor Gorsky y de preguntarme si él le haría recordar a su mujer aquellas proféticas palabras. Por eso, antes de subir al módulo, no pude dejar de desearle la suerte que bien se merecía tener después de todo”.