Luis Rivera es autor de Periodismo y barras bravas, un enfoque platense, ensayo que refleja los usos y costumbres de los capos de las hinchadas con los cuales estuvo durante seis meses. Walter Buffarini fue, durante años, el encargado de comunicación del Comité Provincial de Seguridad Deportiva (CoProSeDe). Son, los dos, periodistas de larga trayectoria (hoy comandan el sitio web diagonales.com) y de muchas coberturas deportivas y sociales. Ambos se reunieron para dilucidar la instalación de la violencia del último domingo mientras la sociedad quería festejar por el subcampeonato obtenido por la selección nacional y la salida a la luz de los negociados con la reventa de entradas para la Copa del Mundo que involucra a altos dirigentes de la AFA.

–¿Qué relación pueden observar entre los desmanes del domingo pasado, el affaire de la reventa de entradas y la disolución premundial del colectivo Hinchadas Argentinas?

Walter Buffarini: –La relación, sin dudas, es un conflicto económico. El problema se da porque hubo unos tipos que, en un momento, vieron una veta por donde podían obtener buenos dividendos al conformar Hinchadas Argentinas. Era una cuestión meramente comercial: ir al mundial de Sudáfrica, viajar gratis y hacer una diferencia económica. Esta vez, en cambio, no lo pudieron hacer. No creo que sea oportuno poner a nadie por detrás digitando por qué sí o por qué no, pero por distintas circunstancias, quien tenía el poder de decisión dijo “se acabó Hinchadas Argentinas, no nos sirve más”. Y no viajaron, y al no viajar no pudieron hacer caja. En otros mundiales no se había dado el tema, particularmente tocando la Argentina, de la reventa de entradas como se dio esta vez. A los dirigentes les sobraron las entradas que tenían para los barrabravas. Y esta vez no hubo intermediarios: el vicepresidente de la AFA, Luis Segura, y otros dirigentes que viajaban con la selección de fútbol las vendieron. Antes se las daban a los barrabravas de Hinchadas Argentinas para que hicieran su diferencia. Esta vez, como no ocurrió, terminaron escrachados los dirigentes. A tal punto que tuvieron que salir a admitir que las habían vendido: una cosa de locos. Y por otro lado están los que no pudieron viajar y no pudieron hacer negocio.

"Es muy difícil que un barrabrava de determinado club trabaje para otro club. En todo caso hacen negocios con los otros, pero no van a alentar a otro equipo".

–¿Cómo traslada esa decisión a la locura del domingo pasado?

W. B.: –Es que hay que entender cómo piensan esos tipos. Simple: me cerraste la canilla de la guita fácil, entonces te armo quilombo acá. El tema de la violencia en el fútbol se solucionaría muy fácil respetando los estatutos de los clubes. Hasta en los estatutos más arcaicos de los clubes hay un artículo que dice que un socio será expulsado si mancha el nombre de la institución. Pero acá nadie parece querer leerlo. Allí está el pobre Javier Cantero, que en un momento se creyó el personaje, y salió a hablar contra la hinchada. Los tipos que rompieron todo para pudrir la asamblea de Cantero son socios de Independiente.

Luis Rivera: –Hay una falsa creencia entre la sociedad sobre los barrabravas: se supone que los barras sólo trabajan el día del partido. Y en realidad, estos grupos lograron un grado de organización y de pertenencia tan estrecho que son barrabravas los siete días de la semana, no esperan el día del partido para pedir entradas. Ellos trabajan todos los días, viendo a quién o dónde aprietan para conseguir la guita para viajar, para la ropa que van a usar. Trabajan todos los días aceitando los negocios que ellos establecen. Y otra cosa: ellos trabajan para ellos. Estuve seis meses en convivencia con ellos, una convivencia, por supuesto, que era hasta donde ellos ponían límites. Y allí vi el trabajo y la forma de ese trabajo: si hoy paga Fulano, trabajan para Fulano, si mañana paga otro, cambian y trabajan para otro. Pero, además, sí hay un sentido de pertenencia que los identifica con el club al que pertenecen. Es muy difícil que un barrabrava de determinado club trabaje para otro club. En todo caso hacen negocios con los otros, pero no van a alentar a otro equipo. Y en esta organización hay un tema importantísimo, que es la financiación de sus gastos. Históricamente, la organización de las barras se daba por medio de la reventa de entradas. Eso hoy dejó de ser la mayor entrada de divisas porque, en líneas generales, no se venden entradas al público visitante, entran sólo los socios. Allí se cortó un flujo de dinero muy grande. El otro flujo que tenían era la reventa de camisetas. Mangaban la ropa oficial del club y luego las vendían quedándose con toda la plata. Pero eso daba muy poco margen, y entonces empezaron a plantarse en un territorio hasta ahora absolutamente ajeno a ellos que es la participación en la venta de jugadores. Hoy hay barrabravas que son dueños de jugadores. Los famosos grupos empresarios pueden estar formados por tipos de saco, corbata y oficina en Puerto Madero o pueden formarse por tipos que usan buzo, gorra y filiación barrabrava. Dentro de esa estructura, los viajes terminan siendo una prenda de cambio: si se portan bien, les habilitan viajes. Pero esta vez no hubo posibilidad de viajar.

–¿Por qué cree que esta vez se les dijo “no” a esos viajes, a esa posibilidad de negociar?

L. R.: –Porque el Estado Nacional fue como obligado a plantarse ante la identificación de quienes se comportan de manera agresiva. Esta vez no era una cuestión de fronteras adentro, había que responder a otro Estado, como el brasileño, que es socio económico trascendental para la Argentina. Y se planteó que unas mil o dos mil personas no podían entrar a un estadio durante la Copa del Mundo. De alguna forma, eso se lo iban a cobrar. De todos modos, el capo de la barra brava de Independiente, Bebote Álvarez, fue con su auto por la frontera entre Uruguay y Brasil.

W. B.: –Y allí entra a tallar la responsabilidad de los medios, los afines y los opositores. Todos fueron a cubrir la conferencia de prensa de Bebote, que dio disfrazado con bigotes postizos y máscara. Si un tipo como él llama a conferencia de prensa, no hay que ir para no avalar el mamarracho y la corrupción. Volviendo al tema del domingo pasado, allí había, apedreando a la Policía y rompiendo lo que encontraban a su paso unas seiscientos personas en un estado catastrófico, muchos de ellos alcoholizados por competo. ¿Eran los que iban a viajar a Brasil? No, de ninguna manera. Esos pibitos no figuran en ninguna lista de entradas. Pero detrás de ellos sí estaban esos cincuenta tipos que son los que vieron sus bolsillos afectados y que son los que dieron la orden de romper todo dándoles una estrategia de ataque y repliegue ante las fuerzas policiales que, de por sí, no tienen ellos. Después está el descontrol entre la Federal y la Metropolitana, algo que los barrabravas conocen de memoria. Ellos saben hasta dónde aguanta la Federal y hasta dónde la Metropolitana. El pibito que obedece las órdenes no lo sabe, es un desconocedor profundo, carne de cañón y carne de detención y de cárcel, pero los que están detrás conocen cada una de las posibilidades de ataque y fuga que pueden desarrollar ante la Policía.

–Para ustedes, entonces, no hubo una intencionalidad política en los desmanes…

W. B.: –Los disturbios pueden aprovecharse políticamente, pero la intencionalidad era claramente por cuestiones económicas. Un forma de demostrar que si al próximo evento deportivo no los dejan ir van a volver a hacer este quilombo.

L. R.: –Hay un antecedente interesante para graficar esto. En una época, desde la AFA se impuso la quita de puntos para aquellos clubes donde se ejerciera algún hecho violento. Era un freno pensando que los barrabravas no se iban a meter con una sanción a su equipo. Y a los barras no les importó en los más mínimo esa sanción, siguieron actuando violentamente como si nada. Al contrario, lo tomaron como un argumento a su favor: si no les daban lo que ellos pedían, hacían quilombo para suspender el partido, para que les quitaran los puntos al equipo y de ese modo se iban al descenso. Una vez en el descenso, al que iban a putear los hinchas era al técnico o a los dirigentes o a los jugadores: los mismos barras iban a impulsar esas puteadas como si a ellos no los rozara ninguna culpabilidad. Hubo un toma y daca permanente donde los dirigentes cedieron hasta un punto. Pero ahora, como si se tratara del cuento “Casa tomada”, de Cortázar, cada vez es más difícil no ceder, y así terminaron aislados los dirigentes, que ya no podían abrir la puerta para recuperar el terreno que ese supuesto fenómeno les había arrebatado. Y se llegó a tal punto que la cosa deportiva no se dirime sólo en la cancha de fútbol, sino por medio de este tipo de manifestaciones.

W. B.: –Y hay que hacer una cuentita no muy difícil: ¿cuántos dirigentes actuales no fueron barrabravas hace unos años atrás? Los dirigentes honestos terminan abandonando porque continuar es una locura: les apedrean o balean las casas, los amenazan a ellos o a sus familias. Y los barrabravas, que muchas veces logran un nivel económico muy superior a cualquier trabajador honesto, terminan siendo dirigentes. Y nos encontramos en los sillones de mando con tipos que hasta hace tres años estaban tirando piedras en la tribuna.

L. R.: –O manejando predios, y en los predios está parte de la recaudación, con la entrada, con el que pasa y con el que no pasa, con la administración de los diversos quiosquitos. Veamos esta realidad: los Rolling Stones vienen en marzo de 2015 a tocar al Estadio Único de La Plata porque no pueden tocar en River Plate donde el circuito de los barrabravas en cuanto a estacionamiento, quioscos, puertas es intocable. Se aceleró y se amplió de tal manera todo este proceso que ahora los enfrentamientos se dirimen en el espacio público. ¿Por qué? Porque involucra al Gobierno, al Nacional, al provincial, al municipal, al que sea. Al dirigente ya no había más que sacarle, entonces empezaron a plantar batalla en el terreno del espacio público. Y ya no joden al socio, al hincha, sino que joden al grueso de la sociedad. Esto va atado al cruce mediático que se está viviendo donde determinadas cosas se fomentan o se tapan más que otras, de acuerdo a los intereses. Y se termina dando este caldo del domingo pasado que, para quienes hace años estamos en esto del periodismo, no nos sorprende.

–En cuanto a los conflictos ocurridos el lunes, con la llegada del seleccionado y la presentación frustrada en la 9 de Julio, ¿qué ocurrió? ¿Por qué la AFA y la Policía Federal no sabían nada de lo que podía ocurrir, pero sí los jugadores, que comprendieron que no estaban dadas las garantías para una fiesta en paz?

L. R.: –La AFA hasta mandó armar el escenario. Ahora bien, en este caso, no creo que haya habido algún tipo de aviso a los jugadores, ya que no hay una identificación concreta de los barrabravas con estos jugadores, que juegan casi todos afuera. Pero sí puede haber habido una instancia intermedia entre los jugadores y la dirigencia. No sería ajeno que algunos dirigentes muy cercanos a los jugadores de la Selección estuvieran al tanto de las posibilidades de desmanes.

W. B.: –Yo creo que fue una decisión de los jugadores, más allá de saber o intuir que podría pasar algo. Me cuesta dejar de ver el lado deportivo de los jugadores, más allá de la hiperprofesionalización de cada uno de ellos. Los jugadores venían de perder la final de la Copa del Mundo a cinco minutos de lo que podría haber sido el campeonato, la Argentina había sido un caos la noche anterior, la Presidenta no los recibe en Casa Rosada como ocurría siempre sino que viaja ella al predio de Ezeiza, participaron dolidos todavía por la derrota del espectáculo. Y les pedían que salieran de allí, que atravesaran la autopista para llegar al centro de la Ciudad: era una locura. Me parece que fue una decisión de ellos: ya llegamos, ya nos saludaron por la autopista, ya hablamos para todo el país junto a la Presidenta; basta, descansemos un poco con nuestras familias.

L. R.: –Si hubiese habido un plantel de jugadores con más presencia en el país, de jugar en equipos nacionales, sí se podría haber hablado de contactos con barras, pero de los 23, 20 juegan afuera, están muy lejos de ese fenómeno, aunque en el predio de AFA tengan que aflojar y regalar camisetas a esos barras. Me parece que los jugadores deben haber recibido algún tipo de asesoramiento en relación con los posibles desmadres que podían ocurrir y decidieron por las suyas no ir. Por otra parte, hay un cierto enojo de los jugadores para con los dirigentes. A los jugadores no les dieron las entradas que querían para sus familiares y después aparecieron las filmaciones donde se mostraba a los dirigentes vendiendo esas entradas.

–¿Se puede terminar alguna vez con la violencia barrabrava?

W. B.: –En 2009, en cancha de Almagro jugaron el partido de ida Deportivo Merlo y Los Andes para ascender a la B Nacional. Era un partido a puertas cerradas, donde los periodistas debían acreditarse con semanas de anticipación, pero el técnico de Los Andes metió disfrazados, uno de manosanta y otro de kinesiólogo, a los dos capos de la barrabrava de su equipo. La gente del CoProSeDe vio que esas dos personas no tenían nada que ver con las supuestas funciones, pero, ¿qué había que hacer con el técnico? Allí deberían haber tallado los estatutos para sancionar a quienes nada les importa la verdadera razón de ser de un partido de fútbol. Es una decisión. Y en toda decisión deben asumirse los riesgos de tomarla. Pero esos riesgos los deben afrontar quienes son los dirigentes de cada club, los dirigentes puros, que todavía quieren la camiseta y que todas sus vidas trabajaron para el club. Es la única forma, no hay otra manera. Los dirigentes tienen que echar a patadas a los tipos que hacen daño a los clubes. Y los socios de esos clubes no pueden votar a dirigentes que no hacen nada para erradicar a los violentos. Es tristísima la eternización del “no te metás” de muchos socios de clubes, de esas personas que piensan que ellos sólo usan la pileta o el quincho y van tranquilos allí. No hay lugar tranquilo dentro de un club regido por barrabravas. Peor aún, ni adentro ni afuera de ese club.

L. R.: –Hay una frase que el periodismo deportivo usa frecuentemente que es definir al barrabrava como los inadaptados de siempre. Y hay que resistirse a esa frase. Si hay algo que hicieron los barrabravas es adaptarse a las circunstancias: están tan adaptados que están metidos adentro, muchas veces hasta son los principales protagonistas del fútbol. Alejarlos es una decisión riesgosa, pero inclaudicable. Y esa decisión no fue tomada aún. El Estado todavía no tomó el rol que debería tener al respecto y hay allí también una enorme complicidad de muchas personas que toman las decisiones de las fuerzas policiales. No digo que esas personas trabajen con los barras, pero sí que los conocen y saben qué son capaces de hacer: siempre hay un puntero que los banca o un comisario que los usa o un funcionario que les responde. Las herramientas para terminar con eso no son las que se usaron en forma recurrente hasta ahora como el derecho de admisión. Un dirigente puede aplicar derecho de admisión, pero después no tiene la protección necesaria para bancarse la arremetida del que queda afuera. Los propios jugadores y algunos dirigentes lo dicen: a los entrenamientos, la Policía no viene nunca. Y con los que ellos no transan son los mismos que después los van a apretar mientras entrenan. Pero hay que ponerse firmes: hay que correrlos de los estadios, pero también correrlos de la vida social de los clubes. Los barrabravas hicieron una industria, muchos viven fabulosamente bien con sus ingresos mal habidos: no tienen ningún interés de llevar adelante otra vida, les va muy bien con lo que hacen. Por eso el Estado debe instrumentar tácticas y herramientas para cortar con ellos.