El domingo 13 de julio, cuando en Río de Janeiro, Rízzoli decide terminar con el partido y, de la misma manera, terminar con el sueño argentino de ser, por tercera vez, campeones del mundo, en la Argentina empezó otro partido.

Ese partido que se juega todos los días, ese partido que muchas veces cansa ver.

El dolor y la bronca que había dejado el fútbol se superaba en el trayecto hacia cualquier lugar de festejo, una vez terminado el juego. Desde todos, en auto o a pie, se sentían las miradas hermanadas, los ojos casi lagrimeando, con esa frase no dicha de “se dejó todo pero no se pudo”. Entonces apareció el primer bocinazo. Tímido, pero, aún así, ese bocinazo contagió, y despacito empezaron a salir banderas y remeras desde las ventanillas, gente desde los balcones de las casas gritando y alentando con la garganta partida. Las esquinas se empezaron a pintar de celeste y blanco. El orgullo le había ganado a la tristeza. 1 a 1, revirtiendo, de algún modo, ese 0 a 1 del partido.

La cantidad de gente en la calle era incalculable. En todos se volvió a dibujar una sonrisa, en todos volvió ese sentimiento de que éste sí era el país.

Con el correr de las horas, esa alegría y ese orgullo que se habían generado en las calles, empezaron a caer. Algunas personas decidieron sumarle violencia a aquellos festejos por el segundo puesto obtenido. Así, empezaron a volar las primeras piedras, a caer los primeros heridos. Los noticieros ya no pasaban las lágrimas de Mascherano, las cámaras ahora enfocaban las corridas en el Obelisco o el saqueo al local de 7 y 45 en La Plata o el herido de bala en Mar del Plata.

La gente se vio obligada a volver a sus casas, los más chicos se quedaron sin festejos y los que se apoderaron de las calles eran, quién sabe si grupos organizados, violentos de turno o, como se escuchó por algún noticiero, “los inadaptados de siempre”. A la hora de acostarse, el resultado se había dado vuelta, con todo lo sucedido el dolor se hacía más grande: 1 a 2. Todo lo que pasó fue un gol en contra. Nuevamente, la Argentina estaba perdiendo.

Al día siguiente, la Selección llegó al país y se volvió a dar vuelta el partido. Otra vez las calles pintadas de celeste y blanco, otra vez los pibes saludando al micro que se dirigía al predio de Ezeiza, donde la Presidenta recibiría a los jugadores y al cuerpo técnico.

La cantidad de gente en la calle era incalculable. En todos se volvió a dibujar una sonrisa, en todos volvió ese sentimiento de que éste sí era el país. Las cosas, ahora, estaban 2 a 2.

Luego de las palabras de Cristina, frente a los tremendos jugadores que representaron a todos en el Mundial de Brasil 2014, Alejandro Sabella, el tipo de perfil bajo, humilde, que no se cansó de repetir partido tras partido “éste es un gran grupo, esto es trabajo en equipo”, tomó el micrófono, bromeó con Cristina y le dijo, a ella, a todos: “Usted dijo que la patria es el otro. ¿El equipo? El equipo también es el otro. Pudimos hacer soñar otra vez a un país, le devolvimos el sentido de pertenencia”. Las mejores palabras que se podían escuchar: “Sentido de pertenencia”.

Lejos habían quedado los destrozos de la noche anterior y también lejos había quedado el gol alemán: 3 a 2, justo. Después siguió la vida, terminó el partido. Que bueno ganar así, tapándole la boca a aquellos que creen que todo esto es sólo fútbol.