En su última edición, la revista humorística Barcelona titula en la portada: "El siniestro plan del gobierno para restituir nietos cada vez que se pudre todo." Y en la bajada, amplía: "Todo sobre el búnker donde se almacenan los 400 que esperan nuevas crisis para salir a la luz." Una parodia, desde luego, que alude a ciertos especímenes del espíritu público que, sin un átomo de broma, piensan exactamente eso sobre la aparición de Guido Montoya Carlotto.

Tal es el caso del ex crítico de películas y actual columnista del diario Perfil, Eduardo Antín, alias Quintín, quien, con suma seriedad, escribió en su cuenta de Twitter: "La revista Barcelona hizo una tapa en joda con algo que yo dije en serio: la aparición de nietos está programada."

Más notables, en cambio, fueron algunas expresiones de beneplácito ante el hecho en cuestión, vertidas por plumas y voces no muy afines a la revisión del pasado. El diario La Nación, por ejemplo, le dispensó a Estela de Carlotto una columna titulada: “La mujer que con su alegría hizo llorar al país”, mientras la señal de cable TN, del Grupo Clarín, apelaba –también en una nota sobre ella– al siguiente zócalo: "Historia de una mujer que nunca se cansó de luchar." Era como si tales medios –junto con otros de idéntica sintonía– hubieran caído por unas horas en el país del Nunca Jamás. Un mundo paralelo en el cual tampoco parecían ausentes almas tan sensibles como, por caso, la del dirigente macrista Diego Santilli, quien al respecto dijo: "Me emociona el encuentro de la señora de Carlotto con su nieto, después de tantos años de búsqueda." Conmovedor.

Pero en este festival de la corrección política, el editor jefe del diario Clarín, Julio Blanck, dio –en su columna del 8 de agosto– un paso muy esclarecedor, al describir el hecho en sí con las palabras justas: "Un formidable logro de la democracia (…) Un logro ante el que no deberían tener espacio las miserias y mezquindades, ni de un lado ni del otro." ¿De qué "otro lado" habla? ¿Acaso les reclama grandeza a los hacedores del terrorismo de Estado?

Lo cierto es que, en medio de tan encomiables sentimientos, buena parte de la patria movilera se lanzó –sin una intencionalidad determinada; es decir, casi por reflejo– a vampirizar la historia del hijo que Laura Carlotto dio a luz en la oscuridad de una mazmorra militar, al difundir –tras una infidencia de la jueza federal María Servini de Cubría– su nombre de crianza, el sitio en cual vive y otros datos que incomodan su revinculación familiar. Tal avidez por banalizar el asunto no es muy diferente del cartoneo informativo ante un crimen pasional o un escándalo de la farándula. Pero aplicada ahora a un par de ejes que son en sí mismas un misterio y, también, un viaje: la memoria y la identidad.

En este punto, no está de más recordar la película alemana Messer im Kopf (El cuchillo sobre la cabeza), dirigida en 1978 por el director Reinhard Hauff, sobre la novela homónima de Peter Shneider, quien también escribió el guión.

Su argumento gira en torno a un científico dedicado a la genética, quien va a una manifestación en apoyo del grupo Baader Meinhof sin otro propósito que el de buscar a su mujer. En tales circunstancias, es herido en la cabeza por una bala de goma, durante la represión policial. Y despierta en una sala de terapia intensiva, con amnesia. En resumen, el tipo no tiene la menor idea de quién es. Sus recuerdos son una hoja en blanco. Mientras tanto, los organizadores de la marcha lo usan como pancarta y la policía quiere arrestarlo. Y él descubre que el único modo de recuperar la memoria radica en hallar al policía que le disparó, puesto que en ese encuentro se produciría lo que los alemanes llaman "ein kritichen Punkt" (un punto crítico). El film concluye con esos dos hombres frente a frente.

En determinado momento, hay un flashback que ubica al protagonista en su laboratorio, frente a un ventanal, antes de partir al sitio del hecho. Y dice: "Si fuera americano dispararía a través del vidrio." En aquellas ocho palabras está depositada la clave de la película, pero su significado no es fácil de comprender. Hace unos años, en una conversación con el autor de esta nota, Schneider explicó el asunto: "Aquella frase no es mía; la tomé de la película Taxi Driver. Y quiere decir: cuando los americanos sienten miedo disparan a través del vidrio; en cambio, los alemanes perdemos la memoria."

Los argentinos, por cierto, también.

Lo cierto es que, entre todas las heridas dejadas por la última dictadura militar, las ocasionadas por el llamado plan sistemático de robo de bebés fue una de las más ominosas. Ni siquiera a los nazis se les había ocurrido algo así. Sin embargo, tanto apropiadores militares como sus cómplices civiles (médicos, parteras, curas y jueces) supieron esgrimir al respecto –las pocas veces que abrieron la boca– razones "humanitarias".

Esa pátina piadosa también impregnó, durante los primeros años de la democracia, el punto de vista de ciertos políticos, comunicadores y hasta simples taxistas. Y con el siguiente argumento: "A la terrible tragedia de los nietos apropiados –ellos aún eran niños–, la restitución les significa otro trance doloroso." Una retórica, entre imbécil y perversa, que la propia Estela de Carlotto refutó de una forma inapelable ya por entonces: "Claro que recuperar la identidad es doloroso. Pero es como el dolor del parto."

Algo debe haber cambiado desde esos ya lejanos días, para que, incluso, los peores canallas del presente simulen emoción ante esta victoria de la vida