Aún hoy se emite cada tanto el añejo tape de un almuerzo con Mirtha Legrand, grabado el 27 de junio de 1978, a poco de concluir el Mundial. En esa oportunidad, la conductora, de pronto, soltaría: "El presidente lloró." El presidente era Videla, y sus lágrimas eran de alegría, ante el triunfo de la Selección. Todos allí, en esa mesa televisiva –el actor Claudio Levrino, el cantante Laureano Brizuela y Susana Giménez–, también estaban emocionados, al punto de que la actual diva de los teléfonos no escatimó la oportunidad para fustigar la llamada "campaña antiargentina en el exterior".

Según recordó Tiempo Argentino, la edición del diario Clarín de aquel martes reflejaba la euforia generalizada en su título de tapa: "Jubilosos festejos por la conquista del campeonato". Y, junto a una fotografía del dictador ante la multitud que brincaba en la Plaza de Mayo (ver facsímil), resaltaba el siguiente epígrafe: "Nutridos grupos de estudiantes (…) reclamaron con insistencia la presencia del presidente Videla, quien los saludó desde el balcón de la Casa Rosada". Ello ocurrió durante la mañana del día anterior.

En ese mismo instante, en una mazmorra del Ejército, una mujer engrillada y con capucha daba a luz. Tras el parto, le susurró al bebé su nombre: "Guido, como tu abuelo." Luego la adormecieron, antes de arrebatarle el hijo para siempre. Laura Carlotto, de 23 años, quien permanecía secuestrada en el centro clandestino La Cacha desde noviembre de 1977, fue asesinada  por sus captores el 24 de agosto del año siguiente.

Ya se sabe que el alumbramiento de quien sería criado bajo el nombre de Ignacio Hurbán fue el punto de partida de una epopeya que culminó el martes pasado, cuando –tras 36 años de búsqueda– la titular de Abuelas de Plaza de Mayo, Estela de Carlotto, pudo por fin abrazar a su nieto. Una victoria más que simbólica sobre el horror de la Historia. Y una ocasión propicia para reflexionar sobre los efectos más ocultos del terrorismo de Estado en la sociedad civil. Una constelación de interrogantes hasta ahora nunca debidamente saldados; entre ellos: ¿Con qué parámetros funcionaba entonces la conciencia colectiva? ¿Y como se pensaba en medio del genocidio?

Parte de la respuesta de este enigma está en los archivos fílmicos y las hemerotecas; basta ver programas televisivos de la época; sus películas, alguna publicidad y las notas en diarios y revistas.

LA COCOA DE LA MUERTE. En aquella emisión de Almorzando con Mirtha Legrand, la conductora insistía con el llanto de Videla, mientras Susana Giménez hacía lo propio con la "campaña antiargentina en el exterior". ¿Complicidad, sumisión o simple idiotez? Esa es la pregunta. 

La dueña de la perra Jazmín evoca ahora esos días con sentimientos cruzados: "No supe sobre las atrocidades que se cometían, pero fui perseguida porque mi noviazgo con Carlos Monzón no era bien visto por las autoridades." 

No se trataba de la única estrella de la farándula en apuros. Gerardo Sofovich tuvo un problema similar: "¿Vos creés que si yo hubiera sabido algo de los vuelos de la muerte o lo que pasaba en la ESMA, hubiera trabajado para ellos?", le contestó al periodista Camilo García durante una entrevista realizada en 2010 para el programa de Viviana Canosa, antes de aclarar que, hasta 1977, él también estuvo prohibido. Idénticos impedimentos fueron padecidos por otras luminarias, como Moria Casán y la propia señora Legrand: prohibiciones breves y presuntas cacerías de baja intensidad, mientras ignoraban estar viviendo bajo un régimen cifrado en el exterminio. Esa suma de circunstancias no los convierte, desde luego, en criminales de guerra. Pero sí son un reflejo del espíritu público en su conjunto.

Incomoda, obviamente, que después –incluso, décadas después– de una dictadura afloren el estudio y la discusión sobre la complicidad social, junto con el discernimiento de sus respectivos grados de responsabilidad. Es que –tal como enseñó Hannah Arendt– decir que "todos son culpables es una manera de decir que no hay culpables". Ello lleva el tema hacia otra variación del mismo interrogante: ¿Cómo era la cosmovisión del ciudadano medio y con qué la alimentaba?

Parte de la respuesta de este enigma está en los archivos fílmicos y las hemerotecas; basta ver programas televisivos de la época; sus películas, alguna publicidad y las notas en diarios y revistas. Allí, en cierta manera, quedó registrado lo que mucha gente pensaba o, al menos, tenía que pensar.

En las hemerotecas es posible toparse –por caso– con alguna columna de un tal Carlos Burone, como la que publicó el 12 de julio de 1978 en la revista Siete Días Ilustrados. En ella describe un encuentro entre Videla y los periodistas extranjeros que cubrieron el Mundial, y dice: "Estuve allí y, mientras el Presidente hablaba, reaccioné automáticamente sacando un lápiz para anotar lo que acababa de oír: 'No concibo un periodismo que ejerza su libertad sin ejercer su responsabilidad'. Es un concepto tan preciso, que basta cambiar la palabra 'periodista' por 'ciudadano' o, simplemente, 'hombre', para encerrar en tan pocas palabras una de las mejores aproximaciones a la esencia de la Democracia, con mayúscula."

A renglón seguido arremete contra la "subversión apátrida", denuesta los gobiernos europeos por sus denuncias contra la Junta Militar y se compadece de todos los "soldados y policías que no murieron en la cama". Su texto termina con íntimo desliz: "Es domingo; me encantan los 'vigilantes' con crema pastelera. Además, tomo cocoa, como la que todos los domingos me hacía mi mamá. Además hoy será más divertido, porque corre Reutemann en la Fórmula 1." Genocidio y cocoa. La banalidad del mal en estado puro.

Se cree que en esos mismos días, el niño nacido del vientre de Laura fue llevado a la ciudad bonaerense de Olavarría.  

Allí prosperaba el estanciero Carlos "Pocho" Aguilar, quien solía ufanarse de sus excelentes vínculos con los jefes militares de la zona. El tipo supo encabezar la Sociedad Rural de esa localidad, fue vicepresidente de un club de fútbol, integraba la sociedad de la cantera Cerro de Águila y comandaba el Consejo de Promoción Agropecuaria del INTA. Además, era propietario del campo donde trabajaba el matrimonio Hurbán. Existen firmes indicios que esa pareja recibió de sus manos a Guido Carlotto. "Ellos –según los dichos de su tío, el diputado Remo Carlotto– desconocían, al parecer, su origen y habrían actuado de buena fe."

Pocos meses antes, en abril, con la certeza de que su hija estaba embarazada de seis meses, Estela de Carlotto se acercaría por primera vez a la organización Abuelas Argentinas con Nietitos Desaparecidos, tal como se llamó antes de ser rebautizada Abuelas de Plaza de Mayo. Desde entonces, ya nada sería igual. 

Hasta ese momento, su historia era la de una madre común de la clase media platense: ama de casa, maestra de escuela primaria, bajo perfil, abocada a su marido y sus cuatro hijos. No imaginaba entonces que, por imperio de las tenebrosas circunstancias del país, se terminaría por convertir en uno de los símbolos más luminosos de la resistencia a la dictadura.

NOCHE Y NIEBLA. Hace unos meses, al cumplirse otro aniversario del golpe militar de 1976, durante una clase especial al respecto en una escuela primaria del barrio de San Cristóbal, un alumno se permitió la siguiente pregunta: "¿En esa época, la gente podía vestirse como quería?" Había sido hecha por un pibito de diez años. 

Su inquietud, en apariencia trivial, apuntaba en realidad hacia las normativas impuestas sobre la existencia cotidiana. Unas normativas arbitrarias hasta el absurdo, cuyo alcance medía el sometimiento de la sociedad civil al poder militar. Y sin otro propósito que el de despojar a las personas su condición de sujetos responsables de sus actos y elecciones. En resumidas cuentas, así funcionaba la maquinaria psicológica del terror. 

La intuición de ese pibe lo había percibido. La lógica aplastante de los niños tiene eso, y más si se refiere a un asunto como el que se trataba; es decir: una percepción incontaminada de las cosas, y sin la lectura miserable que frente a tales situaciones suelen trazar algunos adultos.

En tal sentido, el escritor Marcos Aguinis encarna un auténtico paradigma. El tipo, en su momento, escribió una biografía del almirante Guillermo Brown como homenaje y donación a la Armada, cuando Massera era su máximo cabecilla. Ya en democracia, Aguinis justificaría el destino de esa obra con la siguiente argumentación: "Lo hice para gestionar el paradero y la libertad de gente desaparecida." 

No hay constancia, claro, de ninguna víctima del terrorismo de Estado que haya salvado su pellejo gracias a su monografía. Aun así, en la edición de la revista Noticias del 10 de septiembre de 2010, el autor de La cruz invertida aluniza en la polémica sobre el rol de la sociedad civil durante la dictadura con una columna cuyo título revela su posición al respecto: "Revisionismo berreta". Allí, Aguinis afirma que "las ideologías oscurecen la razón", y que la política actual de derechos humanos pretende "reescribir la historia para eternizar al kirchnerismo".

Carlos "Pocho" Aguilar, el amigo y presunto cómplice de los represores, tuvo el tino simbólico de morirse el 24 de marzo de 2014, no sin llevarse a la tumba sus secretos más preciados. Pero las oleadas del pasado siempre vuelven. Y no son muchos los ocultamientos que resisten el paso del tiempo. 

En aquel otoño justamente, el hombre criado como Ignacio Hurbán supo de su adopción. El resto de la historia es conocida.

Laura Carlotto: esa mujer

Estudiaba Historia en la Universidad de La Plata y militaba en Montoneros. Fruto de su unión con Walmir Omar Montoya –también desaparecido–, nació su hijo, Guido, en cautiverio.

El Boletín Oficial

La revista Somos, de la Editorial Atlántida, fue el semanario político más leído de la época. En su número del 6 de octubre de 1978, la nota de tapa establece las reglas de juego, fundamentando   la proscripción de todos los partidos y sindicatos. 

El país del olvido

Esa era la impresión que causaban los medios periodísticos de entonces. La revista Siete Días supo alternar artículos banales con editoriales ideadas desde las usinas propagandísticas del régimen. Esta tapa corresponde a su edición del 6 de julio de 1978.