El secretario de Seguridad de la Nación, Sergio Berni, fue elocuente: "Si no hubiese sido por nuestra intervención, el operativo terminaba en una tragedia." De modo que bajo los incidentes represivos del 23 de agosto en el barrio Papa Francisco, de Lugano, subyace un detalle digno de ser resaltado: es la primera vez que una fuerza de seguridad federal (la Gendarmería) actúa para evitar los desbordes bestiales de una fuerza municipal (la Metropolitana). De hecho, tal propósito dio sus frutos, puesto que esta vez la milicia policíaca ideada por el comisario Jorge "Fino" Palacios no cosechó víctimas fatales; por el contrario, su accionar sólo se redujo al desalojo a palazos de 500 familias, la destrucción con topadoras de sus viviendas y disparos con postas de goma a granel, con un derroche de heridos y contusos, entre vecinos, militantes y hasta legisladores.

Lo notable fue que la violenta incursión de los uniformados tuvo el objetivo de desbaratar –según la orden de la jueza Gabriela López Iñiguez– una banda de narcos con base en ese predio. Pero es un secreto a voces que la magistrada obró bajo la presión mediática derivada del asesinato –con fines de robo– de la joven Melina López, ocurrido días antes. El Evangelio de la Seguridad Urbana a veces influye malamente en las decisiones de ciertos poderes del Estado.

En resumidas cuentas, el episodio desató un aluvión de repudios. Su mayor destinatario fue Mauricio Macri por su ya clásica propensión a la mano dura como eje de la política habitacional del PRO. Pero también tuvieron lo suyo los gendarmes y el propio Berni. Este, para colmo, aún estaba en llamas por su reclamo de una ley para deportar a extranjeros que delinquen. En ese contexto, lo de Lugano no pudo ser para él más inoportuno. Porque, justamente, allí hay un antecedente memorable.

Fue a partir del operativo conjunto de la Policía Federal y la Metropolitana iniciado el 8 de diciembre de 2010, luego de que el Poder Ejecutivo porteño consiguiera una orden firmada por la jueza María Cristina Nazar para expulsar del Parque Indoamericano a 350 familias que habían tomado de modo pacífico un sector lindante al barrio Los Piletones. Semejante faena concluyó con dos cadáveres: el de Bernardo Salguero, paraguayo, de 22 años, y el de Rosemary Churapuña, boliviana, de 28. También hubo decenas de heridos; entre ellos, un bebé.

Horas más tarde, Macri desgranaría en una conferencia de prensa su versión de la masacre. Con un discurso casi hitleriano –avalado luego por cada uno de sus más estrechos colaboradores– responsabilizó de los sangrientos hechos a "los inmigrantes de países limítrofes". Esas palabras propiciaron un pogrom, con más de cien heridos, en medio de una aterradora cacería de extranjeros por parte de un ejército de matones sindicales, barrabravas y punteros oscilantes entre el duhaldismo y el PRO. El hecho en sí trazaría una siniestra bisagra en la historia argentina: era la primera vez desde la Semana Trágica –ocurrida en 1919– que patotas reclutadas en la sociedad civil se lanzaban a la persecución de inmigrantes.

Lo cierto es que los sueños de la "seguridad" crean monstruos. Y eso, desde la noche de los tiempos. Ya en 1892, el diario Tribuna editorializó el asunto de una manera que poco tiene que envidiar a los actuales reclamos al respecto: "Los que viven de lo ajeno van multiplicándose a ojos vista y es necesario poner valla a ese crecimiento dañino. A la justicia sí hay que pedirle que sea más severa con esos delincuentes, que, en gran parte, no hacen más que entrar y salir de la cárcel, sin propósito de enmienda."

También es cierto es que en aquellos tiempos el aumento de los índices del delito derivó, además, en una lectura xenófoba de la cuestión.

Tal, por caso, era el pensamiento de Miguel Cané, uno de los impulsores de la Ley de Residencia, que propiciaba la deportación de inmigrantes díscolos.

No menos extrema fue la postura del diputado Lucas Ayarragaray, quien en la sesión legislativa del 27 de marzo de 1910 entretuvo a los presentes con el siguiente concepto: "Este país, que en su población ya tiene elementos étnicos bien inferiores, debe precaverse trayendo elementos de orden superior. Y para ello resulta absolutamente necesario seleccionar la corriente inmigratoria para incorporar elementos sanos, y poder así tener una raza futura bien construida."

Ocurre que la preocupación por el delito supo entrelazarse con el miedo a lo desconocido y la aprensión a los cambios de la modernidad. Buenos Aires fue en ese sentido un gigantesco laboratorio. En la Gran Aldea que se asomaba al siglo XX con formas graduales de metrópoli, dichos elementos abundaban: la inmigración, junto con el consiguiente aumento demográfico y sus consecuencias babélicas, alentaron ciertos atavismos. Los más recurrentes: el debilitamiento de los valores religiosos, la desintegración de la familia y la caída en picada de la moralidad sexual. De allí –siempre según esas creencias– el peligro de una sociedad sometida por el crimen estaba a un solo paso. En realidad sucedía un fenómeno de otro signo: las añejas andanzas del malhechor rural comenzaban a ser remplazadas por las que desde entonces cometería la primera camada de hampones urbanos.

Ahora, a más de un siglo de aquellas encrucijadas, la construcción del miedo y la siempre febril pugna por identificar a un enemigo público siguen activas. Y bailotean en torno a las secuelas del proceso económico desatado a partir de 1976, que aniquiló el tejido social del país y las redes de solidaridad entre sus habitantes. En tal sentido, la Metropolitana es una fuerza modelo.

En mayo de 2008, durante una entrevista con el autor de esta columna, el ministro de Seguridad municipal, Guillermo Montenegro, supo afirmar que la Metropolitana –por esos días, aún en gestación– estaba inspirada en la Policía Autónoma de Cataluña, también conocida como Mossos d'Escuadra. Cuando le advirtieron que su trabajo principal consistía en perseguir a inmigrantes indocumentados, el funcionario se alzó de hombros, y dijo: "Eso es lo que allá la gente pide."

¿De tal concepción proviene su apego por resolver a sangre y fuego toda intromisión del espacio público? ¿De semejante idea surge su espíritu racista y represivo, junto con su enfermiza obsesión por las tareas de inteligencia como herramienta indispensable para gobernar? ¿Es acaso la xenofobia una cuestión de marketing?

En ese ominoso marco, es de esperar que lo de las deportaciones reclamadas por Berni sólo haya sido un involuntario malentendido del idioma.