El 20 de julio pasado, el presidente Joachim Gauck, de Alemania, encabezó a la élite política del país en la conmemoración del 70° aniversario del atentado más conocido contra Adolf Hitler, en 1944.

El líder de la conspiración, el coronel Claus Schenk Von Stauffenberg (interpretado por Tom Cruise en la película Operación Valquiria), puso un portafolio que contenía una bomba debajo de la mesa de Hitler en el cuartel general del Führer, en Prusia Oriental. La bomba explotó, pero Hitler sólo sufrió heridas menores. Von Stauffenberg —quien al principio creyó que Hitler había muerto y se había marchado a Berlín para encabezar el golpe de Estado— fue acribillado junto a otros tres participantes, en el Bendlerblock, por entonces el cuartel general militar y que ahora alberga al Ministerio de Defensa, donde tuvo lugar la ceremonia conmemorativa este año.

Casi todos los demás miembros de la conspiración del 20 de julio —oficiales, juristas, sindicalistas, clérigos, diplomáticos— también fueron ejecutados. Si el asesinato hubiera sido exitoso, los conspiradores pretendían derrocar al régimen, arrestar a los líderes nazis, liberar los campos de concentración, reestablecer la ley y negociar la paz con los Aliados.

Hoy, los cerca de 200 participantes de la conspiración —algunos hombres y un puñado de mujeres— son tratados como héroes. Pero por mucho tiempo fueron considerados traidores. El abogado Axel Smend recuerda cómo su madre a menudo era llamada a reuniones con sus profesores a causa de las malas calificaciones de él y sus hermanos. Recuerda Smend: “Una vez ella mencionó a mi profesor de matemáticas que mi padre había sido un miembro del 20 de julio. ‘Bueno, entonces no me sorprende que sea malo en matemáticas’, respondió mi profesor. ‘Es el hijo de un traidor’”.

El padre de Smend, Günther Smend, tenía 31 años cuando fue ahorcado en la tristemente célebre prisión berlinesa de Plötzensee, colgado de un gancho de carnicero y sometido a una muerte lenta y dolorosa por haber tratado de reclutar a su superior en la conspiración. La orden de Hitler fue que los conspiradores, “una minúscula camarilla de criminales”, como los definió por radio, debían ser matados como animales. Alrededor de 88 de los participantes del 20 de julio sufrieron el mismo destino que Günther Smend en Plötzensee, mientras que otras docenas fueron ejecutadas en los campos de concentración. Los pocos afortunados que esperaban su ejecución se salvaron solo por la llegada de los Aliados.

Smend, quien tenía cuatro meses al morir su padre, recuerda muchas humillaciones para él, su madre y sus dos hermanos. Los vecinos evitaban a la familia. Las “viudas de los traidores” no eran, según decidió una Corte, elegibles para la pensión que recibían las demás viudas de guerra. Renate Smend ni siquiera sabía que su esposo había sido ejecutado hasta que el cartero le entregó un paquete pequeño con el anillo de matrimonio de Günther, una libreta en la que él escribió en Plötzensee, y la cuenta a pagar de su ejecución.

“Sólo cuando mi madre me llevó a Plötzensee, cuando yo tenía nueve años, entendí cómo había muerto mi padre”, dice Smend. Durante nuestra conversación, soldados y oficiales en salas adyacentes realizan sus trabajos cotidianos. En el patio se yergue la estatua de un hombre con sus manos atadas: un llamado incluso a quienes están atados por un deber militar de que deben resistirse al mal, si este cayese de nuevo sobre Alemania.

Si la conspiración hubiera sido exitosa, Ulrich von Hassell habría sido ministro del Exterior. El diplomático veterano, un amigo de Mussolini que había sido embajador de Alemania ante Italia a principios de la década del ‘30, pero fue descartado por Hitler, imaginaba una Europa con valores compartidos. En vez de eso, él también fue ahorcado.

El nieto de Von Hassell, Corrado Pirzio-Biroli, recuerda un incidente que le relató su abuela: “Mi abuelo había oído hablar de un nuevo agitador, Adolf Hitler, y en 1928 quiso conocerlo. Hitler era famoso por mirar fijamente a la gente, así que miró fijo a mi abuelo. Mi abuelo le sostuvo la mirada. La reunión terminó sin que se dijera ni una palabra. Después, mi abuelo escribió a mi abuela: ‘Si este hombre llega al poder, es el fin de Alemania’”.

Pirzio-Biroli, hijo de Fey (hija de Von Hassell) y su marido italiano, Detalmo, todavía recuerda el fracaso de la conspiración. Fey von Hassell fue arrestada, y el pequeño Corrado y su hermano Roberto, de tres y dos años, respectivamente, fueron enviados a un orfanato tirolés.

Eso estuvo lejos de ser un error administrativo. En sus esfuerzos despiadados por eliminar a los conspiradores, el régimen arrestó a sus esposas e hijos mayores, mientras que los hijos menores fueron enviados a orfanatos para ser adoptados posteriormente. Corrado y Roberto fueron renombrados con el apellido Von Hof. “Habíamos sido adoptados por una familia austríaca cuando mi abuela Von Hassell se las arregló para rastrearnos”, recuerda Pirzio-Biroli. “Así que antes de estar orgulloso de mi abuelo, estuve orgulloso de mi abuela, porque ella nos salvó”.

Hoy, Pirzio-Biroli se reconforta con las acciones de su abuelo, quien escribió que “Europa tiene el significado de una patria”.

Afuera del hogar de Clarita Müller-Plantenberg, en Berlín, chicos de diferentes etnias juegan en el parque. Este es el tipo de Alemania por el que peleó el padre de Müller-Plantenberg. Adam von Trott zu Solz, nacido en una familia distinguida que incluía a John Jay, el primer presidente de la Suprema Corte de Estados Unidos, era un joven abogado cosmopolita que también leía sobre política, filosofía y economía como investigador Rhodes de la Universidad de Oxford.

En 1939, Von Trott viajó a Gran Bretaña con información secreta de los planes de Hitler, con la esperanza de persuadir al gobierno británico de evitar un conflicto bélico. Y para el 20 de julio trató, sin éxito, de ganar el apoyo británico para el asesinato.

“El gobierno británico desdeñó a los conspiradores como meros disidentes”, dice Richard Evans, profesor de Historia de la Universidad de Cambridge. “Desde su punto de vista, la guerra no se trataba de campos de concentración, sino de los esfuerzos alemanes para dominar Europa. Los conspiradores querían que Alemania siguiera siendo una potencia importante en Europa, y Gran Bretaña quería evitar eso”.

Para Müller-Plantenberg, Von Trott sabía que la conspiración podía fallar. “Siempre dijo a mi madre: ‘Si algo sale mal, por favor, contale al mundo de nosotros’”.

Las viudas lo intentaron, pero, incluso después de la guerra, muchos alemanes comunes consideraron a los miembros de la conspiración del 20 de julio como traidores. En una encuesta de 1951, solo un 43 por ciento de los hombres y un 38 por ciento de las mujeres tenían una opinión positiva de ellos; y en 1956, apenas un 18 por ciento de los consultados aprobó dar a una escuela el nombre de Von Stauffenberg o el del líder civil de la conspiración, Carl Friedrich Goerdeler, ex-alcalde de Leipzig. Un proyecto de ley para garantizar pensiones a las viudas de los conspiradores nunca fue aprobada, aunque las familias recibieron una compensación anual.

Uno de los pocos conspiradores que escaparon al patíbulo, el joven abogado Fabian von Schlabrendorff, tomó la tarea ingrata de apuntalar el apoyo a las familias relegadas. “Recibió amenazas de muerte hasta su fallecimiento [en 1980]”, recuerda su hijo Jürgen-Lewin, un banquero. “El nazismo todavía permeaba el país”.

Von Schlabrendorff, miembro de la resistencia contra Hitler desde 1933, no sólo se involucró en la conspiración del 20 de julio, sino también en un atentado previo contra el Führer. Un año antes, había dado a un oficial que viajaba con Hitler una bomba disfrazada de botellas de coñac. Inexplicablemente, la bomba no explotó. Aunque se arriesgó a ser descubierto, Von Schlabrendorff viajó para recuperar la bomba y regresó con ella a Berlín, temiendo que todavía pudiera explotar. El fracaso de la conspiración del 20 de julio también significó una muerte segura para Von Schlabrendorff. Roland Freisler, el sádico juez del “Tribunal del Pueblo” a cargo de los casos políticos, era famoso por emitir sentencias de muerte a gran velocidad: de tres a cuatro por día, seguidas por una ejecución expedita. El ministro de Propaganda, Joseph Goebbels, planeaba realizar una película de los juicios del 20 de julio, pero cuando vio la conducta digno de los acusados, cambió de idea.

Entre 1942 y 1945, Freisler no sólo envió al patíbulo a los conspiradores del 20 de julio, sino a 3.600 convictos por crímenes con motivos políticos. El 3 de febrero de 1945, Von Schlabrendorff estaba a punto de recibir su sentencia de muerte cuando una bomba estadounidense provocó que una viga cayera sobre Freisler y lo matara al instante. Von Schlabrendorff, quien había sido torturado, fue enviado a una serie de campos de concentración, de los cuales fue liberado después por soldados estadounidenses. En su casa, Von Schlabrendorff rara vez hablaba de su viacrucis. “Quería protegernos de sus experiencias”, explica el abogado Fabian von Schlabrendorff, su hijo menor. “Todos sus amigos fueron ejecutados. Cada vez que  hablaba de lo que le había sucedido, se sentía enfermo”. En la prisión Prinz-Albrecht-Strasse de la Gestapo, en Berlín, el padre de tres niños fue sometido a un infarto cardíaco inducido. “Su salud siempre fue precaria”, recuerda el hijo mayor, Dieprand, también abogado. “Pero nunca dudamos de que él hizo lo correcto. Y cuando las familias del 20 de julio se reunían, éramos los únicos privilegiados con un padre”. Luitgarde von Schlabrendorff dio a luz a Fabian Jr. cuando su esposo estaba encarcelado.

En gran medida fue gracias a las acciones de Von Schlabrendorff que los conspiradores del 20 de julio no se perdieron en la amnesia colectiva alemana de la posguerra. Los oficiales contra Hitler, publicado en 1959, fue el tributo de Schlabrendorff a sus amigos ejecutados, y quizá también una forma de terapia personal.

Pero mientras que Von Schlabrendorff, Von Trott y otros como Hans von Dohnányi habían sido enemigos tempranos de los nazis, otros conspiradores se unieron a la resistencia mucho después. “Al principio, mi abuelo era un nazi comprometido”, explica Robert von Steinau-Steinrück, sentado en la cámara de ejecución de Plötzensee, donde su abuelo fue ahorcado. “Él no era precisamente un demócrata, pero con el tiempo se percató de que los nazis eran criminales”.

El abuelo de Von Steinau-Steinrück, el oficial de reserva Fritz-Dietlof von der Schulenburg, era un funcionario de Alemania oriental que se unió a la resistencia tras atestiguar los crímenes nazis. Si la conspiración hubiera sido exitosa, se suponía que él sería ministro del Interior. “Para él, actuar en contra de Hitler era una cuestión de decencia”, dice Von Steinau-Steinrück, uno de los principales abogados laboristas de Alemania. “Los conspiradores pudieron decidir no hacer nada, salvar sus vidas y tener un papel positivo en la Alemania de la posguerra. Pero ellos sabían que alguien tenía que hacer algo”.

Lo que hizo la conspiración del 20 de julio, reflexiona la nieta de Von Stauffenberg, Sophie Bechtolsheim, es mostrar que había otra Alemania. “Si no, ¿cómo podríamos ser capaces de mirar a los ojos a las víctimas del régimen nazi?”, pregunta.

Sin embargo, los conspiradores se enfrentaban a un verdadero dilema: Hitler no sólo contaba con un apoyo considerable, sino que también gozó, al inicio, de cierta legitimidad democrática. Al régimen le era fácil desdeñarlos como una minoría resentida. “Y el programa de los insumisos no era democrático”, dice Evans, de la Universidad de Cambridge. “Uno puede entender por qué no lo era, porque la democracia había fracasado en la República de Weimar. Pero ellos dieron un ejemplo moral de valor en una dictadura”. En su juicio, Von der Schulenburg, sereno, dijo a Freisler: “Cometimos este acto en aras de salvar a Alemania de... la miseria. Estoy consciente de que seré ejecutado, pero no me arrepiento y espero que alguien más la lleve a cabo en un momento más fortuito”.

Por supuesto, la respuesta inicial de Alemania Occidental fue simplemente olvidar el Tercer Reich. El Parlamento aprobó dos leyes de amnistía, en 1949 y 1954. La ley de 1949 la concedía por crímenes perpetrados antes de 1949, incluidos aquellos relacionados con los nazis. Unas 800.000 personas se beneficiaron con esa ley. Cinco años después, otra ley ayudó a 400.000 personas, incluidos muchos nazis.

Pero el bestseller de Von Schlabrendorff, la aparición de investigaciones históricas y una generación de niños de posguerra indagando acerca de las acciones de sus padres en la guerra cambiaron todo. También la revaloración, apoyada por el gobierno emergente, de las culpas del Tercer Reich. Para las familias del 20 de julio, era una especie de restitución. “Mi madre había tratado de hablar de la conspiración, pero los políticos solo empezaron a hablar de la resistencia cuando se volvió políticamente necesario”, recuerda Müller-Plantenberg. Al crecer, se sentía un paria en la escuela. “Pensábamos que eras judía”, le dijo después una compañera de clase. Pero como otros hijos de los conspiradores, ella halló una comunidad en el grupo poco ortodoxo de las familias del 20 de julio.
 
De forma gradual, los “traidores” del 20 de julio se ganaron respeto. En 1967, los políticos de Berlín decidieron que el Bendlerblock debía albergar un monumento al intento de golpe de Estado, y en la década de 1980 se añadió un centro de documentación de la resistencia.

Para 1970, un 39 por ciento de los alemanes los veía de forma positiva. En 2004, solo un 5 por ciento de los alemanes se opuso o despreció a los conspiradores. Hoy, la asociación de familias del 20 de julio, que al principio repartió la compensación gubernamental, hace charlas en escuelas y organiza conjuntamente las conmemoraciones.

Desde 2002, los reclutas militares alemanes hacen sus juramentos el 20 de julio. Los oradores de este año en el Bendlerblock fueron Ursula von der Leyen, ministra de Defensa; y el hijo mayor de Von Stauffenberg, el general retirado Berthold Schenk von Stauffenberg.
Müller-Plantenberg no está resentida por el destino de su padre, y cree que la Alemania de hoy prospera por los valores por los que él murió: “La democracia, el imperio de la ley y la protección de las minorías”.

Clarita von Trott, la madre de Müller-Plantenberg, intentó que la dejaran pasar al juicio de su esposo, de 34 años. Pero ella y sus hijas nunca lo volvieron a ver (las niñas también fueron enviadas a un orfanato). Una foto de ella con su padre es todo lo que le quedó.

Explica Evans: “Los conspiradores sabían en las últimas etapas que fracasarían. El golpe era un gesto moral”. De hecho, los conspiradores debieron sentir que el destino conspiraba en su contra. El atractivo y joven soldado Axel von dem Bussche, quien había sido seleccionado para modelar el nuevo uniforme del Ejército de Hitler, iba a esconder una bomba en su cuerpo. Pero el asesinato fue frustrado cuando un ataque aéreo de los Aliados destruyó el uniforme la noche previa a mostrárselo a Hitler. En otro plan de 1943, el general de brigada Henning von Tresckow simplemente debía pararse y disparar al dictador en una cena. Fracasó cuando su superior se enteró de todo. Y en 1938, un carpintero llamado Johann Georg Elser plantó una bomba en la cervecería favorita del Führer en Múnich. Sin embargo, Hitler salió temprano del lugar. En total, los historiadores han documentado alrededor de 40 intentos de asesinato, tanto por los miembros del 20 de julio como por otros conspiradores.

Como Clarita Müller-Plantenberg, Axel Smend sólo tiene una foto de él con su padre. Pero, también, la libreta que el cartero entregó a su madre después de la ejecución de Günther. Nuestra reunión termina, y Smend corre al aeropuerto por un caso en la Corte de Múnich. Todavía con los ojos llorosos, se sube al taxi y pone la libreta verde de su padre arriba de los documentos legales en su portafolio.