"Los humanos también somos bichos estacionales”, afirma sin dudar el doctor en Biología e investigador del CONICET Diego Golombek a la revista Cielos Argentinos. Es que, créase o no, todos los cambios que experimenta nuestra autoestima cuando comienza la primavera tienen su fundamento científico. Sí, señores: parece que la primavera –esa que “la sangre altera”, como dice el refrán– provoca una verdadera revolución en nuestro interior, una mayor predisposición para reír e, incluso, para enamorar. ¿A qué se debe este fenómeno? ¿Qué es lo que realmente cambia con la llegada de la “estación del amor”?

La primavera es la bisagra que el cuerpo necesita para reactivarse después de un largo período de aletargamiento. Así es que comenzamos a usar menos ropa, sentimos que las tardes grises del invierno quedaron atrás y le damos la bienvenida a los más días largos, producto del incremento del sol… ¡Y he aquí el culpable de todo! Es el sol el que incide positivamente sobre un estado indisimulable y contagioso: el buen humor.

“Si bien no se conoce exactamente el mecanismo por el cual la luz solar cambia el estado afectivo –revela Golombek– se sabe que hay cambios químicos en áreas específicas del cerebro que tienen que ver con esto. Al cambiar el estado afectivo, hay una mayor tendencia a sociabilizar, lo cual suele cerrar un círculo virtuoso que nos pone aún de mejor humor. Es, entonces, una combinación de cambios biológicos y socioculturales”.

En ese sentido, Noelia Weisstaub –neurocientífica, investigadora del CONICET y miembro de la Sociedad Argentina de Investigación en Neurociencias– explica que “los humanos tenemos, como casi todos los animales, un reloj interno que dirige nuestro ritmo de actividad y reposo, que se encuentra en el núcleo supraquiasmático, es cercano a las 24 horas y se sincroniza a través de la luz”. Es decir, el alargamiento de los días es la señal estacional que necesitamos, ese “play” que da comienzo a la serie de reacciones fisiológicas y corporales que nos predisponen a ser más felices.

Para Rosalía Beatriz Álvarez, miembro de la Asociación Psicoanalítica Argentina, la explicación de esta revolución interior es aún más sencilla: “El ser humano reproduce lo de la naturaleza, ni más ni menos. Mientras que en el invierno el cuerpo está en reposo, en primavera se activa, sentimos mayor deseo de dejar de hibernar, se incrementa el erotismo y el deseo de encontrarnos con el otro”. Si bien Weisstaub aclara que “dentro de los mamíferos, somos de los animales menos sensibles a las estaciones”, esto no quiere decir que no exista ningún cambio: “Está documentado que hay un efecto de las estaciones en cierto porcentaje de la población, sobre todo en lugares en los que los meses de otoño e invierno son muy marcados (lejos del Ecuador)”. En esos lugares donde hay menor tiempo de luz durante el día, este porcentaje de la población sufre lo que se denomina Desorden Emocional Estacional (Seasonal Affective Disorder, SAD en inglés). “Estos pacientes se caracterizan por tener episodios de depresión que se manifiestan en el otoño e invierno y que revierten en primavera y verano”, afirma.

“La primavera es el momento de cambiar de piel, de renacer, de renovarse; es el tiempo justo para que nuestro espacio interior se nutra con el poder energizante del sol, del aire tibio y del amor”, afirma Adriana Guraieb, psicoanalista y miembro titular de APA. Pero, además de que los días soleados nos predisponen a salir más con amigos, algo mágico sucede en esta época: aunque algunas personas no necesariamente estén buscando un “amor”, ese llega solito, sin que uno siquiera haya atinado a llamarlo. ¿Milagro de la naturaleza? No exactamente. Para la psicóloga Álvarez, el factor principal por el cual estas cosas suceden durante los días primaverales tiene que ver con el florecimiento interior: “Si florecemos como lo hace la naturaleza, miramos la vida desde otra posición subjetiva, sentimos amor por ella; nos sentimos más optimistas y esperanzados. Por supuesto que esto es percibido no sólo por nuestro interior, sino por nuestros semejantes, provocando también en esos otros el deseo de acompañarnos en ese trayecto que parece disfrutable”. Sin embargo, no todo gira en torno a un nuevo romance: “El amor no solo es el que puede darse en el nuevo encuentro donde puede armarse una pareja. Muchas veces es recuperar una pareja que languidece, una amistad o un hijo”, aclara.

Con la primavera se incrementa la producción de hormonas vinculadas al buen estado anímico –como la serotonina– y repercute en el deseo de mayor y mejor calidad de lazo emocional y sexual”.

Entonces, ¿es real que es “la estación del amor”? “No existe ninguna investigación que arroje datos específicos –explica la psicóloga y sexóloga Yanina Cotarelo–, pero sí es cierto que luego de la hibernación hay una mayor predisposición a encontrarse, a abrirse a encontrar el amor. Es el mes en que todo florece y hay millones de poesías que relacionan el amor con la llegada de la primavera. Creo que lo que en verdad se da es una mayor esperanza de vivir el amor en esta estación del año”. Para Álvarez, tampoco se puede afirmar que los amores se multiplican más fácil en esta época, pero sí se puede hablar de una mayor facilidad para el enamoramiento: “Por algo también el 21 de septiembre se festeja el Día de los Estudiantes, es decir de la juventud, de la libertad, del deseo, del futuro, del proyecto. Todos y cada uno de estos son, de alguna manera, símbolos del amor… pero del amor a la vida”. Aunque su colega Guraieb aclara: “Desde tiempos inmemoriales se la considera así, pero el amor es necesario en todas las estaciones del año”.

Según explica Guraieb, el simple hecho de pasear al aire libre nos produce modificaciones físicas, emocionales y hormonales: “Con la primavera se incrementa la producción de hormonas vinculadas al buen estado anímico –como la serotonina– y repercute en el deseo de mayor y mejor calidad de lazo emocional y sexual”. Entonces, digamos que la fórmula sería algo así como más calor, menos ropa, más piernas, hombros y escotes a la vista, más prácticas deportivas… “¡Toda una incitación al incremento del deseo vital!”, sostiene.

Para los especialistas, a partir de la primavera nos sentimos renovados, mejores con nosotros mismos y esto indudablemente se exterioriza. “El simple hecho de disfrutar, de estar bien, predispone a las relaciones, y eso es algo que se comunica en el cuerpo, en las expresiones”, explica la sexóloga. Si bien en el mundo animal este cambio se trasmite a través del olfato, Cotarelo afirma que los seres humanos tenemos este sentido rechazado y lo relacionamos más con el plano instintivo: “Esto está tan presente en los encuentros, que puede seducirnos a acercarnos o rechazarlos de plano”.

Y si de hormonas hablamos, según una investigación llevada a cabo en la Universidades de Edimburgo y Manchester (Reino Unido) y publicada en la revista Current Biology, la primavera también favorece, en muchos casos, la secreción de feromonas, oxitocina, dopamina y noradrenalina, que son las que provocan que estemos más enérgicos, con ganas de hacer más cosas y de salir a relacionarnos. “Este estado de mayor bienestar y predisposición hacia mayores contactos sociales promovidos por el clima produce un aumento en el deseo sexual; así se retroalimenta el circuito de endorfinas, aumentando las ganas y el entusiasmo”, explica la sexóloga. En ese sentido, según un estudio realizado por el portal de citas online ZonaCitas.com, la mayoría de sus usuarios considera a la época primaveral como un buen momento para entablar una relación o propiciar encuentros con otras personas, razón por la cual las visitas a esta web crecen ampliamente a partir del 21 de septiembre.

“Todos estos beneficios, afortunadamente, no excluyen a la gente mayor”, enfatiza la psicóloga Guraieb, aunque aclara: “El amor vuelve a florecer en cada uno de nosotros y nos hace sentir vivos, pero una primavera completa debe incluir la transformación interior”. Por eso, más que nunca, ¡corazones atentos! “Esta es una gran oportunidad para reconectarnos con la naturaleza, con el cuerpo, y con las personas que nos rodean”, afirma la sexóloga Cotarelo, algo con lo que coincide Guraieb: “El colorido de las flores, la renovación de la naturaleza, la extensión y tibieza de los días, acompañan de maravillas a buscar el amor y, si ya lo hemos encontrado, estimula a seguir disfrutándolo”.