Hace diez años que a Rafael Juniors Solich le han borrado el rostro. Declarado inimputable tras los crímenes, su reclusión está envuelta en una nube de misterio. Junior -como le decían- nunca reivindicó lo que hizo como una venganza. Simplemente tomó el arma de su padre y disparó diecisiete veces en la escuela. Fue el chico de 15 años que, una semana después del comienzo de la primavera, en 2004, protagonizó lo que fue  rotulado como “la primera masacre escolar de América Latina”. En la memoria popular, el suceso se inscribió como “la masacre de Carmen de Patagones”, que es el último pueblo del sur bonaerense, en el límite borroso entre la Pampa Húmeda y la Patagonia, enfrente de Viedma.

Desde entonces, Junior fue internado por decisión de la Justicia en instituciones psiquiátricas. Hace algunos años que su paradero está cargado de versiones contradictorias, que lo ubican en Misiones -de donde su padre es oriundo- o en distintas clínicas de salud mental en la Provincia de Buenos Aires.

Por eso, cuando una fuente judicial me revela el nombre de esa clínica, su dirección y el médico que lo trata, voy para allá sin pensarlo dos veces.

Silencios. Los hechos son más o menos conocidos. En 2004, los medios recordaron que el año anterior Junior había escrito en el pizarrón “Todos van a morir”; dijeron que su banco tenía una inscripción suicida, que Junior era objeto de acoso, de burlas. Que de pequeño su padre, empleado de la Prefectura Naval Argentina, le daba nalgadas con el mango de un machete. Que era dark, se vestía de negro y escuchaba música de Marilyn Manson, cultor del inframundo. Lo que no se dijo es que en 2004, los seis estudiantes que habían ganado el torneo de fútbol de la Escuela de Enseñanza Media N° 202 “Malvinas Argentinas” lo eligieron como su arquero para los Torneos Juveniles Bonaerenses de ese año. Tampoco publicaron detalles, como que era zurdo, o que los tiros los efectuó controlando con habilidad profesional el sacudón que produce la Browning 9 milímetros, el calibre del arma que usan policías, gendarmes y prefectos de la República Argentina.

Un pueblo de tiradores. En los primeros años posteriores a la tragedia, Carmen de Patagones se convertiría en la parada obligada hacia Puerto Madryn, más al sur,  del “turismo morbo”: los viajantes se detenían, sacaban unas fotos de la “escuela de la masacre” y seguían su ruta.

A las 8.30 AM del domingo 31 de agosto de 2014, en el hotel Pintos, me prepara el desayuno su dueña, Susana, una mujer rubia y viuda que llegó a estas tierras con su marido desde el barrio porteño de Mataderos, en 1986, cuando Raúl Alfonsín sostenía el proyecto de Viedma como capital del Estado. “El río Negro es tranquilo, pero hay horas que...”, dice Susana, y arquea las cejas como para completar la frase. 

Los habitantes de Patagones, los maragatos, se destacan en un deporte: todos o casi todos tienen familiaridad con las armas. La escopeta calibre 22, se diría que un arma chacarera, es de uso común. Un profesor del Club de Tiro 7 de Marzo cuenta que una niña se consagró campeona nacional juvenil con solo seis meses de práctica.

En ese club, ubicado cerca del cementerio sobre la Ruta Nacional 3, practicaba el prefecto Rafael Solich, padre de Junior. Me cuentan en el pueblo que cuando la policía pidió al club el registro de 2004, no lo consiguió. Había desaparecido.

“Este es mi credo: no hay buenas armas. No hay malas armas. Un arma en manos de una mala persona es algo malo. Cualquier arma en manos de una persona buena no es amenaza para nadie, excepto para la mala gente. Charlton Heston.” Heston es ese actor veterano y gruñón que presidió la Asociación del Rifle en EE. UU. La frase está rodeada por el dibujo de cuatro revólveres Magnum 44; es un cartelito que está pegado a una vitrina que exhibe cuchillos de caza y navajas Victorinox de la Armería “El Corto”, que se encuentra a cuatro cuadras de la escuela Islas Malvinas. “No hay impedimentos para que pibes de 8, 9 años practiquen tiro. Pibes de acá salieron campeones nacionales como seis veces seguidas allá en Buenos Aires”, dice Edgardo Mellusso, “el Corto”, que era un directivo del Club de Tiro 7 de Marzo aquel fatídico 28 de septiembre de 2004. En una especie de barril metálico que originalmente había servido como contenedor de balas, y que ahora tiene sobre el mostrador, el Corto ofrece caramelos.

El proceso. Los juicios civiles contra la Dirección de Cultura y Educación de la Provincia de Buenos Aires  se iniciaron al año siguiente de los asesinatos. Luego de la masacre, varios abogados de la Ciudad de Buenos Aires y el conurbano fueron hasta la escuela de Patagones olisqueando la posibilidad de conseguir representar a potenciales familias querellantes. Así, las causas se presentaron en diferentes jurisdicciones legales, lo que generó un problema de competencia judicial. En 2008, la Corte Suprema determinó que los juicios –que eran dieciséis- debían unificarse en Bahía Blanca, a 274 kilómetros de Patagones. Se demoró dos años más para que llegaran todos los expedientes al Juzgado Federal 2, a cargo de la jueza subrogante Ana María Araujo.

Como corresponsable solidaria, puesto que el arma o “la cosa que causó el daño” le pertenecía, el Ministerio de Educación provincial invocó la presencia en el juicio de la Prefectura Naval Argentina. Lo que hizo Prefectura fue iniciar –según los querellantes– una treta dilatoria que perdura hasta hoy: citó la “intervención del tercero en el proceso”, es decir a los padres de Junior.

“La citación de la intervención de terceros es un derecho de los demandados”, me explica en su estudio bahiense Néstor Ciccola, abogado que lleva diez causas, entre ellas la de Tomás y Gonzalo Ponce, papá y hermano Federico, de uno de los chicos muertos en 2004. “Se hace para que luego de la sentencia, si los padres de Junior se declararan mal defendidos, no puedan reprochar al Estado el derecho en la defensa”.

Como es un juicio ordenado por el Código Civil, quien debe acercar a esos terceros a declarar es la parte demandada. Lo que alegan Prefectura y el Ministerio es que los Solich, tanto Rafael como su mujer, Esther Pangue, les resultan inhallables. “La jurisprudencia es bien clara –acota Ciccola–: puede darse lugar a la intervención del tercero siempre y cuando no demore el proceso. Hasta tanto las quince causas no lleguen a la instancia de sentencia, ningún juicio puede darse por concluido”.

¿Entonces usted piensa que habrá que esperar diez años para una sentencia?

No. Pero también depende de una decisión política.

El expediente de la causa de Gonzalo Ponce ya tiene mil fojas en cuatro cuerpos. En 2013, “la jueza entendió en ese juicio que había desidia de las partes, es decir, desidia del Estado”, dice Ciccola, que entonces pudo forzar a que Rafael Solich recibiera la cédula de citación por esa causa en su lugar de trabajo.

Entonces el misterio se develó. Solich se había presentado en una institución de la Prefectura Naval Argentina, seguía siendo su empleado. Y yo me pregunto por qué el Estado argentino persiste en dejar abiertas las heridas. Por qué colabora con el dolor. Demora el proceso.

La ficción inesperada. Al final habían sido petardos los que, una semana antes de la tragedia, destruyeron el inodoro del baño de varones. El martes 21 de  septiembre de 2004, de la escuela Islas Malvinas Mariela Orellana había escuchado salir unos estruendos pavorosos. Ella junto con su esposo, Luis, eran dueños del corralón de materiales que había en la esquina. Una semana más tarde, cuando Mariela oyó cerca de las 8 de la mañana más de una docena de disparos, pensó que los chicos eran incontrolables. Después escuchó las sirenas.

Para Iván Ponce, llegado desde el pueblo aledaño de Alagarrobo, el ruido inquieto que se escuchaba en la plaza central, donde estaba bajando del colectivo interurbano Ceferino, era una incógnita. Era su primer día de trabajo en Radio de la Costa. Pensó que su debut sería movidito. Un rato después, en el Hospital Pedro Ecay, no atenderían a su mujer, Mónica, que aguardaba en la sala de espera con su hijo de 2 años.

Mariela entendió algo de lo que pasaba cuando vio a un chiquito de unos 13 años corriendo desesperado en dirección contraria a la escuela y gritando: “Un loco entró y mató a un montón de gente”. En el local sonaba la radio. El periodista de FM Patagonia Pablo Fedorco llegaba con las ambulancias. Los alumnos habían salido al hall central. Fedorco se dirigió al aula del 1° B Sociales, y entró. Vio la sangre. Vio los cuerpos arriba de la sangre. “Che, alguien que se ponga ahí”, escuchó gritar a un policía, señalando la puerta del aula. El que acató la orden fue un preceptor.

Pero nada hacía prever, en realidad, que un alumno maragato efectivamente empuñara un arma en la escuela como los alumnos maragatos lo hacen en el club de tiro. Nunca había sucedido en Argentina, eso era una ficción yanqui. Y Patagones era el dormitorio de una ciudad más grande, de otra provincia. Un pueblo anónimo.

Billy Elliot nunca jugó al bowling. Las noticias que dieron cuenta de los disparos de Junior Solich contra sus compañeros repitieron una y otra vez que el curso de 1° B Sociales había visto Bowling for Columbine hacía un mes. Algunas notas precisaban que había sido una actividad organizada por Carlos Ruiz, titular de la materia “Derechos Humanos”, justamente el profesor responsable del aula ese día y en ese horario, quien estaba ausente cuando Junior entró con el pestillo de seguridad de la Browning liberado [Ruiz se salvó esa mañana, pero falleció poco tiempo después en un accidente de auto cuando volvía de Bariloche].

Bowling for Columbine es un documental de Michael Moore que cuenta el contexto de la tragedia consumada por dos estudiantes de la Columbine High School, en Colorado, Estados Unidos, quienes asesinaron a doce alumnos y un profesor, hirieron a otras veinticuatro personas y se suicidaron en la biblioteca. Los dos dejaron un testimonio grabado de la preparación del crimen. La película se encarama contra el sistema estadounidense de uso libre de armas y la publicidad de la violencia. 

El caso de Patagones se suele asociar al bullying. Y se repite, para avalar esa tesis, lo que Junior dijo a la jueza Ramallo en su declaración posterior: que lo cargaban porque le había salido un grano prominente en la nariz. Pero la “coartada” parece endeble.

La psicoanalista Silvia Tendlarz, coautora del libro recién reeditado ¿A quién mata el asesino? (Paidós), comparó tres casos de homicidios en escuelas: el de Columbine, el que protagonizó en 2007 un estudiante surcoreano de 23 años en el Instituto Politécnico de Virginia Tech, y el de Carmen de Patagones. “A diferencia de esos estudiantes de Estados Unidos –me dice Tendlarz por teléfono–, Junior carece de una alucinación aparente y tampoco reivindicó los asesinatos. Es un crimen sin sentido”. En su libro, Tendlarz escribe: “Después de efectuado el acto, el sujeto (Junior) nada puede decir acerca de lo ocurrido, más bien queda perplejo ante las consecuencias de su acción”. Y se pregunta si “acaso estamos en presencia de un delirio en acto, que se cierra sobre sí mismo una vez llevado a cabo”. 

“El caso de la escuela Islas Malvinas es el emergente de una sociedad que no ve. Y Junior es la víctima propiciatoria”, me dice Roberto Ferrari en su casa cercana a la iglesia de Patagones. Ferrari es psicólogo social, dirige el Centro de Criminología de Carmen de Patagones, y, desde su perspectiva, Junior grafica la pérdida de diálogo en la escuela y entre los chicos. Recuerda una anécdota anterior a la masacre, que pintaba una violencia larvada. Había ido a hablar con la directora y, en un momento dado, entró un alumno a la oficina y, sin saludar, subió el volumen de la música que sonaba en el patio “a todo lo que daba”.  

La pérdida de diálogo tal vez sea un fenómeno que exceda a los adolescentes y a la escuela. Los estudiantes sobrevivientes de la tragedia de Patagones me juran y perjuran que no habían visto Bowling for Columbine. La película que vieron fue la de un chico que no encaja en su círculo social, porque quiere ser otra cosa distinta de la que se espera de él. Vieron Billy Elliot.

Una excelente persona, los cuatro. “Una excelente persona, los cuatro. Solich era un caballero. Y Junior era un nene gauchito. Bueno, bueno, bueno. Saludaba siempre. Iba vestido de negro, bañadito y perfumado. Impecable. Tenía una bicicleta enorme, de carrera. Brillaba esa bicicleta. Era cromada. Solía pasar por el descampado de al lado de su casa. Andaba  comiendo semillas todo el tiempo, Junior. ¿Te gusta con azúcar?”.

Es el mediodía del domingo 31 de agosto, y un sol suave disecciona al frío como un bisturí. Quien habla cebando el primer mate, guarecida por el puestito de flores de la entrada del cementerio, es Susana Zuain, ex vecina de los Solich en el barrio 99 Viviendas. Susana solía ir a las reuniones que Esther Pangue, mamá de Junior y de un hijo dos años menor, organizaba en su casa de San Juan 614 para vender ollas Essen. 

Los fines de semana, el prefecto Solich, “petiso y morochón” –lo recuerda un vecino–, meticuloso encargado y guía del museo de la subprefectura de Carmen de Patagones, se ganaba unos pesos extras haciendo changas de mozo. Junior se dedicaba a ser buen defensor y buen arquero. Jugaba bien al fútbol. Con la salvedad de un breve interregno en el club Patagones, habitualmente Junior defendía los tres palos en Jorge Newbery, el club que quedaba a una decena de cuadras de su casa, cerca del río.

Camino hacia allí. “El Jorge” tiene un portón abierto sobre la calle Colón. Adentro hay canchas de distintos tamaños apostadas en direcciones diferentes, lo que da al predio una fisonomía de rompecabezas sin armar. En una cancha de fútbol 5 uno de los arcos está caído hacia adelante, sobre el charco que se hizo en el área embarrada por la tormenta. La otra cancha, al fondo en perpendicular, está torcida: el cordel que hace las veces de línea lateral hace un giro de unos 15 grados hacia adentro, de modo que los arcos –donde debió haber atajado Junior Solich– no quedan diametralmente enfrentados, sino que se miran de reojo.
“La mente es un segundo”, me había dicho antes de despedirnos Sara, la florista del cementerio. “La mente es un segundo. Yo estoy hace 40 años casada, pero viste ahora las noticias. Yo digo que a veces uno duerme con el enemigo. Yo no sé si él me va a matar a mí o yo a él”.

Capilla ardiente. 11.10.88 - 28.09.04. En ese lapso de tiempo se inscribe la vida de Federico Arrigo Ponce, muerto en aquella mañana escolar que sembró de dolor un pueblo apacible del sur americano.

El féretro es único. Está cubierto por un techito a dos aguas, de lona azul con estrellas amarillas, los colores de Boca. Encima de la lápida hay un fotomontaje de Federico en el que aparece con los brazos en jarra, los pies hundidos en el río Negro y un perro sobre el pasto de la costanera. Fede parece un Gulliver emergiendo de las aguas profundas. Un Gulliver sin miedo, amigo de todos los liliputienses.

Un fotomontaje parecido veo ahora en su hogar, a la noche, cuando me recibe la mamá, Marisa Santa Cruz. La casa de los Ponce parece un santuario colmado de imágenes del angelito muerto. Marisa tiene los ojos tristes y es amable. Cuando llega Tomás Ponce, el padre de Federico, tengo la misma impresión que tuve unas horas antes, cuando me lo crucé en un negocio de embutidos: parece un tipo mejor plantado que cuando lo vi muy enojado, por YouTube, en un video que La Nación hizo en 2011.

Los papás de Federico me cuentan que su hijo quería ser juez y cantor. Ni Marisa ni Tomás mencionan el nombre Junior. Al menos no en esta charla. Su hijo y el chico que lo mataría habían cursado en 2002 y 2003 juntos el 8° y el 9° años del Polimodal
–lo que siempre fue el 1° y el 2° años de la secundaria– en la Escuela N° 2 de Carmen de Patagones, “la más antigua de la Patagonia”.

Los Ponce me resultan gente entrañable. Muchos en el pueblo me habían dicho con una sonrisa: “Ah, el Loco Ponce”, y luego los rumores persistían en que alguna vez él se había ido a buscar a Junior adonde estaba internado, a La Plata o a la localidad cercana de Ensenada, para escracharlo.

Dicen que fuiste a buscarlo.

Ponce: Mirá, no conozco ni La Plata ni Ensenada. Es muy difícil aceptar las boludeces que dicen en el medio. Si algo conocemos, es la ansiedad por Federico.

Desde el living comedor, donde cenamos, veo la cocina. Pero nada me llama la atención. Concentrado en retribuir su amabilidad, escucho atentamente pero me olvido de mirar. Veo la cocina pero no la miro. Después, alguien que estuvo en esa casa me dirá que Marisa, desde la mañana del 28 de septiembre de 2004, tiene colgado el calzoncillo de su hijo que puso a secar junto al calefón aquel día.

Dónde está Junior. “Hoy la tragedia se enfrió, se convive con el hecho”, me dice por teléfono antes de viajar a Patagones el periodista Javier Cambarieri, corresponsal del diario La Nueva Provincia. “Comparado con el caso de María Soledad, lo que noto es que la sociedad pudo liberarse porque encontraron al culpable. Acá, todo lo contrario. Pasamos diez años con las heridas abiertas. ¿Por qué la Justicia no puede decir dónde está Junior?”

Las versiones sobre la internación de Junior son varias. Primero, la policía interviniente en la escuela Malvinas en 2004 lo recluyó en la comisaría 1ª de Viedma. Luego pasó 90 días en la base que Prefectura tiene en Ingeniero White, cerca de Bahía Blanca. La jueza Ramallo dispuso internarlo primero en El Dique, Ensenada, cerca de La Plata, en un instituto al que tuvo que pedir una excepción porque Junior tenía 15 y allí se alojaban treinta adolescentes de entre 16 y 18 años en conflicto con la ley penal. Después, la versiones lo llevaron a una institución carcelaria en Melchor Romero o a una clínica privada en Los Polvorines. Una fuente judicial me dijo que hoy estaría en una clínica de Martínez. Y otra persona familiarizada con el caso me referenció que Junior pasó por las clínicas San Ignacio y Santa Clara, ambas de La Plata.

Pero ninguna de ellas corresponde al lugar actual donde Junior está alojado. Hacia allí estoy manejando ahora, hacia La Plata. Pero antes de eso, voy a intentar que me atienda la jefa del Juzgado de Familia N° 4 de esa ciudad, la jueza que desde 2010, cuando Junior cumplió 21 años, heredó la causa 1503 sobre la internación de Rafael Juniors Solich. La doctora Silvia Mendilaharzo.

Silencios. “En la vida cotidiana se reproducen de manera silenciosa la violencia física y emocional”, dice un cartel con buen diseño en el que predomina el violeta y que está pegado a la pared en el Juzgado de Familia N° 4 de La Plata. Es una iconografía sobre el “Círculo de la Violencia”, donde retratan tres momentos: acumulación de tensión, golpes o explosión, arrepentimiento. Cada ítem tiene bicicletas dibujadas en posición normal o dadas vuelta.

Cuando la secretaria de la jueza me recibe, me aclara terminantemente: “La jueza no va a hablar de ningún caso, y menos de este”. Entonces digo a la secretaria que entiendo que la jueza deba velar por la integridad física y psíquica del chico que un día se convirtió en un “homicida inmotivado”, pero también que tenemos –la Justicia, el periodismo– el deber moral de contribuir a la salud mental de los familiares y sobrevivientes. Que la jueza afirmara en una entrevista que Junior sigue internado, aplacaría –creo– la paranoia. Pero la jueza, por ahora, no habla.

You only live once. Sandra Núñez, de 16; y Evangelina Miranda y Federico Ponce, de 15; vivieron hasta cerca de las 7.50 del martes 28 de septiembre de 2004. Son los tres muertos de la tragedia. Desde esa fecha, Pablo Saldías, Rodrigo Torres, Nicolás Leonardi, Natalia Salomón y Cintia Casasola, alumnos alcanzados por las balas de 9 milímetros, comenzaron una vida diferente.

Pablo fue el herido más grave. Recibió cuatro disparos, despertó a los quince días de un coma, fue operado en varios ocasiones y salió del hospital al mes y medio. A Rodrigo una bala le traspasó el intestino grueso y el delgado, el hígado, el bazo y el riñón. La otra le perforó un pulmón, y quedó alojada en su cuerpo hasta ahora. Con Rodrigo me encontré el lunes 1° de septiembre en su casa de un barrio de trabajadores en Viedma. Con Pablo, en un café Havanna de Bahía Blanca al día siguiente.

“La persona que te dijo que no hubo bullying está bien informada”, me dice Rodrigo, abrazado a un termo de la yerba Piporé. Rodrigo luego me querrá mostrar los tajos cerrados color uva que tiene en el torso y la ancha cicatriz que le sube a la altura del esternón. En su antebrazo se tatuó hace muy poco un electrocardiograma que forma la frase en inglés You only live once, “Sólo vives una vez”. “Después de lo que me pasó, tengo que ser feliz”, me dice.

Rodrigo no para. Es jugador de handball, coreuta, va al gimnasio y a catequesis, trabaja como empleado administrativo en el Consejo de Niñez y Adolescencia de Río Negro, se ocupa de su ahijado y lleva la casa codo a codo con su madre, Nina, con quien convive. Como hace poco tuvo problemas cardíacos, decidió parar un poco la moto. De hecho, tiene una moto estacionada frente a su casa.
“Todos se llevaban bien con todos”, me cuenta. “Yo entré a la escuela en 2004. A las dos semanas me pusieron plasticola y harina en la silla y andaba con el culo enharinado de acá para allá. Eran jodas, nadie hostigaba a nadie. Me gustaría hablar hoy con Junior. Él fue una víctima más”.

Bullying. “Es lo más fácil de pensar. Que hubo bullying. Pero la verdad es que nadie lo jodió. Este chico estaba enfermo y no fue tratado correctamente. Hubo negligencia por parte de su familia y de la institución educativa”, dice enfrente de mí Pablo Saldías, que se ha convertido en un hombre que habla de frente y mira de frente.

Pablo se mudó en 2007 a Bahía Blanca, se recibió de visitador médico y tiene una novia varios años mayor que él. Trabaja en un shopping vendiendo ropa de Lacoste y Kosiuko. Desde que las balas de Junior lo agujerearon, no puede evitar alarmarse ante las personas calladas e introvertidas, como Junior. “Estoy atento a cómo la gente mira, habla, te escucha, se mueve. Me convertí en una persona muy perceptiva. La mochila la tengo encima. El tema es cómo cargarla”.

Su mamá, Claudia Kloster, la profesora de fitness más célebre de Patagones, me había descrito a Pablo en su casa el día anterior como “el único adolescente del mundo que perdió órganos vitales en una matanza escolar”. Esa descripción sin embargo no se ajusta a la apariencia de este joven vivaz, aunque una cicatriz le envuelva el cuello como a un degollado que ha sorteado su pena.

“Me gustaría que el 28 de este mes no fuera un día más. Que los 28 de septiembre se recuerde esto en las escuelas de todo el país. Que se izaran las banderas a media asta, que hicieran charlas, que se decretara feriado. Que los chicos supieran que un 28 de septiembre un pibe de 15 años entró en un aula con una 9 milímetros y le cagó la vida a todo un pueblo. Pero eso no pasa porque acá se tapó todo”. La reflexión es literal. A dos semanas de haberse producido el tiroteo, la escuela tapó el aula con pintura y disimuló los agujeros con cuadros. “Hasta por una cuestión del debido proceso no debió haberse hecho eso”, me había dicho en Patagones una persona que trabajaba en la escuela.

La escuela. Nadie viste enteramente de negro, como un dark. Los seis chicos que esperan a que abra la escuela el primer lunes de septiembre de 2014, a las 7 de la mañana, visten todos buzos de colores con capucha. Cuando abren, entran con ese andar soporífero del recién levantado. La Escuela “Islas Malvinas” sigue en el mismo lugar de siempre, en la calle San Lorenzo 169, a dos  cuadras de la estación de micros, a unas cuadras de donde vivían los Solich.

Todo el frente de la escuela tiene murales pintados en 2012 por los alumnos. El más inquietante muestra un árbol inclinado sobre un fondo azul, cuya copa termina en una esfera amarilla y gris: el Sol conteniendo la Luna. Hay también una chica sentada en unas raíces tumultuosas y, como colgando sobre ella, una figura andrógina con las piernas abiertas de donde salen huevos rosados con bebés en posición fetal. Una frase ilustra el cuadro: “El conocimiento renace de lo que fuimos anteriormente”.

Adentro, los chicos forman fila en el patio interno, como en aquel día. Los casi 200 alumnos asisten en silencio al izamiento de la bandera por una chica que usa una bufanda con plumitas blancas y un adolescente de anteojos y sweater rosa.

La clase de aquel aciago día está cerrada por refacciones. En realidad, ahora es una sala de reunión para profesores.
Fui a la escuela para hablar con la directora, Adriana Roumec. Me habían dicho que había presentado su renuncia varias veces, pero sigue al frente. Me avisan ahora que llega en un rato y entonces, para guarecerme del frío, la gente de la escuela se apiada y me ofrece unos mates para paliarlo.

“¡Le pido por favor que se retire! ¡Si quiere hablar conmigo, tiene que pedir permiso a la inspectora distrital!”, me increpa Roumec, nerviosa, cuando finalmente llega.

Hice las gestiones pertinentes y esperé cuatro horas a que me abrieran la puerta. Nunca me dejaron entrar, pero la puerta se abrió sigilosa y alguien dijo:

–Pst, vos. ¿Para qué medio trabajás? Nos tienen rehenes del silencio acá. No se puede tapar lo que pasó.

Y nuevamente cerró la puerta.

Bicicleta. “Tu hombre está en La Plata”.Antes de viajar a la ciudad donde se encuentra ahora Rafael Junior Solich, una alta fuente con acceso a información de Estado me confirma el dato. Rafael Solich, el padre de Junior, trabaja en la sede de la Prefectura Naval Argentina en La Plata. Hacia allí es donde me encaminé, y ahora llego.

El mapa de La Plata es generoso en formas geométricas. Sus calles son cuadrados, triángulos isósceles y rombos. Trapezoides, y hexágonos. En esa maraña, en ese laberinto planificado, se encuentra Rafael Juniors Solich, y también su papá.
Cuando planteé al editor mis dudas sobre dar el paradero de Junior, él me contestó como el editor que es: “Primero conseguilo, después lo pensamos”. Así que acá estoy, pensando qué debo hacer, cuando llego a destino, a la clínica donde está Junior.

Es el jueves 4 de septiembre de 2014 y la tardecita de la periferia presagia solo calma y el canto amplificado por la siesta de los pajaritos. Estaciono. La clínica está considerada como una de las mejores en su rubro. El personal recibe dos ambos por año, zapatos adecuados, espalderas para levantar a los pacientes difíciles. Tiene cocina industrial y lavandería propias, fama de ajustarse a las exigencias que le imponen las obras sociales. La hotelería es un lujo.

A Junior lo siguen describiendo como alguien “taciturno, muy ordenado, obsesivo”. Como los otros internos hombres, puede juntarse con mujeres sólo en el patio. La clínica dispone que hombres y mujeres estén separados, que haya secciones de internación diferenciadas según las patologías. “Junior no está dopado. Medicado sí, pero no dopado”, me dice una fuente platense allegada a la institución.

¿Tiene sentido entrar a la clínica? Me vuelvo al auto. Si fuera –pienso–, ¿cómo debería presentarme? ¿Simular que soy familiar de alguien que necesita una internación? ¿Ir con mi propio nombre, diciendo a las claras que soy periodista, que sé, que quiero conversar con el director? ¿Para qué? Al final, voy, digo quién soy, pero el director no está. En la puerta, veo una bicicleta blanca y celeste apoyada en la pared. En la vereda, casi en la puerta de entrada, mientras dudo, me encuentro una bolita de vidrio con los colores de Boca Juniors. 

Las bicicletas siempre aparecieron en esta historia. Con Junior subido a una o en el cartel del juzgado. La bicicleta se me representa como el símbolo de las tragedias argentinas. “Bicicletear”, en nuestro idioma criollo, significa aplazar la devolución de algo que se debe. En Internet encuentro otra definición posible: “Bicicleta: operación económica para obtener ventajas, en general deshonesta”.
Subo al auto y vuelvo a Buenos Aires. Creo que los familiares merecen saber qué es de la vida de quien mató a sus hijos, hermanos, nietos. Pero también que es bueno para la sociedad que Junior pueda tramitar psíquicamente su acto fuera del escarnio público. Ventilar el nombre de la exacta clínica que lo alberga me hace sentir que haría del periodismo un heraldo de la caza de brujas.

Agua estancada. Según escribió el genealogista de Bremen Edgar Much a su compatriota alemán Henryk Solich, el apellido del último parece derivar de Salisch. En todo caso, le comenta que los Solich se asentaron en la Alta Silesia, en el este checo. Muchos de los ancestros Solich nacieron a unos pocos kilómetros de lo que hoy son las fronteras con Polonia, en los suburbios de la ciudad de Kietrz. Desde allí emigrarían los ancestros del argentino Rafael Juniors Solich, quien en 2004, con 15 años, se convertiría en el asesino inimputable de “la primera tragedia escolar de América Latina”. El genealogista de Bremen también escribió que la palabra solich tiene una historia más longeva que el apellido. En un idioma antiguo indoeuropeo –escribió Much– solich proviene de la voz sol (“agua”) con ik, un sufijo para oraciones negativas. Solich, en esa vieja lengua, significa “ciénaga”.