Quizás fueron sus ojos negros tan inmensos como expresivos, tal vez sus particularidades biológicas que las hacen únicas y tan poco estudiadas, o su vida silvestre en la Puna a 4000 metros, allá donde todas las tardes son verano y las noches invierno. Lo cierto es que hace casi tres décadas, con sólo 25 años y la mochila a cuestas, Bibiana Vilá (en ese momento flamante bióloga) se dirigió al altiplano catamarqueño para conocer a su gran pasión: las vicuñas. Luego recayó en Jujuy, adonde va "a cada rato", intercalando su rol de docente en la Universidad de Luján, su cargo de coordinadora científica de la Comisión Asesora sobre la Biodiversidad y Sustentabilidad del Ministerio de Ciencia, y su faceta como investigadora del CONICET. Son esas mismas vicuñas las que ahora le valieron ser galardonada con el Premio Midori por la Convención de Diversidad Biológica de la ONU, en conjunto con la Fundación AEON de Japón, gracias a sus aportes para el estudio y conservación de este animal silvestre. Es la primera científica argentina en ser reconocida con este premio, que se entrega cada dos años. El 15 de octubre lo recibirá en la Conferencia de las Partes, en la ciudad coreana de Pyeongchang.

"Las vicuñas son animales hermosos, así como también muy valorados simbólica, social y económicamente por los pueblos originarios de los Andes", sostiene Vilá, premiada junto a otros dos científicos, entre representantes de 60 países. La clave para su mantenimiento y aprovechamiento sustentable estuvo en la recuperación del "chaku", por parte del grupo de investigación VICAM (Vicuñas, Camélidos y Ambiente), que encabeza Vilá. Se trata de un ritual prehispánico para capturar y esquilar sin dañar a este animal que mide un metro, pesa 50 kilos y no perjudica la vegetación.

El lugar: Santa Catalina, Jujuy. A 3.800 metros de altura se reúnen científicos, pobladores y productores para la ceremonia ancestral, que siempre comienza con una ofrenda a la Pachamama. Todos ayudan en el arreo de las vicuñas, para el que usan una soga marcada con cintas de colores, hasta el corral sahumado donde las esquilan, pero sólo los lomos y costados. A las 17, hayan o no esquilado a todas, las liberan, para que recuperen la temperatura antes de que lleguen los 10º bajo cero nocturnos. El ritual es en primavera y rotan lugares, porque tarda dos años en crecer la fibra.

Al conocimiento tradicional indígena se agrega la ciencia moderna para el bienestar animal. Mientras lo obtenido por la fibra le queda a la cooperativa agroganadera local, creada en el marco del VICAM, los investigadores hacen lo suyo. "Buscamos que sufran el menor estrés posible y también estudiarlos en detalle desde el punto de vista biológico y ecológico. Después se los devuelve a su hábitat natural", cuenta Vilá.

Hay una regla: cuanto más fina, más cara. Y la fibra de la vicuña es de las más finas. Un kilo puede costar más de 600 dólares y hay prendas que superan los 30 mil euros. "En la antigüedad la vicuña vestía al Inca y a la realeza, y hoy viste a los millonarios del mundo", asegura Vilá.

La caza furtiva para vender su fibra puso en duda la supervivencia de la especie. Cuando llegaron los españoles a América había 4 millones de vicuñas. A mediados del siglo pasado quedaron apenas diez mil ejemplares en todo el Altiplano. En 1969, Bolivia, Perú, Argentina y Chile firmaron un convenio para su conservación. Lo fundamental (y esencia de todo el trabajo de Vilá), está en el "bellísimo" artículo 1º: "La conservación de la vicuña constituye una alternativa de producción económica en beneficio del poblador andino y se comprometen a su aprovechamiento gradual bajo estricto control del Estado". Los pobladores empezaron a sentir que la vicuña "era de ellos" y la recuperación fue lenta pero constante. Hoy son más de 400 mil las vicuñas (80 mil en nuestro país), en un crecimiento que, al igual que Bibiana, no se detiene. 

También guanacos y llamas

La Secretaría de Ambiente de la Nación y la Mesa Vicuñera de Jujuy acordaron anteayer una serie de acciones destinadas a garantizar la continuidad del plan de uso sustentable de esta especie. Sin embrago, la vicuña no es el único camélido que avanza en el país. Desde hace un año, la Agencia Nacional de Promoción Científica y Tecnológica impulsa el desarrollo de una cadena de valor para posicionar la marca “Guanaco Argentina” en la localidad mendocina de Malargüe, a través de su fibra y productos textiles derivados, buscando “una sinergia entre la conservación del ambiente y la mejora de la situación socio-económica de pequeños productores en condiciones de vulnerabilidad social”, explican. También en Jujuy, pequeños productores puneños trabajan la fibra de llama con apoyo del INTA.