Según consignó Miradas al Sur, el 5 de diciembre, en el bachillerato Mocha Celis, ubicado en Federico Lacroze al 4100, al lado de la estación del Ferrocarril Urquiza, se recibe la primera camada de egresados del establecimiento. La noticia, así, sin más, podría tener incidencia para los egresados, sus familias y los docentes. Pero resulta que el Mocha Celis es el primer colegio para transexuales de la Argentina. La noticia, entonces, se modifica, de modo que en esta nota, por ejemplo, en lugar de escribir “alumno” o “alumna”, de aquí en adelante, se escribirá alumnx. 

El Mocha Celis, que lleva su nombre en homenaje a la trans tucumana asesinada por la Policía en un caso aún no esclarecido, arrancó hace tres años. Dice Rocío Pichirili, responsable del taller de Realización Audiovisual, haciendo historia: “Hubo mucho trabajo de parte de todxs lxs compañerxs. Al principio era un espacio compartido, con un pizarrón y dando las clases como se podía. Éramos unxs poquitxs, hoy llegamos orgullosamente a 90 estudiantes”. El director del Mocha, Francisco Quiñones, amplía: “A lxs estudiantes se les exigía, y se les exige, ser mayores de 16 años; presentar DNI y fotocopia (nacional o extranjero); CUIL, si poseen, y certificado de primaria. Pero si no terminaron la primaria, tenemos un acuerdo con Paebyt, que funciona en el tercer piso del mismo edificio, con quienes articulamos el trabajo y donde se pueden finalizar los estudios primarios”.

"Nosotras y nosotros necesitábamos este espacio, queríamos estudiar y teníamos el derecho de hacerlo. Cuando empezamos, el Bachillerato era totalmente distinto, tenía otro aspecto".

El Mocha es un bachillerato de tres años, que expide a sus alumxs título oficial reconocido, con el cual se puede acceder a un nivel terciario o universitario si así lo desean. “De hecho, tenemos compañerxs de tercer año que están haciendo UBA XXI para ir adelantado y otrxs están en campaña para empezar el CBC. 

El Mocha no es un bachillerato excluyente: allí estudian transexuales y heterosexuales. La idea, como en muchos casos, nació de una necesidad. La explica Rocío: “Hay muchos de nuestrxs compañerxs que no pudieron acceder a la educación por problemas económicos, pero fundamentalmente por la discriminación que sufrían en el colegio, por lo que decidieron retirarse, abandonar. La etapa del colegio secundario, todos lo sabemos, es el momento en el que se descubre la identidad. Había muchxs compañerxs que no se sentían cómodxs con lo que su cuerpo manifestaba y sufrieron mucha discriminación de sus propios compañeros y, a veces, de las autoridades del colegio donde iban. Por eso, nuestra idea nace de la necesidad que tenían ellxs de acceder a la educación”. 

Tanto es así que el nombre de Mocha Celis que caracteriza a este colegio tiene que ver con ese acceso limitado a la educación de grupos estigmatizados. Lxs amigxs de Mocha contaron que se rodeaba de gente que sabía leer y escribir porque ella no sabía. Y no lo reconocía porque le daba mucha vergüenza. Pero también ocurre que muchxs transexuales caen presxs y desconocen sus derechos o no pueden completar sus propios formularios. “La educación dignifica, con ella se puede construir un futuro mejor, y acá les damos las herramientas para este presente de inclusión y para un futuro socializado”, dice Rocío.

–¿Cuáles fueron las cosas más feas con las que tuvieron que pelear de movida?

Francisco Quiñones: –La mayor pelea fue por el reconocimiento de la Legislatura porteña. Pero más allá de eso, hubo reconocimiento oficial de los títulos y del establecimiento, por jurisdicción, que lo hizo el ministerio de Educación de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Previamente, hubo un reconocimiento por parte del ministerio de Educación de la Nación, reconocimiento que se reafirmó con la presencia del ministro Sileoni a principios del año pasado cuando vino a inaugurar la obra que financiaron a través de un subsidio único para la construcción de los espacios de aulas. Por otro lado, trabajamos por la inserción laboral de lxs estudiantes junto al ministerio de Trabajo de la Nación. Finalmente, la Legislatura Porteña nos otorgó un reconocimiento como Espacio para la promoción de los derechos humanos y educativos.

–¿Y con el barrio cómo se llevan? 

Rocío Pichirili: –El otro día nos llegó un comentario medio feo, pero no tuvimos peleas con el barrio. Será que nos vieron trabajar, y mucho, para que este espacio sea lo que es en la actualidad: pintando, revocando, consiguiendo bibliotecas, el salón de usos múltiples, sillas, escritorios.

Dentro del “Bachi”, como lo llaman todxs, la diferenciación no existe: son compañerxs. “Acá se sabe que cada unx elige, primero, ser, y eso conlleva un respeto fantástico –cuenta Rocío–. Lo que sí es sorpresivo es que tuvimos alumnxs muy grandes. Por ejemplo, Rosa, una mujer de 78 años, heterosexual, que llama al ‘Bachi’ ‘la escuela ternura’. Ella no había podido terminar sus estudios secundarios porque se había dedicado a la crianza de sus hijos. Estamos hablando de una realidad totalmente diferente a la que vivimos hoy en día. Si ella, con la edad que tenía, pudo hacer a un lado los pensamientos con los que había sido educada como la gran mayoría de la sociedad, nosotrxs, todxs, debemos seguir su ejemplo. Si hay algo que apoyamos es que cada unx sea libre y respete la libertad del otrx”.

–Rocío, ¿conocía el colectivo trans cuando empezó a dar clases?

R. P.: –No, para nada. Y comprendí que el mejor modo de dejar de lado los prejuicios y los mitos es el conocimiento. Sobre todo en una sociedad como la nuestra donde se dicen muchas cosas y se repiten muchas cosas sin saber absolutamente nada. Hay que acercarse, conocerse. De esa manera se deja de lado todo lo que pensaba sin saber.

Lamentablemente, hasta ahora, la experiencia del Mocha no se replica en el país. Reflexiona Rocío: “Hay compañerxs que siempre dicen que si existieran muchos lugares como el nuestro se ahorrarían muchos años de dolor. Por esto que decíamos, por la incomprensión en los momentos de formación de la identidad. Hay muchos chicxs que no contaban ni siquiera con el apoyo de sus propias familias, chicxs que vienen de provincias muy conservadoras. Creemos que la idea máxima del bachillerato es que se empiece a replicar este modelo de educación, justamente para que muchxs puedan ahorrarse ese sufrimiento, ese dolor, esa discriminación. Hay muchxs de nuestrxs chicxs que entraron diciendo “yo no sé qué soy porque lo desconozco y no lo entiendo”. Si podemos lograr que entendamos entre todxs, acompañando sus procesos, supliendo esa falta de apoyo familiar o social, aquí o en otros Mocha, el objetivo estará cubierto”. 

A tal efecto, las autoridades del Mocha Celis están trabajando con sectores de Mendoza en un proyecto para formar otro bachillerato en esa provincia. “Apuntamos a eso –dice Francisco Quiñones–, a que se replique en el país y en América latina toda, ya que la discriminación no reconoce ninguna frontera. Y por más que avancemos con muchas leyes, nos sigue faltando”. Y rubrica Rocío: “En las escuelas las cosas son celestes o rosas, nenes o nenas y hay una concepción desde el vamos que puede ser muy perjudicial para algunas personas”. 

–Teniendo en cuenta esa brutal diferenciación de la que hablaba, ¿hay alguna diferencia entre los planes de estudio o los materiales bibliográficos o las formas de dictar las clases que se usan en el Mocha y en las demás escuelas?

R. P.: –En las formas de dictar las clases seguro, ya que aquí las clases están abiertas al debate permanente. No se mantienen las reglas de todos sentados mirando hacia el frente. Las clases pueden ser en círculo o en bancos juntos o con un grupo de alumnos parados, con actividades sin pupitre. Pero básicamente es la apertura al debate la gran diferencia. Y no se trata de imponer nada: conversamos hasta que todos lo entendemos. A ver, en una clase de matemáticas, 2 + 2 es 4, los números son los números, pero sí se transmite de distinta manera, buscando que el otro comprenda lo que se le transmite.

Rocío Pichirili, en el taller de realización audiovisual de la materia Metodología de la Investigación, arma sus clases con lxs alumnxs, brindando todas las herramientas teóricas para luego construir, clase a clase, los contenidos. Lxs alumnxs también se encargan de aportar el material a debatir.

Por eso, la noticia de la primera camada de egresados de un bachillerato cambió a la de la primera camada de egresadxs de una escuela que también es casa, familia, contención, diálogo, trabajo y amor. La primera camada de egresadxs de una sociedad que está cambiando y debe seguir haciéndolo.

En primera persona

“Recibirme es un puente para lo que siempre soñé”

Mi nombre es Virginia Silveira, soy estudiante de  tercer año del Bachillerato Trans Mocha Celis. El Bachi, para mí, es un espacio donde la diversidad se integra, lucha, comparte y celebra el derecho a la educación. Donde es nuestro y no es negado. Es un espacio en el que aprendemos y somos los protagonistas de la victoria de tantos años de militancia.

Nuestra escuela tiene una perspectiva de género súper amplia, pueden venir todas las personas y no hay distinción de género. Yo creo que eso es lo importante y que debería ser así en todos los lugares, no solamente en el Bachillerato.

Nosotras y nosotros necesitábamos este espacio, queríamos estudiar y teníamos el derecho de hacerlo. Cuando empezamos, el Bachillerato era totalmente distinto, tenía otro aspecto. Gracias al esfuerzo de todos y todas se puso en mejores condiciones.  

Es un lugar que tiene mucho de nosotras y nosotros. El Bachi lo construimos todas y todos, todos los días porque siempre nos ayudamos y tratamos de que todas y todos estemos comodxs. Para mí es una gran familia.

El hecho de recibirme este año es increíble, jamás me imaginé que iba a terminar la secundaria. Antes pensaba que toda la vida iba ser una trabajadora sexual. Para mí era un desafío el estar sentada en un aula, y esto no termina aquí. Recibirme es un puente para lo que siempre soñé, que es ser abogada y construir mi futuro.

Un proyecto en el que colaborar

El equipo de realización audiovisual, junto con sus alumnxs, lleva adelante un proyecto documental: Mocha. Nuestra Lucha, Su Vida, Mi Derecho. Rocío Pichirili lo explica: “Queremos contar la historia en primera persona. Queremos que dejen de hablar de nosotros desde afuera, por más respeto que pongan al hacerlo, y contar nuestra propia realidad. No sólo la historia de nuestra escuela, sino la historia de vida de muchxs, la historia de la integración, sin que necesitemos traductores o exegetas. Creemos que es un aporte a la sociedad, explicando cosas que muchas veces no se entienden”. 

Para eso, claro, se necesitan fondos: “Si bien la escuela cuenta con el subsidio correspondiente, debemos conseguir los fondos para el proyecto documental”. Por eso, adoptaron la posibilidad de hacer un crowfunding, un sistema de financiamiento colectivo, acorde con la idea de inclusión. El proyecto está en el sitio IDEA.ME. Y la recaudación es abierta a la comunidad, en el que cada uno realiza su donación llevándose una recompensa a cambio. Quienes lo deseen, pueden ingresar en http://idea.me/proyectos/22010/mocha, elegir su recompensa y hacer su aporte. 

–¿Tiene vencimiento ese crowfunding?

–Sí, exactamente. Estas páginas se manejan con un monto y con un tiempo para reunirlo. El monto es de 80 mil pesos, del cual ya tenemos el 33%. Y la página nos da la posibilidad de tener 60 días para poder recaudar el dinero. Esos 60 días vencen el 20 de octubre. Y nos sorprendió el apoyo obtenido: más de 50 colaboradores, más allá de toda la gente que se acercó al bachillerato para ayudar desde otro lado, con trabajo, con cámaras de fotografía, con servicios. Y seguimos conformando y agrandando el equipo. Por eso llamamos a la sociedad para que siga aportando para hacer viable este proyecto. Si el colectivo no colabora, nosotros no lo vamos a poder hacer y es muy importante contar nuestra propia historia e integrar el proyecto a la sociedad para que nos conozcan y se pueda aprender y replicar este modelo de estudio.