Artífice de la Encuesta Nacional de Consumos Culturales elaborada por la Dirección Nacional de Industrias Culturales en el año 2013, Natalia Calcagno es, hoy, quien está al frente de ese organismo, luego del alejamiento de Rodolfo Hamawi. Aquella encuesta, llevada adelante por el Sistema de Información Cultural de la Argentina (SInCA), puso de manifiesto qué escucha, qué mira, qué lee y qué uso de las pantallas interactivas realiza el usuario argentino, trazando un mapa sobre lo que hay y un plan de desafío para que haya más y mejor. Según Miradas al Sur, desde su despacho en el primer piso del Ministerio de Cultura, Calcagno se presta al diálogo donde mezcla, con notable justeza, la contundencia de los datos duros y la fuerza ideológica necesaria para transformar cada uno de esos números en una persona de carne y hueso.

–Usted se encargó de armar el andamiaje actual de los datos y números de las industrias culturales, ¿qué datos concretos había antes de eso?

–Entré a la por entonces Secretaría de Cultura durante la gestión de José Nun, en el año 2005. Lo primero que hicimos fue comenzar a buscar datos e información y a intentar recopilarla. Nos decían que no había nada, que no había ningún dato, que sobre cultura no había nada. Y lo que hicimos fue delimitar qué áreas involucradas en la Cultura generaban datos. Allí, una vez resuelto ese tema, encontramos un montón de información: el Instituto nacional de Cine y Artes Audiovisuales (Incaa) registra cada entrada vendida y la exhibición de cada película para cotejar la cuota de pantalla. Hay un registro perfecto y pormenorizado de todo lo que se exhibía y se vendía. La Comisión nacional de Bibliotecas Populares (Conabip) tenía una enorme cantidad de información sobre cada biblioteca. La Cámara Argentina del Libro (CAL) registra el número de identidad de cada libro, el ISBN, de manera obligatoria, de modo que se sabía cada título que había sido editado en la Argentina, y pudimos averiguar, más o menos, la tirada promedio. Comprendimos, entonces, que no había un área específica en la Secretaría de Cultura para generar información estadística que se fuera actualizando, pero lo que sí había era, muy dispersa y con metodologías de medición distintas, una enorme cantidad de información.

"En el segmento de personas de más de 64 años, el consumo cultural cae de manera violenta. Es la única población que hoy podemos decir que está afuera del consumo cultural".

–Arrancaron con esos datos...

–Claro. El primer trabajo del SInCA fue, básicamente, la recopilación de esos datos en un solo lugar. A todo lo que había, le aplicamos la misma metodología para que pudiera ser comparable: la facturación por venta de discos, de libros, de entradas de cine, de teatro. Y a partir de eso fue que comenzamos a identificar lo que nos faltaba. De eso se trató toda la primera etapa. 

–¿Qué era “eso” que faltaba?

–Lo más importante era la cuenta satélite de cultura, que es la medición, junto con la metodología de cuentas nacionales, aquella que mide el Producto Bruto Interno argentino. Dentro de eso, armamos una medición específica para la cultura, en el Instituto Nacional de Estadística y Censos (Indec). Hicimos convenios con el Ministerio de Economía para averiguar el PBI cultural y la cantidad de trabajadores que ocupaba la cultura. Ese trabajo empezó a rendir series necesarias para trabajar dos o tres años después. Ahora lo estamos actualizando. Y después vinieron las encuestas. Porque lo último que nos faltaba era el consumo. Hasta allí, sabíamos qué se producía. Pero, para hacer gestión, necesitábamos saber qué se consumía, cuánto empleo generaba, cuánto valor agregado tenía, quién consumía, dónde se consumía, quién estaba fuera de ese consumo. Y todo eso, indudablemente, surge de las encuestas. Datos que todavía estamos procesando.

–¿Eso significaba sacar a la cultura de los límites demarcatorios y precisos del mercado?

–No, para nada. Significaba el acceso a la Cultura, incluyendo la dimensión del gasto o la gratuidad de los hechos. Los llamamos “consumos culturales” porque fue la forma más fácil de englobar el mundo cultural y sus alrededores: ir a un museo, comprar un disco, ir a un recital, leer un libro, más o menos lo que es la forma internacional de medir ese tipo de consumo. Mercado o no mercado, pago o no pago, lo que medimos fue el acceso a la cultura.

–Usted mencionaba, por ejemplo, el ISBN de los libros publicados. Con ese dato se tiene el número de libros que ingresaron al mercado, pero no los que se leyeron...

–Exacto. Teníamos la oferta. La encuesta permite que podamos indagar un poco más allá.

–Esas encuestas, ¿permiten también armar un argentino cultural promedio? 

–Totalmente. 

–¿Y se puede digitar lo que habría que producir en cultura?

–Eso es una aspiración de todo aquel que está en el universo cultural. Pero el concepto de “formación de público” me parece abominable. Lo que sí es seguro es que, con esa información, se puede conocer más y mejor como para sacarse el prejuicio que todos tenemos encima de qué gusta, qué interesa. De ese modo, es posible programar o, con fondos públicos, ver el modo de llegar a una población específica teniendo en cuenta lo que le gusta. Pero, claro, hay una tensión en todo eso. Lo que es más popular suele ser visto como algo no cultural o no artístico.

–Más allá de la división en zonas: Buenos Aires, NOA, NEA, Centro, Cuyo, Patagonia...

–Podemos armar tipologías, pero la cosa después es variable. Estamos analizándolo ahora, pero se pueden establecer algunos modelos. Por ejemplo, hay géneros (musicales, literarios, cinéfilos, televisivos, radiales) que atraviesan regiones, hay otros que atraviesan condiciones económicas, pero el corte más fuerte es la edad para las diferencias en consumos culturales. En ese sentido, los infanto-juveniles y los adultos mayores son dos universos paralelos. Después venimos todos los demás, muy juntos, atravesados. De veintipico a cincuenta y pico están con gustos más o menos comunes, pero los chicos y los adultos mayores tienen, cada uno, comportamientos absolutamente distintos.

–¿Cómo es eso? 

–En el segmento de personas de más de 64 años, el consumo cultural cae de manera violenta. Es la única población que hoy podemos decir que está afuera del consumo cultural. 

–¿Y eso es sólo por una cuestión de edad?

–Mirando los datos sin los porqués, sólo se trata de la edad: no escucha música ni radio, no lee, no va al cine ni al teatro. Es muy bajo el acceso a todos los lenguajes culturales en los mayores de 64 años. Pero esto tiene que ver con la edad jubilatoria, con la cuestión económica de la jubilación, con las restricciones propias de la edad (audición, visibilidad, atención). Por ejemplo, los anteojos que brinda el PAMI son un par por año, de modo que el afiliado retira los de ver de lejos, pero no los de leer. Los audífonos son caros. Es una cuestión fuerte la de los achaques de la edad. Y la movilidad también: para ir a ver un espectáculo hay que caminar, subir, bajar, todo eso que genera un temor en la gente mayor de edad. Tenemos que solucionar ese tema: la esperanza de vida está creciendo (estamos rondando los ochenta años de promedio) y eso nos lleva a perder un grupo de consumidores de cultura de entre quince o veinte años, que no trabajan, que están en su casa. Debemos pensar en ese sector específico.

–Paradójicamente, un grupo importante de personajes más estacados de la cultura tienen más de 60 años...

–Es cierto, habría que pensar mucho más en eso. Pero lo importante es que ese grupo que podríamos llamar “fuera de la cultura” tienen razones variadas para permanecer allí: salud, de movilidad, economía, temor, y, por supuesto, falta de contenidos específicos para su edad. Tenemos en Televisión Digital Abierta un canal, Acua Mayor, que se encarga de generar contenidos propios para esas edades, con una estética de pantalla de letras más grandes para leerlas mejor, donde la voz que locuta es la de Héctor Larrea. Y les va bien, pero tenemos que seguir pensando en alternativas para incluir a ese grupo etario. Y la información nos sirve para eso. No para formar público, insisto, sino para escuchar su realidad, lo que necesitan. 

–Más allá de ese canal, ¿supone que se está produciendo algo para ese tipo de personas? 

–No. Yo creo que la producción mayoritaria es para el adulto treintañero, con cierto nivel de consumo, que se tiene como un universal pero que es sólo una parte. Y después están las producciones de nicho, como la cumbia para los sectores populares, que es una industria que va por otro lado pero produce como loco. Y el infanto-juvenil que es, en términos económicos y de consumo, de un nivel enorme. El cine hoy se sostiene con una industria basada en el público infanto-juvenil. El libro está atado, linkeado al cine, por lo cual se editan muchos libros X de la película X. Con la música ocurre lo mismo. Hay tres sellos transnacionales que son los que manejan el 95% de discos en la Argentina (Emi, Warner, Sony). Hace poco, apareció uno nuevo. Primero fue un alegrón el saber que empezaban a desconcentrarse, pero, ¿cómo se llamó el nuevo sello?: Disney. Son los que producen a Violetta, que se cansaron de darles el negocio a Sony. En el ranking de los 20 más vendidos que da la Cámara Argentina de Productores de Fonogramas y Videogramas (Capif), siempre un tanto reacios para brindar datos, cuatro son de Violetta. Eso está copando el nicho infanto-juvenil: los adultos gastamos en los hijos, los hijos saben cómo conseguir lo que quieren, y así las cosas.

–Si bien hay una incidencia del Estado en todo esto, ¿por qué no hay un sello discográfico y una editorial de libros estatales?

–En este momento, en términos políticos, si intentáramos llevar adelante un proyecto así nos tildarían de soviéticos. Me encanta la idea, pero es inviable políticamente. La propuesta que trae el Ministerio de Cultura es producir. Y en ese caso, los proyectos de las señales Encuentro o Paka Paka cumplen con ese rol. Pero si decimos de abrir un sello editorial o un sello discográfico nos asesinarían. Venezuela lo hizo. Hizo pública la plataforma del libro, de la música y del cine. ¿Por qué plataforma? Porque entienden cómo funciona la cadena de valores. Arrancan desde concursos literarios y pasan por todos los estamentos: una editorial, una imprenta, una distribuidora y una red de librerías. Pero tienen que lidiar con la acusación de “pensamiento único”, de que no publican a los que no están de acuerdo con el sistema de gobierno y todos los aditamentos opositores que ya conocemos. Si la propuesta que lleváramos fuera la de competir en el mercado con producciones públicas, tendría difícil incidencia en términos económicos y sería un suicidio en términos políticos. Lo que me parece que tenemos que hacer es asegurar la diversidad, no necesariamente la del Estado, sino cómo hacemos (y si es posible hacerlo) para que los canales masivos aseguren la presencia de las pymes culturales que existen, alrededor de 4.000 productores, y que tienen una calidad de producción notable. Si sabemos dónde están, sabemos que transmiten otras cosas que no son el major o el star system, tenemos que lograr que puedan transmitir eso, más que agregar algo estatal. El desafío está ahí.

–Habla de sellos o discográficas chicas, a las que el mercado no tiene en cuenta o ningunea. ¿Cómo pelear contra eso?

–Visibilizándolos cada vez más, exponiéndolos, mostrándolos, dándoles el lugar que merecen y necesitan. Sacar un nuevo sello, perteneciente al Estado, requeriría un enorme esfuerzo y una enorme inversión de capital. Y después habría que usar recursos públicos para promocionar esos sellos públicos con contendido que el Estado mismo definió: eso nos crucificaría.

–Pero todo lo que existe, dentro del mercado, también es pensamiento único…

–Pero hay una diversidad, por más ficticia que parezca. Lo que queda en los márgenes es lo que potenciamos desde las sucesivas ediciones del Mercado de Industrias Culturales Argentinas (MICA). Por eso, si ya hay distintas voces que producen, ¿por qué vamos a meternos en el medio para producir desde el Estado? El desafío es levantar las producciones alternativas. La idea del MICA es la ventana a la diversidad. Y queremos mostrar ese semillero para que el gran comprador lo conozca. Por otro lado, descubrimos que debemos identificar las problemáticas. Una es tender a que se asocien. Y desplegamos ciertas líneas: subsidios de grandes montos a los que se puede acceder asociándose. Si varias editoriales se unen y distribuyen juntas van a conseguir un lugar mayor y más destacado en las vidrieras de las librerías. Eso funciona en algunos casos. Es chiquito, claro, pero la suma de muchos chiquitos hará la diferencia. Y después hay toda una batería de políticas de Estado hacia las pymes. Nosotros las estamos puntualizando en la cultura. Ya existen: subsidios, créditos, financiamiento, capacitaciones, acompañamiento a ferias, exportaciones, todo aquello que se necesita para poder fortalecerse un poco. Esas ayudas están.

–¿Qué pasa entonces?

–Que no las conocen todos. Está la cultura por un lado y el sistema productivo por el otro. La idea nuestra es acercar, mostrar esas ayudas y esperar a que las tomen para desarrollar y mejorar sus actividades. Abrir grietas, bisagras, huequitos por más pequeños que sean para ir introduciendo otras voces. 

–Crear catálogo que rompa con lo efímero.

–Algo de eso, sí. 

–Estos números, ¿qué posibilitan para la gestión, para el hacer cotidiano?

–Se puede hacer de todo. Cada uno de nosotros viene con una carga de ideas, de sugerencias, de sueños, de desafíos. Y los datos sirven para saber si eso que traemos se acerca o no a la realidad, contrastar esa realidad con nuestros objetivos de inclusión, de equidad, de desarrollo. Con esos ejes, sabemos si las políticas que pensamos están bien, si sirven. Todas las preguntas las responden los datos. Lo que no pueden responder, por supuesto, es si lo que hacemos lo hacemos bien. Pero permiten identificar la necesidad. Nosotros planteamos, desde nuestra cosmovisión, desde nuestras políticas públicas, cómo cubrir esas necesidades.

–Un nuevo gobierno, venga del signo político que venga, ¿licuaría todas estas políticas o están internalizadas de manera que son inamovibles?

–No, por supuesto que las políticas culturales no están hechas carne ni son inamovibles. Nosotros tenemos un año por delante, el 10 de diciembre de 2015 termina nuestra gestión. Creo que seguirá la misma fuerza política en el poder pero no este gobierno. Con esa certeza, tenemos un objetivo central: institucionalizar lo que estamos desarrollando. La idea es que las políticas públicas no dependen de las personas. Si las personas se copan, mejor, pero si no, que lo que se hizo continúe. Vamos a ser lo más prolijos y claros en cuanto a la institucionalización. Los programas, objetivos, presupuestos, la rendición de cuentas. Los mismos productores van a plantear la no vuelta atrás de esas políticas. 

–¿Por qué existe la sensación de que lo cultural se deja para último momento?

–Se llega tarde a la idea de cultura como concepto general, pero la cantidad de cosas que hizo este gobierno en relación con la cultura es enorme. El cambio cultural en el país fue histórico y revolucionario. Este país cambió por un suceso cultural como fueron los festejos del Bicentenario. La cultura es líquida, atraviesa todos los lugares. No se queda en el nombre “cultural” de las artes, la filosofía, el pensamiento. Lo que nos falta es, como sector cultural, desarrollar la eficiencia para que toda esa batería de cambios culturales se muestre y se viva. Ley de Medios, TDA, consumo, diversidad, inclusión: fueron muchas cosas dentro de una misma idea de gestión. Debemos enunciar mejor que ahora es el Ministerio de Cultura el rector de todas esas políticas. El que unifica. Eso, más que un reclamo, es un autodesafío. Tenemos que demostrar la potencia de los gestores y los decisores de las políticas culturales para conducir todo eso. Salir de víctimas y ponerse en gestores, en conductores hacia un mismo objetivo. Lo que se hizo no se puede creer. La batería de leyes, de políticas, de inversión pública en cultura fue como nunca antes. El crecimiento de la producción cultural es notable. La creación de un ministerio es parte de eso y es la Presidenta la que tira el guante: allí está la batalla cultural, allí está el ministerio, trabajen. Tenemos que dejar de quejarnos y trabajar desde lo cultural para la inclusión, para la soberanía.

Una mujer entre los números y la cultura

Natalia Calcagno (La Plata, 1973) es socióloga especializada en economía cultural y docente universitaria (dictó cursos de posgrado en Economía en las universidades de Buenos Aires, Quilmes, La Plata y el IUNA y de Filosofía en la UBA). Fue consultora de varios organismos nacionales privados y públicos (para el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires en las áreas de Educación y Salud y en la Jefatura de Gabinete) e internacionales (Banco Interamericano de Desarrollo, Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo y Organización de los Estados Americanos).

En 2005 ingresó a la Secretaría de Cultura de la Nación Argentina, durante la gestión de José Nun, donde coordinó los programas Sistema de Información Cultural de la Argentina y Sistema de Información Cultural del Mercosur Cultural. Continuó en su cargo durante la gestión de Rodolfo Hamawi y por esos años se encargó de la construcción de la Cuenta Satélite de Cultura. 

Publicó varios libros donde demostró su pericia en un ámbito tan renuente a los tecnicismos y la estadítica aplicada como lo es el de la cultura: La medición de la economía cultural en Argentina (2006), Libros, música y medios: notas gráficas sobre industrias culturales y legislación cultural (2007), Cuenta Satélite de Cultura. Primeros pasos hacia su construcción en el Mercosur cultural (2007), Nosotros y los otros. El comercio exterior de bienes culturales en América del Sur (2008), La información cultural en Argentina (2008), Qué ves cuando me ves. La TV como industria cultural (2009), Hacer la cuenta. La gestión cultural pública en la Argentina (2010), Valor y símbolo. Dos siglos de industrias culturales en la Argentina (2010), Cuenta Satélite de Cultura, aspectos metodológicos para su construcción (2012), En la Ruta Digital, convergencia tecnológica y acceso (2013) y Atlas Cultural de la Argentina (2014). 

Desde octubre de este año, luego del alejamiento de Rodolfo Hamawi de su cargo, y ya bajo la órbita del recientemente creado Ministerio de Cultura a cargo de Teresa Parodi, Natalia Calcagno está al frente de la Dirección Nacional de Industrias Culturales.