Parece una excelente broma sobre las posibilidades que brinda el ser nacional. Es que sólo a un argentino (Proyecto Sandía, se llama el blog, y es interesante visitarlo, aunque se presente como un sitio “para que la ciencia y el pensamiento crítico sean dulces y refrescantes”) se le puede haber ocurrido la idea de instalar el día mundial del escepticismo tomando la fecha de la muerte del “astrónomo, astrofísico, cosmólogo, escritor y divulgador científico estadounidense” Carl Sagan: el 20 de diciembre de 1996. Quizás, Proyecto Sandía tomó la idea de las palabras de Ann Druyan, la viuda de Sagan (“Carl nunca quiso creer, él quería saber”), pero la inventiva telúrica hizo el resto.

Por eso, en festejo del mencionado día, el tipo se apropió de las palabras de Ann (y, de paso, del pedido sandiesco), y se puso, con ánimo revolucionario de mayo en medio de los calorones de diciembre, a querer saber. Quizás, con la peregrina idea de que "lo dulce y refrescante" sería una buena manera de combatir la graduación del veranito.

Como señalaba Tomás Eloy Martínez en sus enseñanzas para periodistas, sólo corrigieron en 1990 la vieja definición de la palabra día: “Día –se podía leer–, es el espacio de tiempo que tarda el sol en dar una vuelta completa alrededor de la Tierra”.

Leyó (Mentira, de la epistemóloga italiana Franca D’Agostini, editorial Adriana Hidalgo), el tipo, en consonancia con esto del escepticismo, que en una sociedad hiperinformada, aumenta la cantidad de informaciones verdaderas disponibles, y, por lo tanto, aumenta también la cantidad de mentiras. ¿Por qué? Porque parece que basta con poseer el “medio” para disponer del “mensaje”. Y, por lo tanto, lee, textual: “Manipular, engañar, usar a la comunidad y a los individuos en beneficio propio”. Ya lo sabía Nietzsche: “Hay muchas especies de ojos, por consiguiente, muchas verdades y, por lo tanto, ninguna verdad”, haciendo una síntesis perfecta del pasaje del trivialismo (donde todo es verdad) al nihilismo (donde nada es verdad). Le suena bestialmente nacional la cosa. Por eso pide otro café y pasa a sus elucubraciones sobre el querer saber aprovechando el aire acondicionado del bar que sigue dando batalla.

Elucubración uno. Se acuerda que alguien le contó que en el estreno de la Novena Sinfonía, allá por 1824, Beethoven, ya absolutamente sordo, tuvo que dejar paso en la dirección al maestro de capilla Michael Umlauf. Beethoven siguió, mirando la orquesta de reojo y sentadito al lado del director, nota por nota –sin escuchar nada de nada pero con una exacta noción de tiempo– su creación hasta el final. Cuando terminó, la sala llena hasta los pasillos estalló en una ovación. La soprano Henriette Sontag bajó del escenario, caminó hasta la silla del autor que continuaba imperturbable y lo hizo mirar hacia el público para que pudiera ver los aplausos. Entonces, el tipo piensa por qué alguien (ya no una soprano como la Sontag, sino una amiga, un novio, un creador de imagen, el seguidor-votante de sus ideas políticas, un alma caritativa) no le dice a Elisa Carrió que es totalmente inútil el revoleo de sus ojos ante cualquier cosa que dice. Como gesto político es paupérrimo, y como búsqueda de cómplice es patético, piensa el tipo mientras rompe con soberana paciencia el sobrecito de azúcar.

Elucubración dos. Previo sorbo del café: se acuerda que leyó por algún lado que el irlandés James Ussher, el arzobispo de Armagh que latinizó su nombre como Jacobus Usserius, escribió en 1645 el libro Los anales del mundo. La cosa es que el tal Ussher, tomando como base de sustentación la Biblia, y pelando y desgajando números y promedios de edad de la vida humana, llegó a la conclusión en su volumen que el universo se había creado en la tardecita del 22 de octubre de 4004 antes de Cristo, a eso de las 19. No conforme con eso, el arzobispo siguió con las cuentas: la expulsión de Adán y Eva del Paraíso ocurrió dos semanas después, el 10 de noviembre; el diluvio universal terminó el 5 de mayo de de 2348 antes de Cristo, cuando, como todos saben, el arca de Noé –rebosante de pasajeros como el subte C a las 8 de la mañana– estacionó, mansita, sobre el monte Ararat. Y recuerda que el tal Ussher logró tal efecto de verosimilitud con su aparente precisión, que sus cronologías se escribieron durante algunos años al pie de las ediciones inglesas de la Biblia. Entonces, piensa en las caras serias (“de bragueta”, dicen en el barrio) de varios, muchos, demasiados analistas políticos de televisión para hacer indudables sus premoniciones más disparatadas. Piensa en el síndrome de Hubris, en el dólar a 45 pesos o más, en el fin del proyecto, en la imperiosa necesidad de comprar pan y leche en el extranjero, en las mil y una expropiaciones del Grupo Clarín, en las hordas de hambreados que devastan los supermercados y las casas vecinas y lo que encuentran a su paso, en las bóvedas patagónicas tan repletas de dólares como la Aduana de insumos importados confiscados por orden presidencial. Todo dicho con ceño fruncido y boca torcida de indignación, detalles que, como todos saben, es garantía de verdad absoluta.

Elucubración tres. Piensa, mientras deja la tacita sobre el plato y juega fastidiosamente con el sobrecito vacío de azúcar plegándolo y volviéndolo a plegar hasta el infinito, en los libros del astrónomo polaco Nicolás Copérnico (Sobre las revoluciones de las esferas celestes), del matemático alemán Johannes Kepler o del italiano Galileo Galilei (Diálogo sobre los principales sistemas del mundo). Libros que reconocían que la Tierra giraba alrededor del Sol, y que, justamente por semejante osadía, ingresaron al índice de libros prohibidos (el célebre Index librorum prohibitorum et expurgatorum), promulgado por primera vez a petición del Concilio de Trento por el papa Pío IV el 24 de marzo (vaya con la fecha) de 1564, y que continuaron allí ni más ni menos que hasta el año 1835. Y sigue pensando, ya que parece que no muy conformes con la prohibición, dos diccionarios, el María Moliner y el de la Real Academia Española, como señalaba Tomás Eloy Martínez en sus enseñanzas para periodistas, sólo corrigieron en 1990 la vieja definición de la palabra día: “Día –se podía leer–, es el espacio de tiempo que tarda el sol en dar una vuelta completa alrededor de la Tierra”. 

Y se pone a reflexionar sobre la tan zarandeada “censura autoritaria y dictatorial” que se levanta desde distintos medios de comunicación para demostrar, de manera paradojal, que lo que dicen y escriben no está permitido ser dicho ni escrito. Entonces, repasa en su memoria las vidrieras de decenas y decenas de librerías que ostentan, felices y permisivas y democráticas, los libros “reveladores” de datos mucho menos imprescindibles que la verdadera correlación de los movimientos entre el Sol y la Tierra de Luis Majul, de Ernesto Tenembaum, de Jorge Lanata, de Nelson Castro, de Laura Di Marco, de Ceferino Reato, de Juan Bautista Tata Yofre, y siguen las firmas.

Elucubración cuatro. Piensa, por último, mirando por la vidriera con insistencia malsana el afuera que se derrite y lo aguarda con sus rayos, en aquello que le comentó vaya saber quién que lo había leído en vaya a saber dónde: parece que la biblioteca real irlandesa de Dublín había prestado el 3 de junio de 1904 un volumen de relatos de Arthur Conan Doyle (todos con la presencia inevitable de su ejemplar detective, Sherlock Holmes) a un tal Leopold Bloom. El libro debía ser devuelto trece días después, es decir el 16 de junio de 1904. Sí, Leopold Bloom, el personaje central del Ulises, de James Joyce, y sí, el 16 de junio de 1904, el día en que transcurre todo lo narrado en el Ulises por James Joyce. En 1906, la biblioteca real listó al libro de Conan Doyle como perdido de manera irremediable; el recibo, como prueba palmaria de lo irreal cuando se transforma en real, quedó en los archivos durante mucho tiempo. Y reflexiona, el tipo, mientras paga y se dispone a caer en el infierno porteño: alguien debería avisarle del hecho a Marcelo Longobardi para que no siga diciendo que Jorge Capitanich será suplantado en las conferencias de prensa, a las que “los que quieren preguntar” no van nunca, por Aníbal Fernández. La realidad era que el jefe de Gabinete suspendió una (una) conferencia porque estaba entre la comitiva que acompañó a la Presidenta a la reunión cumbre del Mercosur en Paraná. Había salido en todos los medios, pero Longobardi, periodista, argentino, contemporáneo, no se había enterado. Creer o reventar, piensa, escéptico, el tipo. Y sale, como si nada.