Por Cynthia Ottaviano

Delfina Vedia se casó con un ladrón que llegó a presidente. Debió advertirlo aquel día en Montevideo. Pero no lo hizo. Dejó que el corazón le cabalgara por el pecho virginal y la respiración se le entrecortara al escuchar su voz. A los 18 años es difícil descubrir que detrás de un candidato ideal puede esconderse el peor de los martirios. Sobre todo si ese pretendiente es Bartolomé Mitre y la historia transcurre a mediados del siglo XIX.

Con sólo ver caminar a Delfina bastaba para conocer su personalidad. Era delicada, gracias a la madre, Manuela Pérez, y firme por el padre militar, Nicolás de Vedia, sobreviviente de las Invasiones Inglesas y de campañas libertadoras. Esa combinación tan particular le daba un toque viril a sus encantos femeninos y terminó por conquistar al soldado de sus sueños.

La vocación de poeta que acunaba la única mujer entre siete hermanos, nacida el 12 de diciembre de 1819 y bautizada como Delfina María Luisa, se transformó en la muestra más cabal del amor.

Es bella la sonrisa / de un labio sonrosado /

Es bello un corazón / que late enamorado.

Delfina escribía sin saber que un día lloraría por haberlo hecho.

Bartolomé sabía todo sobre el juego de la seducción. La quería rendida a sus pies. Y logró doblegarla cuando trajo ese cuaderno de cuero marrón con un poema escrito especialmente para ella.

Una criatura divina / que de los cielos bajó /

Una ilusión peregrina / que se llamaba... Delfina.

Era el parlamento más dulce de la obra de teatro escrita por Bartolomé, Cuatro épocas. ¿Cómo decirle que no? Se casaron el 28 de noviembre de 1840, cuando la patria se construía a balazos. Durante los primeros veinte años de matrimonio, Bartolomé midió su capacidad como sargento mayor de artillería en Arroyo Grande; en medio de la revolución riverista, viajó a Corrientes para sumarse al ejército libertador del general Paz; se recluyó en Chile; viajó a Bolivia para organizar el Colegio Militar; después, a Perú; fue encarcelado y proscripto cinco veces y sumó a sus tantas batallas la de Caseros; Delfina perdió a cinco de sus sietes hermanos y a su madre. Y juntos tuvieron seis hijos: Delfina, Josefina; Bartolomé, Jorge Mariano, Emilio y Adolfo.

Mientras los hijos crecían, unitarios y federales seguían en combate; pese a la derrota en Cepeda (1859), su marido se convirtió no sólo en el flamante gobernador de Buenos Aires, sino en el hombre más popular por esas tierras. Bastaba con ir a la puerta de su casa de San Martín 144 (hoy el Museo Mitre) para comprobarlo: ocasión política que tenía el país para desafiarse por las armas o las plumas, la ensayaba antes en la casa de los Mitre. Así, Delfina escuchó un centenar de veces orquestas que entonaban el himno o, lo que era un poco más difícil de tolerar, a mujeres que aullaban por su "Bartolo" desde la calle. Las mismas que eran capaces de guardar el guante si él les estrechaba la mano y no usarlo nunca más.

En 1862, Mitre es presidente. Ella, con 39 años, se convirtió en la primera dama. A la "muy distinguida Señora" o "respetable Señora Doña Delfina V. de Mitre" todo el mundo le solicitaba trabajo y recomendaciones. Recibía cientos de súplicas económicas, agradecimientos e invitaciones, que lograban distraerla un poco de tantas habladurías. Cierta vez, un rumor se filtró hasta la casa de los Mitre: el presidente corría peligro. Alguien pensaba atentar contra su vida. No había información precisa, pero sí un informante. Mitre y Delfina lo escucharon atentos. Cuando llegó, el presidente estaba a punto de cumplir con su rutina: caminar las pocas cuadras que separaban a su casa de la Casa de Gobierno, un acto arriesgado si de darle crédito al informante se trataba.

En medio del revuelo que provocó la noticia, la primera dama no dudó: tomó el sombrero de su marido y como poseída por un demonio patrio, se lo dio y le dijo: "Mitre, cumpla con su deber".

Mitre acató y, simplemente, no pasó nada. Lo que sí ocurrió es que el carácter firme de la primera dama quedó sellado a fuego a ojos de los mitristas, quienes divulgaron la anécdota hasta el final de sus días.

Mitre terminó su mandato al tiempo que los hijos crecieron y no llenaban el vacío del padre. "Mi corazón se oprime al no verlos ni sentirlos, y me parece que esta separación va a ser eterna. [...] El no tener ninguna noticia de tu tatita (Mitre) aumenta mi malestar", le escribía Delfina a su hijo Adolfo. El ex presidente y sus partidarios conspiraban contra Nicolás Avellaneda (presidente entre 1874 y 1880). Mientras Mitre se jugaba el todo por el todo en las luchas de poder, Delfina se hizo experta en dolor: ninguna madre resiste la partida de un hijo. Jorge, su predilecto, era un poeta precoz. Delfina adoraba la capacidad que tenía para sentir la vida en palabras, pero era demasiado rígida con él. Insistía con marcarle cruces en el mapa de su adolescencia, porque creía que pocas veces acertaba el camino. Ante cada error, él se disculpaba y ella lo retaba; él suplicaba y ella lo castigaba. Delfina había heredado de su padre militar un manual de conducta que exigía: "Cuando te levantes de la cama, dite a ti misma: hoy es preciso conducirme de modo que mis acciones y palabras no merezcan la desaprobación de la razón y del buen juicio". Con los años, la libido maltratada de Delfina se tradujo en esquemas morales inamovibles que Jorge sufrió más que nadie. "La primera falta puede ser perdonada, la segunda inculpada, la tercera, sin remisión", consideraba.

Hasta que surgió una oportunidad: un nombramiento como oficial agregado a la legación argentina en Río de Janeiro. Delfina vio la posibilidad de que Jorge se mostrara como el hombre serio y templado que ella creía que debía ser. Jorge viajó. Pero para dibujar el tramo final de ese camino. Un malentendido que terminó con el chico en prisión, una liberación posterior a la invocación del nombre del ex presidente y un escándalo en la prensa en puerta fueron demasiado para él. "Muero sin saber por qué", escribió antes de volarse la psiquis atormentada de un tiro.

Durante años, Delfina lo lloró en soledad.

Con el alma triste –acongojada– más triste todavía, si es posible, que otras veces después de haber llorado amargamente, aquí, sola y sin que nadie vea mis lágrimas, ni oiga mis sollozos; después de besar una y mil veces, tus cabellos, único pedazo de tu cuerpo querido que me queda. Vengo hijo mío, mi idolatrado Jorge, inolvidable Jorge a consagrarte estas líneas en el sexto aniversario de tu tristísima muerte!

Con el suicidio de Jorge, Delfina dejó que todo pasara al olvido. Incluso los esfuerzos puestos durante años para que el 4 de enero de 1870 el diario La Nación ganara la calle; el ímpetu que la llevara a conseguir los recursos que faltaban para levantar esa tribuna, a reemplazar a colaboradores ocultándose en el anonimato cuando era necesario, y a redoblar las horas que dedicaba a traducir libros como Historia de Washington o Elegía, o artículos y poemas para compartirlos con los lectores, se perdió por un tiempo.

Y llegó ese día en que no quiso levantarse de la cama. Ni hacer la limpieza de cada cuarto como solía, ni adorar a las virreinas amarillas que cultivaba. "Pronta a emprender el largo viaje de donde no se vuelve jamás –ni se envían noticias– quiero hacer mi examen de conciencia. No para que se me haga una justicia póstuma, pues no pretendo ocultar mis errores y defectos", llegó a escribir antes de que a la una y media de la mañana del 6 de septiembre de 1882 muriera de peritonitis.

La noticia de su muerte fue recogida por más de cincuenta publicaciones locales, nacionales e internacionales. Cientos de personas acompañaron al cortejo fúnebre hasta el Cementerio del Norte (hoy Cementerio de la Recoleta).

Bartolomé Mitre, una vez más, fue el gran ausente.

Los escritos personales y las poesías de Delfina fueron rescatados por esta autora para el libro Secretos de alcobas presidenciales. El general Bartolomé Mitre, quien publicó más de cuarenta obras y fundó el diario La Nación, jamás editó los escritos de su mujer.

Sólo escribió sobre ella en su diario íntimo: "Homenaje a la Memoria de Delfina Vedia de Mitre", que incluye una semblanza sobre aquella mujer con la que se casó. Fue un homenaje curioso: modificó el poema que Delfina había escrito queriendo volver a su infancia. Lo despojó de su prosa afiebrada y lo convirtió en estrofas desabridas. En lugar de citar textualmente: "Volver a hacer caballo / del tronco de la higuera: / tratando en amazona / de convertir la falda / de la corta pollera", reemplazó así los versos: "...Entregada a los brazos / de la pura inocencia, / meciéndome en la hamaca / colgada de la higuera..."

Luego de haber realizado los cambios que consideró oportunos, el ex presidente de la Nación aseguró a amigos y allegados que "prontamente" publicaría el "homenaje a Delfina". Lo único que existe en los archivos del Museo Mitre es un compendio de 148 páginas, de las cuales 51 fueron redactadas por él y el resto lo ocupan necrológicas y poemas en homenaje a Delfina escritos por terceros. No hay evidencias de que ese acopio artesanal haya pasado al formato de libro.

Mitre le robó el corazón a su mujer. Y con él, su historia. Él fue su ladrón. Ella no trascendió. Ni siquiera como una sombra.

Delfina Vedia sabía que podía sucederle. Pero tan sólo se atrevió a decírselo una vez: "A ti te sobra todo lo que a mí me falta".