La Ciudad elegirá hoy al sucesor de Mauricio Macri. Nada hace presuponer que pueda darse una sorpresa y Horacio Rodríguez Larreta administrará el distrito durante los próximos cuatro años. 

Si la suerte lo acompaña podrá implementar la "Subtrenmetrocleta", la audaz propuesta que presentó durante la campaña, aunque la iniciativa escapa a la competencia del próximo jefe de gobierno, porque requiere el manejo de los ferrocarriles administrados por la Nación.

La última semana de campaña se caracterizó por un silente Rodríguez Larreta, que eludió el debate varias veces reclamado por Martín Lousteau, con el argumento de que prefería tocar timbre en las casas de los vecinos. 

El jueves hubo cierre proselitista a toda orquesta con una bicicleteada protagonizada por Macri, Larreta y el candidato a vice Diego Santilli que enamoró multitudes. 

En el fondo hay poco en discusión este domingo en las urnas. Más allá de algunos planteos puntuales, el candidato de los rizos forma parte del mismo espacio que Macri en el orden nacional.

Un sector de la política se acostumbró a presentar denuncias en tribunales a partir de la mera reproducción de artículos periodísticos.

Esta noche habrá festejos con globos amarillos y Macri ensayará sus ya tradicionales movimientos espasmódicos al ritmo de la música, como impulso para su candidatura presidencial. 

Al final de cuentas, será la única alegría para el PRO de las muchas que había programado a principios de año cuando se armó el cronograma electoral en las provincias.

Habrá que esperar hasta agosto para tener un panorama más claro sobre cuál es el verdadero impacto nacional del amplio respaldo que conseguirá el PRO en las urnas porteñas. Las encuestas no le ofrecen por ahora un escenario alentador al alcalde porteño que marcha segundo y a más de diez puntos de Daniel Scioli.

Las próximas tres semanas tendrán una intensidad mayúscula. La segunda vuelta porteña marcará el inicio real de la campaña nacional para las PASO, que tendrá al propio Macri y a Scioli como figuras protagónicas. 

Nadie en el mundillo político considera a esta altura que Sergio Massa pueda romper la dinámica de caída libre en la que entró desde principios de este año. 

Lejos de los actos con pretensiones como el del estadio de Vélez en el que relanzó su candidatura un par de meses atrás, ayer protagonizó una caravana por los distritos del norte del Conurbano, que le son más afines. Los fotógrafos se las vieron en figurillas para tratar de componer una imagen en la que se viera al candidato y más de tres vecinos. 

El Frente para la Victoria no supo imponer en la Ciudad de Buenos Aires el debate entre los dos proyectos de país que estarán en juego en las elecciones nacionales. 

Los porteños son mayoritariamente refractarios al proyecto que encabeza Cristina Fernández. Ese abismo quedó más que claro esta semana cuando se cerró una larga polémica, para algunos producto de un capricho presidencial, para otros una prueba de ese cruce de caminos que se le presenta a la Argentina en estos días.

Una lectura facilista sostiene que Cristina Fernández se encaprichó con la decisión de remover el monumento a Colón de la plaza que da a los fondos de la Casa Rosada, para remplazar al conquistador por una figura de la América india. Esa misma lectura ubica en la vereda de enfrente a Macri, que se opuso tenazmente al desplazamiento de la imagen del navegante genovés de su emplazamiento central y pidió que la estatua de Juana Azurduy se ubicara en algún lugar marginal de la ciudad.

La disputa puede sonar pueril, pero esconde el trasfondo de dos miradas diametralmente opuestas. De un lado la apuesta a la unidad latinoamericana y la defensa de los intereses nacionales, y del otro, la cosmovisión pro estadounidense y europeizante que reclama la apertura al mundo sin miramientos. 

Si se quiere, nada nuevo bajo el sol. La misma discusión que viene cruzando los últimos 200 años de la historia argentina, bien clarita y sin ambages.

Macri llevó esta semana además el planteo al dólar, que –sorprendentemente- tuvo su reverdecer noticioso en el inicio de la campaña electoral. El alcalde volvió a prometer que en su eventual gobierno, lloverán dólares, y eso marcará el fin de las restricciones cambiarias. El asunto parece revestir alguna complejidad más amplia de la que el jefe del PRO se presenta dispuesto a abarcar en sus breves intervenciones de campaña.  

Le cuesta trabajo al alcalde porteño disfrazar esa fascinación que tiene por el ideario neoliberal que por estas horas muestra su peor cara, sometiendo al pueblo griego al más terrible de los ajustes sin sentido. La vieja Europa cruje al ritmo de la troika y es difícil no encontrar similitudes con la tragedia argentina de hace sólo tres lustros.

La democracia argentina merece que las denuncias por presuntos actos de corrupción de este y cualquier otro gobierno se investiguen con seriedad.

Macri es reconocido socio del Partido Popular, que no ahorra críticas de la presunta dictadura de la Venezuela chavista pero impone una ley en España que impide a los ciudadanos manifestarse en las calles, cuestionar los desalojos que llevan adelante los bancos y hasta publicar en Internet fotos de los policías que reprimen los movimientos populares. 

La democracia siempre enfrenta dificultades de legitimidad cuando los proyectos políticos se centran en la exclusión social. 

A la inversa, los factores de poder real suelen ponerse nerviosos cuando los resultados de las urnas se presentan como refractarios a sus intereses. Muestra de ello es el impresentable recorrido de las últimas semanas de un sector del Poder Judicial dispuesto a intervenir sin el más mínimo decoro en la campaña electoral. Ese sector se movió en los últimos días casi como un partido político sin candidato propio aunque no esconda sus preferencias. 

La excursión de casi medio centenar de efectivos de la Policía Metropolitana de Macri a Río Gallegos, con la peligrosa misión de entregar una carta del juez Claudio Bonadio, con alojamiento y demás gastos de traslado a cargo del erario porteño fue uno de los puntos más altos del despropósito.

Después de la remoción que dispuso la Cámara Federal, Bonadio tuvo su día de furia, ordenó allanar las oficinas de medio gobierno y dejó una frase de muy mal gusto en la que aseguró que el suicidio no es su estilo. 

La democracia argentina merece que las denuncias por presuntos actos de corrupción de este y cualquier otro gobierno se investiguen con seriedad. Es a esta altura difícil de mesurar el daño implícito que le provoca al sistema jurídico cada uno de los sainetes que ofrecen algunos jueces y fiscales.

Un sector de la política se acostumbró a presentar denuncias en tribunales a partir de la mera reproducción de artículos periodísticos, sin el agregado de un trabajo adicional que le dé jerarquía jurídica al asunto. 

El recorrido es siempre el mismo: declaraciones periodísticas o la revelación de un documento que podría comprometer a alguien, seguido de la denuncia judicial y una larga causa de amplia repercusión mediática que termina absolutamente en la nada. Salvo contadas excepciones, ese es el sendero habitual.

Por caso, pasó casi inadvertido el cierre de la denuncia que tuvo a Miriam Quiroga como protagonista. Quiroga se presentó en los medios como la ex secretaria de Néstor Kirchner, aseguró que su despacho estaba junto al del ex presidente y que desde allí salían los bolsos cargados de billetes con destino a Santa Cruz. Nunca ratificó aquello en sede judicial. La investigación determinó que no era la secretaria de Kirchner, que su despacho estaba muy lejos de allí y que sólo vio un bolso en el que no sabe qué había. De paso, uno de los testigos que declaró en la causa, ex pareja de Quiroga, afirmó que el objetivo de todo era promocionar su libro. 

Un párrafo aparte para la humillación disfrazada de mandamiento judicial que sufrió el columnista de este diario Víctor Hugo Morales. No deja de sorprender la capacidad de daño y el intento de disciplinamiento por parte de los poderes concentrados (que de eso se trata todo esto) y la desfachatada sumisión de un grupo de jueces que hacen del acompañamiento corporativo una cuestión de fe. 

Esta semana marcó el punto alto antes de las PASO en materia de campaña judicial. Es de esperar que los tribunales reflejen los próximos quince días la letanía de la feria de invierno de la que gozan los jueces, junto con el beneficio único en el mundo laboral de la excepción del pago de Ganancias. 

Eso no quiere decir que haya respiro para las operaciones. Son tres semanas hasta las PASO, entonces habrá que contar los votos.