El 31 de diciembre de 1998 se sentaban las bases de la Europa de nuestros días. Madrid fue el escenario donde se estableció la irrevocabilidad del tipo de cambio de las monedas de la Unión Europea (UE) con respecto a la nueva divisa. Se estableció que, por ejemplo, un euro equivalía a 1,9 marcos; 6,55 francos; 166,3 pesetas ó 1.936 liras italianas. El euro nació desde la diversidad. Diversidad de idiomas, diversidad de países, diversidad de realidades económicas que confluían en un proyecto que, por aquel entonces, se identificaba como un paso hacia la unidad política. En el año 476 de nuestra era caía Roma y con ella, la última autoridad centralizada paneuropea de la historia que, entre otros aspectos, controló la política monetaria a través del "sólido", última moneda imperial desde la reforma de Constantino de 310. Entre el colapso romano y la entrada en circulación del euro mediaron 1526 años.

Según consignó Tiempo Argentino, el 1 de enero de 2002 más de 308 millones de europeos de 12 países estrenaron moneda. Entrar en el club no fue gratis. Los estados asumieron compromisos férreos que, bajo el nombre de criterios de Maastricht establecían rigurosos controles sobre parámetros cruciales de las economías de los candidatos tales como la inflación, los tipos de cambio o los tipos de interés. Pero el verdadero quid de la cuestión se agrupó en el grupo de requisitos de las finanzas públicas. Se requería cumplir dos aspectos fundamentales: la deuda pública no podía superar el 60% del PIB y el déficit público anual no podía superar el 3 por ciento. 

Bélgica, Alemania, Grecia, España, Francia, Irlanda, Italia, Luxemburgo, Países Bajos, Austria, Portugal y Finlandia fueron los primeros territorios que abrazaron la nueva moneda que, trece años más tarde, es fuente de un fuerte debate. Casi todos coinciden en que es un instrumento válido para crear una verdadera zona económica capaz de competir con las "superpotencias", pero algunos creen que se debe ir más allá de la mera creación de un área de libre comercio para corregir las evidentes asimetrías de un sistema en el que unos pocos ganan mucho más que el resto.  En el punto álgido de las tensiones con la Troika, Alexis Tsipras, presidente de Grecia, aseguraba que "salir del euro no es una opción". "La moneda única es ineludible", decía Pablo Iglesias (líder de Podemos, en España) matizando que "los ciudadanos del sur estarán de acuerdo en que lo que se ha hecho hasta ahora no funciona".

"El sector exportador alemán es muy potente y su peso en la UE es muy alto".

Un análisis pormenorizado de las grandes cuentas de los miembros fundadores del euro no deja lugar a demasiadas dudas. En toda la UE, y pese al frenazo de los últimos años, se ha producido un incremento del PBI interno de cada país que, en el caso extremo de Luxemburgo (uno de los grandes centros financieros de Europa gracias a su fiscalidad reducida), supera el 110%. La propia España, una de las grandes damnificadas de la crisis, ha visto como sus cuentas subían un 51,31% entre diciembre de 2001 y finales de 2014 frente al 33% que creció la economía alemana. Irlanda (52,9%), Bélgica (51,6%) y Austria (49,4%) completan el podio de las cinco economías que más crecieron en este periodo. Grecia cierra la tabla con un 17% de incremento desde 2001. Le siguen Italia (24,3%), Portugal (27,3%) y la propia Alemania.

También crecieron el poder adquisitivo, el nivel de vida, la calidad y cantidad de grandes infraestructuras… "Es evidente que países como España se subieron al proyecto de integración europea con grandes déficits de convergencia económica", señala Carles Manera, catedrático de Historia Económica de la Universidad de las Islas Baleares e integrante de la asociación crítica Economistas frente a la crisis. "España ha vivido un avance exponencial desde su integración en la Comunidad Económica Europea", coincide Bernardo Aguilera, director de Asuntos Económicos y para Europa de la Confederación Española de Organizaciones Empresariales (CEOE). Pero más allá del PIB, hay aspectos que ponen de manifiesto que este modelo de unión monetaria benefició más a unos en detrimento de otros.

La clave para entender la existencia de estas dos Europas está en las balanzas de pago. Retrocedemos hasta 2007. Todo va viento en popa. Sin embargo, sólo seis de los doce socios fundadores del euro presentan un saldo positivo en la relación entre bienes y servicios importados y su sector exportador. Bélgica, Irlanda, Países Bajos, Austria, Finlandia y Alemania presentan números en verde; el resto de los miembros, incluida una Francia cada vez más dependiente del exterior, están rojo. Las cifras hablan por sí solas: la suma de los balances positivos de cinco de esos países alcanza los 90.630 millones de euros. Sólo Alemania acumuló un superávit comercial de 194.259 millones de euros copando el liderazgo absoluto de las exportaciones comunitarias.

Según señala en su blog "Saque de Esquina" el economista Eduardo Garzón, integrante del colectivo ATTAC España, "cuando los españoles tenían la peseta, comprar productos alemanes salía muy caro debido al cambio de moneda y por lo tanto les salía más rentable comprar productos españoles". En este escenario en el que se compran pocos bienes y servicios en el exterior, "desde España no salía tanto dinero hacia el exterior, sino que buena parte se quedaba en el territorio nacional". Garzón continúa explicando un contexto económico en el que "también ocurría el efecto inverso". "Durante el reinado de la peseta los productos españoles resultaban muy baratos para los países extranjeros, por lo que la economía española vendía al exterior (exportaba) muchos productos. Lo rentable para los europeos en muchas ocasiones era comprar productos españoles, lo que significaba que buena parte del dinero de los europeos terminaba en nuestro país." Volvamos a 2007. Ese año España registró un pasivo de 99.237 millones de euros mientras que en 2001, el saldo negativo era de -42.419. La situación se repite en otras grandes economías de la eurozona. Italia, que en 2001 exportaba más de lo que importaba (9233 millones) pasó, en 2007 a unos números rojos de -8596 millones y Francia, que el año anterior a la circulación del euro sólo "perdió" 5839 millones de euros, en 2007 había incrementado su saldo negativo casi diez veces (-51.988). El euro ha incrementado la competitividad de la potentísima industria alemana y su periferia inmediata (Bélgica, Países Bajos, Austria…) y ha lastrado la capacidad exportadora del resto.

"Es indudable de que Alemania ha aportado muchos recursos propios a la creación de este espacio común", señala Carles Manera, pero "también es innegable que está obteniendo enormes beneficios de este planteamiento monetario". En los últimos años, el esquema se ha consolidado y Alemania rompe récords de balanza comercial con un saldo positivo que, en 2014, alcanzó la cifra estratosférica de 219.751 millones de euros. 

También hay excepciones: en los últimos años, España ha recuperado terreno y ha logrado reducir el déficit comercial un 74,48% para situar el desequilibrio en -25.318 millones de euros. Italia ha vuelto a saldos positivos con cifras importantes en 2014 (42.882 millones). “El avance del sector exportador en España ha sido clave para entender el inicio de la recuperación económica”, resalta Bernardo Aguilera: “En 2009, las exportaciones españolas suponían el 15% del PIB y a finales de 2013 habíamos llegado al 22,9. El sector exportador alemán es muy potente y su peso dentro de la Unión es muy alto, pero países como España viven un momento muy importante”, indica el directivo de la principal patronal española. Desde Economistas frente a la crisis, el análisis no es tan optimista: “con la imposibilidad de tener políticas monetarias autónomas, la única solución para ganar competitividad es la devaluación interna a través de la bajada de salarios”, aclara Carles Manera.