Demostrativo de nuestra irresuelta cuestión nacional es no ya el hecho de que el debate entre modelo agroexportador vs. modelo industrialista (capitalismo nacional con inclusión social) continúe dándose doscientos cinco años después de Mayo, sino que los representantes del primero cuenten aún con el poder económico y político como para trabar y hasta desmantelar los pilares de una Argentina moderna, autosuficiente y socialmente digna. Al exquisito discurso de Cristina Fernández de Kirchner en Tecnópolis con motivo de celebrarse el día de la industria, un humilde aporte, aporte que dirigimos a los señores y las señoras de la Sociedad Rural Argentina, la Unión Industrial Argentina y demás anacrónicos fisiócratas abanderados de una semicolonia  en el Plata. Cosas veredes de Pedro Ferré, pronunciadas en 1830, con motivo de los debates librecambio vs. proteccionismo que por entonces enfrascaban a la República. Al conservadurismo, el genial correntino retrucaba:

"Los pocos artículos industriales que produce nuestro país, no pueden soportar la competencia con la industria extranjera. Sobreviene la languidez y perecen o son insignificantes. Entonces, se aumenta el saldo que hay contra nosotros en la balanza del comercio exterior. Se destruyen los capitales invertidos en estos ramos y se sigue la miseria. El aumento de nuestros consumos sobre nuestros productos y la miseria son, pues, los frutos de la libre concurrencia. La exclusiva del puerto (de la ciudad de Buenos Aires), es otro mal, raíz de infinitos. La situación de Buenos Aires es en el extremo de la República... Si la libre concurrencia mata algunos ramos nacientes de industria nacional, y el mercado ficticio de Buenos Aires daña a la gran mayoría de los pueblos de la República, debe mirarse como indispensable una variedad en el actual sistema de comercio. Me parece también que ésta debe fundarse en los puntos siguientes: 1) Prohibición absoluta de importar algunos artículos que produce el país, y que se especificarán en el acta que la establezca; 2) Habilitación de otro u otros puertos más que el de Buenos Aires..." 

"Solamente propongo la prohibición de importar artículos de comercio que el país produce, y no los que puede producir, pero aún no se fabrican...".

Se preguntaba luego Ferré: "(...)qué podemos hacer para promover la prosperidad de todas las provincias de la República, que siempre han ido en decadencia, y que hoy se hallan en el último escalón del aniquilamiento y de la nada". A este respecto se quejaba de la deliberada política porteña de primarizarlo todo: "Hay otras (provincias) cuyo territorio es a propósito para producir muchos y distinguidos artículos, que sólo algunas de sus partes son propias para la ganadería, único ejercicio a que se nos quiere limitar, y que habiendo hecho considerables ensayos en distintos ramos han tenido suceso feliz. Sin embargo, no pueden competir con la industria extranjera, ya por la perfección de la última, ya por los enormes gastos de todo establecimiento nuevo. ¿Y qué haremos? ¿Condenaremos a los unos a morir de miseria, y sujetaremos a los otros a que cultiven uno solo de los muchos ramos de riqueza que poseen? Jamás me parece podré comprender, cómo las restricciones empleadas en este sentido podrán ser un obstáculo a la industria, como dice el memorando (porteño librecambista). La libre concurrencia, sí que no la dejará prosperar, y esto es muy sencillo en mi concepto". ¿Comprendería Ferré la actual posición de la UIA en relación a un Estado regulador del comercio y protector del mercado interno, posición que las entiende también como un "obstáculo a la industria"?

En su respuesta al conservadurismo porteño, Ferré cita el argumento de la otra parte que aventura, frente a una política proteccionista, el sufrimiento que traerá aparejado "la privación de aquellos artículos a que están acostumbrados ciertos pueblos". ¿No afirman lo mismo nuestros fisiócratas del siglo XXI? A la tradicional y reaccionaria zoncera, el gran correntino retruca: "Sí, sin duda, un corto número de hombres de fortuna padecerán, porque se privarán de tomar en su mesa vinos y licores exquisitos. Los pagarán más caros también, y su paladar se ofenderá. Las clases menos acomodadas, no hallarán mucha diferencia entre los vinos y licores que actualmente beben, sino en el precio y disminuirán su consumo, lo que no creo ser muy perjudicial." Notable, sin dudas. Y agrega: "No se pondrán nuestros paisanos ponchos ingleses; no llevarán bolas y lazos hechos en Inglaterra; no vestiremos ropa hecha en extranjería y demás renglones que podemos proporcionar; pero en cambio empezará a ser menos desgraciada la idea de la espantosa miseria y sus consecuencias, a que hoy son condenados; y aquí es tiempo de notar, que solamente propongo la prohibición de importar artículos de comercio que el país produce, y no los que puede producir, pero aún no se fabrican..." 

En relación a las ventajas del sistema proteccionista, las resumía como sigue: "En cuanto a lo que se gana en el sistema restrictivo, puede reducirse a dos puntos: 1) Disminuir lo que consumimos en el extranjero; y eso es muy importante, cuando consumimos más de lo que producimos; (Y) 2)... salvar del aniquilamiento a unos pueblos, y hacer prosperar la industria naciente de otros." Finalmente, su opinión en relación al destino que depararía una Argentina exclusivamente agrícola-ganadera (agroexportadora), increíble por su actualidad: "Se dice, la riqueza exclusiva de Buenos Aires, Santa Fe, Entre Ríos y Corrientes es la ganadería. Muy bien, pero en este ejercicio se ocupará un número considerable de personas, y quedan miles y miles sin ninguno (a no ser que todos nos reduzcamos por necesidad a ser peones de estancias, y dejar nuestras casas por buscar aquellas). Los ganados se duplican cada tres años, se reponen; bien, pero entre tanto que se multiplican hasta proporcionar trabajo a todos los que no lo tienen pasarán siglos; también los hombres se aumentan, y llévese esta progresión hasta donde se quiera, nunca podrá ser la ocupación exclusiva de la República la ganadería ..." Esta preocupación de Ferré pondría hoy los pelos de punta a más de una autoridad de la Sociedad Rural y de la Unión Industrial, en este último caso atiborrados de campos y vacas.

Al cierre de su respuesta, se lee: "He preferido ceñirme a lo que dicta simplemente la razón natural; pero no por eso dejaré de recordar, que los pueblos cuya riqueza y poder admiramos hoy, no se han elevado a este estado adoptando en su origen un comercio libre y sin trabas; y ni aún ahora que sus manufacturas y fábricas se ven en un pie floreciente, menosprecian el más pequeño medio de aumentar los modos de ganar sobre el extranjero, cuando de esto depende una medida prohibitiva. Por supuesto allí no se ve que los súbditos de una nación enemiga o extranjera hallen en su mercado la ganancia y el lucro, mientras los productos nacionales de igual clase reciben un fuerte quebranto, como nos está sucediendo a nosotros." Ferré ni el federalismo del país autóctono se dejaban llevar por los cantos de sirena del modelo exportador, entonces basado en la ganadería y sus productos, todo en el marco de un proyecto político semicolonial para la Argentina, excluyente por igual de provincias y compatriotas. Extendemos los argumentos de Ferré a nuestros conservadores contemporáneos, advirtiendo que la cuestión de fondo en el debate económico sigue pasando (como pasó desde 1810 a la fecha) por la disyuntiva de si somos una Nación y como tal avanzamos, o retrocedemos al estatus de semicolonia para nunca más volver a levantar cabeza.