Durante años, el edificio de Avenida de los Incas 3834, donde funcionaba la “Ojota” fue inexpugnable, y cuna de los principales mitos en torno al espionaje local, y a su ex hombre fuerte, Antonio Horacio Stiuso. La ex Observaciones Judiciales –de allí su denominación a partir de escribir el nombre de sus letras iniciales- fue desde donde se registraron cientos de miles de escuchas telefónicas, ordenadas por la Secretaría de Inteligencia durante más de dos décadas. Con siete pisos y una extraña apariencia de edificio de departamentos de ladrillo, mármol y vidrios espejados, en su interior albergó durante 24 horas, los 365 días del año, a una incontable cantidad de espías mientras funcionó bajo la órbita de la ex SIDE. Al día de hoy no se sabe cuánta gente realmente trabajó allí, bajo nombre supuesto y escuchando conversaciones ajenas. Paredes de durlock, elementos apilados, puertas herméticas, desniveles y la sensación de un sitio impersonal, sombrío, tenso y por momentos lúgubre, constituyen el mejor retrato del funcionamiento real de los servicios de inteligencia vernáculos, con un imaginario creado a su alrededor que en nada condice con su verdadero nivel de sofisticación.

Por primera vez, Tiempo Argentino pudo traspasar sus puertas y recorrer sus laberínticos pasillos para conocer cómo funciona actualmente, luego de que en diciembre pasado fuera descabezada la cúpula de inteligencia, y las funciones sobre las intervenciones hace casi dos meses fueran delegadas en la Procuración General de la Nación, no sin que llovieran las críticas desde sectores dañados en la disputa política por retener ese poder. La frase que la nueva gestión que encabeza la fiscal Cristina Caamaño repite como un mantra es “transparencia”, para contraponerla a los años de secretismo que rodearon siempre a las pinchaduras legales.

Dicom

“Departamento de Interceptación y Captación de las Comunicaciones (DICOM)”, reza el cartel en el frente del edificio con rejas altas, emplazado en una zona residencial de casas bajas, en los márgenes de Belgrano, vecindario donde hasta hace poco, nadie sabía a qué se dedicaban las personas que ingresaban y salían a todas horas con aires de misterio. Ese fue uno de los primeros cambios para dar a conocer una oficina que ahora es una dependencia pública más. “Había mucha informalidad en la ex SIDE”, confiesa Caamaño, cuyo desembarco implica un cambio de paradigma en el histórico territorio donde se hizo fuerte Stiuso. Desde allí, se generan 3000 CD diarios de grabaciones telefónicas solicitadas por el Poder Judicial de todo el país. Hay causas clave, históricas, con años a cuesta de intervenciones, a las que se suman muchas por narcotráfico y las que despiertan las alertas urgentes: los secuestros extorsivos. En julio de este año, 3621 líneas estaban “conectadas”, como se le dice en la jerga a las intervenciones. Una de ellas es escuchada desde 2002, y sería la más antigua de no existir una causa emblemática, siempre presente en la historia judicial argentina, sobre la que aún hay intervenciones vigentes. Alrededor de 170 conexiones fueron ordenadas “sin término”, es decir hasta que haya una orden en contrario. Uno de los primeros hallazgos que dan cuenta de la precariedad del anterior circuito de espionaje es que varios teléfonos correspondían a causas que estaban cerradas o archivadas tiempo atrás. Muchos jueces se habían olvidado de algo esencial: ordenar el cese de la escucha.

Lujo y vulgaridad

“Esto antes era un búnker. Nadie entraba acá.” La frase demuestra el asombro de uno de los históricos empleados de la DICOM, heredados de la anterior estructura, cuando accedió a la oficina del director, convocado por Caamaño. De espacios generosos y ambientación retro, el despacho jerárquico es la contracara de los oscuros y alienantes “locutorios”, desde donde se escuchan teléfonos. Pisos alfombrados, gavetas modulares con iluminación interna y canillas en el baño que emulan cisnes dorados fueron algunos de los rasgos que dejaron traslucir cierta opulencia con escaso buen gusto aplicado en la decoración por las gestiones anteriores. Un dormitorio en suite con una enorme caja fuerte completa el panorama de una dependencia que también era alimentada por fondos reservados. Con un balcón terraza corrido, la sorpresa es lo bien equipado para el confort que está el exterior: una inmensa parrilla es coronada por un asador a la cruz construido sobre las baldosas. “Parece que al anterior director le gustaba cocinar”, es la única justificación que se encuentra a tan impropia obra, que se suma a una cocina industrial y a fastuosas heladeras. La cocina del lugar estaba lista para que los cocineros prepararan comidas elaboradas, siempre para la plana jerárquica. Esos implementos serán donados próximamente a un comedor comunitario.

Espías jubilados 

Unos 200 “escuchadores” hoy trabajan en turnos rotativos para cubrir “siete (días) x 24 (horas)” las necesidades operativas de la DICOM, supervisados por personal de la Procuración. Algunos de ellos –no jerárquicos- sobrevivieron al descabezamiento de la SIDE. Apenas Stiuso fue desplazado, la mayoría de los jefes se acogió a la jubilación, otros fueron reabsorbidos por la Agencia Federal de Inteligencia (AFI) y otros se evaporaron. “Nunca supimos exactamente cuánta gente había”, apunta la fiscal sobre la imposibilidad de conseguir un listado oficial del personal que no tuviera variaciones en decenas. Hijos, familiares y “ñoquis” vinculados a la estructura jerárquica que partió con el ingeniero fueron separados, y el proceso de renovación contempla que el 50% del personal heredado ya está en condiciones de jubilarse. Hasta los mozos –que utilizan nombre falso- estaban bajo el régimen de inteligencia por el cual ya pueden jubilarse con 20 años de servicio. Sus legajos son inaccesibles pero Caamaño asegura que “no queda nadie vinculado a Stiuso”. En lo formal, la DICOM pertenece al organigrama de la Dirección General de Investigaciones y Apoyo tecnológico a la Investigación Penal (DATIP) con que la Procuración aspira a hacer punta en materia de implementación tecnológica para las investigaciones.

Las escuchas judiciales

Solamente desde julio pasado se recibieron unos 2179 oficios judiciales con órdenes para escuchas. Esos expedientes recalan en el área de “pre-carga” donde algunos empleados vuelcan lo primeros datos que serán almacenados en el sistema de seguimiento de las causas con un número y la carátula. Otro sector, el de “carga”, completa los datos de manera compartimentada. Están en oficinas diferentes en el mismo piso. Una división sólo explicable en que nadie pudiera contar con toda la información sobre un pedido. Para Caamaño la unificación de estos dos sectores sería un paso para agilizar las conexiones que luego son requeridas a las telefónicas con cuyos responsables ya mantuvo reuniones para que perfeccionen los tiempos de resolución de los pedidos y que presten colaboración, algo que de no ser así podría derivar en sanciones. El objetivo primordial es reducir el tiempo de demora para la conexión. De acuerdo al caso, el promedio excedía la hora y media de tardanza, aunque se logró reducir a 20 minutos y en casos de extrema urgencia a ocho desde el ingreso del pedido judicial vía fax o telefónica desde algún juzgado. Una profunda reforma tecnológica en los sistemas con un desarrollo propio es la aspiración de máxima para modernizar su funcionamiento que en materia tecnológica está aún rezagado.

200 es el número de "escuchadores" que se desempeñan actualmente en los 27 locutorios con que cuenta la DICOM, donde se generan 3000 CDs diarios de grabaciones.

Según el requerimiento judicial la escucha puede ser directa o grabada. Poderosos equipos custodiados con recelo por personal de la AFI almacenan los servidores que graban. De las conexiones abiertas, 2400 corresponden a causas de narcotráfico derivadas de la justicia federal; unas 1250 no están identificadas por los magistrados que las solicitan; y el resto se reparte en investigaciones por trata de personas, secuestro extorsivo o privación ilegal de la libertad, delitos aduaneros, averiguación de paradero y extorsión. Casi en su totalidad, los escuchados son celulares.

El producido de esas intervenciones será catalogado por un área semejante a un centro de clasificación de un correo, que separa el material y prepara con frecuencia bisemanal los envíos a los juzgados de todo el país. Años atrás, el espía Ciro James recogía por El “Anillo” -como se conocía a esa dependencia en el negocio- los cassettes con las escuchas que derivaron en el escándalo que tiene al jefe de Gobierno procesado. Siempre se sospechó que el circuito legal de escuchas y el ilegal tenían muchos puntos de contacto.

Los locutorios por dentro

En el sector destinado a las “escuchas directas” hoy convive personal de las fuerzas de seguridad, espías de la vieja guardia y “los nuevos” de la Procuración. Por orden judicial son enviados en comisión a realizar las escuchas en alguno de los 27 locutorios, cada uno de los cuales cuenta con una computadora y los equipos de conexión con sus respectivos auriculares. La conversación se almacena y además, de forma simultánea, una persona cual telemarketer escucha los pormenores. Dormitan en sus puestos cuando nada ocurre en jornadas extenuantes de trabajo. El locutorio termina siendo su casa. Estiman que, con reformas, a futuro se podrán anexar otras 25 estaciones para ampliar la capacidad, que se tradujo en un incremento de pedidos y en un trabajo de depuración sobre tareas innecesarias. "Acá se escucharon crecer familias enteras", confiesan quienes estuvieron asignados a seguir, casi como en una vida paralela, las conversaciones de los otros durante años. Así es la tarea de quienes como moscas, deben meterse virtualmente por el ojo de la cerradura y escuchar cuanto ocurra entre quienes conversan por teléfono, a riesgo de que la mayor cantidad de tiempo, sólo se hablen nimiedades.

El contraste arquitectónico del edificio llama la atención. Los locutorios son habitaciones que no superan los cuatro metros por cuatro, sin ventanas. Paredes de durlock, pasillos angostos, desniveles, y puertas de doble circulación se combinan para que el ambiente tenga un aspecto lúgubre de un edificio reformado y sin mantenimiento. Las miradas siguen siendo de desconfianza. Ventanas con un ploteado negro rasgado dan cuenta de la necesidad de obtener en algunos lugares, aunque sea un haz de luz natural. Nadie estaba autorizado a subir a un piso en el que no trabajaba. Los ascensores tenían una clave para los pisos donde se encontraba la plana directiva. Si no se conocía la clave, no se podía subir. Cámaras de seguridad y domos no dejan casi ningún ángulo por cubrir como un panóptico. Todos los teléfonos de la ex Ojota estaban “pinchados” con el objetivo de evitar filtraciones. Las nuevas autoridades sostienen que cuando se produjo su desembarco el panorama de abandono y de hostilidad del lugar era aún más desolador.

La gestión de Santiago Vilas, anterior director de la Ojota –quien era hijo de un ex comisario, capo de la SIDE en la etapa de Alfonsín- comenzó en el interregno duhaldista y se extendió hasta la salida de Stiuso, a quien reportaba. En los años noventa, la SIDE adquirió ese edificio y mudó la Ojota de una modesta sede frente al Alto Palermo para darle despliegue. Fue allanado en el 2000 por orden del juez Jorge Urso y en el sótano se encontraron equipos de intercepción para pinchaduras ilegales. Nadie ajeno a la central de inteligencia había entrado desde entonces, lo que alimentaba el mito y llenaba de misterio sus paredes. Eso es lo que se proponen cambiar.

Hallazgo

Uno de los primeros hallazgos que dan cuenta de la precariedad del anterior circuito de espionaje es que varios teléfonos correspondían a causas que estaban cerradas o archivadas tiempo atrás.

 ESCUCHADORES 

200 es el número de "escuchadores" que se desempeñan actualmente en los 27 locutorios con que cuenta la DICOM, donde se generan 3000 CDs diarios de grabaciones.