Brasil y Argentina han sido la columna vertebral del inédito proceso de integración regional de la última década larga que, además de afianzar el Mercosur, parió la Unasur y la Celac. El fortalecimiento del bloque resultó contundentemente virtuoso para los países, en un contexto de gobiernos populares que  desplegaron políticas económicas armonizadas con objetivos socialmente deseables para las mayorías postergadas.

Para la Argentina, la estrategia de integración fue la respuesta acertada a un proceso de industrialización que evitó la reprimarización (las MOI pasaron de representar el 26% de nuestras exportaciones en 2003 a explicar el 34%) y tuvo su correlato en la reducción de los obscenos niveles de desocupación de la etapa neoliberal (un cuarto de la PEA en 2003) hasta el 6,9% vigente. La integración entre países en vías de desarrollo amplía las chances para su industrialización a partir del intercambio comercial interregional. Así ocurrió en nuestro país, que tiene en la región y, especialmente, en Brasil el destino privilegiado de nuestras exportaciones industriales.

La centralidad del Estado como agente del desarrollo: la trascendencia de la inversión pública y la defensa irrestricta de la industria nacional y del trabajo y el salario de los argentinos.

Sin embargo, mientras en Argentina se removieron los cimientos del esquema neoliberal que antecedió al kirchnerismo, en Brasil se conjugó una política inclusiva en lo social con una macroeconomía neoliberal, heredada del gobierno de Fernando Cardozo. Así, el margen de acción del Estado, principal agente del fenomenal proceso de inclusión en los primeros gobiernos del PT, quedó acotado por las restricciones que el esquema de Metas de Inflación impone a la política fiscal, socavando los motores del crecimiento y determinando la recesión de la que actualmente es víctima nuestro principal socio comercial, encorsetado en paquetes de ajuste y debilitamiento del mercado laboral.

La dinámica de Brasil nos deja, por lo menos, dos cuestiones sobre las que  conviene reflexionar. Una, la necesidad de articular los esfuerzos del Estado y del sector privado, en pos de potenciar la diversificación de destinos de exportación para nuestras manufacturas industriales. La otra, surge de la imagen que ofrece el espejo: las políticas que precipitaron la crisis brasileña no se diferencian del decálogo que promueve la oposición doméstica, al impulsar un supuesto "ajuste expansivo" que es, a todas luces, sencillamente un oxímoron que desbarranca frente a la evidencia histórica.

Es vital analizar el laberinto en el que las políticas ortodoxas han entrampado a Brasil, dañando el desenvolvimiento de la economía y, a la postre, horadando la base de legitimación social del PT. Las lecciones que surgen son fundamentales para ratificar el rumbo de nuestra política económica de crecimiento guiado por la demanda –y más que nunca, frente a la crisis global, la demanda interna-, la centralidad del Estado como agente del desarrollo, la trascendencia de la inversión pública y la defensa irrestricta de la industria nacional y del trabajo y el salario de los argentinos.