Ni la corrupción, la ética o las instituciones. Ni la muerte de Alberto Nisman, la inflación o el rol de La Cámpora. La deuda externa se transformó en el eje principal de debate en el tramo final de la campaña electoral que llevará a los argentinos a las urnas en tan sólo 14 días. Es probablemente uno de los escenarios menos deseados por la oposición, que se ve obligado a discutir sobre uno de los aspectos más valorados de la política económica del kirchnerismo.

Con el agravante de que el disparador de la agenda fue ni más ni menos que el trascendente pago del Boden 2015 por 5900 millones de dólares que la Argentina efectuó esta misma semana. En sólo 60 días, Cristina Fernández cerrará un ciclo político que por primera vez en 60 años entregará a su sucesor un país con un nivel de endeudamiento externo inferior al que recibió. 

El pago del Boden sirvió también para mostrar –una vez más– que las profecías apocalípticas están lejos de la realidad. Se planteó que la Argentina no podía hacer frente al vencimiento. Que las reservas del Banco Central no alcanzarían para pagar la deuda. Que el Ministerio de Economía iba a pesificar los bonos que se emitieron para pagar la deuda del corralito y muchas otras cosas más. Claro que la cancelación del Boden no terminó con esos pronósticos. Esta misma semana la agencia calificadora Moody's planteó de manera insólita que las reservas del Banco Central sólo alcanzarían hasta el 10 de diciembre.

El inexplicable llamado a indagatoria del juez Claudio Bonadío al jefe de Gabinete y candidato a gobernador Aníbal Fernández es prueba de ello.

Los números del desendeudamiento son abrumadores. La deuda externa pasó del 140% del Producto Bruto Interno (PBI) en 2003, a representar cerca del 40% de todos los bienes y servicios que produce la Argentina. Con el adicional de que los pasivos nominados en dólares perdieron peso específico en esa cartera y que la cancelación de la deuda con el Fondo Monetario Internacional fue un paso trascendente en la búsqueda de la independencia económica.

Por supuesto que hay quienes cuestionan esos datos, sostienen que no es tan así y relativizan el impacto que la política de desendeudamiento tiene sobre la vida de los argentinos. "Hay que endeudarse todo lo que podamos", dijo esta semana Mauricio Macri, después de inaugurar su estatua de Juan Perón en la Ciudad.

El candidato de Cambiemos había propuesto cancelar sin más la extravagante sentencia del juez Thomas Griesa a favor de los fondos buitre que en las últimas semanas no para de recibir advertencias de la Cámara de Apelaciones de Nueva York por extralimitarse en sus planteos en contra de la Argentina.

Es cierto que es difícil seguirle el ritmo a Macri en sus volubles "convicciones". En sus propuestas de campaña asegura que construirá hospitales en todo el país mientras que sólo accede a entregar el presupuesto al Garraham luego de una fenomenal presión política de parte de médicos y familiares de pacientes. Asegura que mantendrá YPF y Aerolíneas Argentinas en la órbita estatal pero no duda en proponer privatizaciones de predios porteños en los últimos dos meses de su mandato. Los ejemplos sobran y el caso de la deuda tiene los mismos componentes.        

La discusión sobre la deuda también se da puertas adentro del Frente para la Victoria. Mario Blejer, uno de los principales asesores económicos de Daniel Scioli, afirmó que la Argentina llega tarde a "la fiesta". Lo hizo en el marco de la asamblea anual conjunta del Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial en Perú. El ministro de Economía, Axel Kicillof, no ocultó su malestar por aquella frase que luego fue aclarada y relativizada por el propio Scioli.

El planteo del candidato del FPV es bastante claro. Se propone evitar un ajuste salvaje de la economía y para eso plantea buscar financiamiento de organismos multilaterales para impulsar su plan de obra pública y mantener así en marcha la actividad. No es muy diferente de lo que muestra como gestión el gobierno de Cristina Fernández que se trajo de Perú créditos del Banco Mundial, anunció el inicio de las negociaciones con China para ampliar el swap de monedas y tiene varios programas de financiamiento de Beijing para la obra pública.

Con la mirada puesta en enero, parece haber un consenso entre los sectores del establisment sobre la necesidad de iniciar un proceso de negociación para terminar con el capítulo de los fondos buitre. 

Para algunos, la estrategia de Scioli de un plan gradualista, lo obligaría a una mayor celeridad en cerrar un acuerdo con los buitres para despejar el horizonte externo y obtener financiamiento. El gobernador bonaerense fue claro al señalar que en un eventual gobierno suyo, la Argentina no volverá a someterse a los dictados del Fondo Monetario Internacional, que no ahorra en reclamos de ajuste para el país. Sin embargo, ese análisis sostiene que Macri tendría un mayor margen de maniobra en la negociación con los holdouts, debido a que su estrategia es la de imponer un plan de ajuste violento para cerrar la brecha fiscal, por lo que no tendría tanta necesidad de apelar a los mercados. 

Son puras especulaciones. En cualquier caso, para los buitres también el tiempo corre. La presidenta Cristina Fernández dejó en su visita a Nueva York para su última asamblea de la ONU una definición que pasó inadvertida. Cuestionó duramente la estrategia de la oposición en la materia, con el argumento de que al no haberse alineado detrás de la postura del oficialismo, los dirigentes opositores les dieron argumentos a los buitres para romper la negociación. No es cierto que el Estado argentino se negó a negociar, en realidad se negó a aceptar las condiciones leoninas que le impuso Griesa. Las declaraciones como las de Macri hicieron el resto.

A dos semanas de las elecciones, hay algunas cuestiones que parecen seguras. Scioli se impondrá en los comicios con una diferencia considerable, aunque no está claro si conseguirá esquivar la segunda vuelta. Mauricio Macri y Sergio Massa se disputan el voto opositor con la esperanza de participar del balotaje. 

Sin embargo, aquel consenso casi unánime en todos los bunkers que sostenía que Scioli perdería en segunda vuelta contra cualquier candidato ha desaparecido. En las mesas de la política, pero también en las de los hombres de negocios, la balanza parece inclinarse a favor del bonaerense.

Tal vez por eso Macri se animó a una escena de peronismo explícito con la inauguración de la estatua de Perón en la Ciudad junto a Eduardo Duhalde y Hugo Moyano, entre otros, y con marcha peronista incluida. No deja de sorprender que la democracia haya demorado 33 años en rendirle un homenaje en la capital de la República al viejo General tres veces presidente constitucional de la Argentina. Sin embargo, es difícil pensar que tres o cuatro frases del ideario peronista sacadas de contexto le amplíen a Macri su universo de votantes. Antes bien se dejaron ver por las redes sociales expresiones de descrédito de su tradicional segmento de sustento electoral que criticaban al alcalde porteño por semejante herejía. 

A la campaña le quedan dos semanas que serán intensas. El inexplicable llamado a indagatoria del juez Claudio Bonadío al jefe de Gabinete y candidato a gobernador Aníbal Fernández es prueba de ello. Pero más allá de los fuegos de artificio, los argentinos definirán el futuro presidente en un clima de paz social y lejos de la anunciada crisis económica.