Aun sin subestimar la elección del 25 de octubre, su resultado está cantado. Bajo el alboroto de las consultoras, los spots de campaña y las operaciones de prensa, subyace nítido un escenario: la continuidad, aunque bajo otras formas, del proyecto nacional, al menos por otros cuatro años. Lo único que todavía se encuentra pendiente de resolución es quién se queda con el segundo puesto. De ahí que resulte notable el último giro discursivo de quien marcha subcampeón en las encuestas.

Asediado por las mediciones, visiblemente errático en su estrategia de campaña y sin mucha idea de qué trole hay que tomar para seguir, Mauricio Macri comenzó a apelar durante el fin de semana largo a un supuesto "voto útil", que pueda contener bajo su candidatura las múltiples expresiones del arco opositor, desde él mismo hasta la "izquierda". La apuesta es singular, y asume formas un tanto barrocas: es Macri o el narco, como propuso, visceral y brutal, Elisa Carrió.

En efecto, la última jugada del establishment PRO consiste en tratar de convertir el primer turno presidencial en un virtual balotaje. Constreñirlo de tal modo que parezca una segunda vuelta. Y sin embargo, todo indica que ocurrirá exactamente lo contrario: el comicio del 25 de octubre camina en dirección de transformarse en las PASO de la derecha, cuyo resultado recortará el perfil de la oposición durante los cuatro años próximos. No es un detalle menor.

Tanto forzamiento no viene solo. De ser necesario, la justicia correría con los gastos de un tratamiento ortopédico. Tras el ensayo tucumano, la derecha cavila una cirugía mayor: una interpretación de escritorio, demasiado interesada y alevosa, que considere a los votos en blanco entre el universo de voluntades a contabilizar, y no como lo establece la Constitución, que fija claramente que los votos a considerar son únicamente los afirmativos, válidamente emitidos, excluyendo a los blancos y nulos. ¿Se animará un juez a interpretar según su libre albedrío una regla explícita de la Constitución? Difícil, aunque, que las hay, las hay.

Después de todo, tampoco hay magia en las movidas destituyentes de la derecha. El pasado 22 de septiembre, el aristócrata gremio de los jueces (Asociación de Magistrados y Funcionarios de la Justicia Nacional) invitó a una cena para sus miembros asociados, a $ 300 el cubierto, titulada, pomposamente, "Transparencia en el sistema electoral: cómo evitar el fraude en las elecciones de octubre". En el Palacio Balcarce, el vicepresidente de la Cámara Nacional Electoral, Alberto Ricardo Dalla Vía, disertó sobre el sueño de la derecha: judicializar la voluntad popular. Frustrar en un expediente esa manía de las mayorías, que desde hace 12 años insisten en elegir gobiernos que los representan, y no como fue hasta entonces, presidentes-verdugos. Días después, el camarista dijo en entrevistas radiales lo mismo que en la comilona con los jueces: hay provincias que no saben votar.

No hace falta mucha imaginación para advertir qué fallará este magistrado si en un recurso judicial la oposición le pregunta cómo deben interpretarse los votos en blanco. ¿Será ese el voto "útil" que reclama Macri?

Ojo. No vaya a ser que la derecha se haya salteado Chaco para diluir las implicancias del intento de golpe en Tucumán. Sería un olvido táctico, que no debe evitar una memoria estratégica: la conciencia colectiva sobre el carácter intrínsecamente golpista de la derecha. Si fue capaz de descender a los sótanos de la miseria planificada, el genocidio físico y el ocurantismo cultural con tal de mantener la tasa de ganancia del capital, ¿Trepidaría en judicializar una elección presidencial?

Identidades

Pero decíamos: ya definido el sucesor de Cristina, lo verdaderamente importante es el segundo puesto, porque de ese ordenamiento dependerá la puja política durante los próximos cuatro años. Hay, entonces, sólo dos posibilidades: Macri o Sergio Massa. Derecha empresarial, o pejotismo neonoventista. Si Massa saliera segundo, o incluso perdiendo por un margen mínimo con Macri, la disputa política regresaría atrás en el tiempo. Reforzaría las luchas intestinas en el peronismo, y volvería como farsa el teatro de operaciones del año 2005, cuando el kirchnerismo empezó a quitarse de encima la herencia duhaldista. Paradoja: la más inmediata puja sería por restaurar el futuro.

Situar como opositor principal otro actor político que no sea la cruda derecha neoliberal, sería forzar el escenario. Quizás todavía más: ahistorizarlo. El espacio político que viene a ocupar el candidato del Frente Renovador está francamente apolillado. Esa impronta ortodoxa y noventista del peronismo fue superada por los hechos históricos, pero regresa de tanto en tanto. Por espasmos.

Las elecciones legislativas de 2009 y 2013 fueron sus picos máximos. Pero subyace todavía. Anida, incluso, en las filas del FPV.
No olvidar: el kirchnerismo construyó su identidad política e ideológica en el espejo. Su rostro fue definiéndose de acuerdo a la imagen inversa devuelta por sus enemigos. El kirchnerismo es lo que no quiso ser más. Nacido de una victoria electoral que no fue, fruto de un triunfo trunco, es hijo de sí mismo. Acaso la más genuina y acabada creación de sus políticas. El producto más logrado de sus tensiones con el poder real. Y expresión, a su vez, de las clases subalternas de la formación social argentina inmediatamente posterior a la crisis terminal capitalista de fin de siglo.

El kirchnerismo definió a la derecha (potentes actores económicos, medios concentrados, y sector más conservador de la justicia) como su enemigo principal. En el camino, se compuso a sí mismo. Durante años esa derecha cruda y dura anduvo a los tumbos, sin una representación política más o menos eficaz. Al fin la encontró: el PRO.

Esa puja con la derecha más declarada del mercado de partidos, vivifica la política. El antagonismo, en vez de frustrarla, es garantía de su rumbo. Presentar a "la grieta" como un disvalor de las democracias modernas es equivocado. La lucha ideológica es el factor fundamental del desarrollo de una sociedad, de sus cambios en la cultura, y de su toma de conciencia sobre la necesidad de estar organizada y cohesionada bajo un liderazgo político.

Fue Carlos Marx quien dijo que "la manera como se presentan las cosas no es la manera como son; y si las cosas fueran como se presentan la ciencia entera sobraría". La política sobra mucho menos todavía.