Un mes antes de las PASO presidenciales del año 2011, proceso electoral que culminó con la reelección de Cristina Fernández de Kirchner con un 54% de los votos, el diario Clarín publicó una encuesta exclusiva realizada por la misma consultora que todavía hoy le da letra (y números porcentuales) para sus operaciones de prensa dominicales. Entonces, el diario de Magnetto informó que, si bien mantenía una amplia ventaja sobre los demás candidato a presidente, Cristina "no alcanza el 40% de intención de voto que le permitiría lograr un triunfo en la primera vuelta. Esos datos surgen de una encuesta difundida ayer por la consultora Management & Fit". La opereta precisaba, incluso, números concretos: "Un 32,6% de los encuestados se inclina por Cristina, la sigue Ricardo Alfonsín con el 13,2% y luego Hermes Binner (3,2%), Eduardo Duhalde (2,6%) y Elisa Carrió (1,5%). Un 42,8%, según ese relevamiento, no tiene definido su voto."

Exactamente la misma "información", calcada, publicó en su portada del último domingo el mismo diario. "Scioli no llega al 40% y sigue la perspectiva de balotaje". ¿Será la misma encuesta de hace cuatro años, apenas modificada en los nombres de los candidatos?

Hablando en serio, la proximidad de las elecciones, las especulaciones reales (no interesadas ni antojadizas) sobre su resultado, y las primeras definiciones políticas del más que probable próximo presidente, expresadas en los nombres elegidos para su inicial gabinete de ministros, acercan velozmente el escenario del fin del segundo mandato de Cristina, y las formas que asumirá la continuidad del proyecto nacional.

Estas variables no son nuevas, pero adquieren cierto dramatismo, ante su condición de inexorables. Nada de lo que la militancia kirchnerista más caracterizada debate, cavila y teme hoy, es nuevo. Por el contrario, las circunstancias y sus consecuencias ya fueron analizadas debidamente en junio pasado, cuando la presidenta de la Nación, líder del proyecto nacional y conductora indiscutida del peronismo, se decidió por Carlos Zannini para integrar la fórmula presidencial más potente del FPV, junto a Daniel Scioli, clausurando así una de las aristas de la puja interna.

El kirchnerismo es peronismo

Dijimos en esta misma columna, entonces, que "guste o no, el kirchnerismo salió de las fauces del PJ. Es hijo de una época (…) y ya desde sus inicios tensiona contra sus orígenes. Se desmarca de sus padres. Los guillotina calurosamente, y va desprendiendo a medida que avanza, se desarrolla y crece en definiciones políticas e identidades ideológicas, retazos de lo que no quiere ser más. Se define por sus negaciones."

En su derrotero, las condiciones en las que libró sus pujas pocas veces las impuso el propio kirchnerismo. En aquella columna historiamos algunos hitos de su entorno: las rupturas con el duhaldismo, creciente a partir de 2004 y explícita hacia el año 2005, y con el moyanismo, desde diciembre de 2011.

Luego, concluimos que "los rostros del kirchnerismo son lo que no quiso ser cuando se miró al espejo. Esa saludable puja lo recorre al interior. Lo dinamiza. Lo vuelve activo, cambiante, eficaz para abordar en su contradicción principal otras que lo exceden, y que debido a su potencia quedan subsumidas en su tensión, que es La tensión."

Sin dudas, la expresión electoral de esa puja que estructura el período más vital, rebelde y transformador de la democracia argentina, no supone una pausa en el litigio, sino, quizás, su profundización. La contradicción, a punto de hervor. No es malo.

Esa tensión supone un reto para las formaciones más heterodoxas del kircherismo: garantizar la continuidad de la década ganada, con un viento menos favorable soplando en la cima. El desafío de la época es evitar que el proyecto nacional se convierta en una "década empatada", que lo frustre, o lo perpetúe como una caricatura de mármol, un isologo, y poco más.

Para su segundo mandato, Cristina previó institucionalizar los cambios precedentes y construir una "sintonía fina". Muchos evaluaron que esos dos propósitos sugerían una moderación del kirchnerismo, y ya ven: ocurrió todo lo contrario. ¿Por qué, a priori, habría de ser así a partir de diciembre próximo? Las circunstancias regionales, la baja en algunos precios internacionales que proveen de divisas a nuestra región (el barril del petróleo y la soja), obligan a nuevos desafíos: cómo continuar el proyecto de la Patria Grande latinoamericana sin volver a sus gobiernos versiones contemporáneas del PRI mexicano y su "revolución congelada".

Retener el poder, ampliar consensos, y correr hacia adelante algunos horizontes que tienden a volverse demasiado próximos, son movimientos de la misma pieza.

El kirchnerismo es el peronismo del siglo XXI. No hace mucho, en una entrevista que le formuló el columnista de este mismo diario, Hernán Brienza, Cristina dijo sobre el kirchnerismo que "es un fenómeno que tiene que ver con la aparición de una Argentina totalmente dada vuelta que abreva en el peronismo, no te digo justicialismo. Pero también incorpora a otros sectores, algunos que quizás despreciaban el peronismo tradicional o pejotismo".

Esa distinción entre peronismo y Partido Justicialista es ciertamente notable. Porque alude a definiciones ideológicas, a síntesis políticas, a la ductilidad para resumir orígenes diversos en un rumbo común, que lo blindan ante los malhechores que lo vaciaron durante los años '90, burlando los rasgos más rebeldes y plebeyos del peronismo. Cuando una idea política trasciende sus formas partidarias, orgánicas, y se convierte en una identidad histórica y cultural, no hay alternancia que pueda. Pero, a no olvidar tampoco: esa idea, esa cultura política, ese hito en nuestra contemporaneidad democrática, es el peronismo, que tiene sus bemoles. Quien se olvide de ese origen, no comprenderá la actual encrucijada.

En simultáneo, el tamaño de sus pujas internas, que no sólo son por posiciones expectantes o cargos importantes, que definan políticas de Estado, también lo protege de eventuales traiciones o tibiezas. Si la lucha es ideológica y política, guitarra, vas a llorar. Y si esa contienda se resuelve sin perder de vista la contradicción mayor, superadora, contra un enemigo que es de clase, estemos seguros que este infierno, entonces, se volverá encantador.

Contra lo que muchos afirman, el kirchnerismo se dio a la tarea de constituir fuerza propia. Que no haya alcanzado un candidato absolutamente afín, de paladar negro y, sobre todo, suficientemente potente no es un "error" de Cristina, sino, quizás, una falla de origen, intrínseca, que viene con la alternativa popular que hallaron las democracias de nuestra región. La alternancia, el chaleco de fuerza constitucional, el marco institucional heredado, son algunos de esos condicionantes. Evidentemente, la presidenta eligió a algunas organizaciones para custodiar sus logros políticos, y continuar el proyecto liberador. Pero a esas experiencias políticas les falta madurar todavía. Foguearse en las difíciles. En tal sentido, resulta infinitamente más provechoso hacerlo al interior del peronismo, que contra una alianza neoconservadora, de creciente desarrollo, y ante la orfandad total que supondría una derrota electoral. Quien se queda bajo la lluvia, a la intemperie de una tormenta, se moja. No hay "cuanto peor, mejor" que valga.

Ocho días antes de las elecciones presidenciales, el pueblo peronista celebró los 70 años de su fecha fundacional: el 17 de Octubre. Sus actuales implicancias, su abordaje por la nueva militancia peronista (es decir, kirchnerista), estimulan, sin dudas, algunas reflexiones. Entre ellas, la siguiente: sólo el peronismo logró convertir en categoría política una cualidad subjetiva de las personas, la lealtad. Esa condición, que tuvo su razón de ser concreta durante la represión brutal, la consecuente persecución y la proscripción total del peronismo, vuelve a ser una premisa histórica para las clases subalternas de la formación social argentina de principios del siglo XXI: a partir del 10 de diciembre, el objeto de la lealtad será Cristina.