Con ánimo de seguir fundando un lenguaje afín a la Argentina refundada, breve comentario sobre la cuestión de las obras "faraónicas", por supuesto en contexto electoral. Recordará el lector cuando en su discurso del 25 de mayo de 2003 Néstor Kirchner señaló que las primeras acciones de su gobierno en materia de obra pública no serían "obras faraónicas" sino que apuntarían "a cubrir las necesidades de vivienda y de infraestructura en sectores críticos de la economía". Era el país que rescatábamos de las puertas del infierno. Pero apenas rescatado, las obras comenzarían sí a tener un perfil faraónico. ¿Es esta característica una negativa, como intenta imponernos el conservadurismo o, por el contrario, es positiva?

Del Camino del Inca al Taj Mahal

Lejos de ser una mancha de la cual sentirse avergonzados, las obras "faraónicas" construidas por las diferentes civilizaciones son testimonio de su grandeza, riqueza y aspiraciones. Ninguna civilización, ningún pueblo que haya marcado a fuego la historia universal lo hizo a partir de obras pequeñas, entre otras razones porque no resisten el menor paso del tiempo. Asimismo, las dimensiones de las obras constituyen un certero parámetro de su funcionalidad y de los esfuerzos humanos y capitales requeridos. Dan, por tanto, una idea del poderío, las ambiciones y también los fracasos de los pueblos detrás de su construcción. Levantados por nuestros antepasados, las infraestructuras maya y azteca son fiel testimonio de su grandeza y de su desenvolvimiento; Cuzco, la Ciudad de Barro de Chan-Chan y la Fortaleza de Kuelap, en el Perú; el Camino del Inca y el sistema incaico de acueductos; los petroglifos a lo largo de la Cordillera; los magníficos sistemas de manejo de recursos hídricos de las culturas precolombinas, entre muchísimas otras, las obras faraónicas desplegadas en la Patria Grande. Obras que retan el paso del tiempo, sorpresa de conquistadores europeos y turistas de todas las épocas y lugares. Su majestuosidad permite darnos una idea, miles de años más tarde, de la capacidad, ingenio y tesón de sus creadores, nuestros antepasados. Obras faraónicas fueron también las Pirámides, la Muralla China, el Coliseo, el Partenón y el Taj Mahal, entre infinidad de otras, todas expresión de pueblos igualmente orgullosos, poderosos y avanzados para su época. Nada malo ni negativo pues, en edificar obras "faraónicas".

Kilómetros cuadrados y cuestión nacional

Aterrorizado por las grandes obras realizadas en estos últimos 12 años en la Argentina, la utilización peyorativa de "faraónico" por parte del conservadurismo contemporáneo hunde sus raíces en las zonceras "El mal que aqueja a la Argentina es la extensión" (Sarmiento) y "Achicar el Estado es agrandar la Nación", slogan de la dictadura genocida ruralista-militar, específicamente pronunciada por Martínez de Hoz en sus primeros discursos. La resultante de ambas: desmantelar el Estado y reducir geográficamente la Argentina al territorio de la Pampa Húmeda. Una política económica, una planificación, un ordenamiento territorial y obras de infraestructura reafirmadoras de los 3.761.274 millones de kilómetros cuadrados, las 23 provincias y los 42 millones de compatriotas constituyen una espantosa pesadilla para el conservadurismo y su "Nación" pampeana de granos, vacas y un puñado de humanos (en ese orden de prioridad). Recordemos la extensión de la semicolonia: 842 mil kilómetros cuadrados (correspondientes a las superficies sumadas de Buenos Aires, Santa Fe, Córdoba, La Pampa y, desde Vaca Muerta, Neuquén) o el 22,4% del actual territorio de la República Argentina. Ahora bien, y llegado a este punto, rogamos al lector se detenga en la imagen que acompaña esta nota.

Argentina en contexto europeo

Nos han enseñado de chiquitos a los argentinos y argentinas (latinoamericanos ídem) que nuestra geografía es pequeña y su interconexión inalcanzable por lo insalvable de su agresividad topográfica –al decir de Sarmiento–. A semejantes males, agregarse la congénita barbarie, que todo lo agrava. Pero la verdad es que la Argentina es inmensa (ni hablar de la América del Sur y América Latina). Trácese un triángulo sobre un mapa de Europa uniendo en cada uno de sus vértices Madrid, Milano y Edimburgo (Escocia). Extrapólese la figura manteniendo su superficie a nuestro país y voilà... los vértices caerán aproximadamente en Chos Malal (Neuquén), Buenos Aires e Iruya (Jujuy). La colonización pedagógica, por mucho que intente, no puede ocultar el inmenso tamaño de nuestra geografía. Un país inmenso, si aspira a contener a todos sus habitantes y provincias constitutivas y, fundamentalmente, si aspira a ser una Nación moderna y desarrollada, requiera efectivamente de obras inmensas (faraónicas). Si la República Argentina no construye obras faraónicas, la Nación que somos y a la que aspiramos consolidar se balcanizará, se extinguirá y perderá en el confín de los tiempos. ¿Por qué cree el lector que la oligarquía argentina despotrica contra las obras faraónicas? Porque, salvando específicas excepciones, la región pampeana (el polo bonaerense-litoral) y su superficie equivalente al 22,4% (incluye Neuquén) de la superficie total de la República no las necesita. En todo caso, y si las necesitara, no serían para ella faraónicas puesto que estarían acorde a su nacionalismo raquítico e inmovilismo agrario.

Nación de 3.761.274 km2 o semicolonia de 842 mil

En este sentido y desde 2003, la incesante construcción/terminación de centrales energéticas a lo largo y ancho del país pone los pelos de punta a la reacción. No sólo por los miles de millones de dólares invertidos en la Argentina y sus más de 40 millones de habitantes, sino porque además le recuerdan la inmensidad de la Nación que reniegan desde Bernardino Rivadava. Trácese una línea en un mapa uniendo la Central Nuclear Néstor Kirchner (Atucha II) en Buenos Aires, Yacyretá en Corrientes, la Central Térmica Independencia en Tucumán y la Central Termoeléctrica a Carbón de Río Turbio en Santa Cruz –a la sazón obras reactivadas y concluidas o bien nuevas realizadas por los gobiernos K–; extrapólese la figura resultante (suerte de trapecio) a Europa y vea qué superficie cubre. Verá que... ¡se nos va del mapa! Madrid con Kiev (Ucrania) pega en el palo del lado más largo del informe trapecio. Pero, ¡qué grande es la Argentina, che! ¿No? Todas estas obras, a las que debemos sumar las represas Cepernik y Néstor Kirchner en Santa Cruz, la interconexión eléctrica del país, la construcción inédita de gasoductos para el mercado interno, la cuarta y quinta centrales nucleares, nuevas rutas, autopistas, caminos, puentes, viaductos y acueductos a lo largo y a lo ancho de la geografía nacional; soluciones hídricas, sanitarias, planes de viviendas y desarrollo urbano incluyente para millones de familias, etc., todas obras faraónicas para el mitrismo contemporáneo. Es que esta infraestructura federal, popular y nacional les recuerda que nuestra superficie total tiene 842 mil kilómetros cuadrados; les recuerda, asimismo, que si quieren hacerse cargo del gobierno tendrán que gobernar para el 100% de los argentinos, las provincias y el territorio, y no administrar un polo de desarrollo enano que sólo beneficia a un puñado de 100 familias y a sus amigos allende los mares. Octubre se avecina y, con él, la voluntad popular expresando en la urnas la continuidad del proyecto político del Frente para la Victoria que les cierra las puertas a los sueños de ajustadores y devaluadores. 

No pudieron los buitres con toda su artillería penetrar el cielo argentino. Menos los cisnes negros que imagina la derecha. La única que se eleva en nuestro firmamento sigue siendo un águila celeste y blanca, custodiando los sueños de la mayoría de los argentinos.