A cinco años de su fallecimiento, el recuerdo de la voluntad política y la personalidad de Néstor Kirchner sigue presente en la sociedad argentina. La intensidad con la que ejerció el gobierno y condujo un movimiento político renovado –el peronismo adaptado a estos tiempos– se convirtió tras su muerte en un parámetro incómodo para medir a otros dirigentes. Sus características personales se volvieron tema casi cotidiano en los meses posteriores al 27 de octubre de 2010. Su condición de hombre de Estado que entendía la militancia como una práctica para toda la vida, cotidiana e ininterrumpida, que se debía dar en todos los frentes y, sobre todo, sin descuidar lo territorial, es otra de las improntas que lo atravesaron a lo largo de su trayectoria. Una definición que –por otra parte- parece haberse convertido en un legado asumido como rasgo de identidad por las organizaciones del kirchnerismo.

"Néstor tenía una obsesión por la militancia permanente. Él siempre insistía con que había que hacer todo lo que fuera necesario. Y estaba pendiente de eso, más allá de la responsabilidad de gobierno que ocupara en cada momento", repasa José "Pepe" Salvini, amigo del ex presidente desde que compartieron banco en el colegio secundario. Salvini fue uno de los primeros simpatizantes del peronismo santacruceño que se sumó al proyecto político de Kirchner. "Néstor cumplió a rajatabla esa forma de vivir la militancia. Porque así lo entendimos toda la vida. En 1991, ya siendo gobernador, él nos llamaba por teléfono a cada uno para ver si habíamos cumplido con determinada directiva. Yo, por ejemplo, tenía que viajar hasta un lugar determinado de la provincia para sumar a un compañero, al que había que traerlo y convencerlo. En eso no había con qué darle", rememora Salvini en diálogo con Tiempo Argentino.

Considerado uno de los "pingüinos" históricos que acompañaron a Néstor desde el primer momento, Salvini recuerda con nostalgia y alegría uno de los rituales que tenía el ex presidente el sábado anterior a un día de elecciones: comerse un asado con amigos bajo el tinglado del taller mecánico de Francisco "Batata" Mansilla. Por supuesto, Salvini era siempre uno de los comensales. En esos encuentros que tenían mucho de cábala, como también en reuniones de discusión política ya más formales, Kirchner solía sorprender a sus interlocutores con afirmaciones algo excesivas. Algunas incluso podían sonar poco apegadas a la coyuntura del momento y a las posibilidades del propio espacio, al menos en el corto plazo. "En la primera etapa de su gobierno provincial, Néstor ya empezaba a vislumbrar la necesidad de generar un nuevo espacio nacional dentro del peronismo", cuenta Salvini. Esa última frase parece desmentir uno de los análisis que, con Kirchner ya en la Presidencia, solía hacerse sobre su estilo de gobierno: que privilegiaba y era muy diestro en las decisiones de corto plazo tomadas bajo presión –la famosa táctica- pero que carecía de una planificación estratégica.

El objetivo de construir un espacio opositor al menemismo sin abandonar las filas del PJ empezó a perfilarse hacia fines de los ’90, con la conformación del Grupo Calafate. Surgido en un primer momento como un espacio de reflexión programática y de recuperación doctrinaria, ese espacio se convirtió tras la caída de Fernando de la Rúa en una plataforma –minúscula para la tarea encomendada– pensada para proyectar a Kirchner hacia el resto del país. Sobre finales de 2002, tras la aceleración de la crisis y ante la inexistencia de otros referentes del peronismo que garantizaran un triunfo sobre Carlos Menem, el entonces gobernador de Santa Cruz terminó siendo casi por descarte el candidato presidencial del peronismo no menemista. Carlos Tomada, miembro fundador de aquel Grupo Calafate y desde 2003 ministro de Trabajo, fue testigo de aquel ascenso vertiginoso.

"Néstor solía definir al proyecto político que quería construir como un espacio nacional, popular, progresista y racional. Pero a la palabra 'progresista', quizá hoy devaluada, hay que ponerla en un contexto: significaba incorporar al peronismo todos los valores y las dimensiones simbólicas de las que el peronismo en ese momento no era tan portador. Como la cuestión de los Derechos Humanos. Y también estaba la idea de lo racional: 'El país normal, un país en serio', que luego serían eslóganes de campaña en 2003. La normalidad que buscaba Néstor era dar vuelta los paradigmas, aunque él sabía para llegar a esa nueva normalidad habría que dar una disputa muy fuerte, sobre todo en la cabeza de la gente", repasa Tomada ante la consulta de este diario. Para el abogado laboralista, los cuatro valores que mencionaba Kirchner a fines de los ’90 (nacional, popular, progresista y racional) describen con bastante precisión lo que terminó siendo el kirchnerismo.

Otra de las características de Kirchner fue su esfuerzo –contra el clima partidario reinante en los ’90 y principios de la década de 2000, en el que predominaba una lógica mediática y de mayoritaria desmovilización– por reubicar a la política en el centro de la toma de decisiones. Esa búsqueda lo llevó en algunas ocasiones a descreer de ciertas tradiciones no escritas de los dirigentes profesionalizados, como el uso reiterado de cierto doble discurso, con algo que se decía públicamente y otra cosa que se comentaba entre bambalinas: la famosa diferencia entre el ON y el OFF. "A mí al principio me sorprendía, aunque después ya dejó de hacerlo, que Néstor dijera en los actos públicos del Salón Blanco lo mismo que nos había dicho minutos antes en su despacho a los ministros con los que había pensado el anuncio. Después de charlar con nosotros de política, de comentar novedades y noticias, y de ordenar lo que iba a decir, decía 'bueno, vamos', caminaba veinte pasos, entraba al Salón Blanco y decía exactamente lo mismo que nos había dicho en privado", revela Tomada.

La intención de reconstruir el Estado y restaurar la autoridad presidencial, dos obsesiones iniciales que sus colaboradores vivieron hasta con crudeza, implicaba también momentos de negociación con sectores de poder: un caso es el Grupo Clarín. Sin embargo, a pesar del acuerdo no escrito, Kirchner siempre digirió esa sociedad con bastante desconfianza. Con la sospecha de que esas asociaciones nunca se extienden demasiado en el tiempo.

Su primer vocero presidencial, Miguel, desempolva una intimidad del archivo como ejemplo de aquella relación tensa, de negociación y desconfianza mutua, que Néstor mantuvo con Clarín durante su primer mandato. "Un viernes de 2003, tras el acuerdo con Duhalde, estábamos por irnos de la Casa de la Provincia de Santa Cruz, en la calle 25 de Mayo. Ya era tarde, y yo me estaba yendo, cuando lo veo a Néstor con Daniel Scioli que están a punto de subirse a un ascensor chiquito que sólo usaba él, para bajar directo a la cochera. '¿Me dejás, Miguel, que tengo que charlar algo con Daniel?', me dijo entonces Néstor. Al día siguiente, me contó que le había ofrecido ser su vicepresidente, cuando Duhalde quería que fuera (Roberto) Lavagna. Néstor también me contó que le había pasado la primicia a Clarín para que fuera la tapa del domingo y que no le contara nada a ningún otro medio. Ese sábado por la noche, sin embargo, yo estaba en la cancha de Vélez en un recital de Maná cuando Néstor me llama al celular y me pide que le avise a la gente de Página/12. Lo hice. Y el domingo salió en los dos diarios. Los de Clarín estaban re calientes, pero Néstor les dijo que no sabía quién lo había filtrado. Los había cagado a ellos y también a Duhalde, que quería a Lavagna", relata Núñez, aún divertido.