La imagen del cuerpo de Aylan Kurdi tendido en una playa de Turquía conmocionó a la opinión pública hace poco más de dos meses. La muerte del niño sirio de tres años se utilizó para hablar de la incontrolable guerra en la República Árabe, de las miles de personas que buscan refugio fuera de sus países y de la falta de políticas humanitarias en las posibles naciones receptoras. Pero en esa foto había algo más en lo que pocos repararon. Allí se visibilizó quizás como nunca antes un fenómeno que afecta a todo el mundo de manera silenciosa y que habla de un cambio de paradigma: el de los expulsados. Aquellas personas a las que el sistema ya les extrajo todo el valor que creía necesario y los desecha.

A ellos les dedica su último libro la socióloga holandesa Saskia Sassen, reconocida internacionalmente por conceptualizar el fenómeno de las ciudades globales y por haber obtenido en 2013 el premio Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales. Cuando ella habla de Expulsiones (tal es el nombre del libro editado en Argentina por Katz) no se refiere solamente a los "refugiados" o "desplazados" que registra la ONU, sino también a los "desempleados de larga duración" de las oficinas estadísticas estatales, los "desahuciados" en España que no pueden pagar su hipoteca y los jóvenes "deudores" estadounidenses que nunca en su vida terminarán de pagar su crédito estudiantil. Lo que tienen en común, explicará en diálogo con Tiempo la actual profesora de la Universidad de Columbia, Estados Unidos, es que son personas que quedaron en el camino en el pasaje del capitalismo basado en el consumo masivo al centrado en el mundo financiero.

"No existe nada. Estamos en un extraño momento donde hemos perdido el sentido sobre qué importa más que otra cosa".

–¿Cómo explicaría el proceso?

–La economía basada en el consumo quiere incorporar más y más gente. Quiere darles buenos salarios a los trabajadores y distribuir, porque en definitiva es un sistema basado en las personas. Las finanzas, en cambio, buscan extraer algo de esas personas para poder usarlo con su lógica. Y una vez extraído, el hombre no importa. Y aquí quiero hacer una distinción entre lo financiero y lo bancario. La banca tradicional la necesitamos todos, para bien o mal. Ellos venden algo que tienen: dinero. En las finanzas, en cambio, se vende algo que no tienen, y en eso reside su peligro: necesitan invadir otro sector. Cualquier otro. Tan brillantes son los instrumentos que desarrollan que pueden extraer lo que necesitan de cualquier parte. No importa que sea un sector modesto. Un ejemplo paradigmático son los préstamos estudiantiles en los Estados Unidos que acumulan sobre los hombros de los jóvenes una deuda de un billón de dólares. Eso demuestra la capacidad de destrucción enorme que tienen. Ellos han violado las leyes establecidas muchas veces y las multas que se les ponen son despreciables. Entonces, yo me pregunto: ¿quién puede gobernarlos o regularlos? 

–Usted usó el ejemplo de la crisis hipotecaria que se inició en 2008 para mostrar cómo un crédito inmobiliario fue transformado en un activo financiero que, al caer en la bolsa, se llevó por delante a las personas, desalojadas sin más. En respuesta surgieron movimientos de organización política como la Plataforma de Afectados por la Hipoteca (PAH) en España que lograron poner a su referente, Ada Colau, como alcalde de Barcelona. ¿Son esas las respuestas que pueden romper el sistema de la expulsión?

–Lo que pasó es buenísimo. Ahí hay personas que están inventando nuevas instrumentalidades (no nuevos instrumentos porque eso va a llevar un tiempo). Pero ven al mundo en el que están de una manera más crítica, con más entendimiento. Entonces, creo que ahí hay posibilidad de innovación. En España lo que pasaba además era que te desalojaban pero además te quedabas con la deuda con el banco. Entonces, hay que movilizarse porque nuestros políticos no hacen sus deberes. Han delegado. Los financieros les cuentan lo que hay que hacer y ellos no están preparados para hacerles frente. Aquí ha habido una crisis de responsabilidad  y del trabajo duro que significa ser un legislador. Estos hombres terminan su trabajo las 3 de la tarde y se van a tomar algo. Es catastrófico lo que está pasando y creo que tomando posiciones y analizando se pueden lograr cosas. Por ejemplo, con las hipotecas: ¿es justo lo que sucede?, ¿por qué es tan extremo?, ¿cómo se les ocurrió? Porque con las hipotecas en España o con los préstamos estudiantiles en EE UU no tenés ni siquiera bancarrota, y ese es un sistema creado para proteger a la persona y darle tiempo mientras se recupera. Hoy sabemos que la mayoría de los jóvenes estadounidenses no va a poder pagar su deuda y es terrible. Porque los ciudadanos de EE UU le damos plata a los bancos para que den préstamos a los estudiantes al 2% y las financieras hacen los préstamos a los estudiantes al 16 por ciento. Eso es usurero. Y esa deuda no se puede cancelar. Aquí hay mucho trabajo que hacer y es de filigrana. Hace mucho que vengo discutiendo con alguna otra gente la noción de los derechos que hemos perdido los ciudadanos en los últimos 20 años. Porque nosotros vamos perdiendo derechos y las corporaciones van ganando. Y Estados Unidos en eso es el ejemplo número uno.  Creo que tenemos una especie de decadencia. A mí me gusta usar las posibilidades del lenguaje y decir que el sistema se está pudriendo por dentro. Se encuentra en estado de putrefacción. 

–¿No hay respuesta desde las instituciones que suelen poner límites al comportamiento humano como la familia o la Iglesia a través de la ética o los valores?

–No existe nada. Estamos en un extraño momento donde hemos perdido el sentido sobre qué importa más que otra cosa. Podríamos ser robots que no tenemos juicio o discernimiento. Y sólo se trata de darse cuenta de que las cosas no son iguales o no dan lo mismo. Eso es alarmante. Todo parece achatado y al mismo nivel. Por eso es importantísimo que aparezcan personas como Ada Colau y que desde el Ayuntamiento de Barcelona diga que hay que examinar el poder. Porque las hipotecas en España son un abuso total y hay que cambiarlo. Porque el hecho de que exista una regla no quiere decir que sea justa, inteligente o deseable.

–¿Qué le han parecido las apreciaciones del Papa Francisco en contra del dominio mundial del sistema financiero? 

–El Papa está muy bien. ¿Para qué tenemos una economía? ¿Para destruir y concentrar? No. Porque estamos destruyendo a millones de personas. En EE UU la crisis financiera destruyó a 30 millones de personas por lo menos que son invisibles, desaparecen…

–Entre los factores que determinan las expulsiones en su último libro usted señala fenómenos que se dan en nuestro país, como el desplazamiento de la frontera agrícola o la mega-minería. ¿Cómo operan sobre la población?

–Eso es catastrófico. Porque los pequeños agricultores saben cómo proteger la tierra como elemento básico: el riego, la rotación, etc. Aquí entran con todos los químicos y la van matando. El último capítulo de mi libro se llama "Tierras muertas, aguas muertas", porque creo que el lenguaje del cambio climático es demasiado bello y debemos llamar a las cosas de una manera más dura. Estas modificaciones van desplazando a mucha gente y son movimientos invisibles. Con el fracking, por ejemplo, usan mucha agua y los que allí vivían quedan en tierras envenenadas… Son tantas historias trágicas.

–La falta de tierra para cultivar y vivir también generó movimientos importantes como en Brasil el Movimiento Sin Tierra. ¿Cómo evalúa su efectividad en el reclamo?

–Un experto de Brasil me dijo que el MST ha logrado recuperar mucha tierra. En mi libro Territorio, autoridad y derechos, que creo que es mi mejor libro, hago la pregunta de si los sin poder logran hacer historia. Y yo encuentro que sí. No siempre, pero bajo ciertas circunstancias lo hacen. Una característica es una temporalidad larga. Porque si uno piensa la lucha por los derechos de los negros, los indígenas o las mujeres, y se para en distintos momentos de su lucha, uno podría haber dicho que no se estaba yendo hacia ningún lugar. Pero en vez de eso se generó una trayectoria y se va construyendo sobre hechos pasados. Con el MST se fue logrando, por ejemplo.

–¿Un ejemplo de movimiento que contradiga el sistema de la expulsión?

–Estoy involucrada en un proyecto amplio que se da en localidades modestas (barrios, vecindarios) y que consiste en relocalizar lo que uno pueda relocalizar de la economía actual. El ejemplo más claro es el de la agricultura urbana o los jardines colectivos. Es muy modesto pero son pasos en una trayectoria de aprender a trabajar juntos, de compartir, distribuir responsabilidades. Yo le digo a mis estudiantes que si necesitan una mesa no vayan al Ikea de la esquina (una tienda sueca muy popular en Europa y EE UU que vende muebles desarmados y fabricados en masa), sino que vayan a buscarla diez cuadras más lejos. Porque hay que recuperar el conocimiento. Si la abuela hace un buen café, ¿por qué ir a Starbucks? ¡Fuera las franquicias, todas! Porque el consumo nuestro viaja a la casa central y no es una buena idea para una localidad. La pequeña banca también está buena porque permite recircular la capacidad de pagar un interés para un préstamo dentro del vecindario. También está el dinero local, que es una moneda distinta que evita que estés usando tarjetas de crédito, porque son mecanismos que extraen parte de la ganancia. Hay que generar un sistema que requiere un poco de confianza de la comunidad y que te hace conocer un poco más de ella. Esos son elementos que van acumulando en una trayectoria y quién sabe lo que viene después. Yo no lo puedo predecir.

–¿Entonces su apuesta es más por la micropolítica?

–Hay que hacer las dos cosas. También tenemos que cambiar este sistema financiero. Pero me interesa saber, entender y escribir cómo movilizar a las masas de gente y la localidad es una condición manejable. Y hoy en las comunidades hay tanto odio, porque son vidas tan difíciles que la transversalidad se complica. Entonces, ¿cómo empezar a generar proyectos que puedan movilizar a la gente? Con iniciativas de gobiernos locales. Para mí, hay mucho potencial y en las grandes ciudades de EE UU se empieza a ver eso bastante. Lo mismo que las presentaciones artísticas, porque ya no todos hacen conciertos en estadios, sino pequeñas performances en lugares chicos. Esas son buenas cosas, pero son pasos en la trayectoria.

–¿Podría mencionar algún ejemplo donde esté funcionando esa combinación?     

–Los políticos independientes de EE UU Bernie Sanders y Elizabeth Warren están logrando generar un debate amplio en su candidatura presidencial sin un solo anuncio en TV y movilizando un público enorme. ¿Cómo lo hicieron? Miles y miles de pequeñas comunidades organizaron eventos para ellos. Pero hablamos de probablemente un millón. Esos son pasos, no es la solución. Pero nosotros tenemos los números.

–Tras el resultado de las últimas elecciones presidenciales en Argentina se volvió a hablar de la importancia de tocar timbres y hablar con los vecinos en lugar de confiar en los aparatos políticos para ganar los comicios. ¿Lo consideraría parte de ese fenómeno?

–Siempre hay algún cínico o una persona demasiado inteligente que menosprecia esto. Pero seguro que si se intenta se habrá hecho un pasito y a la próxima convocatoria por ahí aquel reticente se suma. Y no somos nosotros los que lo hacemos al escribir o contar lo que vemos, sino que son ellos. Y yo creo que cada ser humano tiene una disposición a involucrarse.

"En Argentina se han creado expectativas respecto del Estado"

A pesar de que su nombre y sus pergaminos den indicios distintos, Saskia Sassen habla castellano como cualquier porteña. Sucede que nació en Holanda pero entre los dos y los 16 años vivió en la Argentina con sus padres. Desde entonces, estuvo casi 40 años sin volver al país y, cuando lo hizo, ya fue con su carrera académica desarrollada en el exterior. A partir de ello Tiempo le preguntó cómo había evaluado esta última década regional en la que, a diferencia de los procesos expulsivos que ella estudia en el libro, muchos países latinoamericanos hicieron avances en términos de inclusión social. Entre ellos, quizás uno de los más resonantes fue el de Brasil, donde casi 40 millones de personas se incorporaron a las clases medias.

–Creo que el programa de Bolsa Familia (un plan de transferencia de renta creado en 2003 en Brasil similar a la Asignación Universal por Hijo) fue una gran intervención de Lula. Ahí no existía la regla, pero la creó. Claro que eso tiene que entenderse en un contexto más amplio. Lula trabajó duro antes de ser presidente. Les dio documentos a todas las personas que estaban en las favelas, generó un espacio operacional, de imaginario posible, y ahí yo creo que fue muy bueno y excepcional. Hugo Chávez era así y Evo Morales también. Generaron espacios. Yo creo que Néstor Kirchner también tomó decisiones en ese sentido cuando llegó del sur. No se afianzó con la clase política que estaba y decidió renovar la Corte Suprema, entre otras decisiones muy impresionantes. El peronismo ha tratado siempre de generar un espacio de los trabajadores, los desaventajados, pero en tantas décadas podrían haber hecho más… Igual se han hecho cosas y se ve que aquí se han generado ciertas expectativas sobre el Estado que si Macri gana va a tener que confrontarlas y aceptarlas. Se me ocurre que él también pasó por un proceso de educación y aprendió que ciertas cosas hay que hacerlas.

-¿Eso ya puede considerarse terreno ganado a la lógica de la expulsión?

–Absolutamente. Es algo positivo no importa cuál sea el partido. Esto va más allá de la retórica. Es que cada uno se piense de una manera distinta.