El ascenso y fortalecimiento del Estado Islámico puede comprenderse desde la violenta convergencia entre las consecuencias de invasión de Estados Unidos a Irak, iniciada en 2003, y la guerra civil en Siria, que despuntó en 2011. También puede comprenderse desde los principios que rigen al yihadismo, esa versión del Islam ultraviolenta, ultrapuritana y manipulable a discreción, que ciertamente precede a la invasión a Irak, a los atentados del 11 de septiembre e incluso a la invasión soviética de Afganistán. El ascenso y fortalecimiento del Estado Islámico también puede explicarse desde el dinero que empezó a fluir a las arcas de cualquier agrupaciónarmada que estuviese dispuesta a derrocar al presidente sirio Bashar Al-Assad, y que debe rastrearse en donantes de Arabia Saudita y algunos Estados del Golfo, países que son –vale decirlo– aliados de Occidente. También, desde luego, puede explicarse por la propia voluntad de Assad de liberar a presos yihadistas para fragmentar y contaminar a la oposición que amenazaba con derrocar su mandato de hierro.

A la voluntad del Estado Islámico de conquistar territorios puede explicársela tanto en términos proféticos como estratégicos: a su visión apocalípticade la batalla final, en la que anticristianos, judíos y cruzados globales se empeñarán en destruir el Islam, la combinan con un autoproclamado estado cuidadosamente administrado, pues creen que nada les dará mayor legitimidad ante los ojos de la comunidad musulmana global a la que pretenden doblegar.

A las sádicas matanzas transmitidas por todos los canales digitales a su disposición, puede explicárselas desde la simple razón de que la violencia funciona, y de que seduce a cientos de militantes que no tienen posición política ni fervor religioso alguno, sino una atracción personal hacia la violencia desenfrenada.

A los atentados que desangraron a París el 13 de noviembre pasado, puede explicárselos como una represalia por los bombardeos que ya había iniciado Francia sobre objetivos de ISIS en septiembre, como parte de la coalición que formó Barack Obama en agosto de 2014 para "degradar y derrotar" a la organización. También puede explicárselos como un signo de fortaleza –el Estado Islámico ya es capaz de coordinar ataques altamente letales fuera de sus territorios–, o bien como un signo de debilidad –el Estado islámico atentó fuera de sus territorios porque ha perdido en los últimos meses más de un 20% de su suelo ocupado, y sólo con un golpe espectacular convencerá al mundo de su fortaleza.

Y en parte lo ha conseguido. François Hollande afirmó, como hace años lo hizo George W. Bush, que su país está en guerra. A esta visión plenamente militarista cuesta comprenderla, pues la aventura bélica para derrotar al terror no ha hecho más que avivarlo. En efecto y en pocas palabras, al ascenso del Estado Islámico se lo puede explicar como el fracaso de la "guerra contra el terrorismo".