Mauricio Macri tiene razón. Nunca planteó en el marco de la campaña la inexistencia del Estado durante su gestión. Y hoy, a la luz de los hechos, esa sensación quedó aún más clara. Esta semana, su designado jefe de Gabinete, Marcos Peña, dio a conocer la nómina de futuros conductores de casi todas las carteras. Según consignó Tiempo Argentino, con el correr de los días, se confirmaron además cargos en empresas estatales. Con los apellidos publicados quedó al descubierto una visión del Estado diferente, lejana al no-Estado, y claramente enfocada a un ejercicio del poder con preponderancia de ideas y modos propios de los sectores corporativos.

El flamante presidente de la Nación busca, sin eufemismos, un esquema de eficiencia, de pragmatismo, luego de años en los cuales –con errores y aciertos para todos los gustos– la política fue el eje que condicionaba a todas las decisiones. En las filas del PRO, donde el aval de las urnas liberó personalidades y deseos ocultos, se comparan con los modelos del Chile de Sebastián Piñera o la Colombia de Juan Manuel Santos, ambos Ejecutivos moderados, alejados de la confrontación y el debate que es, en realidad, el corazón de la vida política. Sobre todo al otro lado de la frontera, también hubo fuerte preponderancia de los sectores empresarios en la composición del Gabinete. Hoy, en las salas de cine chilenas se proyecta el documental Chicago Boys, que cuenta cómo Estados Unidos entrenó estudiantes de ese país en las ideas de liberalidad económica de Milton Friedman. Esos cuadros volvieron a Chile a mediados de los ’70, tras el golpe de Estado de Pinochet, para ocupar cargos en el Ejecutivo.

Más allá de que se presuma inocencia, la conformación del Gabinete es una devolución de gentilezas a buena parte del poder económico que pugnó para que Macri llegue al sillón de Rivadavia.

En Argentina, lo de Macri asoma como diferente de otros intentos liberales. El esquema de Cambiemos es más literal, aunque las designaciones, aún sin ejercicio en el cargo, no son malas a priori. Pero sí dan una idea del objetivo que se pretende alcanzar. Lo más reciente es la designación de Martín Etchegoyen, hombre de la Unión Industrial Argentina (UIA), que ocupará la Secretaría de Industria. Llegó al puesto por pedido expreso de Francisco “Pancho” Cabrera, actual titular de la Producción –ex HSBC, diario La Nación y armador del esquema de exenciones impositivas a empresas en el Polo Tecnológico de Parque Patricios– y viejo conocido de uno de los hombres más activos de la UIA. Entre sus íntimos describen a Etchegoyen como un “industrialista”, y adelantaron que no será el único de la entidad que irá a ocupar cargos en Industria.

El otro confirmado es Eduardo Bianco, coordinador de Departamentos de la UIA. Este lunes se definirá además qué otros cuadros de ese segmento colaborarán con Etchegoyen. Así, la central fabril que conduce Adrián Kaufmann Brea logró colar en el armado un soldado propio. Es que la intención era que Jorge Lawson, ex abogado de Arcor, fuese a la cartera de Trabajo, pero presiones sindicales inclinaron la balanza hacia Jorge Triaca. En la UIA también apostaban a los radicales, sobre todo Techint, que supo apadrinar las candidaturas de Ernesto Sanz. La compañía de Paolo Rocca también jugó fuerte inicialmente con Macri, pero luego, el escenario dividido lo obligó a poner otro hombre fuerte sobre la posibilidad ya trunca de una presidencia de Daniel Scioli. El elegido entonces para tejer vínculos con el FPV fue el CEO de Ternium, Daniel Novegil.

De CEO a funcionario

Nacida en San Pablo, Brasil, hija de padres argentinos, Isela Costantini es la mujer al frente de la automotriz General Motors. Si bien hay dudas sobre si aceptará o no, desde el 11 de diciembre la ex presidenta de la Asociación de Fabricantes de Autos (Adefa) podría estar al frente de Aerolíneas Argentinas. Poco habituada a las negociaciones políticas, hizo un curso acelerado en las mesas de debate por la importación de autopartes y el precio de los vehículos, en las que se limó con el ministro de Economía, Axel Kicillof, y el secretario de Comercio, Augusto Costa. Antes de eso, con sólo tres días en su cargo en la automotriz, al primer funcionario del kirchnerismo que conoció fue a Guillermo Moreno. Más allá de las incógnitas sobre una eventual gestión, en una entrevista en mayo de este año con la revista Apertura, contó que ni bien llegó a GM reformó todo el plan de negocios de la compañía y los turnos de trabajo en las plantas.

Lo de Juan José Aranguren apareció casi por decantación. El ex CEO de Shell dejó la empresa hace algo más de seis meses y, luego de coquetear con el macrismo, empezó a trabajar con los equipos técnicos de Cambiemos. Los últimos 12 años los ocupó al frente del directorio de la anglo-holandesa, y ahora será el ministro de Energía de Macri. Célebre por sus cruces con Moreno, que lo llevaron a ser reconocido, su gestión se basó en el control de los números y en la actualización constante del precio de los combustibles, siendo Shell una firma que sólo trabaja en el downstream. Ya mantuvo reuniones con las empresas distribuidoras de energía eléctrica de Capital y el GBA para analizar la situación del sistema durante la temporada veraniega.

En Energía, Aranguren hereda muchos problemas, sobre todo en distribución, y tiene muchas otras cosas a favor. Una YPF en condiciones óptimas para seguir creciendo. Justamente, y si bien la decisión final no pasará por sus manos, la permanencia o no de Miguel Galuccio al frente de la petrolera mixta condicionará su gestión en Energía. El macrismo se debate entre conservarlo por su enorme expertise y reconocimiento global, o ponerle encima un cuadro político. Lo cierto es que aquí el desafío es relavante: hay que revertir un déficit energético enorme, que excede a YPF, y reducir el uso de divisas para el pago de importaciones de energía. Un saldo millonario que ha cambiado muy paulatinamente.

El posible contrapeso político

Más allá de que se presuma inocencia, la conformación del Gabinete es una devolución de gentilezas a buena parte del poder económico que pugnó para que Macri llegue al sillón de Rivadavia. Pero en el armado también hay desniveles que podrían generar un contrapeso entre los empresarios y los cuadros de raíz política. En el entorno de Marcos Peña aseguran que casi todas las decisiones pasarán por allí. Es que la Jefatura de Gabinete fue pensada como el foco de poder real de Cambiemos, ante la figura de un presidente moderado.

Detrás de Peña, en la vicejefatura, hay dos hombres con perfil corporativo. Gustavo Lopetegui, de la aerolínea de capitales chilenos LAN; y Mario Quintana, el poderoso líder el fondo Pegasus, que entre otras firmas contiene a la cadena Farmacity, Freddo y el Tortugas Open Mall. “Estoy convencido de las bondades de tener salarios reales altos en términos de la sociedad inclusiva que eso genera”, dijo en 2014 en una entrevista con El Cronista. Lopetegui, por su parte, será una especie de mánager económico. Saltó a la esfera pública como el creador de la cadena de supermercados barriales EKI (luego comprada por Carrefour), también dirigió Milkaut y varias empresas del sector lácteo. En la esfera política, acompañó a Felipe Solá en la provincia de Buenos Aires, primero como ministro de la Producción y luego la frente del Bapro. En las filas PRO cuentan que trabajó con obsesión en el Plan Belgrano, el fondo de las provincias del Norte que manejará el radical tucumano José Cano.

El otro polo de contrapeso es el Ministerio del Interior, que conducirá Rogelio Frigerio. Citado como “el desarrollista”, más por la herencia familiar que por gestión propia, fue presidente del Banco Ciudad. Y es innegable su condición para diagnosticar los números y condiciones de las provincias del Interior. Supo dirigir hasta 2011 la consultora Economía & Regiones, especializada en este diagnóstico. En la esfera pública, con muy baja edad, fue un año secretario de Programación Económica de Roque Fernández en 1998; antes, en 1996, el menemismo lo puso al frente de la Subsecretaría de Programación Regional.

Frigerio impone la visión federal dentro del Gabinete, sobre todo marcándole la cancha a los encargados de conducir el Ministerio de Economía. Renombrado por Cambiemos como “Hacienda y Finanzas”, lo comandará Alfonso Prat-Gay. El ex JP Morgan fue presidente del Banco Central entre los años 2002 y 2004, en la gestiones de Eduardo Duhalde y Néstor Kirchner. En el sector bancario confían en su pragmatismo, pero ven difícil que pueda despegarse de los negocios privados que siempre llevó a la par, incluso siendo titular del BCRA en el kirchnerismo. Es actualmente el albacea de la fortuna de la familia Fortabat y de otros importantes capitales privados. Junto a los que lo secundarán, se arma un pack de banqueros privados para conducir los designios económicos del país. Su vice más cercano será Pedro Lacoste, quien ya fuera su aliado en el BCRA y socio en la consultora Tilton Capital, con la que asesoraba empresas. Y el otro nombre en danza es el de Luis Caputo, un ex JP Morgan y Deutsche Bank que actualmente conduce una sociedad llamada Axis y un fondo denominado Noctua Partners. Lo llamativo, esa sociedad tiene el mismo domicilio que Tilton Capital.

Los banqueros del Estado

Para el Banco Central, Cambiemos pensó en Federico Sturzenegger. Antes, Macri deberá concretar su plan de remover de ese cargo a Alejandro Vanoli. Hasta 2013, cuando asumió una banca de diputado, Sturzenegger estuvo al frente del Banco Ciudad, donde sacó chapa de funcionario exitoso, por la rentabilidad que alcanzó la entidad porteña. Un año antes, había sido procesado por su participación en el llamado “megacanje”, una situación que tuvo su desenlace en 2014, cuando resultó sobreseído por un fallo de Cámara. Entre el equipo económico macrista, Sturzenegger es el que menos predicamento tiene en las filas del establishment, incluso entre las asociaciones bancarias.

Al Banco Nación llegará la más polémica de las espadas económicas del PRO: Carlos Melconian, director de MyS Consultores, ex funcionario del Banco Central en los ’80 -fue parte de las negociaciones por la deuda externa- y miembro de los equipos de Carlos Menem en las campaña presidencial de 2003, cuando el riojano lo impulsó como su eventual ministro de Economía. Con un claro perfil liberal, desde el 10 de diciembre Melconian manejará un Banco Nación que con el kirchnerismo funcionó como una herramienta de intervención en el mercado para apoyar con créditos el desarrollo de pymes y economías regionales.