Hay que reconocerle inteligencia y perspicacia a Joaquín Morales Sola, el columnista estrella de La Nación. Porque en su columna editorial del domingo pasado puso los puntos sobre las íes en lo que realmente se juega en la Argentina de estos días, más allá de cuestiones "menores" como la eliminación de las retenciones y del "cepo" cambiario, y le dice al presidente Mauricio Macri, directamente, que "no tiene derecho al error, como etapa histórica". ¿Por qué? Pues porque un "eventual fracaso significaría el regreso del populismo por un tiempo previsiblemente largo". Y agrega a renglón seguido que "una gestión exitosa de Macri podría modificar sustancialmente la vetusta política argentina, sus viejos códigos y sus anquilosadas estructuras. Podría dejar atrás a la dirigencia política que debió irse con la gran crisis de 2001 y que, por el contrario, encontró un refugio oportuno en el kirchnerismo".

Mucho de cierto hay en lo que escribió Morales Solá, aunque uno difiera en cuanto al tono y a la intención con que lo presenta. La crisis del 2001 efectivamente puso a la dirigencia política en un trance de vida o muerte Y la intervención de Morales Solá en ese momento histórico también fue decisiva. Como se recuerda, fue una columna suya la que desnudó la escandalosa compra de votos para aprobar una ley de flexibilidad laboral que cercenó derechos de los trabajadores como ni siquiera la dictadura se había atrevido.
La vergonzosa ley Banelco, una maniobra de la que participaron representantes del peronismo y del radicalismo, que entonces conformaba la Alianza junto con sectores de centroizquierda, llevó primero a la renuncia del vicepresidente Carlos Chacho Álvarez y luego a la caída estrepitosa del presidente Fernando de la Rúa.

Si algo bueno puede haber tenido el paso de Carlos Menem por el gobierno fue sin dudas el haber derrotado al partido militar, que desde el golpe contra Juan Domingo Perón en 1955 co-gobernó la Argentina para imponer los intereses conservadores sobre el resto de la sociedad.

El 2001, en otros tiempos, hubiese culminado con un golpe militar. La dirigencia del momento, en cambio, más allá de la grotesca seguidilla de cinco presidentes en una semana -parece mentira pero ahora se cumplen exactamente 14 años- encontró una salida bastante civilizada con el mandato provisorio de Eduardo Duhalde. Tras los asesinatos de Maximiliano Kosteki y Darío Santillán, Duhalde tuvo que llamar a elecciones y así fue que un mayoritariamente desconocido Néstor Kirchner logró colarse entre los candidatos.

Como también se recuerda, el ganador del comicio de 2003 fue Menem, con el 24,45% de los votos sobre el gobernador de Santa Cruz, que obtuvo el 22,24. Kirchner fue ungido presidente porque Menem desertó del balotaje. Sabía que lo iba a perder pero sobre todo lo convencieron de que así dejaría un mandatario políticamente muy débil.

Desde allí Kirchner fue construyendo el poder que luego Cristina Fernández acrecentó al punto de irse con una plaza llena de manifestantes que la vivaron como no se tienen antecedentes de un presidente argentino. Baste solo mencionar que los dos grandes líderes del siglo XX, Hipólito Yrigoyen y Perón, fueron expulsados con sendos golpes de estado y luego la historia se encargó de ponerlos en su lugar y de honrarlos como se debía. Perón se dio el gusto de volver, Yrigoyen murió en la más absoluta pobreza. Raúl Alfonsín, otro líder de fuste, aunque de otro nivel, pudo reconciliarse también con la historia cuando los polvos del presente se decantaron.

El discurso con que Macri ganó el primer balotaje en la historia argentina fue el de la unión y la reconciliación. ¿Por qué? Pues porque en estos años si algo ganó la sociedad fue el debate político. Y la discusión política es apasionada, visceral. No es que ahora hay una brecha que antes no la había: es que ahora se discute en cada familia, en cada rincón del país, y eso genera controversias que para un sector importante de la clase media resultan intolerables. Antes las diferencias quedaban sumergidas bajo un manto de corrección -o pacatería- política.

Entre las cosas que no le perdonan a CFK, tal vez una de las más relevantes, es la de haber desnudado la hipocresía o la vaciedad de ciertas costumbres argentinas. No todos quieren debatir, no todos se bancan argumentar o razonar políticamente. Para no confesarse sus propias miserias, por conveniencia, por comodidad, incluso por ignorancia. El discurso de Macri molesta a las capas más politizadas de la ciudadanía, pero es ideal para cauterizar esa brecha en la que "ellos" se sienten en desventaja.

Una brecha que representa un paso que no quieren dar porque implica reconocer la existencia de privilegios, y que ellos disfrutan de esos privilegios. ¿Eso significa que el gobierno de CFK iba camino a la revolución socialista? Desde luego que no, pero todos los golpes en Latinoamérica fueron contra gobiernos progresistas, que abrieron debates similares de cara a la sociedad. Al único gobierno efectivamente revolucionario, el de Cuba, no pudieron derrocarlo. Sin embargo, ¿por qué será que la derecha necesita acallar los debates? "Por las dudas" suena a buena respuesta. Porque "así se empieza" también.

Mientras tanto, se comprueba fácticamente que hay un porcentaje de la sociedad argentina que se siente más cómodo cuando nada se cuestiona, cuando los medios aceptan y avalan a las autoridades a cargo. Como decía el diseñador de modas Roberto Piazza, "Mirtha Legrand es una suegra mala", porque siempre critica maliciosamente. Macri es la respuesta confortable, el novio aceptable porque tiene plata y todos hablan bien de él, salvo, claro, "los muchachos de la esquina", lo peor del barrio, que ya sabemos en qué andan.

Macri es el que hará callar a los morochos que todo lo discuten desde una mirada populista. Por las buenas o por las malas. De allí la advertencia de Morales Solá. ¿Si fracasa Macri, qué viene? ¿Más populismo, la vía argentina al socialismo, o volverá la política? Por eso también Macri es la solución adecuada para el establishment. Porque dejó afuera a la dirigencia política, se rodea de managers, ejecutivos de empresa, les tira unas migajas a los radicales -¿por qué se bajó Ernesto Sanz?- y con eso conforma una alianza conservadora que es igual a la que gobernó a través de cuanta dictadura hubo, pero elegida por el 51,4% de la ciudadanía.

¿Ignoraban los que votaron a Macri quién es el nuevo presidente? Es cierto que muchos votaron contra la "autoritaria, la dictadora, la yegua". Pero muchos, muchísimos lo votaron porque justamente representa eso de que con los militares estaban mejor. Tiene razón Marcos Aguinis, "cuando Videla asumió, parte de la población respiró". Y esa parte de la sociedad eligió un gobierno que les promete no revolver las culpas por haber apoyado ese golpe genocida. Borrón y cuenta nueva con el pasado.

En un par de días, Macri ya demostró que las instituciones y el republicanismo le importan poco. Con un decreto eliminó en la práctica la ley de educación de 2006. Dijo que había sido un error, pero mientras no se modifique ese decreto eliminó una ley democrática. Lo mismo quieren hacer con la ley de Medios, la más debatida de la historia argentina. Desde que un bando militar anuló la Constitución de 1949, votada por la democracia en el primer gobierno de Perón, que no se burlaba tanto la voluntad popular.

La última -por ahora- fue designar por decreto a dos nuevos jueces de la Corte. Si Cristina era dictadora y autoritaria ¿Cómo se puede calificar a esta medida, de mayor gravedad que cualquiera intentada por la ex presidenta? ¿Dónde están los republicanos que no hacen una marcha en defensa de la separación de poderes? ¿Qué va a decir el presidente de la Corte, que tanto se llenó la boca hablando de independencia del poder judicial? ¿Qué van a decir de quienes se oponen a estos atropellos? ¿Que son todos kirchneristas, que se quedaron en 2015, como en los 90 se acusaba a quienes defendían al rol de Estado y la defensa de los puestos de trabajo de haberse quedado en el 45?

Y esto recién empieza.