Recientemente el ministro de Economía y Finanzas Alfonso Prat Gay planteó una visión del mercado de trabajo según la cual mayores salarios y mayor empleo no pueden ir de la mano. Su frase, dirigida a los sindicatos, fue literalmente: "Cada gremio sabrá hasta qué punto puede arriesgar salarios a cambio de empleos". Detrás de dicha aseveración subyace una postura hacia el mercado de trabajo en la que los salarios son más un costo que un componente de la demanda (y por ende de la actividad). De modo tal que si los salarios son un costo entonces afectan directamente la rentabilidad empresaria y por ello ante salarios altos los empresarios recompondrían rentabilidad por medio de un aumento de la productividad que implique expulsión de empleo. Para que ello no ocurra, sugiere Prat Gay, es mejor que los sindicatos acepten caídas del salario real.

En nuestra opinión esta visión del mercado de trabajo es incompleta. Los salarios son un costo y afectan la rentabilidad empresaria, es cierto. Pero también son un componente de la demanda y también inciden (positivamente) en la materialización de tal rentabilidad empresaria, en particular de la de aquellas firmas que dirigen su producción al mercado interno (la inmensa mayoría).

Si baja el salario real, la demanda interna se deprime, y los empresarios "mercado internistas" no tienen a quién vender. De este modo, terminan perdiendo, ya que la rentabilidad empresaria sólo se materializa en las ventas. Si las empresas pierden, entonces cierran o achican su plantilla de personal y/o desinvierten (y viceversa). Por ello, no es casual que haya tan alta correlación entre la variación del salario real y la variación del empleo privado de calidad (registrado) en la Argentina reciente.

En efecto, los dos gráficos que ilustran esta nota muestran tal correlación. En Gráfico 1 podemos ver la dinámica del empleo registrado del sector privado (datos de Ministerio de Trabajo) y los salarios reales (datos de INDEC, Ministerio de Trabajo e institutos de estadística provinciales) de dichos empleados entre 1996 y 2015. Es muy llamativo cómo ambas líneas tienden a ir bastante juntas, de modo que a mayores salarios, mayor empleo y viceversa. Entre 1998 y 2002, el empleo privado registrado cayó un 14% (de 4,1 millones a 3,5 millones); el salario real lo hizo en una magnitud casi idéntica (13%). En la fase más dinámica de la pos-convertibilidad (2002-2008), el empleo privado registrado se incrementó un 68% (de 3,5 millones a 5,9 millones) y el salario real lo hizo en un 33%. Comparado contra el pico de la Convertibilidad (1998), los guarismos fueron en 2008 45% y 16% más altos, respectivamente. Desde entonces, ambas variables entraron en un sendero más sinuoso y menos dinámico, pero no por ello ascendente: entre 2008 y 2015, el empleo privado registrado se incrementó un 10% (de 5,9 millones a 6,5 millones) y el salario real un 19%. De tal manera, si comparamos contra 1998, las cifras son hoy 59% y 37% más elevadas, respectivamente. Dentro de una tendencia claramente positiva, los doce años kirchneristas tuvieron algunos años agrios como 2014. Luego, en 2009 hubo destrucción de empleo registrado pero con aumento leve del salario real, en tanto que en 2007 se dio una fuerte expansión del empleo con una moderada caída del salario real.

Los datos que aquí presentamos refieren sólo al universo de los trabajadores registrados del sector privado. Si incorporásemos los no registrados habría algunos matices interesantes, pero la tendencia general sería similar.

El Gráfico 2 muestra la variación interanual de ambas variables (salario real de los privados registrados y puestos de trabajo del sector privado registrado). Nótese la fuerte correlación entre ambas variables, la cual se expresa en lo que en estadística se conoce como “recta de regresión” (que es la recta roja con pendiente ascendente).

En conclusión: es un error creer que la rentabilidad empresaria (y por ende la inversión y el empleo) sólo es función de costos salariales bajos. Los salarios no sólo son un costo, sino que a la vez son un componente absolutamente crucial de la demanda. Y sin demanda, la “alegría” empresaria por la licuación del costo laboral se torna efímera ya que no tienen a quién vender. Un último punto: para una empresa que vive del mercado externo, los salarios domésticos sí son mayormente un costo, ya que la fuente de la demanda es externa. Pero en Argentina apenas el 15% de lo que se produce va a mercados externos.

* Becario doctoral (UNSAM-CONICET), miembro de Sociedad Internacional para el Desarrollo, Capítulo Buenos Aires

Prat Gay

La visión del mercado de trabajo que expresa Prat Gay es incompleta ya que los salarios si bien son un costo y afectan la rentabilidad empresaria, también son un componente de la demanda con incidencia positiva en la materialización de esa rentabilidad, en particular de la de aquellas firmas que dirigen su producción al mercado interno y que son la inmensa mayoría. Si baja el salario real, la demanda interna se deprime, y los empresarios "mercado internistas" no tienen a quién vender.