Noela Rukundo había muerto. Su funeral se había organizado, llevado acabo y había terminado. Cuando solamente el viudo de la oriunda de Burundi permanecía junto al ataúd, Noela se apersonó frente a él y le dio el susto de su vida. Lejos de ser una historia feliz, se trata de un crimen que salió mal. 

El hombre, llamado Kalala, había ordenado matarla. Para ello, había contratado a un grupo de sicarios para que la asesinaran durante un viaje que ambos hicieron a Burundi para asistir al funeral de su madrastra. Allí, el marido le aconsejó que saliera a tomar aire. Cuando lo hizo, Rukundo se encontró con un hombre que le apuntó con un arma y le ordenó que se callara o la mataría, consignó el diario Washington Post, haciéndose eco de una entrevista que la mujer dio a la cadena BBC. 

"Si empezás a gritar, te mato. Me van a atrapar, pero vos vas a estar muerta", le dijo el sicario. Le bendaron los ojos y la metieron en una camioneta para, luego de 30 a 40 minutos de viaje, la ataron a una silla dentro de un edificio. 

Allí, los criminales le preguntaron por qué su marido querría matarla, ante lo cual ella no supo qué responder y los acusó de mentirosos. Para despejar toda duda, uno de los matones sacó un celular, hizo un llamado que puso en altavoz y dejó que el propio Kalala diera la orden: "Mátenla"

Kalala y Noela se conocieron en Australia, justo después de llegar de Burundi. Él era un refugiado de la República Democrática del Congo. La trabajadora social que los asistía hizo de cupido al utilizar a Noela, que sabía inglés, para que tradujera ante el hombre. Allí se enamoraron y se mudaron juntos a Melbourne. 

¿Por qué no la mataron? Los hombres le explicaron a Noela que ellos no creían en matar mujeres y que, además, conocían a su hermano. En consencuencia, la liberaron, le dejaron un celular, grabaciones de las conversaciones con su marido en las que pedía que la maten y recibos de la transferencia de 7 mil dólares australianos pagados para el trabajo. 

Si bien la historia parece tener un final relativamente feliz, Noela recibe amenazas periódicamente desde el Congo por haber entregado a su marido a la Justicia, quien además confesó lo que hizo en una conversación telefónica que fue grabada.