Las políticas económicas que derivaron en el frutazo
Las políticas económicas que derivaron en el frutazo

El día 23 de agosto los productores de Río Negro y Neuquén regalaban 10.000 kilos de manzanas y peras en la histórica Plaza de Mayo, con el fin de hacer visible la crisis del sector. Una multitud de personas hizo largas colas para recibir dos o tres frutas. La imagen no podía ser más elocuente. Confluían en un mismo espacio los productores que demandaban ser atendidos por el gobierno nacional –para plantearle las dificultades que tenían para continuar su producción– y aquellos que, debido a la crisis económica, habían sido violentamente condenados al infraconsumo.

El testimonio de un jubilado que se quebraba llorando frente a las cámaras de la televisión diciendo “hace seis meses que no pruebo una fruta” sin duda nos estremecía. Pero no nos hacía olvidar que atrás de cada fruta entregada, había también familias que toda su vida se habían dedicado a producir y que ahora –merced a la aplicación de un modelo neoliberal– veían en serio riesgo la continuidad de su actividad económica o mejor dicho, su medio de vida.

Muy lejos estamos de afirmar que sus dificultades comenzaron el 10 de diciembre de 2015. Sin duda, ciertas políticas macroeconómicas implementadas por el gobierno de Cristina Kirchner afectaron sus márgenes de rentabilidad. Nos referimos en particular a las retenciones aplicadas a las exportaciones (derechos de exportación) y a la política cambiaria que fijaba un valor dólar sensiblemente retrasado. En compensación, la compra de insumos importados –imprescindibles para la producción– se realizaba también al precio de un dólar muy rezagado, los servicios estaban fuertemente subsidiados y el gasoil tenía (al menos en cierto período) un precio diferenciado.

Por otra parte, distintos organismos del Estado brindaban importantes apoyos a partir de la implementación de programas específicos con el fin de consolidar las formas de la producción familiar, implementar mejoras productivas, impulsar nuevas actividades tendientes a incorporar valor agregado y plantear formas asociativas de comercialización. Entes tales como el INTA, INTI y la Secretaría de Agricultura Familiar cumplieron una función destacada en el período señalado.

Los pequeños productores constituyen el eslabón más débil del circuito que va de la producción al consumo final. Es sobre ellos que se concentran los “ajustes” de la cadena de valor. Es un clásico de las innumerables notas periodísticas que reflejan la crisis del sector plantear, escandalizados, la comparación entre puntas; es decir, el precio que se le paga (sin especificar nunca quien) al productor y el precio que se le cobra (nuevamente sin brindar mayores precisiones) al consumidor. Utilizando el inespecífico término de “la intermediación” se soslaya el análisis del accionar de los formadores de precios y el rol que juega cada actor en el proceso que va de subir la producción al camión que la transporta a la remarcación en la góndola.

Bajo el eufemismo de “el mercado”, concebido como un espacio social y económicamente neutro, se intenta explicar la regresiva distribución del valor generado en la producción. Los pequeños productores no son capitalistas, pero producen mercancías y sus productos se comercializan bajo la violencia que el capital ejerce en dicho ámbito.

Su producción no se basa fundamentalmente en el trabajo asalariado (aunque esto no significa que en ocasiones incorporen mano de obra asalariada durante el período de cosecha, esquila, etc.) sino que se basa esencialmente en el trabajo familiar (los antropólogos abocados al tema plantearían que la producción se lleva a cabo en el grupo doméstico, que no son exactamente lo mismo). Su lógica es muy distinta a la desarrollada por las empresas capitalistas y su reacción ante las fluctuaciones del mercado diametralmente opuestas. La autoexplotación y la elasticidad frente a la reducción de la rentabilidad, caracteriza esta forma productiva. Una empresa capitalista puede reducir el número de empleados frente a la merma de la rentabilidad, pero una familia no puede despedir a ninguno de sus miembros por más que los precios bajen.

La crisis del sector no es un hecho aislado, ni es el efecto no deseado y transitorio de las políticas económicas implementadas a partir de diciembre de 2015. Los pequeños productores han sido impactados por un plan cuya centralidad pasa por la valorización financiera y la transferencia de recursos a los sectores agroexportadores y a las corporaciones económicas vinculadas a la megaminería.

La desatención al sector de los pequeños productores agropecuarios por parte del Estado se constata en la reducción de la Secretaría de Agricultura Familiar que la convierte en un ente de características casi virtuales. Su desarticulación va en línea con los recortes llevados a cabo en áreas sensibles del INTI e INTA.

Si las reducciones presupuestarias y el despido de personal especializado de estos organismos estatales (que, indudablemente, significan el retiro del Estado en un área tan importante como esta) implican una drástica disminución del apoyo oficial a los pequeños productores, la política macroeconómica implementada por el gobierno de Cambiemos es directamente letal. La apertura indiscriminada de las importaciones, el retraso del tipo de cambio, el aumento de los combustibles y el tarifazo implementado en los servicios, afecta no solo las condiciones de comercialización sino la estructura de costos, lo que hace tender a cero la rentabilidad de los productores.

En la sesión realizada en el Congreso Nacional el 24 de agosto una diputada increpó duramente al Jefe de Gabinete Marcos Peña Braun (familiar del Secretario de Comercio, Miguel Braun, y de Federico Braun, dueño de los supermercados “La Anónima”, lo que nos muestra que hay otro tipo de “economía familiar” alternativa, mucho más lucrativa, y con mayor acceso al poder que la que aquí tratamos). Esta legisladora por la provincia Río Negro le mostraba una manzana de origen chileno mientras le preguntaba “¿Usted sabe que gracias a su política macroeconómica tenemos más de 700 mil kilos de manzana chilena compitiendo en este momento con la producción de Río Negro?".

En efecto. la llegada al mercado local de manzanas chilenas, junto a los cerdos de Dinamarca, las naranjas de España y México, las frutillas de China y Polonia, los pollos de Brasil y las mandarinas de Uruguay, compiten con la producción de los pequeños productores y lo hacen en un mercado fuertemente deprimido por la significativa pérdida del poder de compra de los salarios, lo que constituye una “tormenta perfecta”, que no solo afecta las condiciones de vida del sector sino que ponen en serio riesgo su existencia.

*Alejandro Balazote es profesor-investigador Universidad de Buenos Aires, Universidad Nacional de Luján y

*Sebastián Valverde es profesor-investigador del CONICET- Universidad de Buenos Aires, Universidad Nacional de Luján.

*Liliana Landaburu es profesora y doctora de Antropología en la Universidad de Buenos Aires

*Mónica Aurand es profesora de la UBA

*Magalí Paz es investigadora del CONICET.