PARTE I
I / Desaparecer, esperando la condena

La boina azul, la campera bordó y los mismos zapatos que usó en cada una de las audiencias del juicio, sin importar si hiciera frío o calor, estaban en el living, preparados sobre una silla. Gustavo pensó que su papá se había quedado dormido y se metió en su habitación. Su lado de la cama estaba abierto. Fue hasta el baño. No estaba ahí. Irene recién se despertaba.
—¿Dónde está el viejo? —preguntó.
—Habrá salido a caminar —dijo Irene, entredormida.
—Pero se nos hace tarde.
—A mí no me dijo nada. Fijate afuera.
Gustavo salió a la vereda. Miró extrañado a su alrededor. Caminó hasta la carpintería de su hermano y llamó a su papá. Nadie contestó. Volvió a la casa, lo buscó otra vez en el patio, entró de nuevo al dormitorio, abrió la puerta del baño.
—¿Dónde se habrá metido? —insistió.
—Yo no lo vi.
—¡Cómo que no lo viste, mamá!
—¡Recién me despierto! —se justificó Irene—, tal vez salió a caminar.
—Qué pelotudo… vamos a llegar tarde…
—¿Y qué querés que haga? ¡Si yo no quiero que vaya a ningún lado! ¡Yo quiero que se olvide!

Fue sabueso de su propia memoria, no para buscar a los asesinos de sus compañeros, que a esos ya los conocía, sino para denunciar lo que hicieron.

***
La de Jorge Julio López es la historia de un albañil que fue secuestrado, encarcelado y torturado. En las tinieblas fue testigo de la muerte de una generación de jóvenes con los que se había comprometido a construir un mundo mejor. Sobrevivió y aprendió a vivir en silencio, a soportar la indiferencia. Fue sabueso de su propia memoria, no para buscar a los asesinos de sus compañeros, que a esos ya los conocía, sino para denunciar lo que hicieron. “Los argentinos tienen que saber”, decía. A los 77 años, cuando había encontrado justicia, después de haber dado testimonio, fue otra vez desaparecido. En la última aventura de su vida, entre la noche del domingo 17 y la madrugada del lunes 18 de septiembre de 2006, le abrió la puerta a la muerte. Se lo llevaron. Su ausencia se investiga como una “presunta desaparición forzada” y es el manual de la perfecta impunidad.

***
El domingo, habló con Nilda.
—¿Estás segura que va a estar?
—Claro, Jorge, tiene que ir.
—¿Segura? Cuando fui a declarar también me dijeron que iba a estar y al final…
—… lo que pasa es que no era obligatorio que estuviera en la sala. Ahora sí. Son los alegatos y tiene que estar presente.
—Al fin le voy a ver la cara. ¿A qué hora nos encontramos?
—Y… antes de las 9 y media, así firmamos las acreditaciones para que tu familia pueda entrar a la sala.
Cuando cortó, llamó a su sobrino Hugo. Quería confirmar que lo pasara a buscar temprano.
—¿A qué hora empieza el juicio? —preguntó Hugo.
—Como a las 10.
—¿Te paso a buscar a las 9?
—Sí. Tenemos que ir un rato antes para que nos den las acreditaciones —dijo López.
—¿Gustavo viene con nosotros?
—Viene Gustavo solo, porque Ruben tiene que ir a Buenos Aires a entregar un trabajo.

Hizo los mandados, regó las plantas y abrió la puerta a sus perritas Lupita y Violeta, para que salieran a la vereda, como siempre. Se tiró a dormir la siesta y estuvo en la carpintería de Ruben, instalada en lo que había sido el patio de su casa. Ruben cargaba la camioneta con los muebles que debía llevar a Buenos Aires para instalar en una casa de Martínez, sobre la avenida Libertador, a dos o tres cuadras del río.

Había llegado al final del juicio muy entusiasmado, pero resultaba incomprensible que hubiera decidido ir hasta la sala por las suyas.

Tomó unos mates con salvia, que le habían recomendado para la gota, y no dijo ni una palabra de lo que pasaba en su casa. Irene no estaba para nada contenta. Tampoco habló sobre el juicio. Cuando terminó su trabajo, Ruben partió cargado hacia su casa en Berisso. Tenía que trabajar. A las siete saldría rumbo a Buenos Aires. Había decidido que no acompañaría a su papá.
Gustavo, el menor, no apareció hasta la noche.

López cenó con su mujer y su hijo. Como era su costumbre desde aquella noche de 1976 en que una patota parapolicial se llevó a su marido y la dejó sola con sus dos pequeños hijos, Irene tomó una pastilla para dormir y se acostó. Gustavo se fue a su habitación. Estaba recién separado y no andaba bien, así que se encerró en su cuarto a escuchar por radio el partido que Gimnasia jugaba de visitante con Banfield en el insólito horario de las 9 de la noche por la séptima fecha del fútbol local.
López se quedó solo, levantado, mirando Fútbol de Primera por televisión. Aquel domingo Boca había empatado 0 a 0 con Godoy Cruz, pero celebraba con una vuelta olímpica la Recopa que acababa de ganarle al San Pablo, en Brasil, y le realizaba un homenaje al nuevo técnico de la Selección Nacional: Alfio Basile. Le gustaba el fútbol y era fanático de Boca. Aunque estaba nervioso por el juicio, se entretenía.

Irene dormía cuando él entró al cuarto, abrió su lado de la cama y se dio cuenta de que le sería difícil pegar un ojo. Quizá durmió un poco. Es lo último que, aún sin certezas, puede saberse sobre él.

Así relatan sus hijos la segunda desaparición de López. Gustavo se despertó a las 7.30 y pensó que su papá estaba en la cama. Vio que la casa estaba en orden y que la ropa que iba a ponerse permanecía apoyada sobre la misma silla donde la había dejado la noche anterior.

Empezó a preocuparse cuando advirtió que pasaba la hora y no se levantaba. Lo buscó en el dormitorio y recorrió la casa, dio una vuelta manzana y apenas su primo Hugo pasó a buscarlos salieron apurados hasta la Municipalidad de La Plata, donde se desarrollaba el juicio. Se les ocurrió que tal vez hubiera ido por las suyas.

***
Gustavo y Hugo se encontraron con Nilda a las nueve y cuarto. La preocupación les marcaba el rostro.
—¿Ya llegó mi papá? —preguntó Gustavo.
—No —se sorprendió Nilda—. Pensé que iba a venir con ustedes.
—Mi papá no está —advirtió.
—¿Cómo que no está?
—No aparece. Pensamos que estaba ansioso y que había venido solo.
—Dejame que me fije adentro.

Sorprendida, Nilda entró a la Municipalidad. López no estaba. Era muy temprano y todavía no había casi nadie. Faltaba más de una hora para que comenzara la audiencia.

Había llegado al final del juicio muy entusiasmado, pero resultaba incomprensible que hubiera decidido ir hasta la sala por las suyas. Faltaba menos de media hora para que empezara la audiencia y era muy puntual. Si tenía una cita, exigía que se cumpliera en tiempo y forma. Su ausencia era inexplicable.

—Lo chuparon —dijo Nilda. Era una palabra que no usaba desde la última dictadura militar.

Gustavo repasó la mañana y contó que la ropa que su papá iba a usar, la boina azul, la campera bordó y los mismos zapatos que usó en cada una de las audiencias, sin importar si hiciera frío o calor, habían quedado en el living de su casa, preparados sobre una silla.

—Lo chuparon —dijo Nilda. Era una palabra que no usaba desde la última dictadura militar.
Gustavo y Hugo pidieron un rato para hacer una búsqueda por el barrio, para hablar con los vecinos, saber si lo habían visto, pasar por el hospital, la salita médica. Intercambiaron sus números de teléfono con algunos de los abogados y prometieron llamar para avisar en el preciso momento en que tuvieran novedades.
Los primos salieron a buscar su camioneta para volver a Los Hornos. No estaba. La había dejado mal estacionada y se la habían secuestrado. Volvieron a la sala. El fotógrafo Gerardo Dell’Oro los llevó a hacer la recorrida en su auto y fue el encargado de pasar las novedades a los que estaban en la sala.

***
—¿Qué hacemos? —preguntó Verónica.
—¿Cómo vamos a seguir el juicio si chuparon a un compañero? —preguntó Adriana.
—Tal vez se sintió mal, se angustió porque sabía que iba a ver a Etchecolatz —especuló Guadalupe.
—Se lo llevaron —insistió Nilda.

Había que demorar el juicio. Y había que denunciar el hecho. Pero cuál. Con qué certeza. El último paso procesal debía comenzar a las 10 de la mañana, pero López no estaba.

Las abogadas Myriam Bregman, del Centro de Profesionales por los Derechos Humanos; Guadalupe Godoy, de la Liga Argentina por los Derechos del Hombre; Liliana Mazzea, de la Fundación Investigación y Defensa Legal Argentina; Liliana Molinari, del Comité para la Defensa de la Salud, la Ética y los Derechos Humanos; Verónica Bogliano, de HIJOS La Plata, y el abogado Fernando Molinas, de Liberpueblo, llevaban adelante una querella unificada bajo el nombre de Justicia Ya! Representaban a López, a Nilda y a la Asociación de Ex detenidos desaparecidos y habían decidido alegar todos juntos. Se trataba de un mismo alegato, dividido en seis partes. El tribunal había limitado la participación de los abogados a dos por cada querellante. Sin López, dos de ellos no iban a poder alegar. Además, como no actuaban con un poder, tampoco podrían pedir condena en su nombre.

—Hay que decir que lo secuestraron —afirmó Adriana.
—Pero no sabemos —advirtió Guadalupe.
—Si nos equivocamos, pedimos disculpas —retrucó—. Queremos que lo busquen en serio, que empapelen la ciudad.
Guadalupe y Adriana se reunieron con el tribunal y pidieron que les dieran un poco de tiempo para encontrarlo.
Los jueces, incrédulos de que una tragedia igual a la que había sufrido treinta años antes pudiera volver a ocurrirle al testigo, demoraron el inicio de la audiencia, pero solo por un rato. Simplemente no contemplaban la posibilidad de que hubiera sido secuestrado.

Guadalupe estaba decepcionada, pero también ella tenía dudas sobre lo que podría haberle pasado a López. Adriana no podía creer que todos a su alrededor se mostraran desconfiados. Para ella, no había dudas.

El horror del pasado se les venía encima, pero la mayoría trataba de encontrar una explicación distinta al suceso. No querían aceptarlo. Solo algunos pocos, a esa hora del día, sostenían que Jorge Julio López había sido secuestrado. Sin embargo, ni siquiera ellos tenían certezas sobre su destino. Tal vez lo asustaron y lo largaron, especulaban. Tal vez lo larguen después de los alegatos, sospechaban. Estarán negociando algo con el Gobierno, decían.

La sala empezaba a llenarse de gente que no sabía lo que ocurría pero entendía que no podía ser algo bueno. Se escuchaba un rumor que se hacía más nervioso con cada minuto que pasaba. Pronto, la noticia sobre la ausencia empezó a correr de boca en boca.

Había que alegar y, al mismo tiempo, salir a buscar a López. No podían descartar ninguna hipótesis. Mientras los abogados preparaban una estrategia para sentarse ante los jueces, los familiares y ex detenidos salieron a recorrer la ciudad.
La mayoría de los abogados había transitado el fin de semana en vela, preparando lo que iba a decir aquel lunes. Estaban agotados y este acontecimiento totalmente inesperado y sorprendente los dejaba con la cabeza en cualquier lado.
A las 11.30, el Tribunal Oral Federal Nº 1, presidido por Carlos Rozanski e integrado por los jueces Norberto Lorenzo y Horacio Insaurralde, estaba listo para iniciar la audiencia.

El horror del pasado se les venía encima, pero la mayoría trataba de encontrar una explicación distinta al suceso.

***
Si bien hacía tres o cuatro años que trabajaba en la instrucción de la causa, Verónica asumió un lugar en la querella cuando el juicio llegaba a su fin. Había seguido las audiencias desde el público, pero acababa de jurar como abogada hacía solo un mes y estrenaba su matrícula. Justicia Ya! consideraba que era fundamental que fuera ella, como integrante de HIJOS, con sus padres desaparecidos, la que pidiera la condena por genocidio y la perpetua a Etchecolatz.

Estaba nerviosa por la responsabilidad que le tocaba, pero además por su historia personal: el 18 de septiembre era el cumpleaños de su papá y alegar era una forma de resignificar la fecha.

Preparó su alegato durante todo el fin de semana junto a Guadalupe, quien, aunque había participado de los Juicios por la Verdad en Mar del Plata, también se enfrentaba a un tribunal por primera vez. Querían cumplir con la teoría penal y trataban de aprenderse el alegato de memoria. Tenían encima el compromiso de acusar a uno de los principales responsables por la represión por crímenes contra la humanidad cometidos durante la dictadura argentina.

Adriana, la primera ex detenida desaparecida en dar testimonio en el Juicio a las Juntas, en 1985, la primera en ponerle voz a los desaparecidos, las asesoraba por teléfono y sin contemplaciones:

—Eso es una cagada, sacá eso que pusiste.

Adriana había participado el sábado de un reconocimiento en el centro clandestino de detención al que, veintinueve años antes, en 1977, ingresó tabicada y con las manos atadas a la espalda mientras paría a Teresa en el piso del asiento trasero de un Ford Falcon. Y aquel domingo de septiembre de 2006, veintinueve años después, acompañaba a Teresa en una maternidad platense, donde acababa de tener a su primer hijo.

Adriana, Nilda y Rufino Almeida eran tres de los principales referentes de la Asociación de Ex detenidos desaparecidos de La Plata y realizaban un trabajo de recopilación de datos que pudiera describir el accionar de la dictadura militar. Eran los contenedores de López, el hombre de 77 años que buscaba su lugar en el mundo, el hombre que quería recuperar su fe en la humanidad y se había presentado en el juicio como demandante para que, al fin, se hiciera justicia.

López disfrutaba del hecho de que, después de muchos años de silencio, estuviera acompañado por muchísimos compañeros. Estaba Helen Zout, con quien había hecho un recuento particular de su vida mientras lo fotografiaba; Pastor Asuaje, el chico que fundó la Unidad Básica en la que militó en los setenta, y la familia de Patricia Dell’Orto, la joven militante a la que López vio morir asesinada en un centro clandestino de detención. También se había reencontrado con Gustavo Calotti, su jovencísimo vecino de celda en la Unidad Penitenciaria Nº 9 de La Plata en los años que pasó a disposición del Poder Ejecutivo Nacional (PEN). Pero por sobre todas las cosas, estaban sus hijos Ruben y Gustavo, quienes por primera vez lo habían escuchado dar testimonio. Y le habían creído.

***
La audiencia empezó a las 11.30, después de dos horas y media de incertidumbre. Etchecolatz, que había llegado a las 6 de la madrugada para evitar los escraches de los militantes, pidió retirarse. Vestía traje azul, camisa blanca con rayas celestes, corbata azul, y llevaba un pañuelo al tono en el bolsillo. Estaba encajado en un chaleco antibalas. A López le hubiera gustado verlo. Y se hubiera decepcionado bastante con el permiso que le dieron para retirarse.
La sala estaba colmada. Desde el estrado, Rozanski se dirigió a las partes.
—Concluida la exposición de la prueba, vamos a dar comienzo a los alegatos. Le pregunto a las querellas si tienen orden para exponer, si es que lo pueden decir, por favor —pidió.
—Sí, señor presidente —dijo Fernando Molinas—. Hay un problema con el querellante Jorge Julio López. Nos informa la familia que está muy preocupada porque desde la mañana no aparece. Se ausentó del hogar y no sabemos qué ha pasado.

Gustavo ya estaba en la comisaría Tercera de Los Hornos.

Hecha pública la desaparición del testigo, justificada la ausencia de López en la sala, el abogado pidió una excepción para que los seis integrantes de la querella unificada pudieran alegar. Las otras querellas primero, la fiscalía, la defensa de Etchecolatz y los jueces después, aceptaron el pedido.

***
La noticia llegó a las radios de La Plata al mediodía. Ruben, que estaba en Buenos Aires desde temprano, recibió una llamada de Koqui.
—Tito está desaparecido.
—No puede ser —respondió Ruben.
—Lo decía la radio y llamé a tu mamá —reveló.
—¿Qué te dijo?
—Que sí… viste como es tu mamá…
—A mí nadie me dijo nada… no me llamó nadie…
—Gustavo lo está buscando.
—¿Hablaste con él?
—No, solo con tu mamá. ¿Querés que lo llame?
—No. Ahora lo llamo yo.
Cortó y marcó el número de su hermano.
—¿Qué pasó?
—Papá no aparece. Pensamos que había ido a la Municipalidad, pero no lo encontramos.
—¿Sos pelotudo? ¿Cómo no me llamaste?
—No te quise avisar para que no te preocuparas. ¿Qué vas hacer?… si estás en Martínez o dónde estás… Nosotros ya lo empezamos a buscar por todos lados…
—¿Estás con Hugo?
—Sí, pero le secuestraron la camioneta. La dejamos mal estacionada y se la secuestraron —contó.
Ruben llamó a un amigo para que fuera a su casa y ayudara a buscar, organizó el trabajo en la casa de Martínez en la que colocaba unos muebles y salió para La Plata. Llegó a las 3 de la tarde. Sabía que su papá estaba muy ansioso por verle la cara a Etchecolatz y pensó que le había saltado la térmica, que estaba descompensado y perdido. Negaba la posibilidad del secuestro.

***
Mientras escuchaban los alegatos, los ex detenidos desaparecidos se comunicaron con el juez federal platense Arnaldo Corazza. Le explicaron la situación y le avisaron que irían a presentar un recurso de hábeas corpus. Le pidieron que al menos un funcionario judicial los esperara fuera del horario de trabajo. Era uno de los actos más dolorosos que tendrían que hacer. Lo mismo que miles de familiares tuvieron que hacer durante la dictadura. Lo mismo que sus padres y sus hermanos tuvieron que hacer por ellos.
Al mismo tiempo, iniciaron una ronda de consulta con los ex compañeros de López para que dieran su punto de vista sobre lo ocurrido.

López está desvariando en algunas cosas, dijeron. Puede ser que se haya rayado y se haya ido, especularon. Ya ha pasado con otra gente, advirtieron. Eran lo más honestos que podían. Se negaban a pensar en lo más terrible. Con el correr de las horas, incluso los más optimistas reconocieron: lo secuestraron.
La Policía emitió un comunicado en el que pidió la colaboración de la población para dar con el desaparecido. Tiene 77 años, tez blanca, y es semicalvo con cabellos cortos rubio entrecano. Mide 1,70 metros, es de contextura robusta y tiene ojos verde claro. Tiene cicatrices en el abdomen producto de varias operaciones. Al momento de su desaparición vestía un pantalón de jogging azul y un viejo suéter gris oscuro.

***
Aquella primera noche, Guadalupe, Verónica y Nilda fueron a Los Hornos. En la casa de López hablaron con la familia.
Irene volvía a vivir lo mismo que treinta años antes. “Se lo llevaron”, repetía. Estaba consternada y se dejaba consolar por Nilda, que la abrazó por primera vez.

Se sentaron en la mesa de la cocina de la casa que López construyó con sus propias manos. Hablaban de lo que habían hecho durante el día, compartían las visitas a cada comisaría, a cada hospital, cuando Alejandro Inchaurregui, a cargo de la Dirección de Personas Desaparecidas del Ministerio de Seguridad de la Provincia de Buenos Aires, cuyo ministro era León Arslanian, llegó a la casa.

En el jardín, tuvo una fuerte discusión con Nilda.
—No podés plantear que lo secuestraron.
—Lo secuestraron. Se lo llevaron —le decía Nilda.
—Vos no sabés. No podés decir lo que estás diciendo.
—¿Dónde está entonces? ¿Por qué no lo encuentran?
—López está perdido. Te lo tenés que meter en la cabeza.
—Se lo llevaron —repitió Nilda.
Verónica y Guadalupe también discutieron con Inchaurregui.
—Los caminos de la mente son muy misteriosos —les dijo.

Insistía con que se había perdido. Fue lo que ellas necesitaban para convencerse de que lo habían secuestrado, aunque, como los demás, compartían la esperanza de que lo hubieran largado y evaluaban todo: lo levantaron, lo asustaron y lo liberaron por ahí. Está perdido y no confía en ir a la policía. Tal vez le dieron una paliza y lo soltaron, pensaban. Decían que había que buscar en el pasado para encontrar una posible reacción de López.

Algunos pidieron buscar en el cementerio. Y es que El Viejo, como le decían, siempre recordaba la experiencia de un compañero de militancia de la Unidad Básica de Los Hornos que se había escondido varios días en una bóveda del cementerio platense y se había salvado de la patota de Etchecolatz. El cementerio podría ser, calculaban, un lugar seguro para López.
Todo era una locura.

Cuando volvieron a sus casas se encontraron con el borrador de lo que sería el primer comunicado de prensa, que Adriana compartía por correo electrónico para que le hicieran correcciones. “Si pasamos un papelón, después pedimos disculpas”, escribió. El texto, sin embargo, era muy preciso. Exacto:

“Nuestro compañero Julio López, ex detenido-desaparecido, testigo y querellante en el juicio oral que se está llevando a cabo contra el represor Miguel Osvaldo Etchecolatz, se encuentra con paradero desconocido desde esta mañana.
Julio tiene 76 años, testimonió sobre su secuestro, sucedido en octubre de 1976, llevado a cabo por una ‘patota’ que integraba, entre otros, Etchecolatz. Estuvo detenido-desaparecido en los centros clandestinos Destacamento policial de Arana, ‘Pozo de Arana’, y Comisaría Quinta de La Plata.

Debía presentarse esta mañana para presenciar los alegatos de las querellas contra el represor en el edificio de la Municipalidad de La Plata, y al no comparecer se descubrió su ausencia desde muy tempranas horas.

Ante esta situación, que se prolongó durante todo el día, se realizó la presentación de un Hábeas Corpus, denuncias en diferentes organismos estatales y medios de comunicación, y se está llevando a cabo una ardua búsqueda en la ciudad de La Plata.
Solicitamos ayuda e información sobre su paradero”.