El estado anímico mediático respecto al caso Mailén atravesó diversos climas emocionales y periodísticos. Pueden resumirse en dos contrastes: pasó de ser “la hija del pueblo” a “andá saber qué hizo” en apenas un abrir y cerrar de cámaras. El caso de la chica desaparecida había tomado un impulso notable. Con el correr de las horas, la noticia ganó pantallas de TV, computadoras y celulares desde canales de cable, noticieros y redes sociales. Calcula Juan Carr, de la Red Solidaria, que más de dos millones de argentinos interactuaron con la búsqueda difundiendo fotos de la menor.

La “traffic blanca” fue un elemento magnético. Disparatado como siempre, falaz como nunca, pero validado en los dichos de una testigo. El mito de la camioneta que roba chicos tiene antecedentes internacionales. También la guardia periodística había registrado testimonios convincentes de muchos que habían visto cómo un auto negro raptaba a Ángeles Rawson en la esquina de Cramer y Dorrego. Mientras ansiosos redactores escribían “Palermo miedo” en los zócalos de sus programas, el cuerpo sin vida de la joven yacía abandonado en el CEAMSE de José León Suárez.

No hubo traffic blanca, pero, ¿de dónde sacó la amiga de Mailén esa coartada para la travesura que pretendía encubrir? Sí, de los propios medios que contribuyeron a la leyenda.

Razonablemente, la ausencia de la chica generó angustia en el público. El caso, tal como era presentado, desataba un argumento demoledor: si levantan a una chica en una de las zonas más pobladas de la Capital y en plena luz del día, pocos lugares habría entonces donde poder estar a salvo.

Cuando la noticia alcanzó su pico máximo, la aparición de la pequeña fue un shock. De alegría y alivio, sí. Y de vacío, también. Es que la máquina ya había alcanzado el máximo de revoluciones, desacelerarla era casi imposible. Y un ingrediente salvó a los periodistas: quien encontró y auxilió a Mailén no era ni solidaria, ni una buena mujer, ni alguien que se interesaba en los demás de la manera que podía. No. Era “la peruana”. Era ilegal, buscaba dinero. Así razonan los fabricantes de opinión pública. ¿Qué tendría que haber hecho la mujer? ¿Por qué es sospechoso que haya actuado bien? La señora, llorando, defendiéndose, es una metáfora elocuente de la miseria que la rodeaba.

A partir de que encontraron a Mailén, el caso debió haber pasado al ámbito privado. Descartado delito alguno, disipado todo fantasma de “mafia” o “banda” que secuestra niños, ¿por dónde ir? Por el camino que alimente a la máquina. Entonces, la máquina tejió nuevas sospechas, disparó flamantes culpas, estrenó responsables, inventó expertos, arriesgó hipótesis. Todo estuvo permitido, menos que la máquina se detuviera. Si acaso la pequeña hubiera sido hallada muerta tal vez habría recibido mejor trato. “Raro, muy raro”, como respuesta a todo. El show debe continuar, lo sabemos. Y así la víctima entró en un escenario de sombras, excusa perfecta para que el micrófono ilumine. Pero hay ciertas luces que no alumbran la verdad, la prenden fuego.

Hay veces que en la impostura de defender los derechos del niño y la mujer, a muchos se le queman los papeles. Si los responsables del incendio no se dignan a apagarlo, es de esperar, al menos que dejen de seguir alimentándolo con nafta.