Foto Diego Pintos
Foto Diego Pintos

Papeles en el viento. Y lo que el viento se llevó. El primero de agosto de este año, el presidente Mauricio Macri suscribió la “Declaración de Chapultepec”, un documento redactado en 1994 que (según contó Clarín en la cobertura de la noticia) “establece principios sobre libertad de expresión y libertad de prensa que los adherentes entienden que deben regir en una sociedad democrática”.

Macri se sacó una foto rodeado de representantes de la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP) y Asociación de Entidades Periodísticas Argentinas (ADEPA), mientras fuera de plano esperaban los directores de, entre otros, los diarios Clarín y La Nación y el titular del Enacom, Miguel de Godoy.

El acto protocolar se produjo a menos de un mes de que una patota irrumpiera en el edificio del diario Tiempo y Radio América. El mismo mandatario que había tratado de “usurpadores” a los periodistas que auto gestionaban el medio, iba a firmar después, con solemnidad y pompa, una declaración que entre sus principios sostiene que “no hay personas ni sociedades libres sin libertad de expresión y prensa… Toda persona tiene derecho a buscar y recibir información… Nadie puede restringir y negar estos derechos”.
El sábado se cumplirán 33 años de la vuelta a la Democracia. De 1983 a la fecha es el peor año para los trabajadores de prensa.

El cierre de medios, la reducción de puestos de trabajo, la precarización laboral y la amenaza de dejar de lado el Convenio Colectivo 124/75 no son una campaña del miedo: son el miedo mismo. En tierra azteca y aquí, ya se establezca en Chapultepec o Balcarce 50, las pésimas condiciones para trabajar lesionan los derechos que un garabato de tinta prometió cuidar.

Foto Diego Pintos
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Lo rubricado en papel es, en la práctica, menos que papel higiénico. El diario Clarín tienta a sus periodistas con retiros voluntarios suculentos. Como resultado, la redacción se ajustó de manera brutal, en el mismo año que la empresa obtiene el más alto rendimiento de sus acciones en toda su historia. El diario La Nación asoma al mercado audiovisual lanzando un canal de televisión que viola toda la legislación vigente. Se impone la multitarea, un trabajador sustituye uno, dos o más puestos. Al acto de lanzamiento fue la plana mayor del Gobierno.

Szpolski, Garfunkel, López y Ferreyra son apellidos de la pesada herencia del gobierno anterior que –esta vez sí- nadie desde la buena fe puede discutir. Fueron y son vaciadores, incumplidores seriales y también cae sobre ellos la sombra de múltiples delitos.

Retomemos el argumento para darle otro impulso: esos nombres son marca registrada de la gestión anterior. Pero el daño que le hicieron a la actividad periodística y a sus trabajadores no culminó el pasado 10 de diciembre. Ni el Enacom ni el Ministerio de Trabajo perdieron este año demasiado tiempo en intentar frenar el accionar de estos personajes. Tampoco agilizaron el accionar de la justicia contra ellos. Ni asistieron a las víctima del desfalco. Es más, hay probados vínculos que unen a estos “empresarios” con altos miembros del poder actual. De este oscuro entramado se desprenden legítimas sospechas, una cuantas dudas y una sola certeza: el trabajador está más vulnerable que nunca.

Párrafo final para los otrora desvelados por preguntar. Una súbita amnesia parece haberles afectado. O están distraídos y no vieron cómo, solo en Capital Federal, se destruyeron más de 2.000 puestos de trabajo en 12 meses. A ellos, a los olvidadores, una advertencia del hombre que amaba a los gatos, maestro de periodistas: “la memoria, si voraz y violenta, es una materia exquisita”.