Foto Telam
Foto Telam

Mi 19 de diciembre de 2001 empezó, en rigor, el último día de noviembre de ese año: llegué a mi casa de Colegiales con mi primera hija en brazos, nacida el 27. Ese viernes mi vida estaba felizmente convulsionada, tanto que no pude ni quise detenerme a escuchar a varios de mi familia diciéndome “che, vos que laburás en el noti, ¿tenés idea del rumor ese de que no vamos a poder sacar guita del banco”? Nada me importaba a mí entonces, si acababa de ser rico.

El domingo 3 escuché a Cavallo anunciando el corralito mientras cambiaba pañales. Entré en pánico doméstico, no tenía un peso en casa y –como todos- necesitaba efectivo para moverme. El lunes a las 7 de la mañana estaba en la puerta del banco, sobre la Avenida Independencia al 1800. A las 5 de la tarde pude irme con la tarjeta de débito como trofeo.

Durante esos días cubrí varios cacerolazos por el microcentro, fui testigo del “piquete y cacerola, la lucha es una sola”. Ni en una sola de esas jornadas, mediáticamente hablando, hubo reportes de caos de tránsito ni pedidos de desalojos violentos de las manifestaciones. A nadie le molestaba “la gente” en las calles. No se escuchaba el “respeten mi derecho a circular”.

El 19 me mandaron a la Plaza a las dos de la tarde. Estacionamos a unas cuadras y mientras nos acercábamos por Hipólito Irigoyen nos encontramos con una multitud que nos embestía, a contramano, escapando de no sabíamos qué o quién. Los alrededores de la Pirámide de Mayo eran un infierno. Apenas llegué me sentí morir. Y no es metáfora. Corriendo de aquí para allá, registrando lo que ocurría, escuché el grito de mi camarógrafo que me ordenaba tirarme al piso. Lo hice con el último aliento, agitado, pero llegó a mí una granada de gas lacrimógeno. La última bocanada de aire solo sirvió para tragarme todo ese veneno. Durante larguísimos segundos conocí, como nunca antes ni después, la sensación de ya no poder respirar más.

Ví caballos de la Policía atropellar a un grupo de Madres de Plaza de Mayo sentadas, paradójicamente, en ronda. Escuché disparos, ví personas tiradas en el piso, noté a algunos que lejos de llamar a una ambulancia nos echaban de la escena. Los efectivos de civil sabían qué pasaba y procuraban que no se supiera. Gran parte de mi material para Telefe Noticias tuvo que ser retocado en edición porque el audio ambiente estaba lleno de insultos. Los míos. Me enteré del Estado de Sitio por un llamado de la producción. ¿Cómo se enteró la multitud tan rápido? Volví a casa cerca de la medianoche.

Al día siguiente fui otra vez a la Plaza. La gente se acercaba y se retiraba de la Casa Rosada como por oleadas. Otra vez los caballos y la recomendación sacada de otros tiempos, “¡consigan bolitas!”. La situación seguía calcada a la de la víspera salvo por un detalle: un helicóptero despegando del techo de Balcarce 50. Sin Internet en los celulares y con las baterías exhaustas, algo abrumado por el cansancio y el calor, casi me pierdo el relato de esa secuencia porque dudaba si el helicóptero de Isabel Perón (la comparación era poco original pero históricamente valiosa) había salido en los primeros minutos del 24 de marzo o en los últimos del 23. Elegí el 24 y mi intuición no falló.

Varias veces hablé con mis hijas de aquellos días. Íbamos al aeropuerto de Ezeiza y a la embajada de España a coleccionar notas y lágrimas. ¿Por qué la ruta Buenos Aires – Barajas era sinónimo de esperanza si antes y después la ruta Jujuy – Villa 31 siempre se calificó con desprecio? Cubrimos cientos de fábricas cerradas y ollas populares. ¿Por qué aquello convocaba a la solidaridad y la compasión y hoy nos convoca a llamar a la Policía para el desalojo?

Pasaron ya 15 años. El pasado levanta sus mojones en una ruta incierta. Desatender las señales del camino será como volver a perderse. Las comparaciones son odiosas pero el olvido es criminal.