Política

La huelga blanca fue multicolor

Diego Pietrafesa

Con tantos maestros, nada fue más sencillo que hacer de la manifestación un aula y de sus protagonistas un pizarrón, construido con cada pedacito de cartel, cada retazo de pancarta.

La huelga blanca fue multicolor. Caminé las más de 10 cuadras que hubo desde la cabeza de la marcha hasta los más rezagados. Si existiera el “lagrimómetro”, el mío hizo record cuando la columna pasó frente al hotel BAUEN. Allí, miembros de la cooperativa esperaban a los docentes con una bandera argentina y todos se hicieron una sola voz para cantar eso de “Unidad de los trabajadores, y al que no le gusta…” Al que no le gusta, ya sabemos: el paro es político, usa a los niños de rehén, cuando yo tengo problemas nadie para por mí.

Con tantos maestros, nada fue más sencillo que hacer de la manifestación un aula y de sus protagonistas un pizarrón, construido con cada pedacito de cartel, cada retazo de pancarta. Dicen que un docente tiene que estar en clase y no en otro lugar. Leo que “docentes luchando también están educando”. Opinan que cada uno a sus cosas y que reclamar por derechos es poner palos en la rueda, si lo que hay que hacer en enseñar y listo. Leo que “ser profesor y no luchar es una contradicción pedagógica”.
Juro que escuché que los maestros de escuelas privadas no pueden parar porque los colegios son como empresas. Así, los alumnos serían clientes y se sabe que el cliente siempre tiene la razón. Desde el asesinato del maestro Carlos Fuentealba que muchos centros educativos no estatales no registraban tamaño nivel de adhesión a una medida de fuerza. Vi a chicos con y sin guardapolvo blanco recorrer la marcha de la mano de sus mamás y papás. Leo que un pibe explica: “me levanté temprano para acompañar a los docentes, la educación del pueblo no se vende, se defiende”. Leí a otro chiquilín que agrega: “vine a la marcha a acompañar a mis maestros”.

¿Puede un trabajador enfrentar a otro trabajador? Claro que puede, alimentado por esa albóndiga de significantes huecos que los medios cocinan cada día. Leo a Bertolt Brecht señalando “qué tiempos serán los que vivimos que hay que defender lo obvio”. Lo obvio es que un trabajador gane lo que le corresponde y que si vos ganás menos, no tenés que tirar para abajo al otro sino intentar subir unos peldaños los dos juntos. Lo obvio es que sin excesos del Estado o la empresa privada el trabajador no tendría conflictos y los sindicatos, así, perderían razón de ser. El sindicato nace para empoderar al trabajador en su unidad y organización. Es obvio, don Bertolt, perdone usted la insistencia.

Para otras páginas quedará preguntarse por qué los que quieren meter preso a un pibe de 14 años sienten ahora cándida ternura porque esos chicos se quedan sin clases. La misma prensa canalla que –formando opinión pública- manda a preguntar “¿Eran menores?” ante cada episodio violento que cubre, recupera súbito interés por la infancia desprotegida. Valdrá cuestionarse también porqué los que hoy repudian un paro aplaudieron y festejaron un lock out patronal de tres meses de empresarios y terratenientes agrarios: se cortaron rutas, se desabastecieron góndolas, pero parece que aquello era porque “el campo somos todos”. Mientras espero mi parte de campo que me toca en el reparto, vuelvo a las calles. Pienso cómo resumir la jornada de la que acabo de ser testigo. Esquivo una bulliciosa columna de Misiones, contemplo los ponchos de los maestros salteños, saludo a la escuela “Padre Carlos Mugica”, abrazo a Fernando, educador popular de los barrios bajos, me cruzo con Clarita, la que me hizo conocer a Roberto Santoro, preceptor y poeta desaparecido. El pueblo sabe de qué se trata, me digo. Y leo la última consigna: “más educación, menos empresa”.
 

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