Los rompimos. Nos rompimos. No hace diferencia si lo que se percibe es en primera o tercera persona. Todo está fundido y confundido. Hay perfume a borde. A abismo. Si es que no nos caímos antes, hasta el fondo, y no lo advertimos. La tristeza es inconmensurable, ¿viste vos? como tanta otra tristeza a la que te acostumbrás.

¿Cómo llegamos hasta aquí? ¿Cómo salimos de esta? ¿Cómo volvemos a hacernos, a reconstruirnos, a animarnos? Este jarrón roto seguirá así por siempre. Sepámoslo. Podrá pegarse, volver a contener agua, flores; pero seguirá así, con cicatrices, rajado.

Nada está suelto en este entramado universal social. Es como una gran película, que dura años, y continúa rodándose. ¿Te acordás? Antes, no nos veía nadie. Como una fábula, andábamos y éramos invisibles. El rock era un ghetto especial durante la generación X. Perdedores hermosos. Tan hermosos que nos esquivaban por la calle. Nos razziaban en Obras. Nos mataban a palazos, buscando enderezar y corregir una tacuara mecida por el viento. Rezábamos a diario, las misas bajo la púa, y las ostias de vinilo. Antes éramos esto, y más. Y naturalmente generábamos ecosistemas, y nos cuidábamos. Creo. No sé si era así, pero yo me lo acuerdo así.

Ahora, en este mundo de gran hermano, de George Orwell riéndose a carcajadas de aquello que predijo y que hemos convertido en un infierno digital, todo cambió. Todo se ve descarnadamente. Y los parásitos sedientos de sangre y morbo nos miran. Con ojos vidriosos y mirada de lobotomización zombie. Nos miran. Y eso no es lo peor. También hablan. O escupen. No sé. Pero generan pensamiento virósico entre sus patológicos adeptos. Y nos señalan, y juzgan, y aporrean desde púlpitos de cartón. Los juguetes se convirtieron en presa fácil, en carroña expedita.

Ahí están, ahora. Míralos, en su locura. En la televisión, en los diarios de mañana, y nos fagocitan suavemente. Nos dicen: "¿vos pagás mil pesos para que un tipo te diga 'Ji ji ji'?". Sí. Hasta ahí nos patearon. Sepámoslo. A ese lugar infame. Injusto, o no. Estamos en ese escalón último y miserable, de tener que humillarnos hasta explicar lo inexplicable.

"Lo esencial es invisible a la tele", escribió alguna vez el genial compositor uruguayo Tabaré Rivero. De acuerdo. Pero, ¿qué será lo esencial aquí? ¿En qué momento doblamos tanto, que terminamos dando trompos y cayendo por el camino del deshielo? Recuerdo a los juguetes perdidos, que buscaban afanosamente encontrarse. Durante décadas fue así. Los juguetes perdidos, nacidos de las barriadas en sombras, de las esquinas de barro, los olvidados, con el agua en los pies, a veces caminando, otras veces corriendo, yendo sin sentido a alguna parte. Persiguiendo quién sabe qué, huyendo a quién sabe dónde, pero siempre moviéndose.

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