Epílogo de Manchester: retroalimentando la violencia
Epílogo de Manchester: retroalimentando la violencia

Nuevamente el terror se apoderaba de una potencia occidental, con el segundo atentado que sufría el Reino Unido en lo que va del año. Un “soldado del Califato” se inmoló en un concierto generando 22 muertos y 119 heridos en el ataque más cruento desde el 2005 en ese país, que se había cobrado 56 víctimas fatales. Salman Abedi, británico hijo de refugiados libios -aparentemente una familia entera ligada al yihadismo- entregó su vida a la causa de ISIS, logrando que el miedo y la incertidumbre se apoderara una vez más de Gran Bretaña y en cierta medida de los socios de la coalición occidental que hacen la guerra al Estado Islámico en Medio Oriente y norte de África.

Las notables fallas de la inteligencia británica, que tenían vigilado al joven y a su familia y no pudieron prever el ataque fueron más que claras, quedando en evidencia que es muy probable que algo similar puede volver a suceder, allí y en cualquier país. De hecho, es muy posible que suceda por no decir seguro, a la luz de los acontecimientos.

Apenas un par de días antes del ataque, Donald Trump hablaba de una lucha del “bien contra el mal” de visita oficial en Arabia Saudita, mientras cerraba tratos por 110 mil millones de dólares para vender armamento al anfitrión-uno de los países acusados por varios especialistas y mandatarios de apoyar a grupos extremistas en Medio Oriente-. Eso sí, Trump se aseguró de generar puestos de trabajo e ingresos para la industria bélica norteamericana.

Ello deja en claro –entre otras cuestiones- que el espiral de violencia seguirá su camino ascendente en la región, como viene sucediendo hace décadas, con la invasión a Afganistán y la guerra de Iraq, las “primaveras árabes”, la guerra en Yemen –todavía en curso-, y el más resonado de los conflictos -ya que tiene alcance geopolítico mundial-, la guerra “civil” en Siria, entre los más significativos, obviamente además del constante conflicto israelí-palestino.

Occidente y el extremismo islamista se retroalimentan en la escalada de violencia y algunos buscan darle la razón a Samuel Huntington, alimentando el Choque de Civilizaciones entre la Occidental y Musulmana. En realidad es algo más complejo que eso y requeriría un análisis muy amplio.

Lo cierto es que las armas que alimentan los conflictos las provee en mayor medida Estados Unidos y otros socios de la OTAN. No sorprende por ello el tan resonado gesto del Papa Francisco en la foto oficial al recibir a Donald Trump y su pedido: basta de hacer la guerra, hay que trabajar por la paz. Las acciones de la administración Trump que preceden al encuentro, y seguramente las que vayan a sucederse, lejos estarán de hacer caso a ese pedido. La maquinaria de guerra sigue su rumbo.

Por otro lado, si habrá endurecimiento en cuestiones migratorias por parte de Gran Bretaña, y mayor control o expulsión de inmigrantes, se verá. Es posible. De todos modos, claramente no será una solución. Tanto en Manchester como en la mayoría de los atentados en países occidentales en los últimos años, fueron cometidos por ciudadanos nacidos en el país destino de los ataques. Si bien, hijos de inmigrantes, pero como en el caso de Abedi, británico de nacimiento. La opción de “no aceptar inmigrantes de los países que estemos bombardeando”, sonaría demasiado forzada. En parte, Trump lo intentó, pero malogró.

Si habrá mayor uso de la fuerza, también se verá y sería una obviedad. La coalición occidental ha venido bombardeando distintos países de Medo Oriente en los últimos años, con participación británica aportando sus aviones Tornado para atacar al Estado Islámico en Siria –entre otros aportes-. No habría nada nuevo bajo el sol.

Lo único seguro aquí es que la violencia se seguirá retroalimentando, y las víctimas civiles de uno y otro lado del Mediterráneo seguirán inflando el contador de fallecidos, a un nivel 90% musulmanes y 10% de otras religiones, pero les pesa a los primeros, ser asesinados a mansalva en sus países y además ser estigmatizados en el resto del mundo.

Mientras tanto, los intereses geopolíticos de las potencias Occidentales encabezadas por Estados Unidos, y en menor medida Rusia, -aunque China también comenzó a posar sus ojos-, están muy presentes en la región y siguen alimentando la tensión. Se torna difícil así, claramente, que la paz llegue y existan gobiernos estables que puedan defender los intereses –y la vida- de sus pueblos.

Pueblos que vienen sufriendo cientos de miles de muertes en las últimas décadas, tanto de Medio Oriente como de África del Norte, donde además los atentados terroristas son cotidianos y representan la gran mayoría de los ataques extremistas a nivel mundial. En lo que va del año, hubo 388, con 3500 muertes, en su gran mayoría en Siria, Iraq, Afganistán y demás países de la región. Entre otros, sumemos la acción de los grupos Al Shabaab (en Etiopía), Boko Haram (Nigeria), Frente Al Nusra, que se ha reconvertido en oposición moderada en Siria. Sí, aunque parezca ilógico, así se presenta.

Por otro lado, el Estado Islámico ha perdido parte significativa de su financiamiento, retrocede y también pierde terreno en sus dominios centrales (norte de Siria e Irak), pero a la vez se ha ido expandiendo como una metástasis en Medio Oriente, África y el Sudeste Asiático. Mientras el mundo se horrorizaba por el atentado en Manchester, un grupo extremista denominado Maute -que responde al Estado Islámico- atacaba la ciudad de Marawi en Filipinas. El presidente Rodrigo Duterte se encontraba reunido con Vladimir Putín en Rusia.

Mientras se combate el “cáncer” en su centro, diversas células malignas se han expandido en otros sitios de Asia y África. Después de Marawi, en Egipto el Estado Islámico asesinaba a 28 civiles en un nuevo atentado, a lo que Egipto responde bombardeando Libia. Y así sucesiva y cotidianamente. Además, un ataque de la coalición occidental mataba accidentalmente a 20 civiles en un ataque en Raqqa, Siria. Esta es la realidad cotidiana de la región.

La responsabilidad de los líderes occidentales, histórica y actual, sobre la inestabilidad de la región es ineludible, y también con relación a la expansión de los grupos terroristas. La propia Hillary Clinton lo ha admitido en alguna oportunidad y el actual Presidente había acusado en campaña a Obama y Clinton de facilitar creación de ISIS. Además de ello, claramente, la división territorial de principios de Siglo XX y numerosos acontecimientos e intervenciones desde ese momento hasta el día de hoy.

La inyección de armamentos, acciones violentas, dotación de armas a combatientes en distintos conflictos ha sido constante. Desde el armado y entrenamiento de los Talibanes a fines de los ´70 del siglo pasado para combatir a la Unión Soviética, los armamentos vendidos a Iraq e Irán en los enfrentamientos de la década del ´80, etc., hasta el entrenamiento y entrega de armas a los “opositores moderados” en Siria. Cuanto puede tardar en llegar al Estado Islámico parte de los armamentos enviados por Occidente a Oriente Medio. Además de la existencia de reiteradas denuncias contra Arabia Saudita y Turquía de armar a grupos extremistas, incluido ISIS.

De igual manera, las promesas de Democracia y Derechos Humanos en países como Iraq, Libia y Afganistán no han derivado lamentablemente más que en destrucción, inestabilidad, terrorismo, pobreza, hambre y refugiados. A 16 años de la invasión a Afganistán, la situación es calamitosa y los Talibanes se han rearmado. El caldo de cultivo para el extremismo ha sido y es más que favorable a su expansión, un conflicto que no es más que otra de esas “partes” de la Guerra Mundial de la que habla el Papa Francisco.

Los objetivos geopolíticos, por los recursos y por las rutas de esos recursos pesan también sobre la inestabilidad y el belicismo en la región. Por citar sólo un ejemplo, concreto y del que hablan medios internacionales como El País y El Mundo, entre otros, pero que poco llegan a este rincón del mundo. Hacía 2009, el gobierno de Bashar Al Assad se había negado a formar parte del proyecto de construcción de un gasoducto que provendría desde Catar, pasaría por Arabia Saudita, por Jordania, Siria e ingresaría a Europa vía Turquía. El proyecto de la monarquía Catarí –aliada de Estados Unidos- alivianaría la dependencia europea del gas ruso, de quien importa el 25% de lo que consume.

Por otro lado, Siria sí veía con buenos ojos el otro gasoducto proyectado, el iraní. Aquél atravesaría Iraq, Siria y llegaría al mediterráneo, buscando proveer gas iraní a Europa. Esto fue visto como un hecho geopolítico poco agradable para Washington y sus aliados saudíes y cataríes.

La “maldición del petróleo”, recurso que por su importancia pone a la región bajo los ojos de las potencias que pujan por la preponderancia en el Sistema global, las tensión regional entre Arabia Saudita e Irán, la disputa geopolítica entre Occidente y Rusia –recordemos que Rusia tiene bases militares en su aliado, Siria-; además de las disputas históricas, la conflictiva relación entre sunitas y chiítas –exacerbada por la influencia de las potencias extranjeras-, hacen de Medio Oriente una región que mantendrá el estado bélico, interno y también exportando extremismo hasta que la Comunidad Internacional y sobre todo los principales líderes mundiales se hagan cargo de la responsabilidad que les cabe y tomen verdaderas cartas en el asunto para lograr paz en la región y dejen de morir civiles a uno y otro lado del Mediterráneo.