Foto Diego Pintos
Foto Diego Pintos

Yo quería cambiar el mundo.

Yo quería escribir como Osvaldo Soriano.

Arranco con la pirámide invertida, pese a que cada 7 de junio entiendo menos (y más) de periodismo.

Me van a decir que el periodista es el fiscal de la patria, el vigía moral de los gobernantes, la custodia ética de la sociedad, el imprescindible y aguerrido soldado de la democracia.

Pero el fiscal no terminó el secundario, el vigía es miope, la custodia bebe de más y se duerme y el soldado es un traidor: eso sí, muy carismáticos y desenvueltos todos, buenos chicos, no son conflictivos, ¿viste?, van por la ancha avenida del medio.

¿Te gustaría que te opere a corazón abierto un risueño pasante que sigue un tutorial de YouTube?

¿Te gustaría que eduque a tus hijos un maestro con seis trabajos y mal pago?

No cualquiera cura, claro. Tampoco cualquiera enseña. ¿Por qué informar es buen refugio de los cualquiera?

Escuchen bien y entérense: la libertad tiene precio. No me da vergüenza decirlo, vergüenza tienen que tener quienes caminan entre los cadáveres disimulando el hedor con sus perfumes ganados en la fiesta del 4 de Julio o conseguidos de canje. Yo no me vendo, pero nos tienen de oferta en mesa de saldos. Quiero un plato de comida en casa, quiero un aula, un cuaderno y un remedio para mis pibas, porque no puedo pensar si ellos la pasan mal, no puedo pensar si no sé qué pasará conmigo mañana. Cito al poeta que era periodista y porque era periodista, era también poeta: No se puede ser libre enteramente ni estrictamente digno ahora, cuando el chacal está a la puerta, esperando que nuestra carne caiga, podrida.

El medio del medio, ¿existe? Tal vez. Malabaristas de las letras, agitamos las palabras y transformamos el medio en miedo. Miedo a perder el trabajo, miedo a no cobrar, miedo a no volver a conseguir un puesto si nos echan. ¿En qué te has convertido, Diego?

Yo vi a Cristian pintar casas y tacitas. Yo te vi, Eliana, recolectando pañales para tus compañeras. Alberto, estás grande para dormir en el piso pero aun así cuidaste lo tuyo cuidando lo de todos. Ale, yo me quejo porque jamás termino mi novela y vos escribiste tremenda obra en madrugadas de harina, polenta y tomates perita. Recuerdo a Jorge comentando el precio de la licencia para el taxi. Cristina organiza la feria americana, cada uno aportó ropa usada para poder conseguir un mango, Ezequiel sacó la parrilla a la calle. Todos pasan y miran. Y de los nuestros, pasan pocos o nadie. Claudio camina sobre los despojos de su casa rota. Esa madrugada de lluvia defendió con sus puños lo que siempre supo defender con sus manos sobre la máquina de escribir. El "Cordobés" se quedó un día en la puerta del canal en solidaridad con sus compañeros despedidos y al otro día lo echaron a él. Y ya no hubo nadie más en la puerta. Daniel quiere hacer una asamblea y se le corren de al lado como si repartiera cianuro. Hernán aguanta las lágrimas viendo como pierde compañeros en la trampa del retiro voluntario. Todos periodistas.

Demos vuelta la pirámide, otra vez. Lo importante: contamos porque no sabemos hacer otra cosa, pero también porque no podemos vivir sin contar; contamos porque no nos acostumbramos a la maldita balada de la panza llena, que unos sí y otros no; contamos porque los dueños de la Historia acomodan los personajes, el argumento y los principios, pero nosotros somos tozudos para borronearles los finales; contamos porque contar sirve, que si no sirviera, en vez de comprar diarios y canales de televisión, el Poder seguiría comprando solamente generales, obispos y jueces.

Que no nos distraigan hoy con frases de señalador o de estampita. No queremos saludos, queremos trabajo. Trabajo digno. Bien remunerado. Acorde a las leyes vigentes. Mientras tanto, resistimos a los abrazos, bien cerquita, para que las malas noticias se vayan con el frío. Al fueguito de la esperanza de los tantos que se organizan, se auto gestionan, se animan. Dueños de nuestras palabras, podemos, al cabo, reservarnos para nosotros el último sueño. Vamos a ponerle gatillo a la pluma.