Te levantás como todas las mañanas, pero sabiendo que es fin de mes. El desayuno va a ser un poco más ligero de lo normal. Mucho más magro. Es decir, no desayunás. Te preparás para la jornada. La panza te ruge del hambre y los intestinos de la colitis, por la sopa de verduras que, anoche, te cayó mal. Escala en el toilet. Y la puta que te parió, decís parado ante la mesa de la cocina comedor, la única mesa que tenés, mientras mirás una factura. No es de manteca, es de luz. Esperás que no la corten. Estás medio atrasado con las facturas. Con las de manteca y con las de los servicios.

Te avisan que hoy hay que ir a la Avenida 9 de Julio. Hay piquete. Hoy es el día. Sacás tu “uniforme de guerra” del placard. Mentira. No tenés placard. En realidad lo dejás siempre estirado sobre una silla de caños que oficia de vestidor. Tiene el tapizado del asiento destrozado por las uñas de ese gato de mierda que, encima, se escapó hace dos meses y jamás volvió. Tal vez porque ya no le dabas atún. Pero tu ropa sigue ahí, repantigada sobre la silla. Cagándose de risa porque sabe que hoy tenés acción.

Te vestís y no te olvidás de encapucharte. Tomás el palo que te acompañará en tu jornada de gloria o muerte. Te acordás del palito de abollar ideologías. Recordás a Quino. Tu viejo tenía cuatro volúmenes de los libritos de Mafalda. En uno de esos estaba el chiste del vigilante. Pero vos juraste siempre que nunca serías vigilante. Lo seguís jurando, como corresponde.

Te subís a esa especie de autobús de la mala escuela, lleno de morochos. Ellos también están encapuchados, como vos. No huelen bien. Tienen aliento de ayunados. Como vos. Igual circulan un par de bolsas de bizcochitos de grasa, para amenguar la lija. Los tipos que están en la parte delantera del vehículo les dan órdenes. Pretenden que les presten atención. No pueden achicarse hoy. Tienen que estar dispuestos a cruzarse. No sean cagones. Después van a tener tiempo para comer. Eso prometen, al menos. Les creés. Creés que les creés.

Se llega relativamente fácil a la 9 de Julio. Claro, si están extremadamente organizados. A ustedes no los para nadie. No los para nadie. No te para nadie. Aunque debas poner el cuerpo en un probable enfrentamiento. A la mierda con todo. Si no me salvo yo, no me salva nadie. Lo sentís con todo tu espíritu. Con una parte de él, en realidad.

A los violentos los tenés ante tus ojos. A la prensa, dispersada, por ahí. Los ignorás. No. En realidad no los ignorás, sino todo lo contrario. Estás muy atento para esquivarlos cuando se arme el lío. No vaya a ser que toques a alguno. A los fotógrafos, en particular, los odiás. Siempre toman instantáneas que te hacen quedar como un salvaje ante la sociedad. Como algo que no sos. Que no creés que seas.

Volvés a mirar a los contendientes de turno. Están agitados. Tensos. Con los músculos de la garganta listos para contraerse en un grito de furia. No te das cuenta de que están encapuchados y tienen palos, como vos.

Comienza el avance. Cuando los frentes colapsan no entendés quién es el golpista. Quién es el represor. El plan, que estaba organizado perfectamente, se descontrola. Todo se dispersa en pequeños focos de pugilato que las cámaras no llegan a captar en su totalidad. Marañas de brazos y puñetazos. Postas de goma vuelan sobre las cabezas de unos, y a veces aciertan sobre su carne. Cascotes llueven hacia el otro lado, con vistosa puntería. Y a vos siempre te llamó la atención el poder de persuasión que tiene el chorro del camión hidrante.

Repentinamente, terminás parado frente a uno de esos focos de violencia. Te toca pasar al frente. Tenés que cruzarte con el rival, que está entrenado, o al menos eso dicen en los medios, para este tipo de enfrentamientos. Son tres contra uno, por eso te sumás. Al tipo lo están arrastrando para llevárselo a la comisaría. No está encapuchado ni tiene palo, ni piedra, ni nada en la mano.
Por un momento creés haber entendido todo. Los policías y el inminente detenido no son tan distintos. Bueno, los policías cuentan con armamento sofisticado y el ancho de espadas que les da el monopolio de la violencia. Pero son pobres, como el tipo que están arrastrando. Te quedás congelado. No sabés cómo reaccionar. El tipo se retuerce sobre el pavimento para evitar que lo agarren del pescuezo y se lo lleven para el calabozo. Vos no podés moverte.

Fueron dos segundos de duda, pero te parecieron una eternidad. Volvés en vos. Ya saliste del estupor. Por un momento pensaste que estabas del bando equivocado. Creíste que eras un cagón. Pero, raudamente, estirás tu brazo para ir en socorro.
Agarrás al tipo del pescuezo y, entre cuatro, lo meten en el celular. No sentís angustia por lo que hiciste. Es que te adecuaste a la lógica cotidiana del humilde. Vivo para sobrevivir, decís. Pero en el fondo entendés que formaste parte de una pelea de pobres contra pobres. Arriba, mientras tanto, toman champagne y se bailan un malambo sobre tu dignidad. Pero hay que sobrevivir. Como sea. Hay que sobrevivir.

Cumplida la tarea, volvés a casa. Estirás el uniforme sobre la silla. Al chaleco antibalas no lo tenés porque ahora lo está usando otro compañero. Chaleco caliente, le dicen. Te sentás sobre la cama. Apoyás los codos sobre los muslos y te tomás la cara con las manos, todavía hedientas de la batalla. Refregás tus ojos, deseando que cuando vuelvas a abrirlos veas un lindo placard laqueado. Nada che. La silladecañosvestidor. De fondo, la tele con el volumen en cinco. Se acercan unos chancletazos. Es tu mujer. Cómo te fue hoy, pregunta. Bien, pero no nací para sargento Cruz.