Sociedad

Pepsico: reprimir para despedir, despedir para ajustar

Diego Pietrafesa

PepsiCo Argentina no está quebrada. Facturó en 2016 $ 4.800 millones, un 26% más que en 2015. No echaron por la quiebra, echaron para quebrar a los trabajadores, romperles sus conquistas, fracturarles sus derechos.

Foto Twitter @Pepsico_Enlucha
Foto Twitter @Pepsico_Enlucha

En la góndola de la realidad la verdad está en oferta, ofrecida al que mejor pueda pagarla. Y los que más pagan, se sabe, tienen como único interés el seguir ganando para tener más para seguir pagando y comprando. Si de noticias se trata, el mercado también regula lo que consumimos. Pero hay algo detrás, siempre.

PepsiCo Argentina no está quebrada. Facturó en 2016 $ 4.800 millones, un 26% más que en 2015. La empresa no está en problemas, la prueba no solo está en los números: se “saltearon” el proceso preventivo de crisis previsto por ley para despedir y por eso la Cámara del Trabajo ordenó reincorporar a los empleados que habían realizado un reclamo judicial.

Derribemos la primera zoncera: no echaron por la quiebra, echaron para quebrar a los trabajadores, romperles sus conquistas, fracturarles sus derechos.

La filial Vicente López y la sucursal Mar del Plata comparten –compartían- idéntica planta, seiscientos trabajadores aquí, seiscientos allá. Pero los de “la Feliz” no lo están tanto: doscientos están tercerizados, fuera de convenio. Un tercio de la fuerza laboral está precarizada para abaratar costos y maximizar ganancias. Antes de los despidos masivos, PepsiCo intentó traer al otro lado de la General Paz lo que ya hacía frente al mar.

Para la misma producción hay ocho empleados de logística en MDQ pero había el doble en la fábrica desalojada. Cada línea de productos tenía aquí dos empleadas por máquina, pretendían que hubiera una. Propusieron también que una sola persona haga el relevo a las veinte de una misma línea si es que éstas osaban ir al baño o cometer otros pecados populistas y obreros. Intentaron quitar el plus por antigüedad y los premios por productividad.

Había que “desactivar” Vicente López porque sus trabajadores rechazaban los contratos por un año, ilegales. Además eran la única fábrica dentro del gremio de la alimentación en la que aquellos que ingresaban como empacadores no lo hacían en la categoría de “operario general” (la más baja del convenio) sino como “medio oficial”, con una notable mejora en el salario.

La organización de los trabajadores permitió que cincuenta mujeres con enfermedades laborales conservaran su puesto. El modus operandi empresarial es perverso. Aquellas que por repetición de movimientos o ritmos altos de producción sufren tendinitis o hernias cervicales suelen –por prescripción médica- ser destinadas a tareas livianas. Como las compañías dicen que no tienen tareas livianas dentro de sus plantas, las despiden con el eufemismo del retiro voluntario. Pasa en todos lados, dicen los empleados del rubro. Pero en PepsiCo no pasaba.

En todas sus facetas, lo que la firma multinacional proponía era la multitarea, la octava plaga del mundo moderno que azota a los trabajadores. Más que el daño ambiental –la ridícula excusa que esgrimió la Fiscalía para una planta que desde el 2001 estaba en el mismo sitio, rodeada, además, de otras fábricas similares- lo que encendió la alarma empresarial fue un grupo de hombres y mujeres de overol azul que osaron decir “no” al avance del ajuste. El infaltable coro de formadores de opinión pública -disfrazado de periodista- completó la maniobra contra los obreros instando el pago de indemnización como argumento: “Les pagaron, che, ¿cuál es el problema?”.

Es insólito e inmoral que haya que explicarlo en este contexto y en esta época, pero ayudemos a los desorientados y derribemos otra zoncera. Dice la Real Academia Española que despedir es (sic) “alejar, deponer a alguien de su cargo, prescindir de sus servicios”. Si te echaron y te indemnizaron, sos un despedido. Si te echaron y no te indemnizaron, sos un despedido. “Vayan a laburar”, les gritaban muchos a los empleados de PepsiCo. Eso quieren, trabajo. ¿Cuándo empezamos a creer que ajustar, precarizar y despedir son daños colaterales del sistema?
 

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