Bertolt Brecht jamás escribió eso de que "primero se llevaron a los comunistas, pero a mí no me importó…". Ni siquiera la post verdad pareciera moderna. Aquel texto, de todos modos, desanda el camino de Santiago.

No son multitudes las que evocan los pasos del apóstol, ni es España. Una breve pero intensa peregrinación mira, sí, al territorio indígena del sur del sur de nuestro país. Falta uno. Nos falta uno. Y eso nos define.

Dice el Ministerio de Seguridad que los mapuches no los dejan ingresar a la escena para hacer rastrillajes. Raro que pidan permiso. No tuvieron idéntico tacto cuando arrasaron gente y cosas, como si las gentes fueran eso, cosas. El funcionario número dos del organismo evaluaba el operativo. "No podemos entrar a investigar", dice ahora la autoridad. Falso: ya estuvieron antes y lo vieron todo. Nadie mejor que ellos para contar lo que saben.

Contar es, de un tiempo a esta parte, el otro lado de la verdad. Santiago era un terrorista de la guerrilla. Santiago nunca estuvo allí. Santiago puede estar disfrutando de una cerveza artesanal o tomando sol en Ibiza. Y él es doblemente culpable. Porque se fue y porque no aparece.

Nos falta uno.

La violencia institucional no es nueva ni patrimonio de la Dictadura. Incluye todos los gobiernos. Desde 1983 hasta 2016, 4960 personas fueron asesinadas por fuerzas represivas del Estado. Acostumbrarse a eso, tolerarlo o sobreactuar la condena según colores políticos es una canallada.

Esa violencia, para perdurar, necesita legitimarse también desde el discurso. Por eso el mendigo es un extra, el pobre es pobre porque quiere y le gusta, el pibe es chorro porque tiene gorrita, el desocupado causa desocupación y el que está ocupado es un codicioso acumulador de privilegios.

Sin Google, y de corrido. El chico que quedó parapléjico frente al Hospital Argerich cuando la Metropolitana lo baleó e inventó después que estaba armado; no era una pistola, era un sándwich en el bolsillo. La señora de la Boca asesinada por una bala (¿policial?) en una -adjetivo para complacer ciertas crónicas- "cinematográfica" persecución. Los murgueros atacados en la villa. Cristian, que laburaba de sol a sol en una ferretería frente a la capilla del Padre Toto en Barracas. Las mujeres sacadas de los pelos de una pizzería tras una marcha del Ni una menos. Las razzias en los colectivos del conurbano. Las visitas de uniformados a escuelas y universidades. La Policía al servicio de empresas privadas desalojando a quienes pedían por su derecho al empleo. El carro hidrante sobre los que, azuzados por el "laburen, vagos", solo piden trabajo. Los 30 mil que tampoco eran tantos, che. Y siguen las firmas. La perversa construcción de sentido común no descansa.

Pero vamos a decirlo sin cansarnos: vale protestar, vale contar, vale pedir, vale defender derechos, vale cuidar a los descuidados y abrigar a los desarropados. Vale preguntar dónde está Santiago. Como sí dijo el dramaturgo alemán, "qué tiempos serán los que vivimos, que hay que defender lo obvio".