Las tensiones políticas y económicas que vive hoy Occidente tanto hacia adentro como hacia el resto del mundo, las que también experimenta América Latina, son una clara muestra de estas pujas que se viven a nivel mundial en el reparto del poder y las riquezas. En mi último análisis, destacaba los datos del informe de la consultora Ernst & Young, el cual la tendencia hacia la baja de las clases medias de Usa, Europa y América Latina, frente al crecimiento de esos sectores medios en Asia, fundamentalmente en China.

 

Para quienes observan un poco más allá de las portadas de grandes matutinos, se percibe a través de los hechos que en Estados Unidos, la Unión Europea y en varios países de América Latina, los sistemas políticos, democracias representativas, monarquías parlamentarias, semi-presidencialistas y demás formas de representación parecerían hoy asemejarse en varios aspectos más a plutocracias financieras y corporativas que a verdaderas democracias. Lejos parece quedar la práctica del poder y “Government of the people, by the people, for the people” que supo promover Abraham Lincoln, uno de los presidentes norteamericanos asesinado en ejercicio de su función.
 
A partir de los años ´70 del siglo pasado, con la consolidación de las fuerzas de lobby financieras de manera globalizada, lo que significó en términos económicos la primera ola de implementación de las políticas neoliberales en Occidente con Ronald Reagan y Margaret Thatcher en el poder, los sectores económicos productivos y sobre todo financieros lograron un paso más en su objetivo de emancipación de los controles estatales, proceso que se expandió en América Latina y el Este de Europa, hasta llegar a la Rusia de Boris Yeltsin en los años ´90.
 
El resultado fue claro. Empoderamiento del mundo concentrado de las finanzas y multinacionales productivas, frente a un claro detrimento de los Estados Nación y de sus capacidades –y obligaciones constitucionales-, de las Democracias, del Estado de Bienestar y del mundo del trabajo. Las consecuencias sociales fueron desastrosas en varios sitios. La Argentina del 2001, clarísimo ejemplo.
 
Últimamente, en boca y pluma de varios analistas, sociólogos y economistas, surgen  serias dudas sobre la calidad democrática tanto en Occidente como en algunos países de América Latina. El caso de la Unión Europea, como entidad supranacional, es complejo pero a la vez claro de ver. La crisis de los partidos políticos en el viejo continente es una notable consecuencia de ese poder que ejercen hoy las finanzas y multinacionales sobre los sistemas políticos, legislativos y también judiciales, habiendo cooptado –por decirlo de alguna manera- las mismas instituciones supranacionales a las que los Estados han cedido parte significativa de su soberanía.
 
Hemos visto sucumbir a los socialismos español, francés y griego antes las políticas determinadas por el sector financiero representado en la Troika (Comisión Europea, Banco Central Europeo y FMI), aplicando enormes ajustes y decisiones que beneficiaron principalmente al sector bancario, vulnerando los de la gran mayoría de los representados, es decir, los pueblos.
 
Los votantes ven desde hace años en el accionar de liberales, conservadores, socialistas, socialdemócratas y en diversos sectores de izquierda y de derecha que el resultado de las políticas es siempre el mismo: mayor ajuste, más endeudamiento externo, desregulación, disminución del gasto social para el pago de deuda e intereses, mayor empobrecimiento para las mayorías y enriquecimiento y tasas de ganancias altísimas para bancos y el mundo de las finanzas.
 
Es lo que claramente pasó en España con el PSOE y el PP, lo que pasó en Francia con el Socialismo y los Conservadores –Macron no será la excepción-, lo que también vimos en Estados Unidos con los Demócratas y Republicanos –el ascenso de un outsider como Trump no es casualidad-, en Grecia con los conservadores y Syriza, en Perú donde las dos opciones mayoritarias fueron neoliberales, y así varios más.
 
Claramente, aquí no hay que caer en ingenuidades, tanto en Estados Unidos como en Europa y también en América Latina, el sector financiero y de las grandes empresas, han financiado y financian diversos candidatos y campañas políticas, a quienes una vez electos exigen la aprobación de leyes y/o programas que beneficien sus intereses, que muchas veces son en detrimento del mundo del trabajo y de los derechos civiles y hasta humanos.
 
En Estados Unidos este accionar se ve más claro que en otros sitios ya que está institucionalizado, y los ejemplos que brinda House of Cards son quizá hasta sutiles. El lobby legalizado permite ver como Wall Street, la Asociación Nacional del Rifle, y hasta fondos buitre, financian campañas presidenciales, para senadores y representantes de la Cámara baja, que luego defienden sus intereses. Las relaciones de Hillary Clinton con Wall Street fue uno de los caballitos de batalla para desacreditarla. El rol de los medios de comunicación merece un capítulo aparte.
 
Pero ni siquiera la legalización del lobby es el mayor problema –en Argentina existe un proyecto de ley para regularlo-, ya que esté o no legalizada la actividad, sectores económicos con gran poder y disponibilidad de recursos siempre van a financiar campañas y gestionar sus intereses en los distintos ámbitos. Es una realidad. El problema es el exceso, el desequilibrio y el daño a la raíz democrática del sistema político que puede traer consecuencias devastadoras cuando el Estado, principal articulador de intereses de los distintos miembros de la sociedad, queda a la merced de decisiones concentradas en su política económica y social –sea víctima o cómplice- generando una realidad insoportable para las grandes mayorías. He ahí la tensión actual, e histórica.
 
La pregunta es, entonces, ¿Quiénes son los verdaderos jefes de los gobernantes, representantes legislativos, presidentes de los países del mundo? La respuesta es clara, más allá de explicaciones, discursos o excusas, y se transparenta en los hechos y decisiones aplicadas en la realidad concreta y en las consecuencias para la mayoría de la sociedad que dicen representar.
 
En la Unión Europea, se ha comprobado en concreto como las decisiones de gobernantes de izquierda, centro y derecha han ido hacia un mismo lugar: el salvataje y beneficio de las banca financiera, especulativa, en favor de un sector multinacional productivo que busca ganar –o perder lo menor posible- competitividad frente a los gigantes de Usa y China, pero siempre en detrimento de las poblaciones de la región.
 
Varios presidentes parecen ser más empleados jerárquicos de estos sectores, que verdaderos representantes de los pueblos de Europa. En concreto Emmanuel Macron, por ejemplo, era un empleado jerárquico de la banca Rothschild. Aquí también  podríamos abrir un abanico analítico dentro del famoso aunque hermético club Bilderberg. No será en esta ocasión.
 
Pero también es cierto que, salvo una mayoría (discutible) de británicos, los europeos están en general decepcionados con la clase política pero no quieren dejar la Unión Europa, no desean su desintegración sino que quieren ser destinatarios de los beneficios de esa unión, de las promesas originales del Sistema supranacional, y no ser solamente quienes se sacrifican, permitiendo bajas en sus salarios, con relaciones de trabajo desreguladas, relegando bienestar, seguridad y el futuro de sus familias en pos de beneficios de la banca internacional.
 
Quien suscribe, hace años viene analizando y explicando a sus clientes del sector bancario, político y privado diverso, sobre el proceso de concentración de la riqueza y el poder en el Sistema Internacional, y de manera simultánea una atomización del poder en un sin número de organizaciones sociales, económicas, del tercer sector, políticas, etc., aunque con menor disponibilidad de recursos económicos, y muchas veces terminan siendo dependientes del 1% que detenta más del 50% de la riqueza mundial. Una de las víctimas de esta tensión es el Estado Nación.
 
De aquí en gran parte el origen de los grandes ataques al sector político y estatal de manera generalizada. La política y el Estado es la única herramienta fuerte de poder  que tienen los pueblos para protegerse de los abusos de grandes empresas y bancos, que librados al azar buscan –y están en su derecho- de maximizar sus ganancias, pero debe ser siempre dentro de un equilibro con el bienestar de la sociedad en su conjunto. Cuando este equilibrio se rompe, algo que viene intensificándonse  actualmente en varios sitios del mundo, es decir, a medida que un estado se debilita y deja de cumplir sus designios de proteger a todos –sobre todo a los más débiles- es cuando ocurren las tragedias económicas y sociales que vemos.
 
Volviendo a la Unión Europea, Javier solana, ex alto funcionario del gobierno español y de la Unión Europea, realizó una polémica afirmación no hace mucho: “Europa es el laboratorio de un posible Gobierno mundial”, abogando por un mundo pacífico y evitando los “peligros del multipolarismo”.
 
Los debates y análisis de la gobernanza mundial y de las instituciones supranacionales lleva  décadas de avance y discusión. Pero la pregunta que debemos hacernos es que tipo de gobierno globalizado podría alcanzarse y si es realmente conveniente. ¿Sería uno democrático donde las decisiones las tome el pueblo de manera directa o a través de representantes? ¿O uno excesivamente concentrado como vemos en la UE hoy, que beneficia principalmente al sector más rico del mundo, unas cuantas corporaciones de la economía real más el creciente sector financiero especulativo?
 
Porque el ejemplo europeo parece ser, a la luz de los hechos, el ejemplo más claro de cómo un gobierno supranacional beneficia mayormente a los sectores concentrados de la economía en detrimento de los derechos de las grandes mayorías.
 
América Latina ha reingresado en ese debate, ¿quienes gobiernan realmente? ¿Qué intereses terminarán primando en esta nueva etapa conservadora? El sector financiero internacional es mucho más poderoso y está mejor organizado que antes, a pesar de las crisis, que, como la del 2008, ha derivado en una mayor concentración de la riqueza, de decisiones financieras y una mayor transferencia del sector público al privado–es decir un salvataje financiero con los recursos de todos los ciudadanos hacia los bancos-. Quedará a cada pueblo retomar la conciencia de que el poder originario reside en él, y hacer notar dicha realidad a quienes quieran representarlos.