Cuenta Azucena que Ezequiel, como Santiago, no sabía nadar. Los tres fueron mal benditos por las aguas de una sola fuente. Los tres conocieron tres caras del mismo monstruo: tiene ojos marrones en la costa porteña, está lleno de mugre en los brazos del suelo bonaerense, es frío y cristalino en el lejano sur. Y pasan los almanaques, mudan las geografías, pero nada detiene ese torrente violento, impune y letal. Le dijeron a Azucena que estaba loca. Le dijeron a Ezequiel que era un negro de mierda. Le dijeron a Santiago que para qué se metía.

“Nadie se baña dos veces en el mismo río”, sentenció el filósofo. Heráclito no conoció a Astiz, ni a la maldita policía, ni al jefe del operativo en Esquel, letrado de genocidas. Porque el Ángel Rubio tuvo licencia para matar, los efectivos de la comisaría 34 tuvieron permiso para divertirse y los gendarmes del Escuadrón 36 se sintieron libres para robarse un hombre.

Se robaron a un hombre, eso sí que es inseguridad.

La vida es aquello que nos pasa mientras juntamos moneditas para echar veinte centavos por la ranura. Que los que tengan los bolsillos vacíos no se desesperen: a falta de comida en sus mesas, les brindaremos entretenimiento bobo y sin límite, analgésico, narcótico, efímero, todos de daño esdrújulo.

No es la post verdad. Es el post apocalipsis. Es el efecto shopping: aturdidos por la sobre oferta, sin ventanas, no distinguimos el paso de las horas, no sabemos la diferencia entre el día y la noche. Y cuando se nos mezcla lo luminoso y lo oscuro gana la tiniebla. Por eso Azucena era una vieja subversiva, enemiga de nuestra sociedad moral y cristiana. Por eso Ezequiel era chorro, y si no lo era, iba camino a serlo. Por eso Santiago era un guerrillero.

Soy un pesimista entusiasta. Regresamos a la prehistoria. Todo análisis, discurso y mensaje se volvió de una sencillez primitiva. La profundidad, esa jactancia, ni siquiera asusta. Aburre. La vida color de rosa. Ante tamaña estafa es difícil ser bueno. No escribo como él, pero me pasa lo mismo que a Discépolo: “La bondad no es profesión que halague. Al contrario, duele. Más de una vez hubiera querido ser malo, de estafado perpetuo pasar a estafador, de hombre mordido a hombre que muerde. Pero nunca pude hacerlo. Para todo se necesita una educación, una sangre especial. Para ladrar hay que ser perro. Y no se puede ser luna y perro a la vez".

La luna sobre el Río de la Plata, sobre el Riachuelo, sobre el horizonte en la Patagonia. Hay que subirse a esa luna, la luna con gatillo, para desde allí fusilar al mundo, “suavemente, para que esto cambie de una vez”. Hay que llenar las calles de lunas, los bares y hasta las pantallas del celular y la computadora. Hay que fundar una cooperativa de lunas, tenemos que ser socios de esa quimera. Hay que seguir convocando amaneceres siquiera para no ser cómplices del ocaso.

Y hay que romper la poesía, incluso, para no demorar lo urgente. ¿Dónde carajo está Santiago?